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El cerebro y la tijera

Fede Durán | 9 de marzo de 2012 a las 10:32

LA virtud de la austeridad suena más que el pecado del desempleo sencillamente porque, para el político, lograr aquella meta es mucho más fácil que combatir esta lacra. Las administraciones públicas han crecido a rebufo de una cultura de la abundancia sustentada no en el fondo de un progreso con cimientos sino en los gases de una burbuja. Incluso sin grandes dotes estratégicas, un dirigente equis sería capaz de adaptarse al guión de los tiempos que marca Alemania destruyendo triplicidades, prescindiendo de buena parte del personal laboral al servicio del aparato, exterminando organismos autónomos y fundaciones, o mermando la flota de vehículos oficiales, asesores, guardaespaldas y hagiógrafos/pelotas tipo Goebbels.

Lo del paro es distinto. Científicamente probada la desconexión entre reformas y empleo, desmitificada la teoría de la varita mágica, sólo queda la percha del discurso sesudo, el estudio minucioso, la audacia y las buenas ideas. Un panorama imponente para el político español medio. Y, sin embargo, una oportunidad perdida por falta de talento o ganas.

El próximo 25 de marzo se celebran las elecciones andaluzas. La suspensión de las primas a las renovables debería estar en el ojo del debate porque éste es un sector donde la comunidad, por una vez, se había posicionado bien. Turismo y agricultura, los puntales clásicos, también tendrían que constar más a menudo: está el modelo aparentemente agotado de sol más playa, está el problema de la competencia marroquí, está la inteligente alternativa del producto ecológico, donde la región es una potencia. Tampoco se toca lo suficiente el rescate de la construcción, o al menos la reinterpretación de un área económica que, con un enfoque más hábil -rehabilitaciones, eficiencia energética- podría fabricar puestos de trabajo.

En un inocuo ángulo marginal de la discusión se mantiene (se respeta) a la banca, actriz esencial para la recuperación. Francisco Verdú, consejero delegado de Bankia, recordaba esta semana cómo las agencias de calificación amenazaban con rebajas de rating a las entidades que, en pleno ciclo expansivo, no aumentaban sus préstamos bastante por encima del 20% anual. Así llegó la fiesta del crédito dudoso. Y así se fraguó la excesiva cautela actual, un no me fío obsesivo que bloquea los proyectos de la clase media-baja emprendedora. La Junta, por citar el ejemplo más próximo, será en sí misma una cáscara de nuez en el océano. Con subvenciones y ayudas iniciáticas a la baja (la crisis manda) no se sostiene ni se reconstruye el tejido empresarial necesario para generar riqueza y crear empleo. No por conocida dejó de ser curiosa la segunda afirmación de Verdú: “Nosotros vivimos de prestar”. Entonces, si ya no prestan, ¿de qué viven ahora? Y, ya de paso, ¿qué papel ha jugado y juega en toda esta parálisis el Estado?

Alemania y sus costurones laborales (II)

Fede Durán | 29 de febrero de 2012 a las 14:42

Recupero para el blog un reportaje que preparé la semana pasada ahondando en el sistema laboral alemán. Ahí va.

Indiscutiblemente, Alemania es la musa de Europa. Sobre todo para los pobres, países como Grecia, Portugal, Italia o España marcados por la lacra de las malas estadísticas. La gran vergüenza española es el paro. Ahí volcó sus esfuerzos reformistas el anterior Gobierno (junio de 2010) y ahí los ha volcado ahora Mariano Rajoy. En su mente, y en la tinta de su decreto-ley, el espíritu de aquel Schröder que en 2003 implantaba los cambios que hoy permiten a la locomotora europea presumir de buena salud: más de 41 millones de ocupados y una tasa de desempleo que ronda el 6%.

Por si fuera poco, los alemanes ganan 6.000 euros más al año que los españoles (32.572 euros de media en 2010, según la OCDE), permanecen en sus empresas dos años y dos meses más (10,6 en total) y ajustan mejor la formación obtenida al puesto desempeñado: su sobrecualificación es del 18% frente al 25% promedio en los países de la OCDE.

Pero Alemania no es un milagro. Los minijobs son soluciones temporales para estudiantes con problemas de financiación. En una década, la precariedad ha aumentado: 7,3 millones de personas cuentan con trabajos mal remunerados. El kurtzarbeit o contrato a tiempo parcial es un buen síntoma de flexibilidad, aunque el exceso es tan malo como el defecto: sólo Holanda y Austria rivalizan por la medalla de oro en la aplicación indiscriminada de esta fórmula, que ha progresado cinco puntos (hasta el 7,9% del total de contratos) entre los hombres y diez (37,9%) entre las mujeres del gigante teutón.

El Insituto de Investigaciones Laborales, adscrito a la Agencia Federal de Empleo, advierte en su último boletín que “la probabilidad de un parado de lograr un trabajo permanente ha caído alrededor de un 7% (…). La expansión de formas atípicas de empleo (temporal, a tiempo parcial, vía ETT) y un sector de bajos salarios que gana terreno gradualmente en Europa sugieren que cada vez más el coste de conseguir un trabajo pasa por renunciar a su calidad”.

De hecho, la moderación salarial ha sido uno de los mejores trucos alemanes. Entre 1990 y 1995, los sueldos avanzaron un 2,1%. A partir de entonces, sobriedad e incluso pérdidas de poder adquisitivo [ver gráfico]. En 2009, con un año de crisis ya a cuestas, las retribuciones germanas cayeron un 0,2% mientras en España se disparaban un 4,5%.

La Fundación Bertelsmann recopila en un reciente estudio algunos desequilibrios más: A. Los trabajos pata negra se concentran en la industria transformadora. La precariedad prefiere los servicios, que absorben a 30 millones de ocupados por los 10 de la rama industrial. Sólo Luxemburgo, Polonia, Holanda y Malta han destruido más trabajos a tiempo completo que Alemania en los últimos años. B. La carga fiscal es elevada y desigual. Para los salarios medios se sitúa en el 42,7% (19% en España antes de las últimas subidas de impuestos) y para los bajos en el 37% (13,9%). C. La negociación colectiva ofrece una cobertura muy dispar por regiones y sectores. D. Entre 2003 y 2008, los sindicatos perdieron el 16% de su afiliación (es discutible si esto es positivo o negativo). E. Las diferencias entre el Este y el Oeste son todavía laboralmente sensibles. F. La temporalidad es muy alta entre los más jóvenes. En la franja de edad que va de los 15 a los 24, aquella creció del 38% de 1994 al 57,2% de 2010.

Al parado se le protege mejor en España. No sólo porque el Estado destine una cuña mayor del PIB al efecto (2,81% versus 1,18% en 2009), sino porque los 33 días por año trabajado que Rajoy pretende generalizar en los despidos improcedentes suenan bastante bien si se analiza el método alemán. Allí, sólo hay derecho a la indemnización si el trabajador renuncia a emprender acciones legales. El cálculo clásico, que deja la cantidad en unos 15 días de media, consiste en pagar la mitad de las tres cuartas partes de los ingresos mensuales por año trabajado. El país cuenta, por cierto, con siete modalidades de despido más la figura de la renuncia por motivos psicológicos.

Respecto a las prestaciones, cuentan dos referencias: los siete años previos al despido y la edad del despedido. El tope estándar está en 12 meses, pero un señor con 58 años y más de 64 meses trabajados podrá alargar la prestación hasta 32 mensualidades. El parado ha de estar disponible para ocupar un puesto similar, y hasta esto queda tasado: durante los tres primeros meses de paro, aceptará cualquier oferta que suponga cobrar el 80% de lo que ganaba en su anterior empleo. El cuarto mes se conformará con un 70%. Y después del sexto se quedará con cualquier sueldo que supere la prestación.

Al igual que en España, existe un subsidio posterior que cobra quien demuestra que no puede vivir por sí mismo ni con ingresos o patrimonio familiar. El importe asciende a 374 euros (337 por cabeza para los matrimonios o las parejas de hecho).

Cuando se buscan los matices tras las grandes afirmaciones es cuando se descubre que la musa, al final, también tiene costurones.

RIP clase media

Fede Durán | 24 de febrero de 2012 a las 10:35

ALGUIEN escribía atinadamente desde Madrid que Salvados, el programa de La Sexta que conduce Jordi Évole, es un vestigio en España del verdadero periodismo. El tema de la última entrega era la reforma laboral: análisis, efectos y comparativa con la musa oficial de toda Europa, que es Alemania. ¿Por qué tenemos que parecernos a ella? Básicamente, porque Schröder hizo en 2003, apoyado por la oposición, lo que hoy pretende aquí Rajoy: implantar un modelo basado en el trabajo más barato y más flexible. Y también, conviene aclararlo, porque los alemanes son accionistas mayoritarios del BCE, organismo encargado de sacarle las castañas del fuego a países como España o Italia cuando los obuses de la prima de riesgo percuten más de la cuenta.

Hace casi una década, el canciller explicó a sus compatriotas las opciones que les ofrecían los nuevos tiempos, marcados por la feroz competencia de las economías emergentes: “Podéis elegir entre tener más paro y tener más desigualdad”. Los alemanes eligieron lo segundo y ahora la Merkel inunda las calles de carteles con un orgulloso lema, Nunca antes tanta gente trabajó en este país. Gracias, Alemania. La cifra de ocupados es ciertamente récord, más de 41 millones a cierre de 2011, y la tasa de paro supera por poco el 6%.

¿Aplausos? En realidad, no. La carga fiscal al trabajador es muy desigual: los salarios medios y bajos pagan comparativamente demasiado, y los sueldos apenas han crecido. Con las reformas de entonces, la indemnización por despido (cuando se contempla, cosa que no siempre ocurre) ronda los 15 días por año trabajado y la prestación por desempleo cae del tope de 36 mensualidades a las 12 actuales, aunque hay excepciones al alza para los más veteranos. Cuando dejas de recibir la paga, el sistema de protección tiene mecanismos complementarios que parecen suficientes pero que tampoco lo son por estar diseñados para casos de extrema necesidad: si demuestras que ni tu familia ni tú tenéis recursos, te pagarán 374 euros en metálico y tendrán el detalle de costearte la calefacción y algún extra vinculado al alquiler. Cuando la ley dice no tener recursos se refiere exactamente a eso: por ejemplo, el Estado puede obligarte a vender tu coche si pretendes cobrar.

De los minijobs conocemos todos los costurones: puestos con cero valor añadido pensados para estudiantes donde el techo salarial se establece en 400 euros y la carga de trabajo ronda las 15 horas semanales. Más de siete millones de alemanes están hoy abonados a esta modalidad contractual.

España, que además de querer equipararse laboralmente a Alemania le ha copiado los precios con niveles de ingresos sensiblemente inferiores, debería centrarse en la productividad, que era la verdadera cara inspiradora del retrato germano de Évole: una jornada promedio de 08:00 a 17:00, descansos breves para comer, llamadas telefónicas personales prohibidas y cualquier página de internet no vinculada a la profesión capada (vale, Twitter se libraba por causas insondables). Lo curioso es que España sí mejora en este ámbito. Pero no por la nueva reforma sino por el miedo de quien aún tiene un empleo a perderlo.

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Flexinseguridad

Fede Durán | 17 de febrero de 2012 a las 10:55

LA advertencia primero: sin actividad económica, sin consumo ni crédito, ninguna reforma laboral funciona. La sospecha después: el decreto-ley del 10 de febrero parece pensado exclusivamente para situaciones de crisis, obviando que (uno) en tiempos de bonanza el empresario da menos importancia al coste del despido y (dos) que quizás entonces, en plena expansión, las funciones que hoy se le atribuyen parezcan excesivas. Los diseñadores de la norma han optado por un modelo “radical”, que es como lo define De Guindos, donde la Administración pública se convierte en una especie de Senado, con voz pero en realidad sin voto, y donde una serie de causas tendencialmente ambiguas y de ancha interpretación permiten al patrón todas las posibilidades imaginables.

Para plantear un ERE o un despido procedente, para modificar sustancialmente las condiciones de trabajo o suspender el convenio colectivo tendrán que concurrir motivos económicos, técnicos, organizativos o productivos. Si tu compañía registra pérdidas continuadas (dos o tres trimestres consecutivos, según los casos) o un descenso sostenido de los ingresos o ventas; si cambian los medios o instrumentos de producción; si se modifican los sistemas y métodos de trabajo; o incluso si varía la demanda de los productos o servicios que la empresa pretende colocar en el mercado, entonces, cabrán rebajas salariales, expedientes de regulación o reducciones de jornada.

¿Cuándo cambian los medios o instrumentos de producción? ¿Qué son exactamente los sistemas y métodos de trabajo? ¿Acaso no están todas las empresas sometidas a constantes variaciones de las demandas de sus productos o servicios; no es exactamente ésa la ley del mercado?

Aunque el objetivo confeso del legislador en España ha sido siempre la flexiseguridad, la reforma laboral ha parido un antónimo, la flexinseguridad. Con un arsenal tan vasto de jusitificantes, no debe resultar difícil tumbar las demandas de sindicatos y trabajadores en sede judicial.

Un ejemplo de cómo funcionarán las cosas a partir de ahora: el empresario suspende el contrato de uno, varios o todos los trabajadores porque considera que se da alguna de las causas descritas en el decreto. Lo comunica a la autoridad laboral competente y se abre un periodo de consultas. La Inspección de Trabajo elabora un informe no vinculante. Pasan 15 días como máximo y el empresario notifica su decisión definitiva a la plantilla y a la Administración (que antes era la que decidía). A partir de ahí, la resignación o los tribunales. En el nuevo texto se suprime la mención a la razonabilidad de la medida y a la superación de la situación coyuntural.

La paradoja es que una herramienta teóricamente ideada para “favorecer la empleabilidad y fomentar la contratación indefinida” invite a pensar justo lo contrario.

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Lean a Keynes, ignoren a la Merkel

Fede Durán | 4 de enero de 2012 a las 11:13

El Gobierno actual comparte con el anterior una doble obsesión: el déficit y el paro. Son, con permiso de la menos vergonzante prima de riesgo, cuyo porvenir puede siempre asociarse al insondable efecto especulativo, los marcadores de salud más valorados y también los más visibles. Sus destinos, además, están conectados. Una lucha obsesiva contra el déficit público -y la actual lo es- encierra la obviedad de cuadrar ingresos y gastos. Las opciones para lograrlo son conocidas por universalmente aplicadas en toda Europa y, especialmente, en los países más ruinosos -Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y ahora España-: austeridad e impuestos. La receta es discutible. La austeridad implica renunciar al brazo inversor de lo público y, por lo tanto, a la creación de empleo a través de, por ejemplo, ambiciosos (y racionales) proyectos de infraestructuras. Las subidas de impuestos amplifican la desconfianza y el conservadurismo económico. Salvo que el Tribunal Constitucional lo remedie -ya lo hizo en 1997 al concluir que endurecer el IRPF por decreto ley no procede-, casi todos los trabajadores (y digo casi porque sería hermoso creer que algún español de a pie ganará más en 2012) cobrarán menos que en 2011. Pende también sobre nuestras cabezas la amenaza damocliana de un alza del IVA en marzo o mañana mismo. Recetas contra el consumo que se suman a la escasez del crédito, los insuficientes incentivos al emprendedor y una burocracia de tomo y plomo.

Sin intuir siquiera el grosor del cordón umbilical déficit-desempleo, el Gobierno actual y el anterior comparten otra cuestionable baraja de creencias: la que otorga poderes mágicos a la reforma laboral como herramienta de rescate; la que incide antes en el coste del despido que en el premio a la contratación; o la que insiste en respetar un esquema basado en el desmedido protagonismo de sindicatos y patronal. No conviene confundir a la CEOE con los empresarios ni a UGT y CCOO con los trabajadores. Unas realidades son sólo institucionales; las otras de carne y hueso.

De Guindos, Montoro y Báñez deberían leer más a Keynes (y a Krugman) y escuchar menos a Merkel. El primer objetivo si de verdad se quiere reducir el paro es fomentar la iniciativa del pequeño empresario, del debutante, del licenciado talentoso, del autónomo. Se trata de ventilar la universidad para que el pensamiento número uno del recién salido no sea buscar cobijo por cuenta ajena sino sustento por esfuerzo propio. La banca será necesaria para ello. Ya es hora de que devuelva a la sociedad parte de lo que le debe como motor dinamizador. La carta de presentación de Rajoy -más presión fiscal, tijeretazos masivos- demuestra una preocupante falta de imaginación. Tiene tiempo (cuatro años) para rectificar, para demostrar aquello de la autonomía decisoria que cacareó en campaña.

Yanquis contra pies negros

Fede Durán | 2 de diciembre de 2011 a las 14:33

MENSAJE de Rajoy a los agentes sociales: pactad o legislaré. Fotografía previsible: no habrá pacto y entonces conoceremos la verdadera naturaleza ejecutiva del enigmático líder gallego. Opciones: idear la enésima reforma light o hacer lo que le pide el cuerpo y le dictan los filósofos más audaces de la ciencia laboral. Elijamos esta segunda vía y describamos el paisaje: el PP tocará la negociación colectiva y la indemnización por despido. La primera parte, por aburrida y farragosa, la dejamos para otro día. Interesa, por su impacto en el bolsillo del ciudadano, la otra cuestión. Vamos allá.

La alternativa más radical es la supresión de las indemnizaciones por despido. Ni 45 días, ni 33, ni 20. Nada. Cero. Así funciona Dinamarca, con la diferencia de que allí las prestaciones por desempleo son bastante generosas. Motivos: 1. Se elimina el riesgo de que una empresa se arruine por tener que asumir despidos millonarios y/o masivos. 2. Se recupera la lógica original indemnizatoria, que consistía en cubrir al empleado cuando no existían sistemas de protección como la prestación o el subsidio. 3. España deja de ser el país más gravoso de Europa en esta liga (42 mensualidades más 45 días por año trabajado como clímax). 4. El empresario pierde el miedo a contratar (la teoría del miedo es discutible, pero es la que prima en determinados sectores ideológicos) y compensa con este lifting su otra gran carga, los costes laborales (la suma de salarios y cotizaciones).

Naveguemos en el tiempo inspirados en H. G. Wells y asumamos que todo lo anterior sucede. Hay dos efectos colaterales muy obvios. Efecto A: a la proverbial dualidad del mercado laboral español, un tablero donde dos bandos irreconciliables -los indefinidos y los temporales- redistribuyen permanentemente sus fuerzas (la indefinición gana por goleada en términos absolutos; la temporalidad en términos evolutivos), se complicaría aún más porque el modelo indemnización cero no tendría efectos retroactivos y haría convivir en una misma compañía a empleados pata negra (los de 45 ó 33 días) con subempleados marca blanca. Efecto B: la (in)movilidad laboral/geográfica, un problema endémico en España que sitúa el paro estructural en más de tres millones de personas según distintos estudios, se multiplicaría con la furia de las peores plagas. Obviamente, nadie quiere cambiar sus 45 días por un rosco en una nueva empresa donde, además, el contador de la prestación también se reinicia. Los más veteranos se aferrarían a sus mesas y despachos como aquellos abanderados yanquis que veían caer a sus compañeros en mitad de un tiroteo contra hordas de sioux o pies negros sin dejar de sostener el trapito de las barras y estrellas. Incluso las jugadas más valientes encierran peligros insondables. Pronto sabremos si Rajoy está dispuesto a asumirlos.

El curandero

Fede Durán | 5 de agosto de 2011 a las 9:47

Las entrañas del motor político universal son muy rudimentarias: la propaganda de lo propio más el vilipendio de lo ajeno. Este mecanismo bicilíndrico es común a la raza examinada, pero unas veces llama la atención más que otras. Es el caso del PP, que juega en España a un peligroso deporte electoral: vender la llegada al poder como una especie de pócima milagrosa. Rajoy parece un curandero obsesionado con embaldosar su discurso a partir de tres materiales: el descrédito al PSOE, la alabanza a la seriedad de su propio partido, que presuntamente tiene clarísimas las ideas para salir del atolladero, y una suerte de esquizofrenia mal medida de cara al escaparate internacional, donde el país es a la vez un desastre fiscal, laboral y financiero y una roca preparada para soportar y burlar la presión de los mercados.

Un balance superficial y medio consensuado de la actuación política nacional ante la crisis sería más o menos como sigue. Uno. Bien en el control estatal del déficit público; regular tirando a mal en la parte del trabajo que corresponde a las comunidades autónomas. Dos. Directamente inútil la reforma laboral. Tanto la EPA como el paro registrado demuestran que la contratación indefinida aún retrocede; que el desempleo en general y el juvenil en particular son vergonzosos; y que ni siquiera el efecto estival maquilla una tasa devastadora. Tres. Inquietante la reforma financiera por el maremágnum de los SIP, las sospechas de los inversores, la profesionalización incompleta de las plantas altas cajistas y la amenaza de que en el armario se esconda algún cadáver más aparte de los de la CCM, Cajasur y la CAM.

Cuando Rajoy ocupe La Moncloa (si es que gana, recuerden lo del toro y el rabo o lo del oso y la piel), podrá ahondar en la senda de la austeridad, poner a las CCAA en su sitio (fiscal), afrontar una verdadera reforma laboral, inyectar al sector financiero las gotas de racionalidad que aún le faltan, subir el IVA o hacerse fotos con Obama, Merkel, Sarkozy y Wen Jiabao (no necesariamente en este orden). Pero la repercusión de sus acciones será limitada. Porque este partido se juega en toda la Eurozona. En Fráncfort, donde Trichet debería apuntarse a la terapia de Ambiguos Anónimos y comenzar a comprar deuda italiana y española, no sólo portuguesa e irlandesa. En Berlín, donde emerge como una orca la amenaza de la deflación. En París. En Bruselas.

Europa necesita vestirse de superhéroe y extirpar su personalidad múltiple. Necesita convencer a los mercados de que no siempre será como ahora es. Necesita reivindicarse desde la seriedad, desde aquel acervo comunitario que sólo se creen hoy los eurodiputados que viajan en primera. Si Rajoy y el PP insisten en la cultura de la chistera, el ridículo será tremendo. Es lo que quiere la piraña especulativa.

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España, Italia y el caos

Fede Durán | 4 de agosto de 2011 a las 15:03

Resumen del editorial de hoy del Financial Times (cuyo enlace no puedo colgar porque uno debe registrarse -gratis- para acceder a la información). O, más bien, resumen de mi interpretación sobre lo que piensan en FT del lío de la eurodeuda.

España ha hecho sus deberes como un alumno aplicado. Notable alto, pero no sobresaliente porque:

  1. La batalla por la contención del déficit público se gana en el terreno estatal pero se pierde en el autonómico.
  2. La reforma laboral ha vivido más de la voluntad que de la eficacia (ahí están la EPA y el paro registrado para demostrarlo).
  3. La reforma financiera aún genera dudas sobre cuántos cadáveres quedan en el armario tras los pestilentes descubrimientos de la CCM, Cajasur y la CAM.

Italia no va tan bien. Su deuda pública es enorme (119% del PIB), su disciplina fiscal mórbida y sus últimos presupuestos generales decepcionantes, porque trasladan a después de las próximas elecciones (2013) el esfuerzo reformista y de austeridad que los mercados reclaman ahora. Tampoco ayudan el histrionismo de Silvio, la superburocracia (¿recuerdan las 12 Pruebas de Astérix?) o el magro crecimiento del Producto Interior Bruto.

En realidad, y aquí viene la parte chunga, FT cuenta con una intensificación de los esfuerzos hispanoitalianos pero asume que por sí solos no son suficientes. Es urgente que la Eurozona se disfrace de superhéroe (sin síndromes bilopares, tripolares y sucesivos, a ser posible) y ejecute ya las tareas acordadas tras sellar el segundo rescate griego (básicamente, permitir que la facilidad europea de estabilidad financiera, menudo bautismo, compre deuda en los mercados secundarios).

Cero menciones, curiosamente, al rol del BCE.

Y una lúgubre reflexión final: más vale estar preparados por su el frente sur de la Eurozona vuela en mil pedazos. Glups.

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Los ahorros, al calcetín

Fede Durán | 3 de agosto de 2011 a las 13:54

España está sometida al martillo de la prima de riesgo. Capón aquí, capón allá, la crisis de la deuda soberana no nos deja en paz. Que si cuatrocientos puntos básicos. Que si Moody’s y Fitch. Que si EEUU y su techo de gasto. Que si el Íbex más disparatado de los últimos tiempos. Inmensas abstracciones para el lector habitual que sin embargo encierran consecuencias devastadoras. A veces aún me planteo qué diablos son los mercados. Y cada vez me indigno más al comprobar el inmenso poder que tienen. Es verdad, es verdad: las reformas han sido tibias en el mejor de los casos (cajas de ahorros) y directamente inútiles en el peor (mercado laboral), pero España lleva meses dispuesta a abrazar su nueva condición de País No Tan Rico Ni Tan Milagroso. Harán falta más recortes, y cada tijeretazo será como la enésima confesión del pecado que supuso nuestro diletantismo capitalista. Pero es extraño, insisto, estar más cerca que nunca de un rescate, mecanismo horrible que en mi opinión acaba hundiendo más a la víctima porque engorda el círculo vicioso de la acumulación de deuda e intereses.

Canto a la esperanza: quizás, como señalan los expertos, la volatilidad de estos días se deba a la escasa presencia de inversores en agosto y a la consiguiente amplificación de sus movimientos ante la inexistencia de una masa que los absorba. Quizás aún se analiza la letra pequeña del pacto alcanzado en USA. Quizás se espera que el Gobierno haga más (el FMI sugirió/exigió la semana pasada otra subida del IVA y más recortes salariales a los funcionarios). Hoy más que nunca, sólo sé que no sé nada. Y que me planteo recuperar la vieja idea de los ahorros al calcetín.

No me chilles que no te veo

Fede Durán | 2 de junio de 2010 a las 13:51

En un país donde las cuotas, y no el talento, marcan el diseño de las grandes estructuras del poder político, las averías son mucho más frecuentes. Sobre todo, cuando el escenario habitual, basado en cruces de declaraciones, promesas vacías e histeria gestual, deja paso a una función mucho más exigente donde la economía marca el paso y atrae las miradas internacionales de los más adiestrados. José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, largó a Pedro Solbes por su excesiva rigidez -dogmatismo, diría aquél-. Solbes, pensó Zapatero, era espartano cuando tocaba ser generoso: la deducción de 400 euros en el IRPF, el cheque-bebé o los aún vigentes 426 euros para los parados, además de la (todavía mayor) flexibilización del subsidio agrario de 35 a 20 peonadas, fueron compromisos con el ideario socialista.

Elena Salgado, vicepresidenta segunda y ministra de Economía, llegó sin referencias demasiado claras -la polémica del vino y la ley antitabaco pocas pistas aportaban sobre su pericia- pero aparentemente dispuesta a lidiar con el toro bravo de la crisis. Sin entrar en su competencia, insondable aún a estas alturas, el sello que queda no es sólo suyo. Lo estampan distintos miembros del Ejecutivo: José Blanco, Miguel Sebastián, Celestino Corbacho, José Manuel Campa, Carlos Ocaña, Maravillas Rojo… cada uno de su padre y de su madre, con opiniones a menudo dispares en materias altamente sensibles para el ciudadano, ocupado y preocupado, quién lo diría, por su supervivencia laboral y la viabilidad de su microcosmos financiero familiar.

Corbacho, gestor del Ministerio de Trabajo, opina con frecuencia de economía. Sebastián, titular en Industria, de empleo. Blanco, sorprendente especialista en Fomento, de lo divino y humano. Zapatero ha dado un sutil paso atrás para rebatir la crítica de que no repartía juego. Los subalternos han saltado briosos a la palestra. Pero el efecto caos se ha multiplicado. La reacción fue introducir como secretario de Estado de Comunicación a Félix Monteira, veterano del periodismo con muy respetable pedigrí. Es pronto para saber si el marasmo tiene remedio. Monteira es un buen entrenador, pero necesita también buenos jugadores.

Comunicar, divino tesoro en política. Y materializar, más aún. Con el paquete de medidas antidéficit, el Gobierno ha deconstruido desde el mazo y la tijera. Le queda, sin embargo, el bisturí, reservado para las operaciones más delicadas. En la camilla aguarda el principal paciente, un mercado de trabajo que boquea y exige ayuda. Standard & Poor’s y más recientemente Fitch han rebajado la calificación de la deuda española por el tamaño de sus dos puntos negros: la reforma laboral y el formidable lío de las cajas.

Acabe como acabe, la reforma ya es un sainete por la superposición de retractaciones y la reinvención de plazos. Zapatero se resiste a asumir el rol de tipo duro pese a que ése ya es un camino iniciado con la guerra a los funcionarios, el sangriento recorte de la obra pública (que puede importunar, no lo olviden, a gigantes como FCC o ACS) o el capón a las cajas, demasiado politizadas y demasiado reacias a dejar de estarlo aunque el Banco de España haya afilado ya su guadaña.

¿Qué importa en realidad una huelga general, presidente?, podría sugerirle un asesor al jefe del Ejecutivo para darle el empujoncito final. Los retrasos cuestan dinero porque la economía, por suerte o por desgracia, es una suma de eslabones: el paro crece, el déficit se dispara, las agencias rebajan el rating nacional (y los particulares; que se lo digan a las cajas), el diferencial del bono español crece sin techo aparente, Obama toca la corneta y Alemania se cabrea.

La subida de impuestos es otra interesante cuestión: afectará a dos de los tres tipos del IVA a partir de julio, pero apenas se sabe qué ocurrirá con las rentas más altas, a las que Salgado promete apretar “sólo temporalmente”. Cuanto antes se aclare la fórmula, mejor, porque no es lo mismo -ni en términos reales ni en términos electorales- endurecer las (suaves) condiciones con que hoy funcionan las sociedades de inversión de capital variable (Sicav) que meter mano al IRPF, cuyo tipo máximo es actualmente del 43%.

La congelación de las pensiones y, especialmente, la rebaja salarial decretada para (o contra) los funcionarios tiene asimismo una lectura paralela, pues traslada al sector privado la necesidad de contener el coste salarial. Ningún indicio pronostica, sin embargo, que el otro plato de la balanza -los precios, que crecieron dos décimas en mayo según el IPCA- corra la misma suerte. Y he ahí el cogollo de la cuestión española, ya que el empobrecimiento de la población sería en ese caso mucho más impactante.