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¿Somos racistas?

Fede Durán | 22 de julio de 2008 a las 18:56

La eterna pregunta provoca inevitablemente la eterna respuesta. En absoluto lo somos. España es un país libre de prejuicios donde la convivencia entre razas y pueblos está garantizada. Primera objeción: el aserto se tambalea echando un vistazo a nuestros políticos (e incluso a veces a nuestros vecinos: el famoso individualismo íbero retratado por Madariaga vía Historia de España o por Herzog vía Aguirre y la Cólera de Dios).

Aterricemos en el imprescindible terreno de la práctica. Hace una semana me desplacé en coche a Córdoba, ciudad a la que me unen vínculos de todo tipo casi desde que nací. Allí viví mi infancia y un buen trecho de mi adolescencia. Los escenarios de mis sueños se localizan invariablemente allí, así que pueden hacerse una idea de su influencia. Crucé el puente de San Rafael y aproveché el imperativo de los 50 km/h para echar un vistazo a los flancos. Vi la fuente donde tantas veces bebí a la salida del instituto o tras un partido de baloncesto. Dos turistas equipados con bicis de alquiler hacían cola junto a un grupo de gitanos rumanos (por abreviar, en adelante los citaré simplemente como rumanos). La estampa me pareció interesante: las dos caras de la moneda del movimiento transnacional. A los turistas, rubios y pálidos, nadie les pondrá mala cara ni les vetará en comercios o restaurantes. Los rumanos son, según Berlusconi y buena parte de los oriundos con quienes conviven, lo más parecido a las ratas de dos patas cantadas por Paquita la del Barrio.

¿Somos racistas? Probablemente sí. No obstante, si se ahonda en la reflexión pueden alcanzarse conclusiones más benévolas. La diferencia la marca sin duda el modelo de integración. Nadie demoniza, por ejemplo, la presencia de la comunidad africana en Lavapiés. Tampoco los paquistaníes despiertan excesivos recelos en El Raval. Son capas adaptadas, no superpuestas, a otras. Las teterías magrebíes de Granada, los kebabs turcos de toda la Península o la comunidad nórdica de Barcelona colorean el paisaje urbano. ¿Qué pasa entonces con los rumanos? Me llamó la atención leer las entrevistas de Kaplan a los germanos y húngaros de Transilvania: llamaban a sus compatriotas gitanos sin basarse precisamente en criterios étnicos.

No conozco a ningún rumano, aunque durante una breve estancia en el hospital toda mi familia convivió con un joven matrimonio al que no se me ocurriría atribuirle la más mínima pega. ¿Qué sucede con ellos? Sucede, quizás, que se apartan mayoritariamente del modelo occidental de residencia para aplicar, por necesidad o tradición, la filosofía nómada de los campamentos. Campamentos que, por cierto, han existido siempre en España. Y con variedad de acentos y procedencias. No descubriré la pólvora enumerando las pegas de este tipo de asentamientos, así que me ahorro el párrafo y planteo directamente la cuestión: ¿Cómo se soluciona el problema si se tiene en cuenta, sobre todo, que cuentan con la condición de ciudadanos de la UE? ¿Existen medidas específicas para encauzar estos flujos de población (educación, concienciación, ayudas)? ¿Serviría de algo intentarlo? Me cuesta imaginar a un mongol renunciando a la estepa o a un chino (matiz: chino de China) aparcando su habitual siesta sobre la acera. Es su forma de vida. A la vez, sudo para encontrar una vía que compatibilice idiosincrasia y urbanidad. Lo que hacen los rumanos es lo que ya hacían nuestros gitanos, parte integrante de España que jamás ningún Gobierno se ha molestado en reconocer e integrar seriamente. El problema no es de nacionalidades sino de compromiso. Y admito que el compromiso sólo es viable cuando ambas partes lo asumen. Algún lector podría recurrir a la pintoresca y nada ficticia imagen del burro en la terraza de un edificio marginal o de protección. Otros, seguramente, entenderán que habría bastantes familias dispuestas a respetar y disfrutar las comodidades de una vivienda de verdad, sin paredes de madera carcomida ni techos de chatarra.

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