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Livni como Putin

Ignacio Martínez | 12 de febrero de 2009 a las 22:23

 

Livni, una ex espía como Putin, quiere ser primera ministra como el ruso. Su partido, Kadima, ha ganado las elecciones por un escaño al Likud de Netanyahu. Pero hay un bloque de extrema derecha más numeroso que el que se puede componer desde la derecha dura hasta el laborismo. El personaje que ha distorsionado todo viene del mundo soviético: Avigdor Lieberman nació en Moldavia y se crió en Azerbayán. Es de extrema derecha, racista y xenófobo. No sé si les suena. Es increíble que el partido de los inmigrantes judíos rusos se haya convertido en la tercera fuerza política de Israel. Kadima tampoco es el partido de centro derecha que nos venden. Su fundador, el general Sharon, es un provocador radical, partidario de los asentamientos en Gaza y Cisjordania, que en sus misiones como jefe del Ejército protagonizó algunas de las más famosas matanzas de civiles palestinos. Sharon, por cierto es hijo de madre rusa. El que ha quedado peor ha sido el general Barak que ha sacado el peor resultado de los laboristas de la historia. Eran laboristas los fundadores del Estado de Israel. Barak ha hecho una guerra sanguinaria en Gaza en las últimas semanas para ganar el favor de los radicales. Un error, al final los radicales rechazan imitaciones y se van al original. El resultado electoral coloca muy lejos el horizonte de paz en la zona. Me gustaría ver a la Unión Europea suspendiendo el diálogo con el Gobierno de Israel si Lieberman entra a formar parte, como hizo con Hamas. No ocurrirá.

Un conflicto imperdonable

Ignacio Martínez | 7 de enero de 2009 a las 14:50

Sarkozy ha dicho que Hamas se comporta de manera irresponsable e imperdonable. De acuerdo. Pero los demás terrorismos, de todo signo, país o época, también. No hay terrorista bueno. Y, sin embargo, tendemos a la indulgencia con algunos y a la condena de otros. El IRA irlandés gozó de simpatías en España, porque para el inconsciente colectivo nacional era una causa noble. Pero no hay fin que justifique el terror para coaccionar a una población, sea la que sea. En sentido contrario, ETA sigue calificada en periódicos europeos como un grupo separatista vasco, no como una organización terrorista. Hay demócratas del continente que han sentido benevolencia hacia esta banda surgida durante la dictadura franquista.

En el conflicto de Oriente Medio casi todo el mundo se pone de parte de alguien. Buenos o malos. O Hamas defiende los intereses de un pueblo desplazado de su hogar por la fuerza, condenado a la diáspora para pagar a los judíos el enorme daño del Holocausto; o Israel es la única democracia de la región, bastión de la civilización occidental contra la barbarie fundamentalista islámica. No hay término medio. Así, ambas partes se comportan de manera irresponsable e imperdonable. Vivimos la era del terrorismo, que afecta a cualquier tipo de víctimas, incluidos los soldados, y puede ser cometido por toda clase de autores, incluso los ejércitos, como estos días en la Franja de Gaza.

Pero el terrorista es considerado por sus seguidores como un luchador por la libertad. Y la memoria internacional es poco rigurosa con estos crímenes. En julio de 1946, el grupo sionista Irgún voló el Hotel Rey David de Jerusalén, cuartel general de la administración británica de Palestina, donde estaba la oficina de Naciones Unidas. Hubo 92 muertos; la mitad que en el 11-M, más de cuatro veces que en Hipercor de Barcelona. El jefe del Irgún, Benahem Begin, dispuso en el 48 que sus combatientes se incorporasen a las Fuerzas de Defensa israelíes, el Tzahal, el ejército que hoy ocupa Gaza a sangre y fuego. Y el Irgún se convirtió en partido.

Begin llegó a primer ministro y recibió el Nobel de la Paz en 1978, tras firmar con El Sadat la retirada del Sinaí. El antiguo terrorista y el dictador egipcio, blanqueados por el Nobel. No es caso único, Yaser Arafat, guerrillero de pistola en cinto, uno de los terroristas más odiados, obtuvo el mismo premio junto a Rabin en 1994, tras los acuerdos de Oslo. En unos años podemos ver a un líder de Hamas recibir el Nobel junto a Livni o Barak. La comunidad internacional debe poner fin a este cuento de nunca acabar, protagonizado por terroristas con y sin uniforme. Hay que obligarles a hablar; la negativa contumaz de algún bando al diálogo debe suponerle un plus de responsabilidad. Y el apoyo incondicional a una u otra parte lo único que hace es prolongar este conflicto, irresponsable e imperdonable, hasta el infinito.