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Sábanas sucias

Fede Durán | 11 de noviembre de 2013 a las 11:13

Treinta y un años de autonomía en Andalucía apenas han deparado cuatro siglas en el Parlamento frente a las siete que actualmente alberga el Parlament, las cinco de la Cámara vasca o incluso las cuatro de la madrileña. Dos de ellas, PSOE y PP, siempre han pegado más fuerte porque evocan -al menos teóricamente- las almas antagónicas de la tierra, el aparcero y el latifundista. El otro par vive situaciones dispares: IU forma por primera vez parte de la Junta y asciende en todas las encuestas; el PA bordea el precipicio de la desaparición elección tras elección. No ha habido espacio para más: ni para la pujante UPyD, ni para propuestas de corte ecologista como Equo, ni para plataformas desintegradas sin descendencia (Andaluces Levantaos). La política andaluza es un círculo cerrado dentro de un círculo cerrado.

Para Manuel Chaves, presidente andaluz entre 1990 y 2009, la comunidad, como España, practica un “bipartidismo imperfecto”. “Se puede concluir que a mayor número de partidos representados, mayor pluralidad política. Pero quizás sea más positivo, desde la perspectiva de la estabilidad, que haya pocos y sean potentes. Casi todos los sistemas del mundo premian a las formaciones más votadas”, recuerda.

Concha Caballero fue portavoz de IU en el Parlamento entre 2004 y 2008. En su opinión, el fenómeno “se corresponde con la falta de pluralidad de la sociedad andaluza y con la dificultad de articular alternativas en un territorio tan grande, disperso y complejo como Andalucía, que sí está vertebrada política y culturalmente. Tampoco el sistema facilita la vida a las fuerzas emergentes”. El ex vicepresidente del PA, Pedro Pacheco, señala directamente al PSOE: “Como nosotros parecíamos la yenka, ellos hegemonizaron aquel incipiente nacionalismo andaluz. Nadie se creía que el andalucismo del PSOE no fuese de verdad. Y el fracaso del PA produjo un páramo mesetario. UPyD y Ciudadanos viven de los restos de otros. Y les costará meter cabeza”.

“Yo veo dos matices importantes -sostiene Ana María Corredera, vicesecretaria de Organización del PP-A-: uno es el que andaluz se siente muy español y se ve identificado con los partidos de ámbitos estatal; el otro es que PP, PSOE e IU tienen un discurso muy andaluz”.

El granítico dominio socialista, ininterrumpido incluso tras su única derrota, ha evitado uno de los grandes males nacionales: las leyes duran lo que quiera el legislador porque el legislador es siempre el mismo. Los demás defectos de país se han reproducido a pequeña escala. Para empezar, la corrupción, inevitable cuando el poder no rota; inherente a su ejercicio y al aterrizaje de miles de millones grapados al boom urbanístico y al presunto ingreso en el ático de Occidente vía fondos de cohesión, inversiones nacionales y extranjeras y expansión de empresas locales. El caso ERE es el clímax de una novela negra firmada en comandita por unos y otros, tal y como siempre ha demostrado la enfangada vida municipal. Sólo Cataluña y Valencia presentan quizás un bodegón del robo todavía más nítido. El circuito de distribución del dinero público -instituciones, agentes sociales, partidos- nunca ha dejado de ser opaco. La ley de Transparencia es el penúltimo intento por parchear las fugas del sistema.

“La lucha contra la corrupción requiere de un conjunto integrado de reformas que toque la financiación de los partidos, la ley electoral, la transparencia, la Constitución y las redes sociales”, propone Chaves. “A los políticos nos ha perjudicado ser el pelele de los poderes económicos. Nos han convertido en el chivo expiatorio de la crisis, y eso impide ver a otros culpables”, reflexiona Caballero. “El votante ha perdonado al infractor repetidamente, éste ha vuelto a ganar elecciones y al final se ha envalentonado. La corrupción apenas ha influido en las urnas”, remacha Pacheco.

Tampoco existió, más allá del proceso constituyente del Estatuto de Carmona (1981) y su segunda parte (2007), un espíritu del bien común que puliese diferencias y alentase coincidencias en beneficio de aspiraciones compartidas. Confluyen en este resultado los tres factores anteriores: la ausencia de biodiversidad parlamentaria (y por lo tanto, de una cultura del pacto); el antagonismo ideológico, con raíces seculares y amplio arraigo en la población; y la avaricia de la gestión como centralita del tráfico de influencias (compartir no es amar). Muñoz Molina recogía en su ensayo más reciente (Todo lo que Era Sólido) la única y sorprendente afinidad de los ritos católicos: España celebra más a sus santos en democracia que con Franco.

“Las comisiones parlamentarias sacan adelante muchas iniciativas. Hay cultura del pacto cuando de verdad existe voluntad. Ocurrió al designar al Defensor del Pueblo (Jesús Maeztu). Y también ofrecimos ayuda para que los socialistas aprobasen los Presupuestos sin las exigencias de IU”, explica Corredera. “Aquí se impuso un cainismo que todavía perdura, en contraste con el mundo anglosajón. El pacto siempre se ha visto como sinónimo de traición”, se desmarca Pacheco. “En política, cuando quieres machacar al adversario, le propones un pacto”, ironiza Caballero.

Resta igualmente la obsesión por tutelar desde lo público hasta el más ínfimo resquicio de la esfera privada, tanto económica como social. Ahí está el ciempiés de la Administración paralela de la Junta, con agencias, observatorios y consorcios para todo. Ahí el afán intervencionista de los ayuntamientos cada vez que un grupo de ciudadanos apuesta por la autogestión de espacios y eventos. Ahí la red de los sindicatos para cazar y controlar cualquier contienda laboral, cualquier negociación colectiva.

Ambos círculos, el cerrado y el cerradísimo, han permanecido impermeables. Tiene sentido: a mayor tutela, menor posibilidad de prestar el micro a la sociedad. El andaluz es un simple administrado en situación de permanente indefensión (prueben a intentar recuperar el importe de una multa mal cobrada, por ejemplo). Reforma 13, la propuesta de democracia directa del hispanosuizo Daniel Ordás, se ve poco menos que como una extravagancia. El modelo islandés o las experiencias de Rio Grande do Sul son bromas de mal gusto. Incluso si se orquestara una revolución (la ley de Participación que prepara IU no llega a tanto), el globo chocaría con los límites del ordenamiento jurídico nacional. El líder considera al liderado un sujeto pasivo. Lo contrario conllevaría una pérdida de poder. De nuevo la contracultura.

“Ha habido un único Gobierno pero no hemos sido tuteladores; hemos jugado con un poder político fuerte que ha defendido lo público y lo ha puesto en valor”, reivindica Chaves. “Gran parte del funcionamiento de la sociedad civil depende de las ayudas de gobiernos locales y autonómicos, y eso condiciona su trabajo”, concede Corredera. “El PSOE puso en marcha el clientelismo y aplicó el tinte público a todos los niveles. Este régimen ha intentado copiar al PRI mexicano”, percute Pacheco.

Ha faltado y falta, finalmente, el tridente respeto-formación-excelencia. Discursos elevados que presagien miras a la misma altura; mandatos de duración razonable (ocho años en vez de 15 ó 20, tanto para presidentes como para diputados); trayectorias profesionales previas; apuesta por perfiles independientes; rivalidades sin mala baba; valentía y generosidad… La Andalucía política es como era, pero peor. Donde antes había catedráticos hoy despachan licenciados. El diputado ha perdido lecturas, vivencias y genio, convirtiéndose en una especie de siniestro oficinista. “Echo de menos políticos con más grandeza de miras”, confiesa Caballero. “Hay muy bien nivel, en parte gracias a la información que facilita internet”, asevera Corredera. “Nosotros proveníamos de la lucha antifranquista, y el foco se creó fundamentalmente en la universidad. Hoy prima la vocación política sobre la formación porque las trabas para dedicarse a esto son mucho menores”, concluye Chaves.

1994-1996: la pinza

Fede Durán | 20 de mayo de 2012 a las 19:10

La política fabrica extraños compañeros de cama. Un buen ejemplo fue la II República, presidida en 1931 por el hijo de un terrateniente (Niceto Alcalá Zamora), gestionada por un liberal en el buen sentido del término (Manuel Azaña) y completada con un collage de ministros de todos los colores (Miguel Maura, Francisco Largo Caballero) que fue aún mayor durante el gobierno provisional de un año antes (Alejandro Lerroux, Diego Martínez Barrio, Lluís Nicolau d’Olwer). Salvando las enormes distancias y reduciendo la escala nacional a la autonómica, Andalucía se topó con un retrato parecido tras los comicios de 1994. Manuel Chaves había ganado su segunda cita electoral con 1.395.131 votos, unos 150.000 más que el PP de Javier Arenas. En escaños, la diferencia era mínima: 45 contra 41. En una cámara con 109, la mayoría absoluta está en 55, lejos, muy lejos de aquél lanzamiento de jabalina. De la mano de Luis Carlos Rejón y con sus mejores resultados bajo el brazo (20 diputados), IU se iba a convertir en el actor esencial de una película que duraría menos de dos años y produciría uno de los títulos más recordados de la trama autonómica andaluza: la Legislatura de la Pinza, un thriller que aún genera preguntas. ¿Hubo verdadera sintonía entre Arenas y Rejón? ¿Qué papel jugó desde Madrid Felipe González? ¿Y Julio Anguita? ¿Cómo recuerda el propio Chaves aquel bienio frenético, plagado de reprobaciones y debates a cara de perro?

Versión A (Rejón). El domingo 12 de junio de 1994, pasada la medianoche y completado el escrutinio, el ex presidente de la Junta supo perfectamente cuál sería su primera llamada telefónica. Necesitaba el respaldo de Izquierda Unida y estaba dispuesto a ser generoso. Pensaba en un gobierno de coalición parecido al actual y con un papel aún más protagonista para la federación de Izquierdas. Chaves convocó a Rejón una semana después. Su oferta era, en términos de poder, mareante: la vicepresidencia que hoy ocupa Diego Valderas y cuatro consejerías. Rejón sonrió, pero no dio el sí. Su respuesta estaba condicionada por un contexto políticamente salvaje. Era la época de los GAL, de Luis Roldán, de Juan Guerra, de la hemorragia de Santana Motor. IU no quería poder sino programa. El tardofelipismo había sido una de sus banderas de batalla y no estaba dispuesta a empeñarla. “Recuerdo perfectamente que le pregunté a Manolo por los contenidos y él me contestó que la gobernabilidad era para el PSOE, que si pensaba que una parte de nuestras recetas era aplicable estaba totalmente equivocado”, relata Rejón.

Versión B (Chaves). Nunca existió oferta alguna a Rejón e IU. En la federación triunfaba la teoría del sorpasso. Izquierda Unida vivía sus mejores momentos en Madrid y Sevilla. Rebasar al PSOE era sólo cuestión de tiempo y de un matrimonio de conveniencia celebrado discretamente entre José María Aznar y Julio Anguita bajo el mecenazgo de Pedro J. Ramírez. Los contactos con Rejón se limitaron a un frustrado intento de cerrar los presupuestos de la comunidad para 1995 (al final, se acabarían prorrogando los de 1994).

Reconstrucción del resto de la historia. Chaves calibró desde el inicio la verdadera dimensión del problema. Era consciente de que el mandato sería bacheado, sabía que habría que negociar párrafo a párrafo cada texto legal, cada iniciativa o designación. ¿Imaginar una entente Arenas-Rejón era ir demasiado lejos? Quizás, sobre todo si se atiende a los primeros pasos en sede parlamentaria, donde IU optó por el voto nulo para permitir la elección de Manuel Chaves como presidente.

Previamente había llegado la primera gran pista de lo que se cocinaría después: Valderas lograba la Presidencia de la Cámara regional con el ok del PA de Pedro Pacheco… y del PP-A. “¿Que por qué nos apoyaron? Eso habría que preguntárselo a Arenas”, dice Rejón. Antes incluso de ese nombramiento, IU y PP habían acercado posturas. Aunque el entonces secretario general de los populares andaluces, Juan Ojeda, desmienta “que se firmara documento alguno”, Rejón confirma lo contrario. “Eran un par de folios que Arenas y yo firmamos en una sala de comisiones y lo único que contemplaba era una apuesta por la regeneración democrática y un respeto de las proporciones en los organismos públicos y parlamentarios”. La leyenda en torno a ese par de folios -el mal llamado pacto del Hotel Inglaterra- creció exageradamente. Se habló de un gobierno en la sombra, de una especie de gabinete en el exilio de la oposición, pero las alianzas fueron “todas de forma, jamás de fondo”, según Rejón. Chaves admite que no llegó a leer el documento misterioso, pero difiere de su ex rival: “Contenía muchísimos puntos que desde luego iban más allá de las formas”. Pacheco, convidado de piedra en la legislatura con sus tres escaños, considera simple y llanamente que “PP e IU tendrían que haber formado un Ejecutivo de coalición”. “Había un acuerdo de cooperación cooperativa”, zanja Ojeda. “Fue un ejemplo de tolerancia”, concluye Rejón.

El socialismo andaluz leyó una seria advertencia en esa doble rúbrica. Chaves se reafirmó en su convicción de que tendría que picar piedra para garantizar la paz. Los problemas no se limitaban al frente externo de la entente, también eran intestinos. “El presidente estaba en una situación de extrema debilidad -analiza Ojeda- porque en su grupo parlamentario mandaban los guerristas (Enrique Linde, Antonio María Claret). Pero fue listo: recuperó a Zarrías, a Pizarro y a Ceballos y reconquistó el poder en el partido”.

Para contentar a Arenas, Chaves disponía de una buena carta: la elección del sustituto de Manuel Melero al frente de la Radio Televisión Andaluza (RTVA). Entre bambalinas, además, Gaspar Zarrías y Luis Planas (rescatado actualmente por Griñán como consejero de Agricultura) eran los hombres encargados de garantizar, junto a Ojeda, la estabilidad de los puentes, del entendimiento forzoso, de la negociación a hurtadillas. Con Rejón no era tan sencillo. Chaves quería incluirlo también en el debate y posterior pacto sobre el nuevo director de la RTVA, pero necesitaba más fuegos artificiales. Y la deuda histórica era un pastel de incalculable valor teniendo en cuenta que la cuantía que se fijase en Andalucía sería avalada sin demasiadas pegas por el Gobierno amigo de Madrid.

El asunto número uno (RTVA) parecía encaminado. Juan Teba, “un señor aparentemente cercano al PSOE” a juicio de Rejón, era el hombre del consenso. Pero no. “Iba de viaje en tren a Bilbao y me enteré por los medios de comunicación de que finalmente PP y PSOE habían optado por otra persona”, señala el ex dirigente de IU. Esa persona era Joaquín Marín Alarcón. La federación recibía así el primer bofetón.

El asunto número dos (deuda histórica) era más complejo. Chaves y Rejón pretendían incluir la cuantía en los presupuestos de 1995, aquellos que nunca se aprobarían, y le dedicaron muchas tardes al cálculo. De nuevo, las posturas parecían cercanas. Se habló de 51.000 millones de las antiguas pesetas (más de 300 millones de euros), y Rejón creyó cobrada la pieza. Pero tampoco. “Felipe González jodió toda la vida política andaluza -lamenta-. Jodió el acuerdo en RTVA y jodió la deuda histórica, cuya cifra yo ya había firmado con Chaves. Manolo me llamó y me dijo que le habían tumbado el pacto en Madrid, que Felipe decía que ninguna comunidad autónoma le iba a marcar las cuentas públicas. A él no le interesaba mantener relaciones con IU”.

Chaves, otra vez, difiere: “Nunca nos comprometimos con cifra alguna. Es cierto que barajamos los 51.000 millones, pero yo tenía que ver a Felipe y a Solbes, que entonces era ministro de Economía, para tomar la decisión final. Y Pedro decía que era mucho dinero, demasiado. Rejón tenía el listón reivindicativo tan alto que parecía que no quería alcanzar ningún acuerdo”.

Desde entonces, la fractura fue absoluta. El Parlamento se convirtió en un hervidero. La tensión podía masticarse como un chicle. Los socialistas eran como Ali antes de irse a la lona por primera vez en aquel combate fatal contra Frazier: creyeron tanto en su dominio que no estaban preparados para cambiar el alma de punisher por la de un simple fajador. “La pinza nos sorprendió por la actitud infantil de Arenas y Rejón, que jugaban al gato y al ratón con Chaves. Siempre ganaba la pinza, y nosotros a veces nos uníamos, pero hubo un exceso de bronca, las sesiones eran interminables y estaban repletas de reprobaciones a todos los consejeros”, visualiza Pacheco.

Arenas se frotaba las manos. Era un escenario idóneo para salir reforzado. La agonía de Chaves podía convertirse en el prólogo de su primera y enorme victoria. Aznar asentía en la distancia. ¿Y Anguita? “Julio siempre me daba su opinión, siempre, y coincidían con las mías en el 95% de los casos, pero yo me sentí siempre totalmente libre”, subraya Rejón. “Nunca se planteó un Gobierno de coalición con Arenas. Nunca. Aunque hubo gente en mi partido que en los sótanos del Hotel Los Lebreros (nuestro lugar habitual de reunión) me pedía mociones de censura con candidatos a la Presidencia de la Junta ajenos al Parlamento. Tuve que frenar varios intentos en esa dirección. Y lo curioso es que muchos de los defensores de esas mociones aplauden ahora la alianza entre PSOE e IU”.

A finales del 95, transcurrido apenas año y medio de mandato, estalló la bomba (ver apoyo). Se debatían los presupuestos para el ejercicio siguiente y Chaves no estaba dispuesto a prorrogar por segunda vez los de 1994 “por razones de higiene democrática”. Si las negociaciones fracasaban, adelantaría las elecciones. Ojeda y Arenas habían lanzado una tímida oferta: respaldarían las cuentas de la Junta si el Gobierno accedía a anticipar la cita con las urnas en una fecha distinta a las generales. Chaves no tragó. Y sonó la campana del final de clase.

Aquella andadura contrasta con un presente donde Griñán y Valderas se abrazan y se quieren (por ahora). Pacheco vaticina una “ruptura traumática” en menos que canta un gallo. Ojeda opina que “los desencuentros y la bisoñez de IU en el ejercicio del poder no van a ser suficientes para acabar con este Ejecutivo”. Rejón advierte que “IU puede destrozarse internamente si la gente no percibe un giro a la izquierda en las políticas de la Junta”. Y Chaves confiesa que “las experiencias del PSOE con IU no han sido muy buenas en el pasado”. Caducó el sorpasso, se retiraron Aznar, González y Anguita, y sigue Valderas, que fue siempre propacto, también durante el pinzarato. Arenas dormita amortizado en el sillón de la oposición, así que todo encaja. Pero de aquellos lodos brotan valiosas lecciones, y la principal es que los viejos amores se enfrían pero no necesariamente mueren.

La encrucijada del PA

Fede Durán | 16 de abril de 2012 a las 20:45

Les habrá ocurrido alguna vez, seguro, y Freud podría explicarlo: en ocasiones, los sueños degeneran en pesadillas. Por ejemplo, cuando un puñado de personas hilan un discurso distinto, novedoso, que permite a un país reformularse dentro de otro pertrechado además con el mejor equipo, el de la autonomía plena, y en una época, la Transición, donde todo era aún posible. Suena a gloria, a Carros de Fuego, pero el tiempo afea poco a poco esa secuencia primera: divisiones internas, indefinición ideológica, zarpazos mortales de los partidos estatales, la idiosincrasia poco nacionalista del pueblo andaluz o una cadena ya demasiado larga de batacazos electorales marcan la piel del PA y dejan en el aire su futuro.

Domingo, 25 de marzo de 2012. Andalucía celebra las novenas elecciones de su historia reciente, las terceras convocadas sin el solapamiento de unas generales. Poco antes de la medianoche, las computadoras completan el escrutinio. El PA de Pilar González obtiene 96.608 votos, el peor resultado en su andadura autonómica. Son, por segunda vez en cuatro años, cero escaños. Es una herida mortal. Las Cortes eran territorio virgen desde que en 2000 José Núñez ocupara un asiento en la Carrera de San Jerónimo. Pero el Hospital de las Cinco Llagas es otra cosa. Es donde más duelen las caídas.

Sólo queda el consuelo municipal. Los restos del partido, el pecio del prestigio un día amasado, se esparce por la geografía municipal, en ayuntamientos de modesto tamaño. Algeciras es la única ciudad de más de 100.000 habitantes donde el PA tiene concejales. Otro mal síntoma.

Repensarse o morir. No hay más, no queda otra. Para aliñar el capítulo decisivo con ingredientes de autor, el fantasma de siempre se manifiesta una vez más. Pilar González se irá en julio, y lo hará -ya lo hace- recriminando al padre, al gran cofundador, a Alejandro Rojas Marcos, su vicio más proverbial: el afán por controlar desde la sombra los destinos de su criatura. Ésta es la mejor imagen de los errores del PA, aunque la coctelera incluya muchos otros ingredientes.

Miguel Ángel Arredonda es uno de los históricos. Vivió como diputado en Madrid el 23-F y dirigió el PA entre 1991 y 1995. “El pequeño no puede equivocarse, pero nosotros lo hicimos. Hubo batallas internas innecesarias y tampoco fue buena idea participar en el Gobierno de Chaves (1996)”, rememora. Factores exógenos también los hay. “En Andalucía no existe una conciencia de pueblo, no hay una pequeña burguesía a la que interese un partido nacionalista como CiU o el PNV. Tampoco existe una cultura del cambio de voto como en Cataluña o Euskadi. Uno no puede ir contra esa realidad. Además, el proceso autonómico ha sido un desastre en general: el café para todos ha sido un error craso”.

Antonio Ortega fue un poco de todo. Secretario general y consejero de Chaves son sus principales títulos. “Objetivamente, hay un hueco para el andalucismo bastante mayor que el apoyo que se logra en las urnas. Quizás no somos la primera opción de los andaluces, pero si se pudiera votar dos veces, seríamos la segunda carta de una gran mayoría”, explica. Ortega y Arredonda coinciden en que el campo del PA no es “la extrema izquierda” sino un discurso progresista “dentro de los límites de la Constitución”. “¿Errores? -continúa Ortega- Hemos cometido muchísimos, pero no creo que ésa sea la principal clave porque entonces tendríamos más votos que nadie. Si el error marca el apoyo electoral, nosotros ni hemos robado ni hemos matado, acciones que sí han podido cometer otros”.

Arredonda, Ortega, Pedro Pacheco y Diego de los Santos (volveremos a estos dos últimos ex en apenas unas líneas) confluyen en otra acción que acabó siendo losa, la utilización del artículo 144 de la Carta Magna para desbloquear el acceso de Andalucía a la plena autonomía instaurada en el 151 y anulada por la mayoría insuficiente cosechada en Almería. Aquel 144 fue la semilla del café para todos. “Y se interpretó como una traición a la patria”, lamenta Antonio Ortega. “De ésa salimos tocados. Después de todo nuestro esfuerzo, aquí se identifica al PSOE como el partido andaluz”, añade Arrendona.

“Después del 28-F, después de convertirnos en nacionalidad histórica, se nos llamó traidores por usar el 144 en vez del 151. Ya nadie recuerda nuestra ilusión y nuestro esfuerzo. Caímos de la mano de Adolfo Suárez cuando él ya estaba en decadencia. Pero él era el presidente del Gobierno y con él tuvimos que negociar el Estatuto de autonomía. Luego, mientras Alianza Popular recelaba, el PSOE se subió al carro y se llevó nuestros votos”, reflexiona De los Santos.

Pacheco ahonda en esta línea: “Nunca debimos pensar que cinco diputados en Madrid (habla de 1979) nos harían los portadores de la autonomía. Lo de Almería se vendió como la gran felonía. No supimos contrarrestar esa campaña a degüello contra el PA. Años después, cuando fuimos clave, pactamos con partidos poderosos como el PSOE, que, tal y como advierte la ley de Mitchell, nos abrazó y destrozó”.

¿Cuáles son las perspectivas a corto plazo? ¿Qué le aguarda a un partido que se desangra sin repercusión mediática ni sostén financiero? “Napoleón decía que lo más importante para ganar una guerra es el dinero. Pero el hambre agudiza el ingenio. Hay dirigentes preparados para conducir la remontada”, dice Ortega. Pacheco es muy pesimista: “Los bandazos ideológicos han sido impresionantes. Se copió el día del partido al PNV. Ante la pujanza del PSOE por la izquierda y la consolidación de la UCD y AP por la derecha, se optó por el centro y la indefinición. Si la idea es seguir por ahí, lo mejor es enterrar al PA con dignidad”.

“Creímos que Andalucía podía jugar un papel de equilibrio ante otros nacionalismos como los del norte. El PA no es independentista sino integrador. Debemos recuperar la historia después de haberla perdido. Debemos explicar nuestro papel en la Transición. Tenemos que darle a nuestro pueblo el ejemplo de la nobleza, la austeridad, la voluntad de superar las dependencias históricas. Se ha demostrado que nadie nos ayudará a salir del hoyo. Hay militantes jovenes y brillantes en el andalucismo porque sembramos mucho en los primeros años”, aporta De los Santos. “A lo mejor no es suficiente, pero yo he visto a gente en el partido con entusiasmo incluso hoy”, afirma Arredonda.

Un nombre apunta a la sucesión: Isabel Barriga, concejal en Ronda que arranca los elogios de casi todos los ilustres, Rojas Marcos incluido, quien pretendía incluirla en el fallido triunvirato encargado de pilotar la provisionalidad del PA hasta su congreso de julio. “Cuando otros dirigentes se marcharon al PSOE, ella se quedó”, le concede Pacheco. Pero es pronto para las quinielas. Pilar González no dimitirá. Tampoco admitirá, tal y como anunció, tutelas de la vieja guardia. Desde la sede sevillana del PA, resume su visión sobre la trayectoria en apariencia imparable del partido hacia el ocaso. “PP y PSOE han cultivado intencionadamente la invisibilidad de esta tierra y eso invalida nuestra opción política. En Andalucía se ha consolidado el bipartidismo cuando en Cataluña o el País Vasco ha habido hasta siete fuerzas parlamentarias. Hemos carecido de ese síntoma de riqueza. Los medios de comunicación tampoco han ayudado: nunca llegamos a contar con un altavoz idóneo, ni siquiera cuando teníamos diputados. Por último, influye la falta de conciencia del pueblo andaluz. Desde la Junta ni siquiera ha habido interés por fomentarla desde un punto de vista cultural y educativo”.

González no escurre el bulto de los fallos internos. “Hemos tenido problemas para comunicar las decisiones que tomábamos. Los pactos son legítimos y deseables, pero hay que explicarlos no en términos de poder sino de contenidos. Hicimos la primera ley andaluza del turismo; la primera del deporte. A nivel de alianzas, fue bueno entrar en la Junta pero malo permanecer en el Ejecutivo cuando Chaves anunció que convocaba nuevamente elecciones conjuntas”, admite. El otro factor intestino fueron “los conflictos del PA, que se han trasladado fuera”. “Antes había otro tipo de liderazgo más, digamos, personalista. Y eso generaba fricciones. Es necesaria una filosofía de equipos brillantes. No tengo problemas de celo o de ego. He intentado rodearme de gente mucho mejor que yo”.

¿Se va a pique el proyecto? “No habrá riesgo de desaparición mientras tengamos concejales. Nuestro arraigo municipal es fuerte”. El PA cuenta actualmente con 470 concejales fruto de los 230.274 votos obtenidos en los comicios locales de 2011. El tope histórico en votos llegó en 1999 (355.684). Y el de ediles cuatro años después (667).

“Es obligatorio un ejercicio de reflexión serena -subraya González-. Estoy convencida de que hay un espacio político para el andalucismo. Probablemente hay que adecuar la herramienta. El país se enfrenta ahora a una incertidumbre brutal. Ya se pone en tela de juicio el Estado autonómico. Y ahí es donde el PA puede rearmarse y desempeñar un rol esencial. El PSOE también arrastra mucho desprestigio. Tenemos que poner en valor que nunca hemos sido corruptos y mejorar nuestra capacidad de comunicar las cosas, porque el ciudadano valora el coraje de explicar las decisiones”.

El desenlace, al menos parcial, llegará el 7 y 8 de julio. Los andalucistas buscarán una nueva voz y un nuevo rostro, y deberán hacerlo por las buenas, mostrando al público que su principal defecto ha sido subsanado. No hay margen para un tropezón más. En realidad, apenas hay margen para respirar, para sobrevivir hasta la próxima convocatoria. Entonces quedará claro si ésta era la crónica de una muerte anunciada.