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Boicot al servicio de la caricatura

Fede Durán | 14 de marzo de 2014 a las 17:22

GALLARDÓN, Alberto Ruiz, es ampliamente conocido en España: primero fue la gran esperanza de Prisa en territorio apache, después se supo de su astronómico gusto por las facturas públicas (o sea, ajenas) y al final hizo justicia a la frase pronunciada un día por su padre en una tarde de cruda clarividencia -“si creéis que yo soy de derechas, esperad a conocer a mi hijo”- con una reforma del aborto tan regresiva que incluso ha escandalizado a la rama blanda (la verdadera) del PP. Este hombre de ceja hirsuta, ceño crispado y aroma ornitológico ha agrandado su leyenda idiota al asociar Andalucía al fracaso escolar, el paro y la corrupción endémica.

El ministro confunde política y sociedad y recurre al manido doble rasero de todo Fouché de bolsillo. Ni Gürtel y Bárcenas nacieron en el sur, ni el régimen socialista es una prolongación mimética de los andaluces, un pueblo que podría vivir mejor, en términos económicos, si eliminase determinados vicios idiosincráticos y si desde el Estado se le echase un cable en asuntos capitales que nada tienen que ver con la beneficencia o la solidaridad.

Roma sería un buen agarre inspirador. Cuando estos tipos despachan a aquella Cartago de la triple A (Amílcar, Asdrúbal, Aníbal), Cádiz ya acumulaba milenarias experiencias comerciales, los yacimientos mineros eran una gallina altamente reproductora (ocurría desde Tartessos), el aceite de oliva se servía en las mesas de la Galia y Germania, los vinos se cotizaban en la capital del Imperio, florecían los núcleos urbanos (Itálica, Corduba, Hispalis, Malaca) y el peso geopolítico se traducía incluso en la exportación de emperadores (Trajano y Adriano). La balanza comercial andaluza era positiva y se apoyaba en una magnífica red de infraestructuras terrestres y portuarias. Como volvería a ocurrir a partir de 711 y tras el descubrimiento de América, Andalucía era una potencia mundial.

En el presente, año 2014, mes de marzo, el Gobierno central, en manos del mismo partido al que Gallardón ha dedicado, como tantos otros, más de media vida, ciega a la comunidad un canal de indiscutible riqueza: el corredor Mediterráneo, o Atlántico, o ambos, una autopista ferroviaria moderna que conecte en condiciones el puerto de Algeciras, primero de España y quinto de Europa por tráfico, con la malla autonómica, nacional y finalmente europea. Es lo que quiere la Comisión, es lo que pide insistentemente la Junta, es lo que esperan los inversores extranjeros con intereses en nuestra tierra y es lo que niega una y otra vez un Ejecutivo amigo en este caso de la arbitrariedad y el agravio comparativo, ya que el Levante vive otra realidad y recibe otros millones.

Es fácil afearle a Andalucía sus defectos sin contribuir a reforzar sus virtudes. Es fácil premiar a regiones amigas (Valencia, Murcia) o temidas (Cataluña) y menospreciar a aquellas otras que nunca han mostrado en Madrid -por pusilanimidad o conveniencia- su verdadero músculo político (escaños). Pero Moncloa no tiene esta vez escapatoria. En frente tiene a Bruselas.