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El sueño de una mañana de verano

Fede Durán | 18 de mayo de 2008 a las 20:19

11.00. Madrid, mañana calurosa. No queda muy claro si los pájaros cantan o se quejan, pero al invitado le importa lo justo porque llega en un coche oficial perfectamente aclimatado. Una fila de fotógrafos más o menos estresada saca codos y empuña cámaras. El invitado se sabe la coreografía. Unas palabras al chófer (“pásate dentro de un ratito, esto no dará para más”), pasos decididos hacia la escalinata y saludo al anfitrión, que aguarda arriba, en su cénit, sonriente y satisfecho. Toda la secuencia está trufada de clics. Son los objetivos que se abren y cierran como ojos de gato en busca de una imagen potente. Los veteranos saben que es difícil lograrla cuando las caras y los gestos se repiten año tras año.

El anfitrión y el invitado enfilan la puerta principal y giran el cuello por última vez. Son coquetos. Y recelan respectivamente. Suena el pestillo y cae el telón. Están solos. O casi. El anfitrión muestra al invitado el pasillo que conduce al salón donde charlarán (paredes encaladas, cuadros de artistas desconocidos pagados a precio de lingote) y marca un número en el móvil. “Ya puedes venir”, ordena. Mientras esperan al tercero, le ofrece al otro agua sin gas. La oferta no mata. El otro prefiere fumar. Nota en el bolsillo interior de la chaqueta la silueta de un habano, pero doma su impulso. Quiere dar ejemplo aunque no sepa muy bien por qué. Para amenizar los minutos previos, conectan el piloto automático y diplomático. Curiosamente, se entienden. Menudo verano infernal. El tráfico no tiene remedio (aunque no lo sufran porque no conducen). La playa está colapsada por hordas de amantes de lo masivo. El Madrí y el Farsa han vuelto a patinar en Europa. Qué caros están los pisos pese a la crisis (en verdad, la frase tampoco les afecta).

Al cabo aparece el tercer hombre, que en realidad es una mujer bastante atractiva y mucho más letrada que ellos. El anfitrión la presenta como la traductora. El invitado se fija en ella. Tiene un lunar junto a la mejilla. Por un instante, se desconcentra. Sin darle la mano, ella toma asiento justo en mitad del sofá que queda libre. Sus labios esbozan una mueca de equidistancia. Que nadie pregunte cómo se consigue eso.

Pese a que el lenguaje político de ambos es antagónico, ahora pueden hablar con libertad, sin miedo al malentendido. Ella lo destilará todo, adaptándolo al oído ajeno.

-No sé qué quieres exactamente -arranca el anfitrión. La traductora procesa con abrumadora velocidad, tanta que casi solapa su voz con la del traducido.

-Quiero parecerme a ti -contesta el invitado.

-No me extraña.

-Pues debería. Sólo lo hago porque tú ganas y yo pierdo.

-Como siempre.

-Debo pedirte un favor. Cuéntame tu secreto. Demostrarás más valentía que nunca. Incluso te querré desde mi odio.

-¿Te gusta Dylan? The answer is blowing in the wind.

-¿No vas a ayudar a un enemigo?

-Parece mentira que no me hayas calado todavía. Sencillamente, improviso.

-Pero necesitarás una instrucción previa, ¿no? No sé, una especie de entrenamiento en una academia norteamericana.

-Lo llevo en la sangre.

-Dame pistas, hombre. Algún nombre al que acudir.

-Prueba con la clonación.

-Pero entonces no seré yo.

-Tampoco lo eres ahora.

El anfitrión se levanta. Suficiente por hoy. Despide a la traductora y acompaña al invitado al umbral. Regresan al idioma común, a la jerga sin intermediarios. Las camisas de manga corta lucen menos pero enfrían más. Está bien tu nueva limusina. Tu corbata tampoco está mal. Quedamos pronto. Eso es. Quizás en unos meses. Cuando octubre suavice la Meseta.

Se aprietan las manos lánguidamente. Las cámaras se han esfumado. El coche del invitado derrapa y levanta unos chinos. Sale un tipo fornido que le abre la puerta con ademán robótico (ay, el irresoluble problema de las pesas y la flexibilidad). El invitado agacha la cabeza y cierra la puerta. Clap. Cristales tintados. Se acabó.

El anfitrión permanece de pie, en su cénit. La soledad le arropa, parece embelesado. Piensa en sí mismo, en la razón de su potra -desconocida por todos, incluido él mismo-. Piensa en el desagradable concepto de la caducidad, que es como la muerte pero aplicada a los yogures o la política. Piensa en su invitado, tan inseguro, tan adulador, tan rematadamente ingenuo. Enlaza finalmente ambas imágenes, caducidad e ingenuidad, y piensa en 2012 y en 2016 y en 2020. Se siente imbatible. Mientras el otro esté.

El invitado enciende en el interior de la limusina el puro del que quiso y no pudo dar cuenta antes. Aspira profunda, ávidamente e impregna la tapicería de olor a Cuba. Las caladas disimulan sus suspiros. La soledad, procurada por un tabique separador, le angustia sobremanera. Corre la portezuela que le aleja del chófer y el robot anabolizado y siente ganas de hablarles, de desahogarse, de compartir su miseria espiritual. Soy mejor que él, murmura. Nadie le escucha.

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Micromemorias III (el coronel)

Fede Durán | 14 de abril de 2008 a las 13:04

En toda plaza manda un coronel. Y entrar en contacto con él, recortar la distancia que separa el cielo de la tierra, impone. Mi primer gran entrevistado fue Joan Clos, ya ex ministro y quizás hoy abatido tras perder su pedrería por la irrupción de Sebastián y el escaso cariño que le profesa el PSC. Hace un lustro, cuando era alcalde de Barcelona, pedí la vez y me la concedieron no sin superar antes algunos de los trámites habituales, entre los que por suerte no se incluían plegarias ni ramos de flores. Para el jamón tampoco me alcanzaba, pero no hubo problema. Su jefa de prensa era una chica maja de origen andaluz, como tantas veces sucede allá. Yo ya conocía a toda la oposición (Xavier Trias, Alberto Fernández Díaz) y a los socios de Clos (Imma Mayol y Jordi Portabella), así que los socialistas debían sentir una especie de obligación moral que satisfacieron sorprendentemente pronto.

El Ayuntamiento se ubica, como el Palau de la Generalitat, en la Plaça de Sant Jaume. Pleno centro, barrio gótico, guiris y colorido movimiento. Normalmente entras por una puerta lateral, aunque si la cita es importante (y en este caso lo era) te hacen dar algún rodeo para que comprendas que el palacio es tan suntuoso como el líder que lo gestiona. La verdad es que el edificio impone: mención especial merece su capilla, oscura y pulcra, un lugar en el que tal vez puedas lograr la paradoja de casarte por lo civil de la mano de tu concejal favorito.

Pasillos y antesalas, bedeles y asesores, guardaespaldas y secretarias. Siempre prudente, dejando que la chica de prensa marque el ritmo. Al final, te sientan en un butacón frente a las mismas puertas del rey. Huele a rancio. El edificio es viejo. Seguro que crujen sus paredes. La puerta chirría y te dicen que puedes pasar, que el jefe te espera. Repasas las preguntas, seis o siete, no más (a veces es bueno confiar en que la conversación te llevará por derroteros imprevistos), compruebas que la grabadora no ha muerto y suspiras.

Ahí está. Se levanta y te estrecha la mano. El radar me indica de inmediato que cuida los detalles. Sobre su formidable mesa de madera (¿caoba?) descansa un ejemplar del Financial Times. El despacho es de techos altos y ventanales, pero huye del barroquismo. Anochece. Me ofrece asiento, elijo el que creo menos noble y compruebo que la chica de prensa aprueba mi decisión. Nos sentamos y charlamos. Es el warm up, el calentamiento previo a la batalla. A los cinco minutos consulto inquieto mi reloj. Es hora de arrancar. Que sea lo que deba ser. Le advierto que encenderé la grabadora. Sin problema. El piloto rojo brilla. Bien. Puedo concentrarme en las preguntas.

Hablamos de economía, de política, del espíritu de la ciudad, de sus deficiencias y atractivos, de sus aspiraciones. Se sabe la lección. Tiene cifras en la cabeza, las expone dándote a entender que eres un principiante. Decido atacar los flancos más débiles. Me decepciona su falta de autocrítica. En el momento más tenso, dobla una pierna sobre la otra y le veo no sólo el calcetín sino también la pierna, nada peluda pero dudo que depilada. Clos no le cae bien al partido, pero tampoco es tan malo. Sencillamente, no conecta. Es lo opuesto a Zapatero. Sabe más aunque guste menos. Han pasado tres cuartos de hora. Nos despedimos. Al salir del despacho, la chica me pide un favor. “Pásame la entrevista cuando la hayas transcrito”. Lo hago. Me llama a los dos días. “Me gustaría cambiar un par de frasecillas”. Es el segundo favor. Compruebo el impacto que las correcciones tendrían en la entrevista. Bah. Son cuestiones más de estilo que de fondo. Le contesto que no hay inconveniente. Me da las gracias.

Publico la página 72 horas después. Paso la mañana intranquilo, pero nadie llama ni me topo con sicarios a la puerta de casa. Abro una cerveza y pienso en el siguiente coronel.

Dispuesto a batir el récord

Fede Durán | 25 de marzo de 2008 a las 13:42

Manuel Fraga, 15 años de presidente autonómico. José Bono, 21. Jordi Pujol, 23. Juan Carlos Rodríguez Ibarra, 24. Si Manuel Chaves cumple su propósito de repetir como candidato a la Junta en 2012 y además gana (cosa probable en la monolítica Andalucía), establecerá el listón en la muy estratosférica cifra de 26 años. Imagínense tanto tiempo con el mismo jefe. O con el mismo coche. O con las mismas sábanas. Escalofriante.

Parece que el propio Chaves no tiene claro si sirve para otra cosa. Como jurista no se le conocen grandes méritos. Lo suyo es mandar, que no decidir, pues para esta tarea ya cuenta con un notable séquito encabezado por Zarrías. Mandar, pues, viene a ser para el líder algo así como constar. A lo grande, se entiende. Con una tele que lo mima y mitifica su mensaje y sus cualidades. Foco y maquillaje, palio y peloteo.

Todos sabemos que los políticos odian que les toquen sus mecanismos de poder. Nada de cambiar las reglas. Si los ciudadanos me votan, me quedo hasta la muerte. O casi. ¿Por qué no una limitación de mandatos? Hugo Chávez, casi tocayo del nuestro, quiso eliminar esa restricción y Occidente poco más y se lo come. La indignación está bien cuando uno es consecuente, pero en España ni el tato está por la labor. Nuestro único ejemplo es Aznar, tan chungo en tantas cosas: el tío será insoportable, pero se comprometió a estar ocho años en Moncloa y cumplió su palabra. Zapatero, por cierto, no ha dicho ni mu. Apuesto el pescuezo a que se postula también en 2012, aunque sólo sea por conservar ese bello paralelismo hispanoandaluz.

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Raca raca la matraca

Fede Durán | 13 de marzo de 2008 a las 12:42

Rajoy ha decidido seguir. O presentarse a la reelección como líder del PP. ¿Se equivoca? Desde su perspectiva, evidentemente no. Desde el exterior, probablemente sí. Ha tenido dos oportunidades para vencer a un rival, Zapatero, al que siempre ha desdeñado. Si tan superior es, ¿cómo ha podido sucumbir? ¿No están los electores a la altura de su pensamiento? ¿Prefieren quedarse con el simplón y traicionero Z? En esta tercera entrega de su carrera hacia Moncloa tendremos la oportunidad de comprobar cuáles son las novedades de su discurso. Porque ésa es otra: la mayoría de votantes ha dejado claro que el catastrofismo no le pone en absoluto. El hollín y los troncos quemados, para las novelas de Cormack McMarthy (La Carretera, Mondadori; cómprenlo). Escribe hoy Javier Moreno en El País que, en cierta forma, Mariano tiene la oportunidad de reinventarse hasta parecerse un poquito a las derechas más modernas de Europa. La reflexión es optimista porque implicaría una honda transformación psicológica del personaje, obligado por la realidad de la voluntad ciudadana a modular palabras y sobre todo ideas. Si Z le ofrece un pacto antiETA que cumpla sus expectativas (tampoco esto deja de ser un ejercicio desorbitado de optimismo), ¿aceptará? ¿Desbloqueará el Consejo General del Poder Judicial? ¿Acatará la sentencia del Constitucional sobre el Estatut aunque no le satisfaga? ¿Olvidará (olvidaremos) el 11-M y aquello del presidente accidental?

Rajoy también necesita amigos. La involución del PP en Cataluña debería empujarle a una catarsis tipo Osho. Por mucho que apuntale Madrid o Valencia, por más que cíclicamente las distancias se recorten en Andalucía, 17-18 escaños suponen una diferencia abultada. Es otro motivo para endulzar el perfil, protestar cuando toque, construir desde la oposición e inhumar viejos fantasmas. Por cierto, un día, hace no tanto, el PP era el primer partido constitucionalista en el País Vasco. Nada queda ya de aquellos tiempos.

Luego está la renovación orgánica. Suena extraterrestre que el aspirante doblemente derrotado se presente en junio al cargo de comandante en jefe sin que nadie ose plantear alternativas. Decepcionante la timidez de Aguirre ante las cámaras cuando le cuestionaron sobre sus intenciones. Empalagosa la sumisión de Camps y Arenas. Comprensible la rendición del solitario Gallardón. Dicen en Génova que no están acostumbrados a pensar sino a que una voz autoritaria les dé hechos los deberes. Por eso les alivia la insistencia de don Mariano. Qué más da que gane o pierda en 2012. La vida son dos días. No importa perderlos en busca de una meta esquiva.

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Ellos también son actores (parecidos razonables)

Fede Durán | 6 de marzo de 2008 a las 19:14

Es evidente. La política requiere ciertas dosis de falsedad. Esos besos en la jeta del niño rubio. Las manos estrechadas con efusividad. Abrazos, canciones, poemas, todo en el momento exacto, cuando la cámara vigila y dispara. Y qué bien salen los tíos. Sonrientes, satisfechos, sobradetes. El paralelismo con el cine y los actores es evidente. Menos mal que el celuloide no engaña: uno compra ficción cuando paga la entrada. Los líderes mundiales, y también los ibéricos, juegan a otra cosa. Pero la cantinela es tan vieja que no merece la pena analizarla. Mejor buscar semblanzas.

1. Zapatero, alias ZP, alias Z. Sus cejas, como las del lehendakari, son calcadas a las del capitán Spock. La boca del Jocker interpretado por Jack Nicholson en Batman también cuela. Para los ojos seremos buenos: ahí está Paul Newman. Y ese cabello en declive bien podría calzarlo el jovencito Bruce Willis de Luz de Luna.

2. Rajoy, alias R, alias el padre de La Niña. Aunque la barba da mucho juego (el abuelo de Heidi casaría con su obesión por la chiquilla imaginaria), aquí se impone el conjunto. Don Mariano es clavadito (nariz, boca, perfil) a un fraggle rock. Sin peluca estridente, entiéndanme.

3. Llamazares, alias Gaspi, alias El Hombre Virtual. El tío es sosete, pero a alguien debe parecerse, ¿no? Déjenme pensar. Tic tac, tic tac. Lo siento, me encomiendo al anónimo samaritano que se aventure por estos derroteros.

4. Cajón de sastre para el resto: Ibarretxe, ya mencionado, es Spock, quizás incluso más feo y agrio; Carod pasa perfectamente por un Hércules Poirot más calvo y gordo; Duran i Lleida se acopla lejanamente a John Malkovich o Ed Harris; Rosa Díez a Helen Mirren (que no se ofenda ninguna de las dos si su contraparte no está a la altura) y Albert Rivera, con esa cara de niño bueno, pues tal vez a un hobbit de pelo corto.

Se admiten sugerencias.

¿Qué harían los pequeños si fueran grandes?

Fede Durán | 6 de marzo de 2008 a las 17:34

Piénsenlo. Lo nuestro es el bipartidismo, que bien podría ser una manifestación más o menos directa de amor a lo previsible. Como la misma vida. Cuentas corrientes saneadas, hipotecas asumibles, noviazgo y quizás boda, los nenes y el resto de la secuencia. Por eso sólo existen Zapatero y Rajoy. Por eso nadie se imagina un Gobierno con otros protagonistas. Ocurre en EEUU, Francia o Inglaterra. Blanco o negro. Buenos y malos. Según quién opine. Según filias y fobias. Pero la imaginación sigue siendo un hermoso instrumento. Una vía de escape. Creatividad aplicada a cualquier ámbito. También a la política. ¿Y si mandara IU? ¿Qué ocurriría entonces? ¿Sería España un nuevo socio del trasquilado club comunista? Habría que sondear a Gaspi. Con la de corrientes y ramificaciones que carga su federación, el pueblo necesitaría una buena explicación, algo así como un mínimo común denominador. Ahí va un esquema provisional de reparto del poder. Madrazo, por ejemplo, podría quedarse el Ministerio de Administraciones Públicas para promover consultas secesionistas allá donde detectase suficientes adhesiones. No importaría que la pida una comunidad autónoma, un pueblo tipo Marinaleda o un club de jubilados. El caso es mostrarse abierto a nuevas experiencias. Ya puestos, Sánchez Gordillo sería un buen interlocutor de Batasuna-ETA. Resolvería el problema de un plumazo, seguro. Valderas pegaría en el Ministerio de lo Invisible, homenaje tardío a su sólida trayectoria de coleccionista de escaños.

No me olvido de Ciudadanos y UPyD (perdonen si obvio a los nacionalistas, son pequeños, pero están acostumbrados a disponer mucho más que las tres siglas mencionadas). Albert Rivera y Rosa Díez se quejan de la falta de medios, de la desigualdad de oportunidades. Tienen razón. Lo interesante sería comprobar cómo actuarían si tuvieran la pasta de los socis o los popus. Rivera no ha necesitado demasiado tiempo para probar que en su partido, como en cualquier otro, conviven los sueños y las miserias. Ha habido escisiones, plantones e insultos, promotores ideológicos sospechosamente desaparecidos, intrigas florentinas… A UPyD no le ha cundido tanto. Lleva menos meses en escena, pero todo se andará. Al fin y al cabo, una formación diminuta aspira a ser como sus hermanas (o primas, o vecinas) mayores. Influencia mediática. Financiación pública. Escaños y poltronas. Mesas de Caoba. Vistas a la Puerta de Alcalá.

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