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Watchmen (prueben desde el cómic II)

Fede Durán | 9 de septiembre de 2008 a las 12:49

Especial monográfico sobre el mundo del cómic. Cronología: Pablo Aumente, amigo y arquitecto (por ese orden), me visita hace un par de meses, en vísperas de la final España-Alemania. Cenamos en mi casa y hablamos un poco de todo y poco de mucho. Me sorprende lo bien que toca el palo de las viñetas; es casi un erudito. Entre las recomendaciones, interminables e imprescindibles, una luz más potente que el resto: Watchmen, de Moore y Gibbons. Ya le había echado un ojo. Tomo voluminoso, pegatina indicativa del triunfo de una segunda edición, precio elevado. Como la obra está celosamente precintada (ay, esas manos torpes y sucias), echo un vistazo en internet. Trazo clásico, color, estética superhéore. Decido seguir la sugerencia y cargar la mercancía hasta casa (cómo pesa, pardiez). Pasan las semanas y el libro se afianza como elemento decorativo. El amarillo de la portada sintoniza con el tablero negro de la mesa del salón. El sol, corrosivo en esas fechas, curte el práctico protector y me decido a desembalarlo ante el riesgo de afearlo. Lo abro y aspiro el olor a impresión. Comienzo ahí mismo, en mitad de mis vacaciones, mecido por la dulce languidez del ser acomodado. Avanzo noche tras noche, comiéndome el tiempo. Me dura una semana. La estructura es sencilla pero efectiva: cada capítulo acaba con un pasaje escrito y quizás más literario donde se incluyen noticias, entrevistas, extractos de las memorias de los protagonistas… El argumento es claramente político: 1985, Guerra Fría, amenaza nuclear. Los autores saben de qué hablan y confirman una vez más que para montar un cómic hacen falta un dibujante y un escritor (ambos oficios con mayúsculas). Aparece Vietnam, aparecen Nixon y Ford, aparecen Afganistán y los rusos. Watchmen plantea un giro histórico interesante: Qué habría ocurrido si el jueguecito de los misiles se nos (les) hubiera escapado de las manos. Ésa es una amenaza perenne y muy de actualidad: Rusia vuelve por sus fueros y nadie sabe demasiado bien qué cara poner.

El contexto geoestratégico te engancha, aunque no tanto como los personajes. Aquí no hay superhombres con superpoderes sino justicieros enmascarados dispuestos a dar pero también a recibir. Piensen en una de esas patrullas urbanas espontáeamente surgidas en barrios problemáticos del país, recuerden sus defectos y virtudes y hagan la traslación con una escenografía yanqui. Tampoco hay espacio para la épica. Si acaso caben matices más vinculados a los valores de cada luchador, y créanme que el retrato es tan completo que incluye casi cualquier naturaleza humana (al final los neuróticos son los seres más normales; es un consuelo). Ya puestos, Gibbons y Moore mantienen deliberadamente los pies en la tierra. Esas ensoñaciones disfrazadas nunca pierden la sospecha de lo ridículo. Añadan al conjunto un falso cameo (Historias de la Fragata Negra o cómo reinterpretar el género pirata) y los apéndices con el germen de la idea y los guiones y obtendrán la clave que buscan: Cómprenlo sin pestañear.

PD: Los cerebros atrofiados del celuloide descubrieron décadas atrás el filón del cómic. Watchmen ha caído también. Estoy tan seguro de que la película desmerecerá que no iré a verla. Las letras son a menudo más placenteras que la imagen. Al menos si imagen es sinónimo de Hollywood.

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