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Testigos culpables

Ignacio Martínez | 31 de octubre de 2011 a las 11:34

Hace dos semanas vimos en la televisión cómo una niña china de dos años era atropellada por una furgoneta en un mercado de Guangdong, al sur del país. Después de detenerse, el vehículo volvió a pasar por encima del cuerpo, que quedó tendido en un charco de sangre. En los siguientes siete minutos cruzaron por allí hasta dieciocho personas y ninguna se paró a socorrerla. Hubo tiempo para otro atropello antes de que una mujer la retirase de la calzada y pidiese ayuda. La niña murió en el hospital a los tres días. Estas cosas, como el linchamiento de Gadafi, nos dan la impresión a primera vista de que sean de ficción, o propias de otras culturas. Ya saben, los estereotipos. Los chinos son fríos, los árabes traicioneros, los anglosajones atacan cobardemente en grupo, como contaba Horton Foote en La jauría humana. Pero no. Aquí también pasa.

Esta semana hemos visto una escena propia, protagonizada por nacionales. En un túnel de Madrid, junto a la Plaza de España, dos coches arrinconan a un tercero y ocho personas le dan una paliza a sus ocupantes. Todo porque le habían reprochado a uno de los agresores una maniobra imprudente tres kilómetros antes. Entonces empezó una persecución con amenazas de muerte. Uno de los agredidos tenía varios dientes rotos y una herida de navaja. Lo que más me llamó la atención no fue la salvaje agresión, sino que ninguno de los cuarenta coches que presencian la paliza se detiene para auxiliar a las víctimas, ni siquiera cuando ya se han marchado los matones.

Nos pasó durante años con las víctimas del terrorismo, hasta que recuperamos la cordura. E incluso con eso que se ha dado en llamar violencia de género, y que bien podría calificarse de terrorismo doméstico. Nadie se metía en la vida privada de los demás. Los gritos y los golpes que se oían no pasaban de ser una molestia.

A veces la cobardía de los testigos es mucho más culpable, porque son protagonistas de estos dramas. España tiene el récord europeo de consumo de prostitución, una forma de esclavitud en la mayor parte de los casos, que afecta a un millón de mujeres en la UE. Somos líderes tan destacados que cuesta creer que cuatro de cada diez adultos hayan sido clientes de prostitutas. Una cifra tan alta, que duplicamos con creces a los siguientes, que son suizos y austríacos. En algunas ciudades, como Sevilla, Málaga o Granada se empieza a multar a los usuarios de la prostitución callejera, pero habría que perseguir con más dureza a los clientes. Este es un mercado que no se ha resentido con la crisis. Se ha adaptado, con precios más bajos y cambio de oferta. La última moda son las jovencitas chinas.

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