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Mas se estrella, CiU tiembla

Fede Durán | 26 de noviembre de 2012 a las 10:40

Por primera vez, CiU afrontaba las elecciones catalanas con una apuesta inequívoca aunque progresivamente suavizada hacia la independencia. Era un punto histórico de inflexión en sus relaciones con el resto de España. El seny dejaba paso a la rauxa, y la aspiración de un nuevo comienzo borraba cualquier rastro de mala gestión, de latrocinio o de tijeretazo. Eso creía, al menos, Artur Mas, presidente en funciones de la Generalitat, cuando se enfundó el traje de padre de la patria y empapó todas sus intervenciones del aura de los elegidos. Pero las urnas le han jugado una mala pasada: no sólo no ha logrado los 68 escaños de la mayoría absoluta; ha perdido 12 respecto a 2010, dificultando mortalmente el futuro más inmediato del Parlamento catalán. Razones para afirmarlo hay varias: 1. La vía de la secesión sigue viva, pero implica entenderse con Esquerra (21 diputados), un partido tradicionalmente alejado de la contención de CiU y situado en el arco ideológico opuesto, igual que la CUP (3). 2. Mas exigía una mayoría contundente que avalase su proyecto. No la ha obtenido, así que debería incluir en el “periodo de reflexión” que anoche mismo pidió a todos los partidos la posibilidad de dar por zanjada su trayectoria política. 3. Pronto se alzarán voces autocríticas que exigirán que CiU vuelva a su proverbial mesura, y entonces llegará el momento de medir la verdadera temperatura de la apuesta independentista en las calles.

Mas aclaró que no se bajará del burro del cargo. “Todas las combinaciones pasan por un Gobierno liderado por CiU”. El problema es cómo se concreta eso. Porque las tres opciones aparentemente factibles con la calculadora en la mano son descabelladas desde el corazón convergente: ERC selló dos legislaturas con el PSC de Maragall, primero, y Montilla, después. Sus latidos son de izquierdas, aunque esta vez jugaría a su favor el sacrosanto reto de la ruptura con España. Su líder Oriol Junqueras, no oculta su voluntad de entendimiento con Mas. Cree que juntos pueden. Lo que piense Mas ya es harina de otro costal. La segunda opción es optar por un Ejecutivo en minoría con el respaldo puntual del PP de Alicia Sánchez-Camacho, que fijó el récord del PP en 19 escaños, uno más que hace dos años. El precio de CiU sería aparcar su hoja de ruta y volver a lo de siempre, posiblemente con el pacto fiscal como resucitado eje estratégico. La tercera vía, inédita hasta la fecha, pasa por tirar de un depauperado PSC (20 escaños con 30.000 votos más que ERC) vía alianza formal o informal. Muy improbable escenario.

Circunspecto y arisco, Mas atribuyó el bajón de CiU a la dureza de la crisis y los consecuentes recortes aplicados. A su lado, en el clásico y chamánico Majestic, comparecían, ceñudos o abatidos, el líder de Unió, Josep Antoni Duran, y el ex president Jordi Pujol, salpicado, como Mas, por la polémica de unas presuntas cuentas fraudulentas en Suiza. Queda en la atmósfera la sensación de que CiU ha desbrozado un camino incómodo y ERC ha recogido los frutos. Se confirma asimismo la debacle sin paliativos del PSC, que como consuelo mínimo queda por delante del PP pero constata que sus competidores por la izquierda exhiben mayor proyección: ERC, ICV y la CUP (que debuta en la cámara regional) suben; sólo el socialismo baja.

El frente soberanista sumaría 87 escaños, siempre que en ese saco se incluya a ICV, partidaria de la consulta de autodeterminación pero no -al menos claramente- de la independencia. La contraparte de ese bloque la conforman los 39 diputados que suman PSC y PP y los nueve que aporta Ciutadans, el partido de Albert Rivera, que triplica los asientos de 2010 y registra 164.000 votos más. En la batalla de los pequeños, Rivera y los suyos -apadrinados en su día por los Boadella, De Carreras, Ovejero y otras voces enemigas del nacionalismo y la corriente identitaria- fueron los grandes vencedores.

Podría parecer que la iniciativa a partir de ahora corresponde a Artur Mas. Pero muchos ojos virarán hacia Junqueras. Su acercamiento a CiU y la respuesta de la federación retratarán la sinceridad con que el president concurrió a las urnas. Si la independencia era un señuelo para el pacto fiscal, la jugada ha sido un fracaso. Y si querían un holgado margen de maniobra para negociar cara a cara en Madrid, Esquerra será, por derecho propio, un celoso vigilante del proceso.

La catarsis afectará paralelamente al PSC, que o se reinventa o se muere. Ni José Montilla ni Pere Navarro están a la altura mediática de Pasqual Maragall, y la pata más ilustrada del socialismo catalán ha renegado o reniega de las siglas en un goteo implacable. Curiosamente, han sido los partidos más fieles a su discurso convencional los que salen reforzados. Esquerra siempre ha propugnado exactamente lo mismo. El PP, aunque con formas más refinadas en la época de Piqué, también. Lo mismo cabe decir de ICV o Ciutadans. Sólo CiU, con su órdago maximalista, y el PSC, atrapado en su crisis de identidad, han sido acribillados por el elector.


Por votos, CiU superó el millón y el PSC los 500.000, lejos de aquellos años de gloria (1999 y 2003) en los que perdía en escaños lo que le ganaba en papeletas al eterno enemigo. Esquerra y PP se movieron en la franja alta de los 400.000, ICV alcanzó los 355.000 y Ciutadans se plantó en 273.000. Cataluña vuelve a tener un Parlamento complejo, bien nutrido de opciones y muy difícil de embridar. Si Mas llega a saberlo, quizás habría preferido quedarse como estaba. 62 escaños parecen hoy una barbaridad. Y 50 una sonora, histórica, contundente decepción.

La participación roza el 70% y marca un máximo histórico 

Un total de 3,56 millones de catalanes de los 5.257.252 llamados a las urnas ejercieron su derecho al voto, lo que supone una participación del 69,5% y 10,7 puntos más que en las elecciones al Parlament celebradas el 28 de noviembre del 2010, cuando CiU recuperó la Generalitat tras siete años de tripartito. En una comparecencia en el Parlamento autonómico, la vicepresidenta del Gobierno catalán, Joana Ortega, confirmó que se trata de “la participación más alta de las últimas siete elecciones” celebradas en Cataluña.

La participación superó el récord que ostentaban los comicios de 1984, con un 64,3%, y los de 1995, con un 63,6%; en 1980 la participación fue del 61,34%. Ortega destacó la “normalidad de la jornada, en la que no ha habido ningún incidente que obstaculizara el derecho a voto”, y ha agradecido el trabajo a todas las personas que han contribuido para que fuera posible. Los catalanes optaron por acudir masivamente a las urnas ante unos comicios en los que se planteaba el debate de un nuevo encaje territorial de Cataluña con España, con la posibilidad de celebrar un referéndum o consulta sobre el futuro de la comunidad. Esta participación supera también la de los últimos comicios al Parlamento en 2010, cuando, superando los peores augurios de escepticismo motivados por la crisis económica, la participación se situó en un 58,78%.

En la circunscripción de Gerona la participación fue del 70,68%, con un total de 334.832 votos, más de 11 puntos por encima de la cifra de 2010. En la provincia de Barcelona votaron 2.663.982 personas, lo que supone un 69,84% de participación, nueve puntos por encima de 2010. En Lleida fueron a las urnas 197.868 personas, un 69,32% de personas, más de 10 puntos por encima de los comicios de 2010, y en Tarragona la participación fue del 66,35%. La participación en estas elecciones también contrasta con la de los municipales en mayo de 2011, cuando votaron el 54,93% de los electores catalanes, 1,07 puntos por encima de 2007 cuando se marcó un récord absoluto de abstención en todas las convocatorias de comicios locales, autonómicos y generales desde 1979. En las últimas generales, Cataluña registró la segunda menor participación de la historia en unas elecciones en este ámbito, después de que acudieran a las urnas el 66,84% de los ciudadanos con derecho a voto, a la par que el voto nulo y el blanco alcanzó registros máximos -el voto nulo se triplicó hasta el 1,58% del censo y el blanco llegó al 1,85%-.

La esquizofrenia del PSC

Fede Durán | 2 de diciembre de 2010 a las 15:19

El tremendo sopaso con que los electores catalanes han castigado al PSC genera dos corrientes interpretativas con un punto indiscutible en común: el tripartito era un invento caótico, esquizofrénico, definitivamente marxista -de los Hermanos Marx- que ha contribuido al fracaso del partido.

Según la primera onda, el problema es que Montilla, mal converso como todos los charnegos, ha querido ser más papista (nacionalista) que el Papa (CiU/ERC), olvidando así las esencias socialistas de la Cataluña metropolitana. El pero a esta teoría es que muchos hijos (y nietos) de quienes sí sentían y votaban PSC se cambiaron de camiseta hace años. Un catalán de tercera generación se siente integrado de pleno derecho y maneja exactamente las mismas opciones ideológicas que el resto de la población.

La segunda onda nos conduce justo al extremo contrario: el PSC sigue siendo un apéndice del PSOE y por lo tanto de la pérfida Madrid, símbolo de centralismo y anticatalanismo, así que Montilla ha caído por su propia docilidad y por la eterna ausencia de una auténtica marca catalana para el socialismo.

El ex president era, en cualquier caso, una apuesta de Zapatero. A mí me gustaba infinitamente más Pasqual Maragall, federalista convencido, amigo de las otras españas, brillante y poeta cuando tocaba (y cuando no tocaba también). Maragall fue más incómodo para Zapatero porque lo llevó al huerto del Estatut y a aquella promesa kamikaze (“aprobaré el texto que salga del Parlamento de Cataluña”). ZP pensó, escarmentado, que otro gallo cantaría con Monti.

Opciones tras el severo correctivo de los escuetos 28 diputados:

  1. Mantener la senda montillista con un sucesor tipo Celestino Corbacho. Habría un tira y afloja light con el PSOE y persistirían las dualidades identitarias y orgánicas.
  2. Dividir la tortilla en dos y actuar en Cataluña con marcas independientes: PSC y PSOE podrían, posteriormente, aliarse si lo creen conveniente.
  3. Desmarcarse definitivamente de la matriz y crear, como sugiere Castells, una plataforma marcadamente diferente y sólo remotamente emparentada con Ferraz (aunque de hecho el PSC ya disponga, aunque no siempre la use para distanciarse, de esa difusa consanguinidad). El equipo estaría compuesto por políticos de marcado perfil catalanista e incluso contaría con sonoros artistas invitados (¿Carod?).

Curiosamente, el PSC no es la única víctima de la bipolaridad. La sufren o han sufrido también ERC (Puigcercós versus Bertrán/Carretero; y eso sin entrar en la lucha cainita con el guillotinado Carod) y CiU (Mas y el soberanismo versus Duran y el posibilismo). Los republicanos se codean con el betún tras perder 11 escaños. Pero CiU sigue ahí, casi tan fuerte como siempre (siempre significa en este caso Jordi Pujol), dispuesta a mandar con dos facciones que se toleran pero no se aman, e incluso permitiéndose lanzar a los derrotados un mensaje de eficacia, cordura y voluntarismo en positivo: Duran, quizás, será conseller en cap, o número dos, o mano derecha de Mas. Así se hacen las cosas. Casi que por un instante me siento convergente y todo.

Micromemorias III (el coronel)

Fede Durán | 14 de abril de 2008 a las 13:04

En toda plaza manda un coronel. Y entrar en contacto con él, recortar la distancia que separa el cielo de la tierra, impone. Mi primer gran entrevistado fue Joan Clos, ya ex ministro y quizás hoy abatido tras perder su pedrería por la irrupción de Sebastián y el escaso cariño que le profesa el PSC. Hace un lustro, cuando era alcalde de Barcelona, pedí la vez y me la concedieron no sin superar antes algunos de los trámites habituales, entre los que por suerte no se incluían plegarias ni ramos de flores. Para el jamón tampoco me alcanzaba, pero no hubo problema. Su jefa de prensa era una chica maja de origen andaluz, como tantas veces sucede allá. Yo ya conocía a toda la oposición (Xavier Trias, Alberto Fernández Díaz) y a los socios de Clos (Imma Mayol y Jordi Portabella), así que los socialistas debían sentir una especie de obligación moral que satisfacieron sorprendentemente pronto.

El Ayuntamiento se ubica, como el Palau de la Generalitat, en la Plaça de Sant Jaume. Pleno centro, barrio gótico, guiris y colorido movimiento. Normalmente entras por una puerta lateral, aunque si la cita es importante (y en este caso lo era) te hacen dar algún rodeo para que comprendas que el palacio es tan suntuoso como el líder que lo gestiona. La verdad es que el edificio impone: mención especial merece su capilla, oscura y pulcra, un lugar en el que tal vez puedas lograr la paradoja de casarte por lo civil de la mano de tu concejal favorito.

Pasillos y antesalas, bedeles y asesores, guardaespaldas y secretarias. Siempre prudente, dejando que la chica de prensa marque el ritmo. Al final, te sientan en un butacón frente a las mismas puertas del rey. Huele a rancio. El edificio es viejo. Seguro que crujen sus paredes. La puerta chirría y te dicen que puedes pasar, que el jefe te espera. Repasas las preguntas, seis o siete, no más (a veces es bueno confiar en que la conversación te llevará por derroteros imprevistos), compruebas que la grabadora no ha muerto y suspiras.

Ahí está. Se levanta y te estrecha la mano. El radar me indica de inmediato que cuida los detalles. Sobre su formidable mesa de madera (¿caoba?) descansa un ejemplar del Financial Times. El despacho es de techos altos y ventanales, pero huye del barroquismo. Anochece. Me ofrece asiento, elijo el que creo menos noble y compruebo que la chica de prensa aprueba mi decisión. Nos sentamos y charlamos. Es el warm up, el calentamiento previo a la batalla. A los cinco minutos consulto inquieto mi reloj. Es hora de arrancar. Que sea lo que deba ser. Le advierto que encenderé la grabadora. Sin problema. El piloto rojo brilla. Bien. Puedo concentrarme en las preguntas.

Hablamos de economía, de política, del espíritu de la ciudad, de sus deficiencias y atractivos, de sus aspiraciones. Se sabe la lección. Tiene cifras en la cabeza, las expone dándote a entender que eres un principiante. Decido atacar los flancos más débiles. Me decepciona su falta de autocrítica. En el momento más tenso, dobla una pierna sobre la otra y le veo no sólo el calcetín sino también la pierna, nada peluda pero dudo que depilada. Clos no le cae bien al partido, pero tampoco es tan malo. Sencillamente, no conecta. Es lo opuesto a Zapatero. Sabe más aunque guste menos. Han pasado tres cuartos de hora. Nos despedimos. Al salir del despacho, la chica me pide un favor. “Pásame la entrevista cuando la hayas transcrito”. Lo hago. Me llama a los dos días. “Me gustaría cambiar un par de frasecillas”. Es el segundo favor. Compruebo el impacto que las correcciones tendrían en la entrevista. Bah. Son cuestiones más de estilo que de fondo. Le contesto que no hay inconveniente. Me da las gracias.

Publico la página 72 horas después. Paso la mañana intranquilo, pero nadie llama ni me topo con sicarios a la puerta de casa. Abro una cerveza y pienso en el siguiente coronel.