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La Virgen guapa

Manolo Ruiz | 11 de marzo de 2014 a las 9:00


Tras el desayuno se introdujo en la vieja alacena, para buscar un bote de Tarni Shield con el que limpiar la medalla de plata que hoy debía estar reluciente, con cuidado de no manchar el cordón trenzado de rojo(como la Sangre de Cristo) y azul (como el reino de Dios).
Para la ocasión el estreno de un blazer azul, pantalón gris, y camisa de finas listas en azul. Pidió a su padre le hiciese el nudo de la corbata azul marino y listas rojas. Se calzó los castellanos, y se despidió con un beso.
Era la primera vez que asistiría sólo. Hoy el padrino está en cama y no puede recogerle en el Seat 850  por lo que se dirigió a la parada del bus. Subió a la línea 14, y guardó el billete con la banda cruzada en rojo, que le recordó que esa mañana no vería el partido de el Sevilla At. al que gustaba de asistir en las matinales dominicales. Al llegar a La Encarnación descendió y se encaminó hacia San Lorenzo. Hoy es la Función a la Virgen de la estampa, la que siempre llevaba consigo. Paró breve  en la Anunciación para contemplar a los Titulares de la Hdad del Valle, que tanta admiración le produce. Al llegar a la plaza había mucho público en ella. Pequeños y mayores con sus mejores galas se sucedían por las cuatro esquinas de la misma.
Atravesó la cortina roja y se dirigió a la capilla a rezar al Cristo chiquito de la Cruz. Su madrina le había contado que es una imagen muy antigua, de los orígenes de la Hdad.  allá en los tiempos de las niñas huérfanas recogidas en el Beaterio de la Trinidad.
En el Altar Mayor de la parroquia un imponente altar se erigía para mayor esplendor de su Virgen. La cera muy abundante y milimétricamente colocada, sabía había sido puesta por Enrique, al que recordará siempre como el hombre que pinchó el alfiler de la Virgen en su taleguita del 34 con la de hilo gallego. La flores frescas y abundantes, y se arrodilló a orar. Con un poco de rubor sacó su Polaroid, para inmortalizar el momento, y poder llevárselo al Padrino.
Buscó acomodo entre los bancos de la vieja parroquia, colocándose bajo el órgano donde se solía poner el violinista Lerate;  de allí salían bellas y melodiosas notas con sabor primavera. Iba a comenzar la Función, y se acercó un hombre al que ya conocía. El Sr. Filpo, que tanto respeto le imponía, sabía que había venido sólo, por lo que le tomó de la mano, y lo colocó en uno de los primeros bancos, junto a unas monjitas que lucían un broche con el escudo de su antifaz nazareno y otras como el de las túnicas de los nazarenos de Pasión.
Apenas podía escuchar las notas, y levemente la voz del Predicador. Allí estaba embelesado con la hermosura de su Virgen. En el transcurso de la ceremonia repartieron un recuerdo de la jornada que se estaba viviendo. En ella, lo que tantas veces había soñado. La Virgen del eterno diálogo, en su paso azul, con unas enormes bolas de claveles rosa. Recordaba que Enrique le contó que siempre que las hubiese, la Virgen lucirá claveles rosa en el Martes Santo.
La guardó en el bolsillo de su blazer y al finalizar se despidió del Sr. Filpo, que le preguntó si le había gustado. ¡ Cómo no le iba a gustar estar con su Virgen de la estampa!.
Al llegar a casa presumió de nueva foto de su Virgen, la colocó en el álbum que le regalaron en su comunión, y allí ha permanecido todo éste tiempo, hasta ésta mañana que ha salido un rato para pasar por el scaner,y que su hijo viéndole preparar las cosas para ir al trabajo le ha preguntado: ¿A vé la foto papi? – ¡La guapa! ha exclamado.

 

 

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