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Gerónimo y Moby Dick

Ignacio Martínez | 7 de mayo de 2011 a las 15:02

Los jefes del Pentágono le pusieron Gerónimo, así con ge, a la operación para cazar a Ben Laden. Falta de respeto al legendario jefe apache por partida doble, si se considera su tenaz resistencia en la segunda mitad del XIX ante un enemigo muy superior y la equiparación con un terrorista de la catadura de Ben Laden. Aunque en la Casa Blanca tienen muy fácil justificar el uso de su nombre: podrían decir que se le puso a la intervención Gerónimo no por el jefe de Al Qaeda sino por la unidad que iba a eliminarlo. De hecho, el ejército de los Estados Unidos presume de la denominación Apache; le puso así al mejor helicóptero de ataque del mundo.

Los responsables de bautizar las operaciones militares americanas eran unos románticos. El desembarco en Normandía, el 6 de junio de 1944, con el que se inició la recta final de la II Guerra Mundial, se llamó operación Overlord, que podría traducirse como jefe supremo. El comandante en jefe de aquel ataque, el general Eisenhower, se convirtió en presidente de Estados Unidos ocho años después. Y a una de las primeras grandes operaciones militares americanas en Vietnam, en 1966, le pusieron Hasting, en recuerdo de una de las batallas de la conquista de Inglaterra por los normandos en el siglo XI.

Cuando han abandonado la cultura romántica y han utilizado lemas propagandísticos no siempre han acertado. Por ejemplo, llamarle Libertad duradera a la invasión de Afganistán hace diez años para buscar a Ben Laden en cuevas remotas de ese país, resultó ser una torpeza. Ni estaba allí, ni se ha conseguido liberar ese territorio, sumido en una inestabilidad perpetua. Ni romántica ni propagandística, España eligió una nomenclatura vulgar para su operación militar contra el islote Perejil en 2003. Dos palabras del alfabeto internacional de navegación, el alfa, bravo, charlie. Eran la erre y la ese, Romeo Sierra. Puede pensarse que era demasiado convencional, pero tampoco fue el desembarco de Alhucemas de 1925, precisamente.

Por el contrario, la policía nacional es más original al bautizar sus operaciones. Como la gota Malaya que acabó horadando la Roca corrupta marbellí. Otros casos nos han permitido aprender idiomas. Gracias a eso, toda España sabe que correa se dice Gürtel en alemán. Aunque no siempre la imaginación policial acierta con las lenguas. A la redada contra la corrupción municipal en la malagueña Estepona le pusieron Astapa pensando que era el nombre fenicio de la localidad, pero era la denominación cartaginesa de Estepa, en Sevilla. El Ballena Blanca se llamó así por un blanqueo de capitales descubierto en la Costa del Sol. Este caso nos devuelve a Ben Laden, considerado en Estados Unidos un monstruo tan feroz y escurridizo como la criatura de la novela de Herman Melville. El líder de Al Qaeda era más Moby Dick que Gerónimo. Sin duda.

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El perjuicio de la duda

Ignacio Martínez | 4 de mayo de 2011 a las 9:38

Es difícil ponerse en la cabeza de un terrorista. Un asesino múltiple, fanático de alguna causa que pudo ser noble en su origen, que no conoce siquiera a su víctima. Pero no duda en matar, torturar, secuestrar, extorsionar, amenazar. Los terroristas no son personas normales por muchos motivos, pero uno de los más inquietantes es que no dudan nunca. Están en posesión de la verdad absoluta. Sin asomo de duda, Ben Laden mató a tres mil personas en Nueva York en 2001, a doscientas en Bali en 2002 y en Madrid en 2004, a cincuenta en Londres en 2005. Seguro que el líder de Al Qaeda no sintió remordimiento alguno. Al contrario, satisfacción; felicidad incluso.

Los seres humanos normales sí dudan. Entre la cabeza y el corazón, los escrúpulos les provocan malos ratos. Por ejemplo a Llamazares, contrariado por la expeditiva ejecución de Ben Laden. Esta es una práctica rechazable que Israel gasta con los dirigentes de Hamas que localiza: tiran bombas contra sus viviendas y matan a todos los vecinos, mujeres y niños incluidos. El dirigente de IU habla del derecho internacional humanitario. La conciencia nos dicta el camino más recto, aunque el sentido práctico nos diga que en este caso los americanos han hecho muy bien el asalto, muerte y eliminación del cadáver. No parece una injusticia.

Entre la cabeza y el corazón se debaten los políticos españoles sobre la presencia de los antiguos seguidores de ETA en las elecciones. No es un asunto fácil; por eso ha producido un ajustado resultado de nueve a siete en las votaciones del Tribunal Supremo. Todavía ayer el lehendakari López ha dicho que no cree que EA o Alternatiba sean instrumentos de la banda terrorista vasca. Es un acto de fe. Lo cierto es que han facilitado la presentación electoral de quienes hasta hace poco sentían satisfacción, felicidad incluso, ante los crímenes etarras.

Nadie tiene la certeza de que sea sincera la voluntad de luchar por sus ideas por la vía democrática y tampoco nadie está seguro de que no nos vayan a engañar como cuando se presentaron como ANV o Partido Comunista de las Tierras Vascas. Y entre quienes dudan está Urkullu, presidente del PNV, que hace una semana advirtió a la llamada izquierda abertzale que como ande con engaños la sociedad vasca les va a pasar por encima. Urkullu en realidad le pedía al Gobierno, a la oposición, a una clara mayoría de la sociedad española, que creyeran en una buena voluntad del entorno de ETA de la que él mismo no está seguro.

Demasiado para quienes en el último medio siglo han sido testigos de la matanza de mil personas. Los asesinos múltiples, fanáticos de una causa que dejó de ser noble por su actuación, tendrán que entregar las armas y disolverse si pretenden que sus amigos sean aceptados entre los demócratas. De momento padecen el perjuicio de la duda. Le hemos dicho adiós a Ben Laden, pero todavía no a ETA.

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