Archivos para el tag ‘Benedicto XVI’

Ratzinger, años 30

Ignacio Martínez | 8 de noviembre de 2010 a las 10:38

La visita del Papa a España ha tenido una cobertura mediática extraordinaria. De los medios privados y también de los públicos. Televisión Española ha hecho un despliegue intenso, minucioso. Y Zapatero despidió ayer a Su Santidad antes de su marcha, lo que confirma el aserto vaticano de que las relaciones institucionales con España son buenas. El autor de esa afirmación es el cardenal español de mayor rango en la curia romana, monseñor Cañizares, que fue quien hace dos años y medio dio un puñetazo en la mesa que terminó con la era de la Cope situada en una extrema derecha pendenciera. Dicen que aquella línea complacía a monseñor Rouco, jefe de la Conferencia Episcopal, quien por cierto no ha intervenido mucho en la organización de este viaje papal a Galicia y Cataluña.

El artífice de la presencia de Benedicto XVI en Barcelona, para consagrar como basílica la Sagrada Familia, ha sido el cardenal Sistach, una de las bestias negras del inefable Federico Jiménez Losantos, por cierto. Y el Gobierno ayudó a completar el programa con la escala en Santiago. A monseñor Rouco el viaje del Papa que de verdad le interesa es el del verano próximo a Madrid para el encuentro mundial de jóvenes católicos que está organizando. Sólo unos meses antes de las elecciones generales. Entre tanto, el periplo por la periferia norte de este país ha desmentido la teoría del presidente de la CEE de que la Iglesia está perseguida en España. Y eso que el Papa no se ahorró en el viaje de avión que le llevaba a Santiago una dura crítica al laicismo que impera en la sociedad española.

Sostiene Benedicto XVI que en España se vive un anticlericalismo fuerte y agresivo como el de los años 30. La afirmación es muy discutible. De hecho, la infalibilidad del Papa sólo atañe a los asuntos relacionados con la fe, y la historia no es la primera de las virtudes teologales, como se sabe. Es cierto que hay una creciente secularización de las costumbres nacionales; por ejemplo, ya hay más matrimonios civiles que eclesiásticos. Pero la comparación con los años 30, es de todo punto impropia. Por acudir a la alegoría más fácil, aquí no se queman conventos, sino que se restauran las iglesias con cargo a los fondos públicos.

El portavoz vaticano se ha apresurado a decir que el Papa no buscaba confrontación, ni polémica. Pero estas alusiones históricas tienen su riesgo. Cuando la comisaria europea de Justicia, Vivien Reding, criticó las deportaciones de gitanos rumanos desde Francia, con el argumento de que no se había hecho algo así desde la segunda guerra mundial, los líderes de la Unión le reprocharon duramente una alusión a los nazis que no había realizado. La comparación histórica del Papa correrá mejor suerte, ya verán. Nadie le sacará una alusión a los rojos que no ha hecho. No en balde las relaciones institucionales son buenas. Por cierto, que la Iglesia le ha dado la vuelta a la Cope como a un calcetín. Y muy discretamente.

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El atuendo de Benedicto XVI

Ignacio Martínez | 16 de abril de 2010 a las 10:59

Es una delicia este post de María Vela Zanetti sobre el atuendo del Papa durante la liturgia del Jueves Santo: lo que llevaba puesto en la Basílica de San Juan de Letrán cuando lavó los pies a 12 sacerdotes. Puede verse entero en su propia dirección, pero coloco aquí un extracto:

 

Los sacerdotes aparecían sentados en fila esperando su turno y arremangándose las hopalandas, mientras el Papa, que como decía arriba no pierde ocasión de reinventar su guardarropa, lucía para la ceremonia sus habituales encajes y sedas, sobre los que se podía descubrir un mandilón también sedoso y orlado de oro. Constaba la pieza de un peto cerrado por un botón envenenado, muy Borgia, en ambos hombros, que le daban un aire baturro, y una falda plisada graciosamente, muy Fragonard, que se ceñía a su ya no tan fina cintura por medio de un cordón dorado rematado en pasamanería decimonónica. Caí rendida de admiración.

Bajo el mandil, etéreo pero eficaz -no es cuestión de espurrearse todo, porque la jornada es larga y variopinta-, asomaban espumas de puntilla, y ¡oh, suprema delicadeza!, más abajo flameaban dos escarpines (recios) en encarnado tafilete, ¿o era lustroso charol? Qué gran tipo, reflexioné: poderío, sutileza, confort, sentido escénico. Todo, menos humillación. Espero impaciente una monografía sobre el vestuario de su reinado en la Tierra profusamente ilustrada y a todo color. Me ofrezco desde aquí a escribir los pies de foto. ¡Por fin pasaré a la Historia, aunque sea la sagrada!

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Relativismo moral

Ignacio Martínez | 27 de marzo de 2010 a las 8:28

Cuando monseñor Rouco y sus discípulos Martínez Camino o Munilla hacen incursiones políticas para establecer que en nuestra sociedad no se respetan los derechos humanos, hay una regresión de la democracia y la miseria moral nos envuelve, es difícil estar de acuerdo con el discurso. Llega con más de medio siglo de retraso. La Iglesia podía haberle dicho estas cosas al dictador y ahora tendría mucho crédito para seguir con el mismo espíritu crítico. Pero no. Estamos ante un fenómeno nuevo, que se acrecienta a medida que la Iglesia pierde influencia social en España. Ya no hay Gran Inquisidor en este país, a Dios gracias. Y debería quedarse vacante el empleo de pequeño inquisidor. En particular, porque en esta vida a los intransigentes se les suelen volver en contra sus argumentos.

Algo así está pasando con la oleada de informaciones sobre cómo la jerarquía eclesiástica en numerosos países encubrió abusos a menores por parte de sacerdotes. En el Vaticano sostienen que se trata de una campaña orquestada, un complot mundial, del laicismo, del relativismo moral. Parece la cúpula de un partido ante denuncias de corrupción a alguno de los suyos. Hay siempre una reputación que defender y las apariencias son importantes. Hipocresía se llama eso.

Esa pérdida de influencia, de poder o simplemente de prestigio no es una exclusiva de España. Hay un escándalo mundial, con ramificaciones en Latinoamérica, Estados Unidos, Canadá, Australia, Irlanda, Austria o Alemania, por cientos de casos de pederastia de sacerdotes que han sido sistemáticamente tapados por la jerarquía local o por el propio Vaticano. Algún suceso atañe al Papa Ratzinger en su época de arzobispo de Munich o como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antiguo Santo Oficio, la vieja Inquisición. En Roma se insiste en que las instrucciones del Papa son muy precisas: transparencia, firmeza y severidad. Normas tan justas como inéditas en el pasado.

Benedicto XVI ha hablado también de perdón a los pecadores e intransigencia con el pecado. Y ha pedido sus más profundas disculpas a las víctimas. Que es donde está el daño, doblemente; por el abuso y por la impunidad de los autores. El prestigioso diario The New York Times califica de escandalosa una carta de Ratzinger a los obispos de Estados Unidos en 2001 exigiéndoles secreto sobre las investigaciones de esos casos y reclamando que todas las pesquisas preliminares fuesen enviadas al Vaticano, a la Congregación para la Doctrina de la Fe. El problema es que no estamos ante un asunto teológico, sino ante un crimen.

Hay algo de perverso en este asunto. Se pretende que más que un crimen estamos ante un delito. O más que un delito, se trata de un pecado. Y los pecados se confiesan. Y la confesión está amparada por el secreto. Relativismo moral se llama eso.

El Papa, contra el muro de Israel

Ignacio Martínez | 15 de mayo de 2009 a las 1:18

 

Sumergidos en la frenética actualidad nacional, económica, política o futbolística, no le estamos dando en España la importancia que merece al viaje del Papa a Israel. He criticado a Benedicto XVI cuando ha pretendido pontificar sobre temas científicos para justificar sus posiciones morales, como su diatriba contra el preservativo en África. Y ya se sabe que en temas científicos el Santo Padre no es infalible. Tampoco la Iglesia Católica tiene una hoja de servicios muy impecable en la materia. Pero en asuntos diplomáticos son maestros. Y en este viaje del Papa, difícil como pocos, el Vaticano no ha escatimado esfuerzos y detalles, con acierto.

Vaya por delante, para quien no lo sepa, que la Iglesia Católica se opone radicalmente a la aspiración sionista de que Jerusalén sea la capital única e indivisible del Estado de Israel. Esto es así por varios motivos, entre los que están sus propios intereses. De hecho, en este viaje el Papa ha pedido a los cristianos que no abandonen aquel territorio. La doctrina vaticana en la materia es que la ciudad santa de las tres grandes religiones monoteístas no debe estar en las manos exclusivas de una de ellas. Ni en manos fundamentalistas, añado yo, de mi cosecha. Este principio ha granjeado a los palestinos el favor de la jerarquía católica desde mitad del siglo XX. Claude Cheysson, experto arabista y ministro de Exteriores en los primeros gobiernos de Mitterrand en los 80, siempre ha sostenido que el principal obstáculo para la aspiración de Israel de quedarse con todo Jerusalén es la influencia de la Iglesia católica.

El Papa ha estado valiente y diplomático en intervenciones difíciles. Se ha referido al Holocausto como una atrocidad que avergonzó a la humanidad y que nunca debe repetirse. Para curar las heridas provocadas por la rehabilitación de un obispo que negó el Holocausto, Benedicto XVI visitó el memorial Yad Vashem para honrar a las víctimas de los nazis y reunirse con supervivientes de los campos de concentración. Como no es posible contentar a todo el mundo, ha habido quien ha considerado estos gestos insuficientes o fríos, dada la condición de alemán del Pontífice, que estuviera con 16 años enrolado en la fuerza auxiliar aérea al final de la Segunda Guerra Mundial o por la pretendida indiferencia entonces de Pío XII hacia la tragedia judía.

Pero vistos desde aquí, los gestos del Papa han sido muy oportunos. Ha condenado la destrucción de Gaza y el bloqueo que sigue padeciendo; ha abogado por la creación de un Estado palestino y ha pedido la paz en lugares sagrados de judíos, cristianos, y musulmanes. Eso sí, también ha criticado duramente en varias ocasiones la construcción del muro, que en su opinión intenta empujar a musulmanes y cristianos a abandonar aquella tierra. Ya ven que la diplomacia vaticana no da puntada sin hilo.

Los condones salvan vidas

Ignacio Martínez | 20 de marzo de 2009 a las 8:56

Es posible que entre los años 2315 y 2368 haya un Papa que admita que los preservativos son una buena cosa. Pero faltan de tres a tres siglos y medio para que eso ocurra. De momento, los periodistas que acompañan a Benedicto XVI en su actual viaje por África llegaron el martes a la capital de Camerún, con un titular brindado por el Papa nada más despegar el avión de Roma: “Los preservativos aumentan los problemas del sida”. Su teoría es que los condones ayudan a difundir una enfermedad incurable que padecen 36 millones de personas en el mundo. La frase pretendía dar la vuelta al mundo. Y vive Dios que lo ha hecho. Con escaso éxito de crítica y público. Gobiernos europeos de todo signo han criticado duramente al Papa. El ex primer ministro francés Juppé lo llama “autista”; la ministra belga de Salud, “retrógrado”, y el Gobierno alemán “irresponsable”.

De hecho Joseph Ratzinger es un sabio teólogo y la más alta autoridad de la Iglesia Católica, uno de cuyos dogmas es que el Papa es infalible cuando se pronuncia sobre cuestiones de fe y moral. Es curioso que este dogma se adoptó en 1870, coincidiendo con la pérdida del último baluarte romano de los antiguos estados pontificios. Menos poder terrenal, más poder espiritual. De la definición de infalibilidad se desprende que cuando el Pontífice habla de otras cosas puede errar como cualquier mortal. Es el caso que nos ocupa. El sabio teólogo e infalible hombre de Dios, hay que suponer que es un lego en el conocimiento científico o práctico de los preservativos.

Es un pronunciamiento peligroso. Ocho de cada diez muertos por sida en el mundo ocurren en África, donde está de visita Benedicto XVI. En ese continente las mujeres son sistemáticamente violadas por hombres que se desentienden de contagiarles la enfermedad, de dejarlas embarazadas o de los hijos que puedan alumbrar. La condena del preservativo no va a parar los abusos, sino que agravará sus consecuencias. “Los condones salvan vidas”, dicen dos ministros alemanes. El control de la natalidad en determinadas áreas del planeta sería esencial para millones de pobres del mundo. Cargarles de hijos es condenarles al atraso y la miseria. España ha anunciado el envío de un millón de preservativos a África.

En este campo, la jerarquía eclesiástica sigue una tradición de resistencia a la ciencia y el progreso. A Galileo Galiei lo condenó la Inquisición en 1633 por sostener la herética teoría de que la Tierra giraba sobre sí misma y alrededor del sol. Fue condenado a cadena perpetua, conmutada por el Papa Urbano VIII. Hubo que esperar a 1939 para que Pío XII calificara al antiguo hereje como “el más audaz héroe de la investigación”. Y todavía pasó medio siglo hasta que Juan Pablo II pidiese perdón en 1992 por el error del siglo XVII. Esperemos que no haya que aguardar tres siglos para que la Iglesia ayude a proteger la vida de los más desfavorecidos con métodos razonables, baratos y útiles.

Ratzinger se equivoca gravemente

Ignacio Martínez | 19 de marzo de 2009 a las 11:59

El doctor Ratzinger es un un hombre sabio, temeroso de Dios y la más alta autoridad de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Es dogma que el papa es infalible cuando se pronuncia sobre la fe. Se desprende de este criterio sobre la infalibilidad que cuando habla de otras cosas puede errar como cualquier mortal. Es el caso que nos ocupa. El Papa Benedicto XVI ha dicho que el uso del preservativo sirve para propagar el sida. Ignoro el conocimiento científico en la materia del Santo Padre; debe ser tan nulo como su conocimiento práctico. O sea, que el hombre sabio y santo no tiene ni idea de lo que está hablando. Y se equivoca gravemente. Y perjudica a segmento indefensos de la población, como las mujeres africanas. Los gobiernos de toda Europa se le han echado encima, conservadores, socialistas y democristianos. Está a la altura de antecesores notables. Mañana escribiré sobre la materia.

Dogma de fe

Ignacio Martínez | 4 de febrero de 2008 a las 1:25

Uno de los dogmas de la Iglesia católica es la infalibilidad pontificia. Dogma establecido en el Concilio Vaticano I, en 1870: El Papa no puede cometer un error cuando se pronuncia en cuestiones de fe y moral. O sea, que el propio Santo Padre puede errar cuando no promulgue doctrina moral, y los obispos no están a salvo del error. Sin embargo, en su homilía de ayer en la catedral de Toledo, monseñor Cañizares dijo que la declaración de la semana pasada de la Conferencia Episcopal “no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños”.

Hay algo que decir de los engaños. En la manifestación del 30 de diciembre en Madrid hubo menos de 200.000 personas (¡que ya es gente!), pero los organizadores contaron dos millones. Un engaño manifiesto, contrario al octavo mandamiento. Pero lo que más llama la atención de la homilía del vicepresidente de los obispos españoles es que diga que “no procedía de error” la declaración del jueves, que tanta polémica ha desatado. Según el propio dogma, ni siquiera Benedicto XVI sería infalible a la hora de determinar que hubo negociación política con los terroristas de ETA en esta legislatura y no la hubo en 1999, con un obispo español sentado a la mesa, con etarras y representantes del Gobierno de Aznar.

Cañizares se muestra muy dolido y añade que la Iglesia “no callará”, aunque esto le traiga “juicios falsos e injustos”. Pero la propia Conferencia Episcopal no ahorra desprecios hacia la democracia española a la que tilda de autoritaria y corrupta. El sábado, un obispo con fama de moderado, el de Sigüenza José Sánchez, también se quejó: “Han dicho de nosotros cosas terribles”. No es posible que los obispos estén sorprendidos de la reacción. La Iglesia tiene una experiencia de poder de veinte siglos y su diplomacia está entre las mejores del mundo. Por eso ha habido sotanas en la mediación de muchos conflictos, por ejemplo en Irlanda del Norte.

Otra cosa es su escasa perspicacia en los debates científicos. En 1633 el Santo Oficio condenó a prisión de por vida a Galileo Galilei por corroborar la teoría de Copérnico de que el sol era el centro del universo. Los preclaros hombres de la Inquisición se ratificaron en su teoría de que la tierra era inmóvil. Tres siglos y medio después, el Papa Juan Pablo II reconoció que Galileo fue condenado injustamente. Peor le fue al filósofo, médico y geógrafo español Miguel Server, que estableció la circulación de la sangre, en contra del criterio moral imperante de que lo que circulaba por las venas era el alma. La Inquisición católica lo condenó en 1551 y dos años después los calvinistas lo quemaron vivo en Ginebra. Afortunadamente, el debate español no está en el campo científico. En todo caso, la jerarquía eclesiástica no debería remediar la frustración por una influencia social limitada con descalificaciones al sistema democrático español.

Nostalgia de Tarancón

Ignacio Martínez | 2 de enero de 2008 a las 1:08

Antes de irse de vacaciones a Egipto con su novia, el presidente de la República Francesa fue recibido como canónigo de honor de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Francia, como se sabe, es el Estado laico por excelencia, con una separación radical de la Iglesia. Aun así, Nicolas Sarkozy hizo un discurso deferente, en el que estableció un nuevo concepto, la laicidad positiva, que es la que no considera a las religiones un peligro. Añado que habría que establecer el principio complementario, la religiosidad positiva, aquella que no considera a los Estados democráticos un peligro. Un pensamiento ajeno a los oradores de la manifestación del domingo en Madrid, de apoyo a la familia cristiana, en la que dicen que había dos millones de personas. Lo más fundamentalista de la jerarquía católica sostuvo allí que el laicismo conduce a la disolución de la democracia, que en España se persigue a la familia y hay una regresión de los derechos humanos. Varios príncipes de la Iglesia española, García-Gasco, Cañizares y Rouco, atacaron al Gobierno con un discurso apocalíptico contra la ley de matrimonio de los homosexuales, la pretensión de aumentar los supuestos despenalizados del aborto, el divorcio rápido o la asignatura de Educación para la ciudadanía. No importa que la financiación, el Concordato o la escuela religiosa concertada no corran riesgo alguno.  Esta no es la Iglesia que suma en su pensamiento fe y razón, principios defendidos por el Papa en Ratisbona. Es un grupo que pretende que no haya “ninguna constricción en las cosas de la fe”: justo lo que se reprochaba a los musulmanes en aquel discurso. Rouco y compañía también defienden un poder terrenal. Así se entiende que la radio de la Iglesia reclame la abdicación del Rey y la jerarquía pida oraciones contra los ataques al Monarca. O que una institución que anula matrimonios canónicos no tolere que el Estado democrático divorcie. Cuando la democracia estableció el matrimonio civil en España, los obispos dijeron que era un inmoral concubinato. Ignoro la calificación que les merecerá la relación de Carla Bruni con Sarkozy, recién salido de la basílica romana.

Predicar la objeción de conciencia contra el Estado, con el argumento de que la Constitución establece el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones, nos llevaría a admitir el mismo principio para los integristas musulmanes. En 1975, monseñor Tarancón clamó por una España de todos. Era una ruptura con los purpurados de brazo en alto, escaño en las Cortes franquistas y palio a disposición del dictador. Sus sucesores han dado marcha atrás: prefieren la agitación política y la confrontación. El del domingo no fue un acto religioso. Hubo unas 200.000 personas, pero al contar manifestantes políticos, el octavo mandamiento no obliga.