Archivos para el tag ‘Rodrigo Rato’

Caja Mandril

Fede Durán | 17 de octubre de 2014 a las 12:00

DIFÍCILMENTE existe en España mejor reflejo del alma que el escándalo de Caja Madrid. Miguel Blesa presidió la entidad entre 1996 y 2009 dicen que por sus excelentes conexiones de infancia con José María Aznar. Rodrigo Rato hizo lo propio entre 2010 y 2012, cuando la caja era caja y cuando empezó a ser banco/Bankia, quizás como pago al rechazo previo del dedo aznariano, posado finalmente sobre Mariano Rajoy. Blesa y Rato, además de algunos otros ungidos, disponían, como ya se sabe, de tarjetas negras oro, es decir, tarjetas sin límite de gasto ni control alguno. Los consejeros de medio pelo disfrutaban, sin embargo, de tarjetas plata, con un tope mensual de 3.000 euros. He aquí la esencia hispana: una división con reminiscencias medievales donde Blesas y Ratos asumían la condición de señores y el cliente la de siervo, y otra división interna inspirada en el sistema indio de castas, con señores de primera y una variopinta burguesía como peana y retén.

Sólo cuatro de los 90 miembros de la cúpula cajamadrileña declinaron utilizar las tarjetas. Entre los 86 pecadores restantes figuran agentes sociales, presuntos especialistas, aristócratas y representantes de todos los partidos políticos. La conclusión es monstruosa. Posiblemente, ese incorruptible 4,44% indique el porcentaje real de virtuosismo entre nuestras élites, o entre quienes acceden a los circuitos del poder vengan de donde vengan. La pela es la pela sin importar su procedencia. Un síntoma claro de inmoralidad.

Porque los fondos dispuestos procedían en gran parte de pensionistas, ahorradores y mileuristas, gentes para las que cada céntimo cuenta, gentes –como se vio después en Bankia– expuestas a la voracidad del producto-estafa que fueron las preferentes, gentes pasmadas ante el torrente millonario inyectado sin pestañear desde el Estado bajo el neón del rescate y la explicación del riesgo sistémico, de la salud del capitalismo, de un porvenir lozano donde la banca regresaría al edén original del crédito razonado y razonable.

Impresiona escuchar el argumento de Blesa y Rato sobre las tarjetas. Era una práctica inveterada, dicen, y donde fueres haz lo que vieres, etcétera. Equipos electrónicos, lupanares, productos farmacéuticos, mariscadas, hoteles de lujo, ropa interior, peletería, todo cabía en el saco en consonancia con los tiempos del derroche y el pelotazo, esos mismos tiempos en los que el Banco de España dirigido por Fernández Ordóñez hablaba del sector financiero español como el mejor y más supervisado del mundo.

Si circulaban las tarjetas negras era precisamente por lo contrario. Es la ausencia de controles la que alimenta los abusos. En eso consiste el capitalismo de amiguetes. Rato, Blesa y otros ochenta y cuatro señores se creyeron (fundadamente) inmortales. Pero el garrote de la crisis se estrecha sobre el cuello de un contribuyente cansado y cabreado, de un licenciado sin cancha, de un investigador sin laboratorio y de un parado momificado. Así surge el caldo de cultivo del que bebe Podemos. Así los de siempre sienten un ligero temblor aunque todavía duden si es el aviso de un terremoto o apenas un árbol sin raíces. Por si acaso, la política clásica se instala en el disimulo, airea las amarillentas sábanas e insta la apertura de procesos depuradores. Lástima que no lo haga por convicción sino por miedo.

Todos los magos son de mentira

Fede Durán | 11 de febrero de 2011 a las 14:39

EN el imaginario popular (entiéndase este término en su doble acepción sociopolítica), Rodrigo Rato era sinónimo de crack. Los entendidos de la economía, algún desertor del PSOE y mucho observador casual se sumaban a la causa de la canonización de Rato, una especie de equivalente ministerial de Tim Duncan, que es uno de los jugadores más relevantes de la NBA por su clase y consistencia, de ésos de veinte puntos y diez rebotes durante toda una vida. Los puntos de Rato eran sus certeros análisis y los rebotes sus mágicas recetas. Con él bajo el tablero, con otros jugones como Piqué en la línea de tres, Aznar logró reflotar la economía española, carcomida por el despilfarro y los tejemanejes del tardofelipismo. Como Houdini, muchos pensaron en la infalibilidad de Rodrigo y muchos añoran hoy su presencia en primera línea en vez de en el hoyo venenoso y anegado de Caja Madrid. Los románticos formulan al aire la pregunta: ¿Qué habría pasado con el PP y Rato en La Moncloa en esta época de crisis? ¿Habrían sido mejores las cosas que con ZP y la secuencia Solbes-Salgado? Será imposible saberlo: Aznar eligió al más neutro de sus candidatos a líder, cabreó a Rato y sepultó al partido en una tumba de ocho años de oposición.

Pero la vida, dale que te pego, jamás pierde su amor por las travesuras y los capítulos inesperados, que degeneran a menudo en la iconoclasia, ese saludable ejercicio de autoafirmación. El caso es que Rato, ya lo saben, dirigió el Fondo Monetario Internacional (FMI) entre junio de 2004 y noviembre de 2007. Pues bien, este organismo cuenta con una bonita orquídea salvaje: una Oficina de Evaluación que, perteneciendo a la matriz, actúa con la suficiente independencia como para soltarle un buen guantazo a mamá. Acusa en su último informe al FMI de una sangrante miopía ante la recesión, habla de luchas cainitas, deficiencias organizativas, falta de supervisión y demasiada autocensura. Y, sobre todo, echa por tierra el presunto prestigio del Fondo al advertir que alabó a Islandia por su sólido sistema financiero y aconsejó a los países emergentes que imitaran a los yanquis y se inventaran todo tipo de sucedáneos de las subprime. El entorno ratil le quita hierro al asunto cuando afirma que la capacidad de análisis del FMI queda limitada por la soberanía nacional, que incluye la potestad de facilitar información financiera. Incluso así, Rato pierde, con esta implacable caricatura, su aura de imbatibilidad económica. Resulta que, como cualquiera, también yerra. Y de qué forma.

Quizás estemos ahora más cerca de responder a la pregunta formulada en el primer párrafo: ¿Nos habría ido mejor con el PP? Pulsemos la tecla de la duda razonable. No porque Zapatero lo haya hecho genial (lo ha hecho más bien fatal) sino porque: 1. El concepto del gurú económico es una de las mayores falacias en una ciencia, la económica, donde todos, repito todos, se han equivocado al menos una vez. 2. Ningún ser humano es capaz por sí solo de enmendar, hasta rozar lo milagroso, las inercias de la economía mundial.

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