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La patata, comida refugio

Ignacio Martínez | 15 de octubre de 2012 a las 9:48

Leo que el consumo de patata ha aumentado enormemente en España desde que empezó la crisis. Como dice una amiga mía, normal. Sigue siendo un alimento muy completo y barato. Y gusta. Hay que recordar que en los locos años 2000 bajó mucho el consumo. Era esa época en la que nos creíamos ricos y vivíamos muy deprisa. Así que este tradicional alimento de pobres empezó a declinar, víctima de la comida fuera de casa o precocinada. De hecho, la patata cuando la trajeron los españoles de América a mediados del siglo XVI era despreciada por el personal. Fue en Sevilla para atender a los enfermos de un hospital cuando se empezó a cultivar durante las hambrunas del año 1571 y años siguientes. Aunque enseguida se popularizó el tubérculo; antes de final de siglo era conocido en todo el país y en Alemania, Italia, Polonia o Rusia.
En muchos sitios ha sido el centro de la alimentación. Y su falta ha hundido a países. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX en Irlanda, que entonces tenía ocho millones de habitantes, una plaga de la patata provocó una hambruna feroz, con un millón de muertos y oleadas de emigrantes a Estados Unidos o Australia. Su población se redujo a casi la mitad entre 1845 y 1849. Y en la URSS los campesinos tenían minúsculos terrenos adjudicados por el Estado en los que cultivar para su autoconsumo, en los que el producto rey era la patata.
Ahora que se impone el low cost por doquier, la patata ha vuelto a recuperar el consumo de antes de la burbuja inmobiliaria y más. La crisis ha hecho bueno aquel dicho del diseñador de moda Karl Lagerfeld, “me gusta lo barato, me gusta lo caro, lo intermedio no me interesa”. Por el lado de arriba, mientras se despeñaba la venta de automóviles de turismo en España en estos años, la compra de Porsches no ha parado de aumentar. Y en el segmento de la gente corriente y moliente, el auge de Mercadona no se explica sin su combinación de calidad y precio gracias a las marcas blancas, acrecentada por la decisión cuando llegó la crisis de retirar muchas marcas registradas de sus estanterías para abaratar el precio medio de un carro de compra.
Esto ya lo sabíamos, pero ahora resulta que estamos volviendo también a lo tradicional, barato y creativo. Las patatas son muy nutritivas, tienen agua, almidón, fibra, vitaminas, calcio, potasio y no sé cuántas cosas más. Se pueden guisar, asar, freír o saltear. Sirven de acompañamiento o como elemento central de ensaladas, purés, cremas y sopas. Y puestas a tener utilidad para la vida diaria, su almidón es un componente básico para cartones, bolsas de papel y hasta para el papel prensa. Si está usted leyendo este artículo en un periódico, quién sabe si tiene entre sus manos un derivado de patata. La comida refugio da para mucho.

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  • scéptika

    Por desgracia, la pésima cultura alimentaria que padecemos hace que se olvide la base de la alimentación de varias generaciones entre las que me incluyo: las legumbres.

    Pasé unos años adolescentes, tan claves, en un internado donde la carne, el pescado y hasta los huevos no existían en la dieta. Legumbres varias, garbanzos, alubias de distintos colores y lentejas, cocinadas en su mayoría con arroz -la proteína vegetal completa- y poco más.

    Sin embargo las generaciones posteriores se han ido habituando -la cultura que no valora el esfuerzo, je je, ni siquiera el de la masticación- a panecillos muy blandos, a pastas que engullen casi sin masticar, a bollos que se deshacen en la boca con sus rellenos casi venenosos, a carnes picadas, a olvidar el uso de la cuchara más que para cremas, sopas y purés.

    Ese guiso de patatas casi viudas, con un bote de legumbres cocidas -menos de 50 cts- y algo de aceite de oliva, que no tiene por qué ser virgen ni reina, se enriquece de forma insospechada. ¿Tan difícil es intercalar un flash publicitario educativo en nutrición, en las cadenas públicas de tv, en vez de tantos programitas de pretenciosos cocinerillos de tres al cuarto?