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Mapache Winston (VI)

Fede Durán | 4 de septiembre de 2013 a las 17:54

Conforme se giraba hacia Winston, la figura de Dante Webster se redimensionaba al alza. Medía uno ochenta y nueve y pesaba ciento treinta kilos. La espalda en forma de trapecio, los brazos hercúleos, la nariz hundida y una larga cicatriz que cruzaba su rostro de izquierda a derecha y del ojo al mentón pasando por la boca le conferían un aspecto fiero, de asesino consagrado en mil guerras de las Galias. Instintivamente, Winston dio un paso atrás. A pesar del buen trabajo genético, un detalle emborronaba el conjunto. Los brazos fibrosos de aquel hombre negro acababan en dos muñones blancos. Winston apretó los ojos y afinó la vista: aquellas manos eran tan pequeñas que les había negado el derecho a la vida, pero estaban ahí, retorciéndose en un ovillo mandarín.

Foto Mapache Winston 6

-Busco al doctor Lebowski. No hay nadie arriba. Esperaré lo que haga falta -anunció Dante Webster con una humildad de aparcero que nadie en su sano juicio le habría atribuido a priori. Winston, el Chico Mano, estaba decidiendo justo lo contrario. La epifanía de McCarren Park le empujaba poco a poco hacia la gratitud de aquella deformidad, mucho más resultona en el exceso que en el defecto.-¿Puede usted ayudarme?

Invadido por una inquietud creciente, Winston se encogió de hombros. Era incapaz de apartar la vista de aquellas manitas, que actuaban como un potente imán. De repente, un chasquido cerebral. Observaba sus propias manos en el cuerpo de otro. Reconocía la febril rotación de esos dedos, las uñitas rosas de sietemesino, los nudillos del tamaño de lentejas.

-Yo, eh, no… no lo sé -farfulló Winston. Dante Webster le tendió la mano, su mano, y no tuvo más remedio que estrechársela. El gigante abrió tanto los ojos que por un momento pareció que se le saldrían de las cuencas. Sus deditos de alfiler se enroscaron con firmeza en torno al índice de Winston. Dante Webster separó levemente los labios y enarcó las cejas. Cuatro zanjas de arrugas se formaron en su frente. Por encima, el pelo rizado se rizó un poco más.

-Esas manos son mías -dijo. -Winston mostró su sonrisa de comadreja. El sudor lustraba su piel y se le apoltronaba nuevamente en el bigote.

-Es un empate, ejem, un empate técnico.

-¿Qué?

-Usted también tiene mis manos. Conozco al doctor Lebowski.

Dante Webster nació en el Bronx a principios de los setenta. Su padre era repartidor y su madre ama de casa. Era el cuarto de cinco hermanos y el último varón. Como la diferencia de edad con el resto era grande, tuvo que apañárselas solo. Aprendió a defenderse rápido. Era fuerte y ágil, imponía respeto. A los quince años empezó a frecuentar varios gimnasios hasta conocer a Bobby Aquilani, reclutador de jóvenes promesas del boxeo. Dante progresó lo suficiente como para disputar un par de peleas profesionales, pero tuvo que dejarlo por sus puños de cristal. Aquellas manos, incomprensiblemente, le negaban el KO. Todo encajaba menos el golpe definitivo, que se hundía en la cara del rival como un bote de mantequilla. Al bajar a los vestuarios, Bobby le desinfectaba los cortes con bastoncillos para los oídos y luego le retiraba las vendas hasta que allí sólo quedaban dos manos como raquetas de tenis sin cuerdas, ubicuas e ineficaces. Dante colgó los guantes y alquiló su físico a varios clubs de jazz de Harlem, incluido el Lennox Lounge. Allí conoció al contrabajista Christian McBride y allí escuchó la frase que marcaría su decisión: “El músico y sus manos son como un matrimonio, tío, debes alimentar la relación, ser paciente y confiar”. Si las manos eran una de las mitades del matrimonio, si la paciencia, el abono y la confianza no habían servido hasta entonces, cabía la posibilidad del divorcio. Meses más tarde leería el anuncio del Washington Post.

Manos a medida.

Trasplantes sin juntura.

Precio mínimo garantizado.

Y se encomendaría al doctor Jeff Sobchak previo abono de cuatro mil trescientos dólares. Había pedido unas manos más pequeñas, menos exageradas, unas manos que le aportasen distinción y finura. Había pedido las manos de Jack Lemmon en moreno. Al quitarse las vendas veinticuatro horas atrás, se topó con las de Mapache Winston, que escuchaba su historia sentado en el borde de la acera con las suyas entre las rodillas. Era fácil atar cabos. Lebowski y Sobchak estaban relacionados. La tarrina extragrande del Kentucky Fried Chicken contenía las manos amputadas a Winston. Lebowski se las cedió a Sobchak a cambio de quién sabe qué. Quizás se anunciasen separadamente pero formasen equipo, para ampliar así la clientela. Quizás ambos fuesen polacos, quizás también primos, o cuñados, o tal vez hermanastros. Dante Webster había buscado a Sobchak en vano, pero su secretaria, una mujer bajita sin cintura con los dientes cercados por una severa ortodoncia, le sugirió el nombre de Lebowski, especialista en el mismo tipo de operación y visitante habitual de la clínica suponía ella que por cuestiones intrínsecas a la simbiosis del saber médico.

A lo lejos, en el horizonte de tres manzanas más allá, se recortó la figura de Esmeralda. Vestía una falda corta inspirada en los tutús y una blusa sin mangas que dejaba al aire sus músculos y una delantera desproporcionada. Sonrío al reconocer a Winston, que le devolvió la sonrisa agitando su manopla. Ella adujo desconocer el paradero del doctor Lebowski, pero propuso a Winston, al que llamó Chico Mano, una cena a las siete en punto en el vietnamita de Berry Street con la Norte Seis. Cuando se desvaneció escaleras arriba, Dante Webster fustigó a Winston con una mirada vitriólica.

-¿No te has dado cuenta?

-¿De qué?

-Menudo machote te has echado por novia.

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Mapache Winston (V)

Fede Durán | 3 de septiembre de 2013 a las 17:27

Un chillido agudo traspasó los tabiques, el techo y los suelos maltrechos del número cincuenta de Monroe Street. Conforme se prolongaba, el chillido ganaba en gravedad, transformándose en un quejido más gutural y desgarrador, evolucionando el emisor de la rata al cromañón, constatando los receptores que aquel tipo, quienquiera que fuese, tenía un señor disgusto. Mapache Winston se observaba las manos sin vendaje como quien observa un cuerpo extraño: eran gruesas, anchas, largas y sobre todo negras. Negras, negras como el tizón, con surcos hondos en las palmas amarillas, con callos, los nudillos deformados y decenas de pequeñas cicatrices aquí y allá. Eran las manos de un jornalero, de un albañil, de un jodido carpintero; podían ser muchas cosas, pero desde luego no eran las manos de Paul Newman y ni de lejos valían cinco mil dólares. Winston moqueó, sorbiéndose después la nariz para recuperar el fluido nasal y utilizando por primera vez sus nuevas manos para limpiarse. Pesaban casi tanto como en el postoperatorio, y cuando caminaba le colgaban de los lados como a un orangután. Celia Cruz permanecía en un rincón, con el bolso entre las manos y el rosario sobresaliendo. Ella había cortado las vendas. Ellas las había visto a la vez que su hijo, a quien contemplaba ahora con una mezcla de tristeza y ternura.

Foto Mapache Winston 5

–Ay, mi hijo. Pues no te quedan tan mal. –Winston gruñó algo ininteligible, cogió las llaves y se marchó sin despedirse.
En la franquicia de Oslo donde solía pedir café y uno de esos croissants con almendras le preguntaron si lo suyo era contagioso. Al comprar el Times en el quiosco acostumbrado, el dependiente paquistaní rehusó darle la vuelta. Un viejo rabino juró algo en yiddish al cruzarse con él. Su presencia en movimiento ensanchaba las aceras, nadie se permitía menos de tres metros de seguridad, era Moisés abriendo el mar a un pueblo unipersonal. Le llamaron del bufete para saber cuándo se reincorporaba, pero le costaba pulsar el botón verde del móvil con aquellas salchichas. Con un solo dedo era capaz de taparse un ojo, con dos de cubrirse la frente, con tres de acolchar el cráneo desde el cuello a la coronilla, con cuatro hacía silbar el aire, con cinco podía sostener un balón de baloncesto como si fuese una ciruela.

Su objetivo era Walter Lebowski, ese maldito estafador. Enfiló Bedford Avenue hasta Greenpoint sin dejar de oír interjecciones de asombro y perplejidad, de miedo y asco y piedad. A la altura de McCarren Park, se detuvo para ver la sinfonía de los campos de juego. Un grupo de chicos negros vestidos con camisetas grises del Instituto Aguillard y hombreras y cascos de fútbol americano con una A roja sobre fondo blanco ensayaba una acción de ataque-defensa. Al pitar el entrenador, todos aquellos bucardos sin cuernos de la vanguardia chocaron las cabezas. El quarterback, un chaval tallado en ébano y roca, buscó a un receptor en la banda izquierda, pero la presión de la defensa precipitó su pase, que describió una parábola imposible hacia Winston, quien veía venir la pelota sin inmutarse, sin dar un paso adelante o atrás.

En una centésima de segundo, cuando parecía que la pelota acabaría en la carretera o, peor aún, quebrando la luna de cualquier coche, Winston alzó el brazo y la atrapó limpiamente. Mantuvo el brazo en alto, humeante por el polvo de la calle y el césped y las orillas de tierra fina, y después lanzó la pelota, o mejor dicho su mano la lanzó con autonomía de pensamiento, y aquella describió otra parábola, esta vez perfecta, exquisitamente respetuosa con el canon, y el quarterback la recibió sin molestarse en variar la posición. Calló el parque entero, los del fútbol y los del béisbol y también, en lontananza, los adictos al jogging y los malabaristas. Algunas cabezas emergieron de las sombras que proyectaban los árboles. Un aplauso aislado prendió la mecha. Pronto aplaudían todos y vitoreaban los del Instituto Aguillard. Winston experimentaba una sensación inédita. Era el centro de atención. Y provocaba admiración.

Alejándose de McCarren Park desmigajaba un aura de fenómeno que la gente aspiraba y perseguía. Las pupilas brillantes de los testigos transmitían la hazaña a los ausentes, que la transmitían a los remotos, que la transmitían a los vigías de Nueva York, a los porteros, taxistas, camareros, bomberos, periodistas, policías y fotógrafos, de manera que los más importantes traficantes de noticias y rumores de la ciudad estuvieron al tanto de la proeza en cuestión de minutos. Ya en Greenpoint, Winston escuchó su nuevo alias.

–Mira, tío, es el Chico Mano –susurró Mahmud a Hassan dándole un codazo mientras fumaban un pitillo en la pausa giratoria del donner kebab.

–Eh, Chico Mano, ¿para cuándo una exhibición? –bromeó Nicos el electricista.

–Chico Mano, ¿Chico Malo? –tonteó con voz de mujer fatal Inga la florista.

–Los Giants te necesitan, Chico Mano. No vayas a joderla pirándote a los Colts -terció Jason el ditero.

Mapache Winston sintió cómo sus dos vidas se disociaban. Las manitas del pasado se mareaban en el vórtice de un remolino amnésico, como si a lo largo de su vida no hubieran sido más que las maromas podridas que los pescadores atan al perno de un bloque de hormigón sólo visible cuando la marea baja más de la cuenta y arrastra consigo la arena. Sin dejar de abanicarse con la idea, alcanzó Oak Street, una calle que ya no le parecía el corredor de la estafa sino una pasarela al futuro infinito. Frente al portal del doctor Walter Lebowski esperaba una montaña humana.

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Mapache Winston (IV)

Fede Durán | 2 de septiembre de 2013 a las 12:05

LO primero que vio al despertar fueron sus manos vendadas. Conforme la anestesia se evaporaba, aquellos dos bultos aparatosos le hundían más y más en la camilla, como el pecio de un galeón contra la arena. El rostro distorsionado de Walter Lebowski dio paso al perfil cincelado de Esmeralda, sentada junto al gotero con lo que debía ser una especie de mueca de ternura. No había señales de Celia Cruz en el posoperatorio. Winston era incapaz de medir el tiempo, iba y venía sin demasiada consistencia, siempre tutelado por Esmeralda, con la que entablaba un puente de intimidad a través de la mirada y el tacto, porque ella le pasaba las yemas de los dedos por el cuello y el bigotillo para hacerle recuperar sensaciones.

Al vestirle, la imponente enfermera tuvo que rasgarle las mangas de la camisa porque las manos, hinchadas y superenvueltas, no pasaban el embudo de la costura. Con su moderado tambaleo, Winston parecía una peonza en sus últimos giros antes de desplomarse. Esmeralda le sujetó con firmeza los hombros.

–Ya está, cariño –dijo, soltándole como el padre que deja al hijo pedalear por primera vez sin ayuda.

–¿Dónde está mamá? –Winston ya no era un mapache. Parecía una criatura aún menor, el eslabón más débil y desorientado de la cadena depredadora. Caminaba a pasitos cortos de bisabuelo– ¿Y el doctor?

–El doctor está trabajando, cielo. Vamos, te acompaño a la puerta –Esmeralda le trataba ahora con la familiaridad condescendiente de quien ha visto a un paciente babear durante horas con la raja del culo apenas cubierta por una bata verde de quirófano.

En el recibidor, junto al revistero y la silla de tres patas, alguien había colocado una tarrina gigante del Kentucky Fried Chicken cuyo logo estaba cubierto a medias por una pegatina donde se leía MUY FRÁGIL. Olía a formol. Winston desechó la primera idea que le vino a la cabeza, suspiró y se despidió de Esmeralda alzando con dificultad los labios y agachando la cabeza.

Foto Mapache Winston 4

Abajo, en la calle, quince o veinte personas se arremolinaban en torno a un camión de tacos reglamentariamente estacionado y con la cocina humeando. Sobre la marquesina podía leerse MÉXICO LINDO Y QUERIDO en letras verdes, blancas y rojas. Héctor Cruz, el patriarca, repartía comida entre los amigos, con Celia discretamente apoyada en la puerta del copiloto mientras sostenía su bolso bajo el brazo. Algunos vecinos se habían adherido a la causa y bebían cerveza Pacífico a morro. Cuando Winston apareció, se formó un griterío de acentos yuxtapuestos.

–¡Viva Cuba, coño! –arrancó uno.

–¡Parece la momia, carajo! –opinó otro.

–¡Ya no será por manos! –complementó un tercero.

Héctor Cruz alzó una cerveza y brindó por su hijo. Italianos y polacos se unieron al brindis. Mamá Celia se abrió paso a codazos y abrazó a Winston sin dejar de abrazar el bolso, que guardaba una biblia en castellano, un rosario y varias fotos de Winston el día de su comunión, su kit espiritual de emergencia. Al poco bajó Walter Lebowski con la tarrina de alitas de pollo. Con su habitual sonrisa desgastada, adujo problemas de agenda para ahuecar el ala. Esmeralda tardó diez minutos más en pisar la acera. Sonaron silbidos y alguna carcajada. Ella miró al grupo y lo domó con un simple apretón de mandíbula. Protegido por su madre, Winston estiró el cuello y enarcó las cejas sin decir nada. Esmeralda le guiñó un ojo y se marchó. El corro se sumergió unos segundos en el silencio, hasta que la parrilla chisporroteó de nuevo y los tacos reanudaron su trasiego.

Winston estaba sin estar. Las frases le rebotaban y salían despedidas hacia las alcantarillas, los muebles abandonados y los jardines comidos de malas hierbas. Pensaba sólo en sus manos, quería verlas ya, necesitaba constatar su estatus de hombre recauchutado. Aunque todavía le pesaban, comenzaba a sentirlas e imaginaba el proceso de adaptación y la cumbre del dominio digital y gestual. Las manos siempre por delante para ser parcialmente Paul Newman. Las manos como tarjeta de visita, como reloj de oro, como collar de diamantes.

Los rascacielos de Wall Street se tiñeron de naranja con el crepúsculo. El corro se desinfló, se sucedieron los abrazos, las bromas de punto y seguido, los epílogos cálidos del Caribe. Winston pidió un taxi. Celia le acompañó conteniendo a duras penas sus instintos maternales, pues no podía cogerle la mano ni Winston parecía dispuesto a dejarse acariciar a la vista del taxista. El coche paró en el cruce de Bedford Avenue con Monroe Street. Ambos se apearon y la madre le tanteó los bolsillos del pantalón en busca de las llaves del apartamento, un agujero de veinticinco metros cuadrados que el casero denominaba irónicamente loft. Una vez dentro, le ayudó a ponerse los pantalones del pijama pero decidió dejarle la camisa al no saber lidiar con el problema de las mangas. Winston no probó bocado ni quiso el epílogo de su tradicional vaso de leche. Cedió su cama a Celia y se encerró en el baño, la única habitación con intimidad, en busca de la taza del váter, el trono donde solía reflexionar en las largas noches de complejos e insomnio. Desde el salón-dormitorio se colaba la respiración de Celia Cruz, derrotada por el cansancio. Se miró las manos vendadas. Estaba finalmente a solas con ellas. Y eran enormes, tremendas, como manoplas de panadero. Bajo la hinchazón, Winston intuyó su redención de cinco mil dólares: dedos robustos tallados por un mampostero del barroco, uñas de suave media luna, el delta de unas venas rugosas de masculinidad y un cigarrillo apuntando al cielo como la atalaya desde la que divisar una excitante segunda oportunidad.

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Mapache Winston (III)

Fede Durán | 30 de agosto de 2013 a las 17:07

Foto Mapache Winston 3

MAPACHE WINSTON apenas pegó ojo la noche de la víspera. En la cama, a oscuras, tumbado boca arriba, intuía un punto de inflexión en su vida. Con los años, las esperanzas se le habían ido diluyendo, ignoraba si por el mero transcurso del tiempo, por la actividad profesional que desarrollaba, por la acumulación de fiascos amorosos, por el inusual tamaño de sus manos o por la combinación de esos cuatro factores y alguno más. El caso es que poco a poco su espíritu se apagaba, contraído por una tristeza indefinible que eliminaba, implacablemente, cualquier rastro de optimismo, cualquier concesión a la magia de la existencia. A veces, como la brisa que interrumpe el calor más infernal, un rayo de esperanza le rozaba, y entonces podía sentir, fugazmente, en ridículas dosis de segundo y medio, todo aquello que anhelaba, aquel conjunto de sensaciones que un día le aproximó a la felicidad. Esta vigilia precedía quizás uno de esos instantes, excepto que el instante esta vez podía arraigar y convertirse en un árbol anímico, robusto y longevo: el inicio de una nueva era.

Notaba el pálpito de sus manos diminutas, entrelazadas sobre la barriga, despidiéndose la una de la otra en un largo abrazo fraternal. Quienes perdían un miembro seguían notándolo muchos años después, y Mapache se preguntaba si a él le sucedería lo mismo, si bajo las manos de Paul subyacerían sus manos originales, si al picor de las manos nuevas se añadiría el de las viejas, si podría acariciar un cuerpo con veinte dedos.

Las rendijas de las persianas dejaron pasar una luz de plata. Amanecía.

-Tu padre no ha podido venir -anunció Celia Cruz a pie de escalera. Winston bajaba como un zombi, pálido y aturdido por la noche en vela.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Hoy era su primer día de trabajo. No podía faltar.

La genética había jugado una mala pasada al hijo, porque la madre, de su misma altura, era hermosa y grácil y conservaba una figura más que decente. Su piel era morena, sus labios carnosos, en su frente despejada apenas se reflejaban los surcos de la edad. La gran característica de Celia, no obstante, era aquella sonrisa con que adornaba el final de cada frase, una sonrisa tan pura que derretía a unos y enternecía a otros apagando toda realidad satélite y desactivando cualquier consideración adicional sobre pasado, presente y futuro. Celia Cruz congelaba a sus interlocutores, a todos menos a Winston, creando esas cápsulas de felicidad que él tanto ansiaba y que apenas y muy raramente el azar le proporcionaba.

-Además, necesita tiempo para encontrar un buen lugar donde aparcar el camión.

-¿Qué camión?

-El camión de los tacos. Papá es conductor y cocinero a jornada completa. Deberías estar orgulloso.

Winston y Celia Cruz atravesaron McCarren Park, donde un puñado de madrugadores jugaba al béisbol, y torcieron a la izquierda en dirección a Oak Street y sus muros tatuados de grafitis. Las escalinatas de inmigrantes estaban desiertas a esa hora, pero varios talleres clandestinos se encargaban de rellenar el vacío del runrún inmigrante con sus tornos y sopletes.

-Greenpoint es un barrio de polacos -protestó Winston con una mueca de asco. Acababan de llegar al portal de Walter Lebowski.

-Y nosotros somos cubanos, hijo -contrarrestó Celia con aquella sonrisa de hechicera-. Tranquilo, mi Winston. Todo irá bien.

Esmeralda abrió la puerta con parsimonia, como las viejas desconfiadas que al final ceden paso al vendedor de enciclopedias. Contrastarla con Celia Cruz era como comparar a un pavo con un cisne. Las mujeres se saludaron sin tocarse, pero Esmeralda consideró conveniente estamparle un beso en la mejilla a Winston, al que llamó señor Cruz.

-Puede instalarse en la sala de espera, señora. La operación llevará algún tiempo -sugirió Esmeralda mientras arrastraba sin esfuerzo a Winston hacia una puerta de cristal esmerilado con la palabra QUIRÓFNO adherida con pegatinas negras-. La A se nos cayó hace unos días, señor Cruz. Pero la filosofía es la misma, ¿verdad?

-Señorita. Oiga, señorita -Celia llamaba desde lo que con un serio esfuerzo de imaginación podría denominarse recibidor-. ¿Dónde está la sala de espera? -Esmeralda se giró de mala gana, endureciendo por primera vez sus facciones de boxeador.

-Ésa es la sala de espera, señora. Siéntese y lea alguna revista.

Celia miró alrededor. Efectivamente, había una silla, pero le faltaba una pata. En el cesto sólo vio revistas para adultos con portadas donde Diamond o Cindy explicaban por qué preferían pasarse media vida en cueros y cómo se lo tomaban sus presuntos novios, amigos y vecinos.

Lo demás sucedió deprisa. Winston se desnudó, envolviéndose en una de esas batas verdes de quirófano que dejan el culo al aire y ocultando a duras penas la erección que le producía la presencia de Esmeralda bajo otra bata blanca de enfermera que dejaba al descubierto sus potentes antebrazos. Walter Lebowski apareció vestido igualmente de blanco, estrechó vigorosamente la manita derecha de Winston (¡ay!) y lo empujó hasta lo que parecía una butaca de peluquero cubierta de sábanas con salpicaduras oscuras.

-¿Puedo ver mis manos nuevas? -preguntó ya recostado.

-Mejor despídase de las viejas, amigo -contestó el doctor Lebowski, afanado ya en preparar la inyección de la anestesia.

-Pero… Me quedaría más tranquilo -insistió Winston.

-¿Acaso el novio ve a la novia antes de encontrarla en el altar? No invoque a los demonios, señor Cruz. Y ahora, a dormir.

Winston quiso contar hasta diez. A la altura del seis, una risa floja y una bruma de invierno escandinavo le transportaron a la nada.

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Mapache Winston (II)

Fede Durán | 29 de agosto de 2013 a las 12:24

LA clínica pertenecía a un polaco de Greenpoint llamado Walter Lebowski que se anunciaba con un letrero de chapa al final de Oak Street, unos cincuenta metros antes de la verja que separa al transeúnte del East River, y estaba rodeada de naves industriales abandonadas e infraviviendas con escalones donde chavales y ancianos mal vestidos mataban el tiempo hablando en idiomas que Winston desconocía. La basura rebosaba de los contenedores y las malas hierbas habían perforado el asfalto, tatuado con manchas imborrables de aceite de coche y cráteres que dejaban ver las capas de alquitrán superpuestas a lo largo de los años. Winston examinó la chapa oxidada, donde una mano torpemente grabada hacía el signo del OK. Al fondo, tras la verja, cuatro o cinco gabarras tomaban el sol mientras un ferry enfilaba hacia Manhattan, dando la espalda al escaso glamour de esa parte de Brooklyn.

El edificio no tenía ascensor. De haberlo tenido, la frase podría haber sido la contraria: el ascensor no tenía edifico. Las escaleras eran una colección de tablas crujientes saqueadas por la carcoma. El suelo de los rellanos estaba cubierto por lo que en otro siglo debió ser moqueta. La humedad colonizaba las paredes y el techo con amplios lamparones parduscos, violáceos y verdes sobre los que distintos tipos de hongos creaban sus propias constelaciones. Los timbres habían sido arrancados de algunos apartamentos, la mayoría no tenía número, algunas puertas entreabiertas dejaban ver las entrañas de una miseria de la que nadie parecía avergonzarse. La clínica estaba en el tercer y último piso. Conforme Winston subía, el calor se multiplicaba. Aislamiento y climatización eran palabras exóticas en Oak Street. Una duda ensombreció su hasta entonces vigorosa alegría. Esperaba un entorno más profiláctico y un despliegue más ambicioso. Winston se miró las palmas de las manos, intentando leer en ellas la respuesta, pero allí sólo había líneas de frustración y pliegues de inferioridad. Coronó al fin la tercera planta y se plantó resoplando ante una puerta más cuidada, con timbre, número y otra placa. Notaba las palpitaciones del corazón contra la caja torácica; la histeria de la emoción contra el cansancio. El sudor le nacía en la frente, se le acumulaba en las cejas y se le escurría por las sienes y el entrecejo. Parte de la comitiva encontraba refugio en el bigotillo, confiriéndole un aspecto de enfermo agonizante.

Mapache 2

Winston llamó al timbre y escuchó el traqueteo creciente de unos zapatos de tacón contra el suelo. La puerta se abrió de golpe, sin el movimiento amable del acordeón, y una mujer imponente le dedicó un sondeo llameante, sordamente furioso, como si acabase de escupir el catálogo más amplio de insultos y amenazas jamás recopilado sobre la faz del planeta tierra. Sus hombros eran tan anchos que casi rozaban las jambas, en una relación no menos apretada que la de la cabeza con el dintel. Sus facciones eran duras y angulosas, y bajo una falda que moría en las rodillas emergían dos piernas musculosas de velocista.

-¿Qué coño quiere? -dijo con una voz demasiado grave. Winston, de por sí macilento, aplicaba a su piel un grado más de blancura.

-No le haga caso, no le haga caso. Esmeralda es todo un carácter, pero bajo el león se esconde una flor -la segunda voz procedía del despacho que quedaba tras la mole y su escritorio de plástico-. Pase, hombre, acérquese sin miedo.

La mole se apartó y Winston se deslizó lentamente, cabizbajo, con las manos entrelazadas como un mandarín. Walter Lebowski era como mínimo tan inmenso como Esmeralda, aunque su físico era más lógico, menos chirriante. Lucía una barba densa con mechones grises y llevaba el pelo castaño recogido en una coleta larga y voluminosa. Winston cruzó el umbral y el doctor Lebowski se levantó de la butaca y se presentó con un apretón de manos.

-¡Ay! -gimió Winston.

-Y supongo que ése es precisamente el problema -diagnosticó Lebowski atusándose la barba a la altura del cuello -Estructura frágil. Dimensiones insuficientes.

El doctor dejó que el silencio se apoderase del despacho y horadase el débil caparazón de escepticismo que identificaba en su cliente potencial. Winston estudió la habitación en busca de referencias de prestigio, pero allí no había diplomas ni certificados de calidad, como tampoco rastro alguno de modernidad, apenas un ruidoso reloj de pared, el póster de lo que parecía una película polaca de culto y dos sillas de Ikea, la que Winston se disponía a ocupar y otra en la que descansaba un gordo gato moteado que roncaba al respirar. Sobre la mesa del doctor descansaban un vademécum, una regla de treinta centímetros, una montaña de colillas bajo la que presumiblemente malvivía un cenicero y un vetusto ordenador IBM con una pegatina de los Yankees en el monitor.

-¿Cómo fabrica las manos? -se atrevió a preguntar Wilson sin dejar de presentir la proximidad de un cataclismo. El doctor Lebowski se recostó con aires campechanos, encendió un cigarro y mostró su mejor sonrisa, una sonrisa desgastada por la repetición.

-Secreto de sumario, señor…

-Cruz.

-Secreto de sumario, señor Cruz. Ningún mago revela sus trucos. Y ahora me toca a mí. ¿De cuánto dinero dispone? No me tome por impertinente. El artista quiere sólo conocer los límites que le impone la materia -la sonrisa desgastada seguía ahí, en la misma posición. En los ojos de Lebowski, muy adentro, ardía un brillo negro.

-Cinco mil dólares. Y quiero las manos de Paul Newman.

-Por cinco mil le haría las del jodido Leonardo, señor Cruz. ¡Esmeralda! Baja a por una botella de whiskey. De menos de veinte pavos, a ser posible. Invita la casa.

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Mapache Winston (I)

Fede Durán | 28 de agosto de 2013 a las 17:57

A Winston le llamaban Mapache por esas manos pequeñas y huesudas que en sus momentos de introspección tendían a recogerse en un ovillo nervioso. Mapache Winston era consciente tanto del título como del defecto, conviviendo con ambos a duras penas, inexorablemente atormentado, escondiéndose de los demás y de sí mismo, como un avestruz espantado por unas alas demasiado chatas. Con los años le habían dicho de todo, y era el flanco femenino el más inclinado a engordar la lista de agravios. Tienes manos de niña. O de vieja judía de supermercado. O de monaguillo. O de tití robaplátanos. Tras cada dardo, él se las miraba un instante, anverso y reverso, las agitaba buscando un rastro de sangre o culpa, una razón que le hiciera merecedor de semejante humillación, y después las devolvía a su celda de castigo. Las uñas eran rosas y limpias, frágiles como el coral; las falanges cortas; las palmas suaves, sin callos ni rastro alguno de aspereza en el trabajo manual. A veces, Winston se reivindicaba. Son manos de pianista, proclamaba con un leve deje de orgullo. Pero entonces alguien le recordaba que los pianistas lucen larguísimos dedos de araña. Y Winston se encorvaba, mascaba un juramento y volvía a la clausura original.

Foto Mapache Winston 1

Como bedel, era un tipo bastante metódico. Saludaba a cada empleado de Marlow & Sons con fórmulas de cortesía, almacenaba en su memoria las extensiones telefónicas de cada abogado, despachaba a los locos, atendía eficazmente a las visitas, conectaba la alarma del edificio, apagaba las luces y cerraba con llave antes de volver a casa de madrugada, cuando las sombras de la noche se fundían con las sombras de la humanidad. Nadie nunca había expuesto queja alguna sobre su desempeño, ni siquiera durante sus escasas treguas de celo para cubrir necesidades básicas como el almuerzo o la incontinencia. Aquella mañana discurría tan plácidamente que Winston se estaba permitiendo hojear el periódico sin prestar demasiada atención al universo estático circundante. Pasaba páginas con ojo de rapaz, veloz y preciso al mismo tiempo, reteniendo titulares y enlazando informaciones, paulatinamente excitado ante la inminencia del salmón que marcaba la actualidad económica, su pasión oculta, el nuevo deporte nacional desde la tormenta de las subprimes. Ya refrescaba sus índices bursátiles, sus primas de riesgo y sus fondos de pensiones cuando un anuncio a pie de página llamó bruscamente su atención.

Manos a medida. 

Trasplantes sin juntura. 

Precio mínimo garantizado.

Winston leyó y releyó el anuncio. La incredulidad inicial se deslizó por la rampa del olvido en apenas unos segundos, cediendo el testigo a una euforia primero razonable y después tan furibunda que le obligó a doblar su tregua de celo para ir al baño y aflojar la presión. De regreso a su puesto de vigía, el bedel parecía transformado. Su rostro de comadreja, tocado con un bigote despoblado y unos dientes anarquistas, se había iluminado. La sonrisa, extraño fenómeno en esa superficie aceitosa, lucía como un arcoíris, y las palabras protocolarias saltaban del trampolín de sus labios empapadas en vino y miel. Incluso sus manos, sus malditas manos de alimaña, decidieron dejarse ver, trazando en el aire volutas de énfasis, enmarcando sus buenos días y sus cómo estamos hoy.

El resto del día, funcionó al ralentí. Sus obligaciones de bedel pasaron a un segundo plano, encomendadas al piloto automático. Mapache Winston volcó su potencia cerebral en el nuevo asunto prioritario, haciéndose preguntas cuyas respuestas no podían arrojar la más mínima duda: ¿tienes dinero para ponerte unas manos nuevas? Depende de lo que cuesten. Movilizando el grueso de los ahorros y pidiéndole un extra a papá y mamá, es probable que sí. ¿Cuáles son las manos que siempre quisiste tener? Las de Paul Newman. ¿Dolerá? Negativo. Anestesia general. ¿Quedarán marcas? No. Trasplantes sin juntura. ¿Merece la pena meterse en un quirófano sólo por estética? Por supuesto. No es sólo una cuestión estética sino también ética. La reconciliación con uno mismo. La reparación de una arbitrariedad genética. El final de la era del ovillo. La libertad, la confianza, el resplandor de las almas sanas.

Fiel a su credo superestructurado, Winston adaptó la agenda al objetivo: consulta de saldos bancarios, tanteo de la disponibilidad crediticia familiar, solicitud de día libre para la prospección médico-comercial, localización física de la clínica, fotocopias ampliadas de las manos de Paul Newman, técnicas de regateo oscilantes en función de la terquedad de la contraparte. Por primera vez en su vida, se sentía preparado para afrontar El Problema, para vencer al fin a la adversidad. ¿Mapache Winston? ¡Winston La Roca! Conforme crecía su optimismo se desplegaba su imaginación. Ya no estaba rodeado de pobres putas ajadas sino de princesas exóticas y devotas que deslizaban entre sus varoniles dedos anillos de compromiso eterno. Su oscuro y húmedo apartamento de un dormitorio era de repente un lujoso ático con vistas al Hudson y equipamiento de última generación. Le nombraban bróker del año. Desayunaba embutido en un albornoz con sus iniciales cosidas en letras doradas. El bigotito daba paso a una tupida barba de lord, la dentadura se le aclaraba, incluso crecía esos cinco centímetros que siempre le faltaron para alcanzar el más que respetable metro setenta.

-Winston. Eh.

-¿Qué?

El señor Gosling le observaba condescendientemente, como quien intenta comunicarse con una raza inferior que no inspira odio sino pena.

-Me voy ya. No olvides encender la alarma, apagar las luces y cerrar con llave.

-Claro, señor Gosling. Como siempre, señor Gosling. Buenas noches, señor Gosling.

El señor Gosling solía ser el penúltimo en abandonar el edificio. A Winston le irritaba que cada noche le repitiera lo que tenía que hacer, lo que de hecho hacía, aquello en lo que jamás había fallado. Cuando la puerta se cerró tras el gordo cabrón de Gosling, Winston alzó sus complejos y les habló a la cara.

-Me ningunean por vuestra culpa. Pero eso se acabó, hijas de puta. Voy a ser como Paul.

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El peral pirata

Fede Durán | 3 de junio de 2013 a las 20:31

El abuelo camina delante, cuesta arriba, bajo un sol de justicia, y los nietos le seguimos a trompicones, resbalando con las piedras, clavando las rodillas al suelo, ensuciándonos las manos y la ropa. Avanzamos y crece la antena de telecomunicaciones que toca como un capirote la colina. Siempre pensé que en realidad era una nave espacial aterrizada por despiste y enraizada por costumbre. Avanzamos y el mar, azul intenso, se hace un hueco en el horizonte por encima de los acantilados de tierra naranja. No es verano, pero las moscas zumban igual. Huele a romero. El abuelo aún es joven, y ya nos espera junto al árbol, a varios metros de distancia, silbando como un jilguero. Nos acercamos respetuosamente, despacio, con los jadeos teatrales de la infancia. La parcela es un crimen geométrico: estrecha en un extremo, ancha en el otro, con costados igualmente desparejados y el peral perdido y casi enfadado con el agrimensor anónimo y la azarosa sedimentación de las propiedades. Nos colocamos bajo sus ramas modestas, que fabrican una sombra prodigiosamente desproporcionada, y el abuelo arranca unas pocas peras apiñadas y nos invita a probarlas. Están dulces y chorrean jugo con cada bocado y acartonan nuestras manos marrones de tierra.

-Fijaos. Este árbol es nuestro.

Intentamos concentrarnos. Paseamos la vista por sus hojas lánguidas y sus tallos flacos, palpamos el tronco, revisamos las ramas imaginando que son autopistas de hormigas y hamacas de arañas.

-Son peritas de san juan.

Los focos de un niño son nerviosos e inconstantes. Abandonan rápido el peral y apuntan más lejos, abajo, al mar. Entonces el abuelo nos cuenta la historia familiar. Venimos de un señor de Génova que nació en Venecia cuando ambas ciudades eran enemigas. Nadie sabe por qué ocurrieron así las cosas, pero ese otro protoabuelo debió ser un auténtico aventurero, o un loco, o ambas cosas, y es probable que también silbase como un jilguero y fuese fibroso como un espadachín y cantase inventándose la letra.

-En realidad era pirata -dice el abuelo, conquistándonos incondicionalmente.

Las rocas en mitad del mar son ahora galeones con banderas negras y calaveras blancas con colmillos y parches. El protoabuelo se enamora de una lugareña, se instala y se asocia con el cabo de Trafalgar, que le hace el trabajo duro. Cuando los cascos de los barcos crujen, mucho antes de convertirse en pecios, su banda desvalija a los desgraciados que se aferran a los maderos de la vida y se desentienden de los tesoros de la muerte. Gritamos y corremos, cortando el aire con espadas invisibles e invocando nuestra fiereza de corsarios genoveses nacidos en extrañas circunstancias en Venecia.

-Y el peral es vuestro.

Esta vez nos giramos hacia el árbol como si fuese el palo mayor de nuestro temible barco desvalijador y las peras tiemblan con nuestras leves sacudidas y se escucha Al Abordaje y Ríndete o a los Tiburones y el abuelo se aparta para vernos jugar y sonríe al haberle hecho justicia al peral desubicado, que desde ese día queda grapado a la memoria familiar.

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La noche y la gata

Fede Durán | 27 de mayo de 2013 a las 20:03

Durante el día la vida se desarrollaba con suave densidad. Había sentimiento de comunidad, intercambios altruistas y una sonrisa esculpida en cada rostro. Si uno contenía la respiración, podía escuchar el zumbido de la abeja y el gorgoteo de las hojas removidas por el viento. El olor del campo era como un pan recién horneado, encerraba el fruto de la tierra, su calor. No había francotiradores a lomos del sol, sólo un amable operario apuntando sus rayos a través de las nubes y las copas de los árboles. La gente se mecía en los porches, saludaba a los caminantes, bebía limonada y entornaba los ojos.

Entonces llegaba el atardecer, el horizonte se anaranjaba y los bemoles sitiaban las conversaciones hasta apagarlas. Los rostros se hundían en la tinta de la preocupación. Las puertas se cerraban con llave. Los olores desaparecían y la tierra ya no era un colchón. Sólo se oía el tic tac de los relojes arrastrándose hacia la oscuridad.

Entonces llegaba la noche y el mundo se transformaba en una claustrofóbica caja negra, víctima de una maldición incomprensible: la electricidad se esfumaba. Las velas no se encendían. El fuego se refugiaba en otra dimensión. Todo tipo de combustible se convertía en papel mojado.

Algunos se encogían dondequiera que las sombras les cazaran, con la cabeza entre los brazos, incapaces siquiera de respirar. Otros se desplazaban a tientas, como los ciegos novatos, temiendo un choque inminente. Muchos lloraban o enmudecían, se desvanecían o temblaban, pero casi nadie maldecía, porque maldecir significaba contar con una fortaleza de espíritu impensable.

La noche estaba embrujada. De las ollas bullían insectos, las manzanas se transformaban en carbón, la memoria se disipaba, las palabras ya no eran aire sino líquido, chorreando como la sangre, hiriendo las mandíbulas y manchando los dientes. No existían valientes. Las ciudades se congelaban, dando paso a una dictadura irracional e imprevisible. Era mejor quedarse quieto. Era mejor morir por unas horas.

A veces no era suficiente. A veces había víctimas de verdad. A veces el amanecer no volvía y esos hombres y mujeres morían sin despedirse de la hermosa dimensión. La señora Laurent bebía un vaso de leche que se convirtió en petróleo. Las plumas del colchón del señor Buesa se hicieron de cristal, desangrándole. La señorita Ortiz se metió tan adentro de la congoja que ya no supo salir de ella. A don Carlo, el cartero, la noche lo pilló en mitad del camino, de regreso a casa, y una farola se lo comió. Incluso yo me he visto en ésas. Hace dos semanas me enamoré de Lilith e insistí en que cenáramos juntos. Me dijo que estaba loco, y no le faltaba razón, pero la locura es parte del amor, así que le propuse visitarla en su casa y ella aceptó y ya estaba negro cuando salí de la mía con una cesta de naranjas de zumo que a los veinte pasos se convirtió en un avispero. Tuve que salir corriendo, pero mis piernas se adherían al aire viscoso y me costaba desenredarme. No veía nada, así que corría de memoria, buscando la Estrella Polar en la imagen de Lilith, en sus rasgos de gato. Después me cansé mucho y decidí parar. Apoyé la espalda en el tronco de un roble y me dejé caer y el roble empezó a hacerme cosquillas, primero despacio, luego tan fuerte que me arañaba. Me levanté y seguí la imagen parpadeante de la gata Lilith y me choqué con una mujer que se giró y empezó a gritarme, pero sus palabras se dieron la vuelta como un bumerán y acabaron asfixiándola. Los grillos tocaban demasiado alto y me dolían los oídos. Intenté animarme con canciones que se me olvidaban.

Y acabé llegando a su casa. Crucé el jardín pese a la terca resistencia del césped, cuyas briznas improvisaban cepos, y ataqué los escalones al porche, que se encogía para engullir la puerta. Me acerqué al timbre y llamé. El dedo se me hundió en mermelada. Fue cuando lo vi claro: en mermelada, no en lava ni en ácido sulfúrico. Era una pista de amor. Me hice un ovillo y no hablé ni respiré ni pensé ni me moví. Y al amanecer Lilith me abrió la puerta.

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La maldición de Raymond Felton

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 20:28

Cuando el despertador ha sonado esta mañana, al trazar la curva ascendente de la incorporación, me he sentido diferente. A pesar de esa leve advertencia, traducida en un extraño embotamiento, he cumplimentado el ritual de mis inercias: me he rascado las pelotas, he bostezado y me he acercado a la cocina, abierto el frigorífico y servido un vaso de leche. Después he ido al baño y me he topado con un extraño. Mi grito, inusualmente grave, ha provocado movimientos y murmullos en los apartamentos contiguos. De un brinco, me he plantado nuevamente en la cocina y he agarrado el cuchillo más grande de mi colección. El corazón me ha recordado en todo momento la gravedad del descubrimiento y la magnitud de la amenaza. Un tipo negro bastante familiar, alto y macizo como un mulo, ha aparecido en mi jodido cuarto de baño como por arte de magia.

He contado hasta tres y me he lanzado al baño a tumba abierta, empuñando el mango del cuchillo hacia abajo, como en Psicosis, y dispuesto a apuñalar al intruso sin miramientos. Mis puñaladas se las ha zampado el aire. Allí no había nadie. El negro era yo.

Soy un broker de Wall Street que se ha convertido en Raymond Felton. No me pregunten por qué.

Raymond Felton juega de base en los Knicks. Mide uno ochenta y cinco y pesa noventa kilos. Debutó en la NBA en 2005. Lleva la cabeza rapada y luce una barba bien perfilada de cuatro días.

Me dirijo a la oficina en metro. La mitad del vagón me sonríe (serán de los knicks), la otra mitad no levanta la vista de sus móviles y tabletas (serán de los Nets). Al bajar en Canal Street (necesito caminar un par de kilómetros Manhattan abajo para aclarar mis ideas), una viejecita me pide un autógrafo y me promete que le regalará mi camiseta oficial a su nieto Billie. Camino sin aclarar mis ideas. Unos turistas japoneses me paran sin tocarme, me ruegan que nos hagamos una foto sin tocarme y se marchan con reverencias pero sin tocarme. Dos tíos me piden a gritos, desde la acera opuesta, que esta temporada eliminemos a los Heat. Luego me dicen “ánimo, hermano” y levantan el pulgar y lanzan esos berridos tan típicamente yanquis. Paro para comprar un café en La Colombe y la chica que me atiende no me deja pagar. Luego me compro una gorra de los Mets que me devuelve al anonimato. Sigo caminando, sigo sin aclarar nada. A la entrada del rascacielos que alberga mi oficina me detiene un tipo de seguridad más o menos de mi tamaño, o sea, del tamaño de Raymond Felton. También es negro. Me pregunta que a dónde voy, le contesto que a trabajar. Me pregunta que dónde trabajo, le contesto que en Goldman Sachs. Me dice que le parezco sospechoso, que mi ropa me está pequeña y que ningún broker es de los Mets. Le enseño mi abono de los Mets, mira la foto y afirma “eres muy cachondo, hermano, pero si no te largas llamaré a la pasma”. Reconstruyo en mi defensa todo mi árbol de ascendientes, desde la raíz hasta los antebrazos más finos de la copa: Michael Cruz, hijo de guatemalteco e irlandesa, nieto de catalanes y alemanes, descendiente de conquistadores, mayas, judíos y sajones. El tipo llama a la pasma. Me voy por piernas.

Estoy en Bleeker Street. Busco una cabina y llamo a Angie, mi novia. “¿Qué te pasa en la voz?”, inquiere. “Me he resfriado”, alego. Quedamos en media hora. Aparece en la barra del bar y no me ve. Alzo la mano y la saludo. Parece sorprendida, pero se acerca con una sonrisa de luna creciente. “¿Oh, dios mío, eres Raymond Felton?”. “No, coño, soy Michael”. “¿Michael Felton? ¡Eres clavadito a tu hermano!”.

Hago una pausa para diseñar al vuelo una estrategia comunicativa. Me acojo a la filosofía Walter Sobchak: la belleza del plan radica en su sencillez. “Angie, soy Michael. Tu Michael. Michael Cruz. Bolita de Nieve”. Utilizo este último alias confidencial para que sepa que hablo en serio. Nadie más, repito, nadie sabe una mierda sobre el asunto Bolita de Nieve.

Abre los ojos como platos, me da un bofetón y le exige al camarero que me eche. Permanece de pie, con los pies de cemento, tiesa como una momia. El barman lanza un juramento pero tampoco se mueve. Es un blanquito huesudo y diminuto con coleta y gafas de miope y sin ganas de follón. “Haya paz”, dice. “Señorita, no veo que el señor haya cometido ilegalidad alguna. Ha abonado su consumición y no hace ruido”. Angie le fulmina con la mirada: “¿Acaso eres juez, cabrón de mierda?”. La ratita blanca se escurre hacia las profundidades de la barra y da por zanjado el asunto sin añadir sal y pimienta a su frase inicial.

“Angie, soy yo”, insisto. “¿Qué cojones te ha pasado?”. “No lo sé”. “Pero eres el jodido Raymond Felton”. “Sólo superficialmente. De todas formas, técnicamente sería discutible”.

Angie me mira enterito, despacio, descosiéndome, masticando mis pequeños ángulos faciales, mis hombros de bisonte, mi nariz de ébano.

“Adoro a Raymond”. “¿Qué?”. “Lo adoro, Michael. Ya sabes que mi familia vive para los Knicks. Es mi jugador favorito sólo por detrás de Melo. Es impresionante estar con él ahora. Contigo. Con los dos”. “¿Qué?”.

Cogemos un taxi y vamos a mi apartamento. Angie me desnuda. Hacemos el amor salvajemente. Pedimos unas pizzas. Volvemos a hacer el amor salvajemente.

“¿Cuánto vas a durar así?”, pregunta. “No lo sé. Debería ir al médico”, contesto.

Angie se revuelve en la cama. Con un golpe de muslo, adopta una postura dominante. Ella encima, yo postrado. Me apunta desde las alturas con sus afilados pezones.

“Quizás seas como el insecto de Kafka. En tal caso ya nunca dejarás de ser Raymond por fuera y Michael por dentro. O podrías ser víctima de un embrujo de veinticuatro horas. Entonces no nos daría tiempo”. “¿Tiempo a qué?”. “A casarnos, idiota. Quiero matar dos pájaros de un tiro”.

He echado a Angie del apartamento. Al principio ha protestado, pero creo que en el fondo lo entiende.

Necesito caminar y aclarar mis ideas.

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El náufrago

Fede Durán | 14 de mayo de 2013 a las 20:24

El escritor me ha ubicado aquí, en mitad del mar, flotando sobre unas tablas que él se habrá molestado en ensamblar. Hay un palo en medio a guisa de mástil, y un mantel con lamparones que hace de vela, y a veces el viento sopla y la balsa se anima y ambos nos dirigimos a lo aleatorio.

Otras veces el mar se pacifica y veo el fondo. Hay corvinas, urtas, doradas y también borriquetes. Adoro la ictiología, aunque preferiría pescar a observar.

Anoche, el escritor leyó un cuento de Mrozek donde un náufrago hiperactivo encontraba en el bolsillo un sacacorchos y agujereaba los tablones de su balsa hasta provocar una fuga de agua, o más bien una invasión. Y todo para estar entretenido. Yo no soy tan gilipollas, así que de momento me bebo mi orina, mastico astillas que rasco con las uñas y me protejo del sol descolgando el mantel cuando el viento no sopla y la balsa es un muerto con verdín.

Cuando cae la noche se me abren pequeñas grietas de esperanza. Creo que es porque la temperatura baja y una ligera brisa nos mece y me acaricia, cerrando mis arrugas de sal hasta el sol siguiente.

Como necesito hablar con alguien y no tengo con quién, he decidido saludar al sol al alba y despedirlo en el crepúsculo, reservando las mismas cortesías para la luna. Con el mar me ando con más ojo: compartimos cada segundo de cada minuto de cada hora de cada monocorde día, así que es mejor redoblar la diplomacia, multiplicar el cariño y esperar que algún día, en sociedad con el viento, me deposite en una isla o al menos en una roca de once metros cuadrados, una que me permita caminar de ida y vuelta, girar a derecha e izquierda, tumbarme sin oscilaciones.

Me comunica el escritor que voy a morir en unas líneas. Joder. Yo era un ciudadano común, ni más perverso ni mejor que la mayoría, con un saco de amigos, esposa y tres hijos de cuatro, cinco y seis años que nunca me dejaban dormir ni sabían limpiarse el culo después de cagar. Pagaba religiosamente la hipoteca, los libros infantiles de los niños, la comida del mes, el papel higiénico, los juguetes y los tratamientos antiedad de mi señora. Soportaba a mi jefe, el muy cabrón, de lunes a viernes y de ocho a cinco desde hacía una década, y asistía una vez al año a los hermanamientos de la empresa y me emborrachaba con otros desgraciados como yo que probablemente acabarían criticándome días después ante sus superiores por falta de decoro y exceso de irreverencia. Estaba engordando y me habían diagnosticado diabetes. Había empezado a flirtear con una casada por internet. Cuando pesaba en todo lo anterior, incluso me costaba empalmarme, a mí, que he sido un semental. Y ahora estoy aquí, en mitad del mar, escuchando la contrarreloj de las teclas que van a fulminarme, y es muy triste porque en realidad me gusta decirle ey al sol, tirarle un beso a la luna, reconocer la cresta del borriquete y desentrañar los códigos encriptados del viento y el mar.

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