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Ni rastro de mí

Fede Durán | 22 de abril de 2011 a las 14:48

Ocupo un asiento en la sala de espera de un hospital. No sé exactamente qué me duele, pero estoy aquí, sentado, observando las hileras de sillas de plástico y el repertorio de caras enfermas o acompañantes. A mi lado se sienta un japonés, y la verdad es que tampoco sé exactamente qué hace aquí y por qué concluyo que es japonés y no chino o coreano. Me mira con un brillo solidario que me siento obligado a corresponder. Creo que piensa que, si ambos estamos en el hospital, algo nos une. No le falta razón. Al rato pasa un médico con una carpeta llena de papeles, pero no se fija en nosotros. Se detiene y a su alrededor se forma un corrillo de viejos con preguntas. El doctor contesta pacientemente con monosílabos, sonríe como un líder infalible y regresa por donde vino dejando un rastro de incertidumbre. Acabo de decidir que el japonés se llama Haruki, que es el primer nombre nipón que me viene a la mente. Haruki tiene una imponente cabeza de mulo y el pelo negro como el carbón. Procura ser cortés, asintiendo levemente cuando nota que le observo. No pronuncia una sola palabra, quizás porque no habla castellano. Le digo algo en inglés, pero no me contesta, nada más sonríe y baja la cabeza. Bien, puedo entretenerme estudiando a los demás. Hay muchos gordos en la sala de espera de este hospital. Algunos cojean, otros sudan, la mayoría no lee ni charla sino que apunta con los ojos al ángulo más indeterminado posible, allá donde los pensamientos no alcanzan. Hay ancianas sin dientes, con las mandíbulas contraídas y las piernas amoratadas y ese cabello que ya no es blanco sino violáceo y que cada vez apunta más al cielo, como electrocutado. Están los jóvenes con los miembros partidos en una pelea o esas brechas en la cabeza por donde se les sale un cerebro que apenas ha tenido tiempo de actuar. No hay guapos acá, lo dicen los códigos sanitarios de la estética. Haruki cruza las piernas y yo hago lo mismo. Es su primer gesto de protesta, concluyo, una protesta muy leve pero muy significativa porque los japoneses, ya se sabe, protestan poco. La mecha del enfado ha prendido en mi interior, así que le digo a mi vecino que vaya porquería de hospital público y luego miro mi reloj de pulsera para subrayar esta lentitud pastosa. Es curioso que Haruki no haga ruido cuando chasquea los labios, porque diría que los ha chasqueado. Vuelvo mi atención a la sala. Ni rastro del médico de antes. Le sustituye ahora una enfermera con rostro de piedra alrededor de la cual se forma un corrillo de gordos. Con frases expeditivas derrite el cerco de inquietos y protestones. Intento levantarme. No hay forma. Haruki me mira sin inmutarse. Levanto los brazos para que la enfermera me vea y se acerque. Me desgañito. Joder, protesto soltándole un puñetazo a la silla vacía de mi derecha. Haruki me habla sin voz, así que también comienzo a hartarme de él. La enfermera entrega formularios, palmea hombros, acaricia manos huesudas en su pecera de enfermedades. Agito los brazos más aún, y esta vez Haruki niega con la cabeza. ¿Qué?, pregunto, pero nada. Giro el cuello al frente y entonces la enfermera se acerca muy despacito, con pasos de plomo y semblante de filósofo emputado. La atracción ya es una victoria, por eso reconvierto mi agitación en una calma chicha de agraviado dispuesto a perdonar. La enfermera, que ya está a un metro de mí, me transmite sin embargo un aire de agresividad que no entiendo ni tolero. Repaso mentalmente las frases que compondrán el hueso de mi ataque pero ella se lleva un dedo a la boca y me manda callar. La obedezco sin querer. Ella mira un momento a Haruki, que se encoge de hombros, y luego vuelve a mí con la cara todavía más torcida. De repente, comienza a hablar con firmeza de general, y no encuentro en su filípica rastros de alusiones personales. Instintivamente, comprendo que no me habla a mí sino a un señor calvo y fiero de la fila de atrás. Haruki me golpea suavemente el muslo y pronuncia una frase que sí entiendo aunque siga sin sonarme a nada. Estás muerto, idiota.

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Las seis curvas de Big Sur

Fede Durán | 14 de marzo de 2011 a las 22:38

Había recorrido las curvas de Big Sur mil veces, pero siempre le sorprendía algún detalle del paisaje, un risco con un faldón de niebla púrpura, la virulencia de una ola cabreada, el sol a menos de diez grados del horizonte y esa luz que pasa del naranja al rosa hasta morir en un índigo casi alucinógeno. Redujo la velocidad para darle al Firebird más músculo y también para alargar su tramo favorito, una sucesión de seis curvas cerradas cuya cuerda de asfalto acababa en la lengua de acero de un puente bajo el cual las rocas, las dunas y una vegetación chata y ruda conformaban la mejor postal cenital de los alrededores. El Firebird culeó con el primer pisotón del acelerador, pero inmediatamente Paolo decidió comportarse, como diciéndole al mítico y curtido pontiac que estuviese tranquilo, que le daba la tarde libre. Al superar la primera curva, cuyo peraltado recordaba defectuoso, tal y como constató una vez más con un crujido de vértebras, le vino a la mente su tío Marcello, esa figura recia que departía con los colegas de la fábrica en la pausa delle trattorie, siempre escoltado por un vaso de vino, siempre protegido por la parca del West Village que Riccardo le regaló una vez y que desde entonces sería su talismán cada año hasta bien entrada la primavera húmeda de la Emilia Romagna. Calcó la trazada perfecta de la segunda curva y viajó hasta el playground de Bushwick donde el mismo Riccardo, su primo, encestaba de tres junto a sus colegas hispanos (los negros se mezclaban menos con el resto) con aquel salto tan característico y aquella inevitable sonrisa posterior entre traviesa y retadora de todo buen tirador. Misteriosamente precedido por una especie de guía de la memoria familiar, tercera curva, apareció con quince años menos en la cocina de la zia Rafaela en Trento, toda ella grosor, inclinada hacia las entrañas del fogón para atiborrarlo de leña, sonriéndole con las mejillas coloradas y el sudor sitiándole la frente. La cuarta curva era casi un codo que le obligó a adoptar la postura de un copiloto de sidecar, ladeado para restarle impacto a la inercia, y en su cuello tenso se dibujó la creta blanca de la Scala dei Turchi, Sicilia, y la fina figura semidesnuda y tendida de su primera amante seria, Irene, porque también existían y existirían amantes solubles. El sol cayó un par de peldaños y el aire perdió varios grados, pero Paolo fue fiel a la esencia del descapotable, que consiste en ignorar la capota. En la quinta curva, un hilo de pocos milímetros sobre la cresta de un acantilado no mucho más ancho, se sentó frente a la sorella en la mesita de madera donde dirimían sus pleitos infantiles cuando papá y mamá estaban demasiado dormidos o demasiado hartos de regañarles. Salvó la sexta y última curva con una sutileza de veterano de Montecarlo y entonces entró de la mano de sus padres en la iglesia donde un cura paralítico despedía a su abuela, confinada en el misterio eterno de un ataúd. Al atravesar el puente, sus pensamientos se disiparon al fin, dejándole flotar en las agradables sensaciones creadas con fidelidad de perro viejo por el Firebird. Poco después se desvió hacia el interior, avanzó tres millas y media y aparcó el coche justo enfrente del jardín sin vallas de su casa, donde aún se respiraban las algas podridas del Pacífico. Dejó el manojo de llaves en la bandeja del vestíbulo y caminó hacia el contestador, que parpadeaba en rojo como una luciérnaga diabólica. Tenía seis mensajes. Los escuchó sin detenerse, como embrujado por unas noticias que no lograba entender aunque alguien las cantara en un inglés burocrático exquisitamente correcto. Al rato, se serenó y recopiló: Marcello, Riccardo, la zia Rafaela, Irene, la sorella y sus padres habían muerto en incidentes separados. Arrebatado por la incredulidad, recuperó las llaves del Firebird, salió a la calle y saltó al asiento del conductor para dar marcha atrás, volar hasta la costa y deshacer la secuencia del puente y las seis curvas, convencido de que así rompería el hechizo.

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La pesadilla de Noa Mario

Fede Durán | 15 de febrero de 2011 a las 21:41

El escenario es tan estrecho y los focos tan evidentes que la cantante, una chica diminuta con los hombros tatuados, parece aún más subrayada. Le canta al vacío que envuelve las cabezas del público, hombres desgreñados y pin-ups ensimismadas en una onda deforme de brazos que se estiran y pies que patean. Noa Mario está justo al final, apoyado en la pared, a salvo de una mirada que en el fondo desea. Toma notas mentalmente, construyendo el bastidor de una estrategia que por instinto sospecha condenada al fracaso, mientras el sonido le conquista como esos venenos ultrasónicos del trópico y le obliga a violar esa pose de desapego tan propia de los maestros yogui. Intenta congelar la actividad cerebral para centrarse en las canciones, que hablan de la anarquía vaginal y cierta postura sodomita en la trastienda de un todo a cien. Cuando el concierto concluye, la masa se reagrupa en torno a la barra y llueven los botellines de cerveza y en mucha menor medida las copas (éste es un garito para bolsillos de clase c) y ese exotismo de mal gusto llamado vino. Noa Mario ha desplegado su radar, extremadamente fino por el sobreuso, y mide los movimientos de la cantante enjuta, que camina por el linóleo pegajoso sin perder la luz, como si emitiera los flujos solares de diez años de exposición. La arbitrariedad de esa coreografía colectiva le acerca el objetivo, ella está a ocho pasos, a seis, a cuatro, y él repasa entonces su carta astral de opciones: Uno. Saludo coloquial y charlita plana para tantear su predisposición al apareamiento. Dos. Frase ingeniosa a la par que profunda que demuestre su sensible lucidez. Tres. Susurro soez proponiéndole sexo en el cuarto de baño. Tres pasos, dos pasos, un paso y un choque fortuito que le obliga a buscarle el ángulo a la birra para que no se derrame. Ella parece disculparse, o quizás sólo sea la inventiva de Noa Mario, que esboza un “no pasa nada” justo cuando la cantante le da la espalda para charlar con un tipo de dos metros que quiere que le firme una camiseta con un coño serigrafiado. De inmediato, las venas se le infectan de desánimo y hunde los ojos en el tubo sucio de su cerveza, que es un pozo que absorbe su vergüenza, oh, lo sabía, lo sabía, pero al rato mira en la dirección recién vetada y la caza espiándole con un brillo en la mirada que él adjudica al deseo, y entonces decide sostener ese pulso de palabras silenciosas que normalmente conduce al orgasmo por seducción, y ella no cede, y él aprovecha un agujero, un resquicio de inspiración para tararearle un estribillo, el más pornográfico que recuerda, y aunque el rumor desmadejado le enmudece, sabe que ella le lee los labios y siente una conturbación muy espídica y se permite unos segundos de pausa y sabor en los que cierra los ojos y deja que el sonido mestizo de la noche le rodee y le toquetee. Ha decidido, con la firmeza del mejor Churchill y la estrategia del peor Lenin, improvisar una opción número cuatro: ser rockero, vivir peligrosamente, cabalgar sin bridas la ola de la madrugada hasta acabar estampado en el muro blando de una cama desconocida. Ya no hay dudas ni fronteras, ella vuelve con una sonrisa, pasaporte hacia el mejor orgasmo de la historia, y Noa Mario se prepara, tantea una postura a lo James Dean o a lo Mickey Rourke (el joven Mickey Rourke de La Ley de la Calle, claro), apura el pitillo y trata de colocar en una repisa el vaso sucio y vacío, que acaba entre sus dedos, donde estaba, porque los borrachos sí son productivos. Parece querer besarle, pero sólo le habla al oído, y aprovecha esa salvaje cercanía para olerle el cuello, una mezcla de sudor y perfume que le embriaga hasta cegarle, y entiende que es El Momento, e intenta una frase que contenga todo, la fina ironía, el exceso contenido, la procacidad del rockero y la poesía del rapsoda, pero apenas emite un balbuceo, y es ahí cuando escucha por primera vez lo que ella le dice con un brillo que no es lujuria sino pena. “Eres retrasado, ¿verdad”.

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Adiós, Mariela

Fede Durán | 6 de enero de 2011 a las 21:22

Apenas han pasado unos meses y ya está de nuevo ahí, en casa de Mariela, su madre disfrazada de tía, el recuerdo de unos pies calientes contra su piel de niño descalzo. Mientras sube las escaleras, repasa el informe más reciente. Ha estado enferma, postrada durante semanas en una cama de hospital, y la familia ha rotado con generosidad y paciencia para que ella sintiera que ninguna pieza faltaba. Sube las escaleras y procura imaginar la siguiente escena, cuando la puerta se abra y en el umbral aparezca una figura marcada por la metralla de quinientos medicamentos y unos huesos de bohemia. Toca el timbre y espera, unos pasos de peso pluma se acercan y preguntan quién es. Él responde y escucha cómo se deslizan un pestillo grueso y una cadena. La puerta se abre y en el umbral aparece una mujer desconocida de entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Lleva un delantal con restos de chocolate y tiene las manos húmedas. Mariela, pronuncia ella para romper su desorientación, y después añade las coordenadas geográficas. Está en el salón, adelante, discúlpeme pero se me quema el pastel. Recorre un pasillo oscuro donde cuelgan los mismos cuadros de siempre, imitaciones perseverantes y frustradas de Renoir, y gira a la izquierda para acceder al saloncito estrecho donde Mariela, de espaldas, se entretiene con la televisión. Él la llama y ella le escucha sin levantarse, girando unos grados el cuello, pidiéndole con el gesto que se incluya en su ángulo de visión. Al tenerla de frente, comprende todo. Mariela ya no es una esbelta señora madura sino una cascarilla donde algunos gramos de vida aún le atizan al desalojo. Con un simple vistazo a su cara inflada de corticoides, a su sincera alegría y a ese diagrama en los ojos que es un destello de rebeldía, el sobrino comprende lo que se espera de él. Le besa el cuello y las manos, que sostiene todavía al sentarse, y procura dibujar una sonrisa a la altura de ella, que comienza a hablarle despacio, varios diapasones por debajo de la costumbre. Conforme la escucha, nota cómo se agranda la traición de las lágrimas. Es incapaz de racionalizar la transición entre las dos Marielas, y ésa es quizás la única razón por la que aprieta cada vez más sus manos temblonas, porque no se le ocurre otra forma de rellenar su ausencia que devolviéndole el calor de su infancia, y con él, parte del aliento que se le acaba. Al fin, sintiéndose aplastado por la pena, se excusa y se encierra en el baño, donde llora amargamente por lo que ya nunca será. Mariela es su primer testimonio pleno de la desintegración, y aunque está ahí, justo a unos metros, tras un tabique de un palmo, palpa su marcha tan brutal y cristalinamente que la solidaridad del llanto se le aproxima de vuelta como un bumerán, como si en realidad fuera él quien se muere. Se enjuaga la cara y se mira al espejo; nadie va a descubrir sus ojos rojos porque nadie buscará el dolor en él. No, él es oficialmente la esperanza, así que lanza un último suspiro y vuelve al salón y a las manos de Mariela, que han recuperado parte de su calor y, podría jurarlo, ahora tiemblan menos. Usa frases sin pensarlas, para adornar el aire, y barre las respuestas de su tía madre en busca de cualquier signo de felicidad, y sí, la felicidad gotea tímidamente sobre la silla de ruedas y le salpica como un regalo inmerecido. Entonces entra en el salón la mujer desconocida de entre cuarenta y cinco y cincuenta años con una sonrisa bien ancha y un pastel de chocolate entre las manos. Lleva un kilo de fresas, anuncia satisfecha antes de dejarlo sobre la mesa. La habitación se impregna de ese olor recién hecho y Mariela le pide al sobrino que traiga cubiertos y platos y corte dos trozos. Al servirle y verla masticar y estirar los labios, recuerda lo lista y hermosa que es, y admite, abrumado, que ella renuncia a la resignación no porque crea en la victoria, sino por él, por todos los seres de su círculo, para que el adiós se pronuncie en voz baja, para que nadie se dé cuenta de que ella, la maga, se marcha a otro café.

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El rabino de Greenpoint

Fede Durán | 5 de noviembre de 2010 a las 22:30

Son las dos de la madrugada y el viento recorre la garganta del East River hasta tropezar en las fachadas chatas de Greenpoint, penetrar en sus estrechas venas de barrio pequeño y enfriar el paso de Julian Effing, que regresa a casa borracho, atento sólo a los estímulos eléctricos que su cerebro pintarrajea para emitir pensamientos intrascendentes. Effing ha cenado tacos en un mexicano de Manhattan Avenue, cinco dólares por tres, y ha visitado después a su amigo Angel Wang, con quien ha planificado un viaje a Argentina que nunca tendrá lugar. Dobla a la derecha al comienzo de Bedford Anevue y atraviesa McCarren Park fijándose en los campos desiertos de béisbol, cuya arenilla brilla como la aureola de un santo gracias a los focos insomnes. Mientras tararea una de esas canciones que pagaría por cantar mejor, una furgoneta pasa a su lado y frena repentinamente a diez metros de su espalda. Milagrosamente (el viento le sopla en contra y aleja las palabras), escucha cómo una voz anónima, la voz al volante, le formula una pregunta que no entiende y da media vuelta porque siempre ha considerado infinitamente más peligroso el día que la noche. Tras la ventanilla flota un rostro fofo de rabino que le dedica una sonrisa tipo Sabía Que Podía Contar Contigo. Repite su pregunta, quiere una dirección que Effing desconoce. Así se lo hace saber, pero, al explicarse, un temblor en su frase le revela que se siente culpable. El reproche que interna y automáticamente se hace queda sepultado bajo la amplia sonrisa del rabino, que asoma la cabeza por la ventanilla sin marcas de decepción en su cara y permanece callado cuatro, cinco segundos densos en los que busca los ojos vidriosos y enrojecidos de Julian Effing. “Eres judío, ¿verdad?” El rabino no interroga, el rabino afirma con una amabilidad deslizante que anula la discrepancia. Effing se recompone al fin, impresionado por ese primer golpe en el costado. No necesita más trucos para despertar, y elige un monosílabo a la altura del momento. “Depende”. Efectivamente, según sus propias conclusiones, amasadas en una cábala con décadas de cocción, depende. Depende de si el rabino se atiene a la rigidez de la ley sagrada o admite, como el propio Effing, la inmensidad de las castas bastardas del judaísmo. Depende de las ganas que tenga, ahora o mañana, de convertir su pasado en las siglas de su identidad. Depende, en definitiva, de su humor arbitrario, de su capricho esnob, del sol y la lluvia. Sin indicios de enfado, el rabino deja que el silencio rellene otra cuña de cuatro, cinco segundos antes de asomar dos centímetros más la cabeza y volver a hablar. “¿Dónde está tu novia?” Un nudo tapona la respuesta de Effing, exageradamente sobrio porque las circunstancias han reactivado todos sus radares, todos los sensores en busca de una teoría que justifique la punzante clarividencia del judío fofo que le observa desde una furgoneta abollada y demasiado culona. “No tengo novia”, balbucea trabajosamente con inseguridad de infante. “¿Dónde está?”, insiste el rabino, dejando que Effing comprenda el verdadero sentido de la repetición. “Simplemente, se terminó”, repone. “Vienes de lejos”. Julian piensa en un pueblo misérrimo de Ucrania reconstruido con los injertos memorísticos del abuelo Franz. Tres segundos más de silencio trepan hasta el hueco que dejan ambos rostros sobre el asfalto. Julian Effing decide tomar el relevo del interrogatorio y desenmascarar al brujo. El rabino, sin embargo, se anticipa instintivamente y lanza al aire un “shalom” que revolotea hasta que el viento de la furgoneta se lo lleva para siempre.

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Estúpido hombre blanco

Fede Durán | 24 de septiembre de 2010 a las 9:41

El valle de las secuoyas se agita como un gigante peludo cuando el guardabosques que vigila el inicio del sendero me saluda con ese timbre amable de quienes no viven en la ciudad. Es el mismo guardabosques que cuatro horas después, en el pico de Wawona, me felicita por ser el único visitante que culmina la ascensión. Juraría que también es la misma sombra que aparece y desaparece entre los tocones negros o los troncos aún vivos de esos gigantes de madera con mil años en sus raíces, jugando a un monólogo-escondite que podría ser la advertencia de su psicopatía de animal aislado. Estoy en Wawona y miro un horizonte de dentelladas. La gente que subía el camino ha ido desapareciendo entre las venas de las montañas. No recuerdo sus caras, pero hubo un momento de esperanza, o de belleza gratuita, cuando me crucé con esa mujer que aún ahora rebota en mi corazón con el nombre que le asignó un grito anónimo venido de la muchedumbre. María. Pensé que ella se repetiría igual que el guardabosques. Es lo que me habría gustado. Estoy arriba y el sol empieza a marearse. Sé que acabará cayendo como un fardo de acero, así que inicio el descenso en solitario para que el anochecer no me sorprenda, y sin embargo me sorprende, y me siento un estúpido hombre blanco, pero esta vez Yosemite no quiere guerra, y en cambio me parte en dos el paisaje de su propia piel y me dice que elija, o que no lo haga si prefiero contemplarlo todo, y lo contemplo todo sin sentirme gorrón o avaricioso. A mi derecha, aturdido por la rendición de la tarde, un concierto de copas altas y colosos de roca se echa las manos a la cabeza para que la lava del cielo no le abrase los sombreros. A la izquierda, en una galaxia a sólo cinco metros de distancia, las otras secuoyas visten sus cilindros de plata y emiten una luz del mismo color que debe ser el espíritu de todos los indios exterminados. Aprieto el paso. Creo que un lobo me sigue. Cuando paro, primero escucho el zumbido de mis oídos, que es la mejor equivalencia del silencio, y después lo noto a él. Veo poco, cada vez menos, al final apenas mis pies contra la tierra. Giro la cabeza continuamente para calibrar las intenciones del lobo, que nunca estuvo, o que se marcha, no lo sé bien, justo al aparecer un destello que se aproxima demasiado rápido. Decido automáticamente que se trata del guardabosques, y lo imagino con un machete entre los dientes y un collar con las cabelleras de cada estúpido hombre blanco caído por ser tan estúpido como para aventurarse en la noche del bosque mágico. Aprieto el paso. Corro. Me giro. El destello es mucho más veloz que yo, ya casi me tiene. Son dos muchachos austriacos que han perdido a sus chicas y las buscan corriendo camino abajo con una linterna. Han visto un oso grizzly. Y a mí me persiguen un lobo y un guardabosques, replico antes de que se esfumen. Al fin, llego al aparcamiento. No quedan coches aparte del mío, un Dodge rojo con forma de tanque. Me meto dentro y enciendo las luces. Enfrente, sentado sobre la calva de una piedra, el guardabosques me desea un feliz regreso a casa. Doy marcha atrás tan rápido que golpeo el Dodge contra un tronco. Salgo para comprobar los desperfectos y me tropiezo con el cuerpo hendido de un lobo que todavía tiene fuerzas para exigir una explicación con su mirada menguante. Lanzo un gemido que en verdad es una maldición disimulada y vuelvo al coche. El guardabosques se ha diluido. Echo el pestillo y piso el acelerador tan fuerte que el Dodge derrapa y perturba el ensimismamiento de las secuoyas, antes plateadas y ahora de un ébano ceñudo. A punto de abandonar el aparcamiento, alguien me roza la mano. Pierdo el control y a continuación noto un crujido en el cuello y una hondonada en la frente. Aunque jamás la he escuchado hablar, reconozco la voz de María en el asiento del copiloto. Sólo quería decirte que te quiero, pero ahora vas a morirte y a estropearlo todo, me dice. Intento acercarme y besarla. El guardabosques aparta la cara con una mueca traviesa de asco. No era tu tipo, opina. Sin fuerzas para fabricar palabras, quiero suplicarle que llame a una ambulancia, pero me desmayo y sueño con Berlín en febrero. Varias nevadas después, me despiertan los lengüetazos viscosos de un lobo atropellado que ya no tiene en la mirada la marca del reproche.

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Albornoz azul

Fede Durán | 23 de septiembre de 2010 a las 8:01

Tu gran ventaja sobre los demás, me dijo mi madre cuando todavía era un crío, es que jamás perderás nada porque nada tendrás jamás. No se equivocaba, la vieja zorra. Nunca tuve un céntimo, ni tampoco la intención de conseguirlo desde la cara amable de la vida. Lo que sí hice en cuanto pude, siempre financiado con el trapicheo, fue comprar una pistola de sexta mano con la que avanzar por las bravas en la escalera social. Con una pistola en nómina pueden ocurrirte tres cosas. Si eres un tipo jodidamente afortunado, la utilizarás en momentos muy señalados, cuando tu intuición te empuje a hacerlo con ciertas garantías, y volverás a casa, o a dondequiera que duermas esa noche, con unos dólares más en el bolsillo. Con una pizca de mala suerte, y ésta es la segunda opción, te toparás con uno de esos chuloputas con las pelotas bien puestas, aunque las pelotas nada tengan que ver con la prudencia, y tendrás que disparar o al menos estamparle la culata en los dientes, siempre y cuando no sea él quien te la juegue a ti. La tercera opción es que todo salga condenadamente mal y aparezca la pasma. Ahí se acaba la partida y cambia para siempre tu estatus porque ya no serás nunca más un salvaje sino un preso, un forajido y, en cualquiera de los dos casos, un hombre marcado por el hierro abrasivo del crimen oficial. Esta última es siempre la pésima e inevitable parada. No conozco a un solo delincuente que la haya eludido. Tarde o temprano, la red se estrecha y te atrapa. Inicias entonces una procesión circular que comienza y termina en el mismo punto: la cárcel, la droga, la rabia. Hace un año me dieron otra vez la condicional. Supongo que estoy a mitad del camino, puede que sólo a unos metros del final repetido, pero el olor a celda no desaparecerá. Las celdas huelen a mierda y a sangre. Huelen a cucarachas aplastadas y a papel higiénico de tercera. Huelen a camello y a marica. Esta noche he tenido problemas. O más problemas de los habituales. Un chicano bajito y delgado se ha sentado a mi lado en la barra de un bar sin nombre. Al pagar su copa, ha sacado del bolsillo de la chaqueta una cartera repleta de pasta, gorda como ella sola, una de esas carteras que te suplican un atraco sencillo y rápido. Soy tan estúpido que aún hay veces en que me confío. Nada es ya sencillo y rápido. He seguido al chicano dos o tres manzanas abajo, hasta Fulton Street, y me he colocado justo a su espalda cuando ha sacado la cartera atiborrada para echar unas monedas en el parquímetro. Apenas me ha dado tiempo a encañonarle el lomo. Se ha echado a un lado tan rápido que ni siquiera he podido rozar el gatillo. El muy jodido no me ha concedido ni tres segundos. Un puño sorprendentemente duro me ha explotado en plena jeta, sobre la ceja izquierda, que ha quedado partida en dos por una brecha profunda y violeta. He caído de boca como un niño que aprende a andar y pierde el equilibrio por un golpe de viento. O como un ex convicto de cuarenta y nueve años que no conserva los reflejos de sus mejores tiempos ni tampoco la frescura psicópata de todo buen guerrero. He necesitado un buen rato para reponerme. Un taxi ha pasado de largo pese a mis gestos más o menos exasperados, o precisamente por ello. O porque mi camisa ya no es una secuencia escalonada de palmeras hawaianas sino un lago rojo que las engulle poco a poco desde el cuello. Finalmente he localizado una cabina y he llamado a Ottis, mi agente de la condicional. Ottis va a recogerme y va a llevarme a su casa. Ottis es un buen samaritano, como siempre procura recordarme. Ottis puede hacer la vista gorda, aunque él hable del perdón, porque cree que la redención de los peores elementos entre los peores descarriados del mundo sí es posible. Ottis no va a atosigarme con preguntas; más bien al contrario, elegirá una buena emisora antes de meter primera y conducir tan suave como un chófer de Twin Peaks, San Francisco. Ya viene. Detiene su Ford amarillo a un milímetro de la acera y alarga el brazo para abrir la puerta del copiloto. Me meto en el coche y echo hacia atrás el asiento para que la sangre coagule mejor. Country y asfalto. Apuesto a que te apetece un buen whisky, dice. Ni siquiera tengo ganas de asentir. Algún engranaje cerebral averiado me taconea la cabeza y me hace sentir náuseas. Cierro los ojos y pienso sin ninguna justificación en un malecón y una caña de pescar. Menudo gilipollas estoy hecho. El Ford frena tan sedosamente que necesito una segunda pista, el adiós de la voz de country, para deducir que hemos llegado. Ottis se adelanta y deja la puerta del apartamento abierta para que yo suba a mi ritmo. El mareo y las náuseas se disuelven en una pasta mucho más densa de dolor y odio. Cierro la puerta despacio, imitando la docilidad del condenado Ford amarillo, me encierro en el cuarto de baño, me lavo y desinfecto la herida, me cambio. Aprovecho mi nuevo aspecto, ligeramente mejorado, para verme en el espejo sin tener la sensación, demasiado recurrente a estas alturas, de que ni a tiros reconocería esa cara por más horas que le echara al asunto. Me siento en la taza del váter en busca de un hilo de pensamiento que me revele las claves del buen camino. Tiro del hilo, pero nada. Ottis tamborilea la puerta y me susurra que ya está preparado. ¿Y si es el puto momento de hacerlo? La pistola sigue ahí, junto a la bragueta, tan callada como dispuesta a entrar en acción. Abro el grifo y le doy un sorbo al chorro que me provoca una arcada de grado medio. Miro nuevamente al tío del espejo y ya no me resulta tan familiar. Al salir del baño, huelo el humo de los asquerosos puros de Ottis, que saborea una copa repantingado en su sofá de piel de imitación. Él también se ha cambiado. Cuando me acerco, se levanta y deja caer al suelo su maldito albornoz azul.

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La casa de Illa Rose

Fede Durán | 22 de septiembre de 2010 a las 9:50

Illa Rose acaba de sentir en la frente el olor de un pastel recién hecho. El sol hace crujir las vigas de madera y ella evoca una vez más su vieja fantasía del capitán pirata al timón del próximo saqueo caribeño. Está en la cocina, donde la luz de la tarde colorea de naranja las paredes de fresno. Con los pasos indetectables de cualquier indio nativo se le acerca su hermana Nana, que la rodea desde atrás por la cintura y le susurra entre risas que el pastel no es para ella. Illa se deshace del abrazo con un giro rápido de tango y la observa con una mirada traviesa que pretende sostener la broma hasta que una de las dos abra de un salto el horno y aspire los ciento ochenta grados de pastel puro que esperan en esa pequeña entraña negra como un tesoro parpadeante. Justo cuando decide lanzar su zarpazo, un matiz en la tonalidad del cielo la detiene. Las paredes se oscurecen y un manto marrón absorbe el naranja y convierte la casa en un sarcófago. Illa se pega a la ventana y lo ve: un anillo de fuego rodea el jardín y se aproxima con cadencia de ejecución. Nana se lleva las manos a la boca y amortigua un chillido de cachorro, pero exige a Illa con los ojos una respuesta satisfactoria. Quiero que repases ahora mismo las cosas que debemos salvar, contesta leyendo su mirada. En la memoria de Nana, y también en la de Illa, brotan atropelladamente los eslabones materiales de todas sus vivencias, y lo hacen tan rápido que colapsan en apenas diez segundos la capacidad de carga de diez hombres rudos. Illa comprende al cabo que sólo sus vidas salvarán tantos recuerdos, agarra del brazo a Nana y corren juntas hacia la puerta trasera, que abren sin contemplaciones hasta plantarse en el césped y frente a las llamas. Las hermanas retoman el trote y traspasan el anillo sin sufrir ni una sola quemadura. Ambas frenan a salvo, lejos del drama concéntrico, y se echan a llorar cuando asumen que han conservado la esencia pero perderán toneladas de munición accesoria, ese inventario de diez segundos que ahora es un minuto, y hasta cinco, desde la infancia de juguetes de hojalata y muñecas de trapo hasta la adolescencia de los primeros cuentos de hadas y el collar de aquella noche desvirgada. Cuando Illa abre los ojos, Nana ha desaparecido. Corre entonces al bosque, donde intuye que se esconde una suerte aún más sofisticada de salvación, y mientras lo hace echa la vista atrás y observa estrecharse el cerco en combustión. Al alcanzar los pies de los primeros árboles, siente el crepitar de la casa donde nació y se crió. Siente que es una destrucción casi geográfica; llora y sus lágrimas le saben a ceniza. Tampoco sus zancadas de refugio la delatan, los indios no pesan. Avanza entre claroscuros de árboles centenarios y descubre a cincuenta metros la silueta de un leñador que parte en dos los tocones con la imbatible precisión de la monotonía. Illa decide que ese hombre debería ser su padre, así que lo abraza con tanta fuerza que casi lo derriba. Al frotar la cara en su nuca, reconoce el olor de su propia sangre. Papá, dice, pero la frase muere ahí mismo porque las lágrimas se han secado borrando el rastro a ceniza. Él le acaricia el pelo. Vuelve a casa, sugiere con un timbre de profesor de la vida. Illa da media vuelta y tropieza con Nana, que le envuelve la cintura y emprende a la par el camino de regreso a casa sin asomo de temor o pena. Vencen la última curva de árboles y ya mordisquean el borde del valle cuando el sol de la tarde abrillanta allá en medio, aislada y bella como un caballo salvaje, la misma casa que ardía poco antes. Nana le tira del brazo y juntas descienden la pendiente suave hasta la base del valle. Suben los escalones del porche y abren la puerta. Hasta el recibidor llega el olor del pastel recién hecho, que ablanda las reticencias de Illa mientras Nana se funde con las sombras de los pasillos y las esquinas. Se arrastra hasta la cocina frenada por una duda térmica, notando las huellas del fuego que no está, y al entrar en la habitación encuentra a su madre a la mesa, ausente y frágil pero perfectamente adherida a un vaso de leche fría. Un paso mal dado la delata, india despistada, y su madre levanta la cabeza con una rapidez de reptil que por un instante la asusta. Con un sencillo gesto, la invita a sentarse. Illa obedece. La mira un rato sin atreverse a decirle que está igual de seca que cuando murió. Mamá capta de inmediato la idea, desnuda ante su sabiduría embrionaria, y exhibe de una tacada toda su línea de arrugas. Un olor acre, parecido al que emitirían millones de cerillas en comunión, se superpone al del pastel recién hecho. Por las ventanas se cuela una luz que ya no es naranja.

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La última cena

Fede Durán | 19 de septiembre de 2010 a las 20:33

La cena se sirve a las nueve en punto, como de costumbre. Una brisa leve pero terca le hace un roto a septiembre y nos permite poner la mesa en la terraza, ante la inmensidad desordenada del cielo oscuro, con todos los sonidos de la ciudad cansada colándose en el silencio familiar. Nadie mira a nadie, así que me concentro en el repiqueteo de los cubiertos. Mi hermana disecciona los huevos con chorizo como si una correcta autopsia pudiera desvelarle el más insondable secreto bíblico. Recuerdo un par de discos recientes que me gustaría escuchar, pero mis padres odian la música, así que obvio la sugerencia y levanto la vista en busca de Venus, o de cualquiera de sus primas pobres, sin sentir en absoluto el alivio inquieto que el cosmos provoca en las hormigas. Mi padre eructa con un eco de caverna ante la indignada pero vencida mirada de mi madre, que vuelve a su mueca de labios cosidos y rotos al cabo de unos segundos con un brillo de desprecio negro en los ojos. Colmo las copas de vino, aguardo un rato y, como nadie propone un brindis, bebo y vacío la mía de una tacada, deseoso de que el alcohol me transporte rápido a una habitación paralela donde mi sombra se convierta en un foco de luz rodeado de otras personas y otros estímulos. Comienza a tocar un grillo obstinado cuando mi padre se levanta atropelladamente, tanto que tiñe el mantel del rojo del chorizo y el naranja de los huevos, y señala al cielo con una cara de satisfacción desterrada de mi recuerdo décadas atrás. Mirad, grita, y su dedo empalma con el espectáculo insólito de un millón de estrellas fugaces cuya masa palpita incandescente. Vuelan tan cerca que inmediatamente me asusto, y ya no sé si se trata de estrellas o meteoritos, y capto la decepción enorme, abismal de mi padre cuando comprende que efectivamente el vuelo masivo y caótico representa no un poema sino una amenaza. Cesan al rato todos los ruidos, todos, y se nos acopla al tímpano, pegajoso, un runrún rasgado y monstruoso que es a la vez una vibración interna, una sacudida visceral. Los meteoritos asesinos crecen y crecen, puedo verles las arrugas de la piel, las protuberancias milenarias, y se me ocurre pensar en el primer impacto, en la ciudad más cercana, en la onda expansiva, en el apagón súbito de la muerte, porque vamos a morir, no me cabe la menor duda. Mis padres se abrazan y nos piden instintivamente que ampliemos el círculo y lo cerremos con fuerza por si lo de arriba no fuera más que una pesadilla. Noto el llanto entrecortado de mi madre, e identifico su olor a jabón de pastilla, tan vinculado al roce cariñoso del pasado. Mi hermana llora también, aunque sus lágrimas son más escépticas, porque alguien tan joven apenas encaja la certeza irrefutable de la desaparición. Se me ocurre una idea. Bajemos a la calle, digo, salgamos del edificio, pongámonos a salvo. Una mecha de esperanza prende en el rostro de mi padre, pero mi madre le tira de la manga y niega con dos giros categóricos del cuello. Quiere acabar en su tumba doméstica, y nadie podrá negárselo. El viejo, demasiado paralizado como para debatir, discutir o persuadir, asiente y se sienta de nuevo ante el plato vacío y sucio. Agarra su copa y brinda mudo y solemne, pero la rigidez abandona sus miembros y hace hueco a un vencimiento cesáreo. Mi hermana se ha desprendido del núcleo y se ha encerrado en su cuarto, donde probablemente repase con álbumes fotográficos un decurso injustamente breve de experiencias cuyo envés ya siempre serán las aspiraciones rotas que flotan en el tintero. Yo decido imitar a mi madre, que a su vez ha imitado a mi padre y se ha sentado a la mesa, donde toquetea distraída el lomo intacto de su chorizo. Le sirvo más vino a mi padre y relleno hasta el borde mi copa. Tengo tanto miedo que no me atrevo a volver la vista al cielo, aun sabiendo que se trata de una imagen doblemente irrepetible por su naturaleza cósmica y póstuma. El primer impacto se produce lejísimos, a cientos de kilómetros, pero mi espina dorsal se resiente como si una bomba lapa hubiera estallado a mis pies. Poco a poco, como un lagarto supersónico, el desgarro se aproxima, y ya llega el rumor del derrumbe y el disparo en la sien del grito último. Cierro los ojos y espero el trailer de mi vida, ése que dicen que la muerte proyecta en uno a modo de adiós, pero no hay pasitos de infancia ni primeras comuniones ni un beso iniciático en el descampado de detrás de casa. Sólo me veo yo, en una habitación sin muebles, absorbido por la crudeza del blanco de la pared y el contraste de una mancha negra con patas que trepa en busca de una esquina del techo, justo donde nadie, ni siquiera un meteorito, podría jamás perturbar su paz.

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El pelo sin nombre

Fede Durán | 24 de agosto de 2010 a las 21:05

Cualquiera en mi situación, o al menos cualquiera medianamente inquieto, habría hecho lo mismo, de modo que en cuanto descubrí ese cabello ajeno en mi propio pelo llamé a mi amigo Equis, reputado miembro de la policía científica, para determinar el origen del objeto invasor. Era obviamente un cabello de mujer, largo y ligeramente aclarado por el sol pese a su innegable raíz negra, un cabello grueso, fuerte, con suficiente entidad como para enredar a uno en fantasías de todo pelaje, así que esperé los resultados con impaciencia febril, construyendo teorías de lo más extravagante, ocultando mi asquerosa impericia seductora con escenas ficticias que, de tanto imaginar, acabaron colándose en el despacho de mis hechos reales. Paula, María, Adela, un desfile de preciosidades ante manteles blancos con cubertería de plata, un maître solícito con pajarita (todos los maîtres deberían llevarla siempre) y el mejor vino de la casa derritiendo el hielo y sus reticencias. Mi amigo Equis, eficaz como un engranaje alemán y constante como una hormiga nipona, apenas tardó unas horas en analizar el cabello anónimo. Me explicó que bien podría despachar el asunto por teléfono, pero que prefería que me acercara al laboratorio si no tenía nada mejor que hacer, y como efectivamente yo en absoluto tenía nada mejor que hacer, cacé un taxi, charlé de fútbol y toros, y vi pasar la ciudad sin abandonar en ningún momento mi bosque de hipótesis eróticas. Mister Equis me esperaba en su despacho, un cubículo increíblemente deprimente con olor a distintas fórmulas químicas. Le estreché la mano, me preguntó por mí (no tengo pareja ni familia) y me ofreció una butaca bastante incómoda de esas en las que uno nunca acaba de encontrarse. El cabello, le recordé tímidamente cuando el ritual de la cortesía amenazaba con retenerme más de la cuenta en esa terrible cueva; el cabello, repitió él antes de poner sobre la mesa un archivador del que extrajo tres o cuatro folios mecanografiados sin perder en ningún momento una sonrisa enigmática con algunas gotas de vergüenza. Tu cabello misterioso, arrancó, no pertenece a nadie. Tu cabello, continuó, no está asociado a ningún ADN. Tu cabello, añadió, traslada al microscopio la toma cenital de una cama donde un hombre y una mujer comparten y trocean la noche. Me siento incapaz de justificar esta anomalía, dijo, pero he observado atentamente la escena empujado por una curiosidad tanto personal como científica. Hay péndulo, hay cadencia. Él se acerca y se enrosca primero, envolviendo su vientre liso, besándola en el cuello, envasando su olor en las píldoras al vacío de una nariz que no olvida. Cuando se aleja dos palmos, ella le tiende una mano que ningún movimiento ulterior logra desenganchar. Irrumpen las curvas más oscuras del sueño, que se hunde en cientos de subsueños abigarrados, pero al rato, impulsada por una inercia sonámbula, ella se acerca y se enrosca, envolviendo su vientre liso, besándole en el cuello, envasando su olor en las píldoras al vacío de una nariz que no olvida. He grabado la escena y la he pasado al vídeo. Acelerándola con el mando a distancia, he comprendido que se trata de un ballet perfectamente sincronizado. Nadan sobre el colchón, planean sobre el silencio. Dame un nombre, le interrumpí irritado. Una identidad a la que aferrarme, ladré con un sedimento de desesperación que asustó a mi amigo y le expulsó de su obscena ensoñación robada. Recurrió a excusas tan improbables que la furia me quemaba la garganta y convertía mi voz en un látigo plagado de púas. Me levanté y le amenacé, pero él se encogió de hombros y me pidió que me calmase. No es tu anhelo, le reproché envenenado, no es tu esperanza. Por sorpresa, sacó el cabello de un tubito de plástico y me lo tendió. Búscala tú mismo, sugirió. Me rasqué la cabeza, enfrié mi cabreo, me hundí en la butaca de las torturas y, tras una breve reflexión, le pedí que me contara nuevamente la historia, que la tocara otra vez aunque nunca se haya llamado Sam.

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