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Kosovo trae cola en España

Ignacio Martínez | 24 de julio de 2010 a las 10:49

La sentencia del Tribunal Internacional de Justicia sobre la independencia de Kosovo ha traído cola. Kosovo no es Cataluña. O sí. Aquí en España, todos entramos en tropel a escena, tras la decisión de La Haya de dar por buena esa independencia unilateral. No es una novedad. Cuando se produjo en 1991 la segunda Guerra de los Balcanes, Alemania presionó a sus once socios comunitarios de entonces para reconocer a eslovenos y croatas. Felipe González era reticente. Como Mitterrand o John Major. Cataluña, País Vasco, Córcega e Irlanda del Norte eran buenas razones. El estallido de la Unión Soviética ese mismo año y la independencia de los Países Bálticos, predestinados a entrar en la Unión Europea y la OTAN, dio alas a los nacionalismos periféricos en España. Al fin y al cabo, Lituania, Letonia y Estonia, tenían juntos la misma población que Cataluña.

Jordi Pujol lo recordaba en sus frecuentes visitas a Bruselas en los años 90. Aunque sus manifestaciones no eran de un nacionalismo rancio. Cuando en diciembre de 1995 el Tribunal de la UE publicó la sentencia del caso Bosman, según la cual un jugador comunitario de fútbol no podía ser considerado extranjero en otro país de la Unión, a Pujol se le preguntó si veía al Barça con 11 irlandeses y contestó que no; que los irlandeses son muy malos, pero que no le importaría con 11 holandeses. Una respuesta nada racial.

La Guerra de los Balcanes, junto a una crueldad inusitada sobre el terreno, tenía algo de irreal en las trincheras diplomáticas. Recuerdo a los jefes de los tres países contendientes, en plena guerra, participando en las sesiones de mediación en La Haya, la misma ciudad donde se ha emitido el fallo del jueves. Y sus ruedas de prensa inverosímiles: el croata Tudman y el bosnio Izetbegovic, sentados en los extremos de una larga mesa curva, con el serbio Milosevic en el centro, respondiendo al mismo tiempo a las preguntas.

Kosovo está considerada como la cuna de los serbios. Curioso, como Kiev, capital de la actual Ucrania, está en el origen de la monarquía rusa. Las emigraciones masivas de albaneses a la serbia Kosovo provocaron una mayoría foránea, que generó el movimiento separatista. Es el caso contrario al de los derechos históricos reivindicados con algunos catalanes o vascos para reclamar su independencia. En resumen, sería como si una mayoría de origen andaluz en una determinada comarca catalana reivindicara separarse de Cataluña. O una mayoría de portugueses en algún condado luxemburgués proclamara su independencia unilateral del Gran Ducado. Algo impensable si no se tiene un buen padrino; Estados Unidos en el caso de Kosovo en 2008, como Alemania en el 91 con Eslovenia y Croacia. La sentencia crea polémica y es muy discutible. Pero tiene poco recorrido en territorio español, salvo para literatura como la que antecede. Todo parecido con España es pura coincidencia.

Ciudadanos escaneados

Ignacio Martínez | 30 de abril de 2008 a las 13:23

Jean-Marc Bosman, un futbolista del Lieja belga, se hizo mundialmente famoso al demandar a ese club, por impedir su traspaso en 1990 al Dunkerque francés. El Tribunal de Justicia de la UE le dio la razón a Bosman en 1995 y acabó con la práctica de considerar extranjero a un jugador europeo en otro país comunitario. Ahora un tenista aficionado austriaco, Gottfried Heinrich, acaba de entrar en la galaxia Bosman. Gracias a una demanda suya, el Tribunal de Luxemburgo le puede dar una satisfacción a los sufridos usuarios de los aviones: las listas de productos prohibidos a bordo son consideradas ilegales por una abogada general de la Corte de Justicia.

El amor de los andaluces de Córdoba, Sevilla y Málaga por el ferrocarril de alta velocidad está reforzado por el rechazo a montarse en unos cacharros enormes, que pesan más de 200 toneladas y levantan el vuelo contra toda lógica. Y a las leyes de la gravedad se suma la moderna legislación sobre productos prohibidos en el equipaje de mano. Los molestos controles a los pasajeros son cada vez más estrictos, tanto que han permitido al hijo de Julio Iglesias hacer un anuncio en el que va quitándose toda la ropa, menos su reloj. Una broma sobre los escáner o detectores de metales utilizados para que no entren en los aviones terroristas con armamento convencional o químico.

Para regular estas medidas de seguridad, en 2003 entró en vigor una nueva lista de productos prohibidos, que fue endurecida en 2006. Listas conocidas sólo en parte. Patés, cremas, espuma de afeitar, ensaimadas o simples botellas de agua han sido confiscados sin piedad a atónitos pasajeros en estos controles. Hasta que tropezaron con Gottfried Heinrich, en el aeropuerto de Viena en 2005. Los guardias detectaron las raquetas de tenis; un objeto prohibido, aunque no consta en la lista de 2003, implantada a raíz de los atentados del 11-S. Heinrich embarcó con su equipaje de mano íntegro. Y ya dentro del avión, el personal de seguridad le obligó a abandonar la aeronave. Denunció los hechos ante la justicia austriaca, que consultó al Tribunal de la UE si los reglamentos de seguridad tienen vigencia sin haber aparecido en el diario oficial.

Para la abogada general del Tribunal de Justicia de la UE la decisión de no publicar la lista de artículos prohibidos “no puede ser tolerada”. Este secretismo pretende evitar atentados, pero perjudica a los ciudadanos. La letrada considera que esta irregularidad supone la invalidez del reglamento y recomienda al Tribunal que, en su veredicto final, “lo declare inexistente”. La opinión de la ponente no es vinculante, pero en la mayoría de los casos los jueces siguen sus indicaciones. Estas situaciones han convertido a los aeropuertos en auténticos estados de excepción, como ha denunciado algún eurodiputado. Pero, que se sepa, no han ayudado a capturar a ningún terrorista.

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