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El último referéndum

Fede Durán | 21 de marzo de 2014 a las 11:35

LA pústula de la crisis no ha salpicado la cultura del blindaje directivo. En España, el fenómeno queda reflejado en las estadísticas: según la OCDE, el 10% más rico de la población apenas ha visto mermado su poder adquisitivo pese a que la embarrada base de la pirámide se hunde unos centímetros más cada año. No es que lo advierta el Banco de España, es que lo admite hasta la CEOE: la devaluación salarial empeora con mucho el amable bodegón que nos describe el Gobierno. Las manzanas que usted observa sobre la mesa están podridas.César Alierta, presidente de Telefónica, ganó el año pasado 7,3 millones de euros. Si considerásemos que ése es el tope retributivo de un país y aplicásemos la teoría de la economía del bien común (el sueldo más alto será sólo siete veces superior al más modesto), el SMI español estaría en 1,042 millones anuales. Partir de esos parámetros es obviamente inviable, así que la alternativa es el otro extremo: si el SMI para 2014 alcanza los 7.740 euros netos, la retribución máxima serían 54.204.

La lógica de los ejecutivos del Íbex (o del Nasdaq o del LSE) es diferente. Muchos ricos, y ellos lo son, creen en el darwinismo: el más fuerte (el más listo) es el que sobrevive (el que más cobra). Quien padece un subempleo es víctima de sus propias limitaciones: la pobreza, en el fondo, no es más que el reflejo de un espíritu apocado. Quizás esa filosofía -subyacente en todo país capitalista- explique que en España las políticas sociales (o aquellas políticas sociales del ramal laboral) tengan un carácter tan claramente paliativo/asistencial cuando en realidad todo el mundo sabe -también los expertos, los popes, los asesores áulicos y hasta De Guindos y Montoro- que la escasez no genera riqueza.

¿Qué ocurriría si Pablo Isla, Antoni Brufau o el propio Alierta ganasen 54.204 euros al año por imperativo legal? Que sus inmensas multinacionales tendrían muchos más beneficios. ¿Y qué podría hacerse con ese dinero? Por supuesto, generar puestos de trabajo. O invertir (de verdad) en I + D. O practicar el mecenazgo. O contribuir a perfeccionar el Estado del bienestar con mayores aportaciones a la hucha común. O dedicar recursos al desarrollo de otras zonas del planeta. O la bolsa anterior más decenas de iniciativas adicionales.

Puede que este planteamiento suene revolucionario (en sentido peyorativo). Puede que ataque la esencia egoísta del ser humano y conturbe la fluidez de la turbina consumista. Incluso es posible que Isla, Brufau y Alierta, además de Gates, Slim y Ortega, intuyan al fin y al cabo una debilidad de clase: sólo un mediopensionista sería capaz de plantear semejante estupidez. Pero en esta época de consultas populares y democracia digital sería fantástico formular a la población, amalgamada o parcelada por naciones, la siguiente pregunta: ¿Se compromete usted a limitar su riqueza potencial a cambio de erradicar para siempre la pobreza e implicar a todo hombre activo en la cadena productiva? Sorpresa. Debajo de los adoquines todavía está la playa.