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Los béticos de mi infancia respetaban a Villamarín, los de ahora desprecian a Lopera

Ignacio Martínez | 16 de junio de 2009 a las 11:48

 

Estamos aquí para decir que queremos recuperar el Betis de nuestra infancia, decía el manifiesto leído ayer en la Plaza Nueva. De mi infancia guardo el recuerdo de otra manifestación originada por un presidente bético, pero por motivos completamente opuestos. Al legendario Benito Villamarín, presidente de 1955 a 1965, le detectaron un cáncer durante la temporada 1960-61 y empezó a ir a Boston para tratarse. A la vuelta de un viaje, antes de empezar el partido, cuando Villamarín salió al palco saltó al campo un nutrido grupo de aficionados con unas pancartas y el estadio entero de pie tributó una ovación larga y calurosa a su presidente.

¡Yo estaba allí! Era un niño que no entendía muy bien lo que pasaba. Me explicaron que el presidente estaba enfermo y que había ido a Estados Unidos a curarse y que los béticos querían demostrarle su cariño. No recuerdo la fecha precisa, ni las pancartas, ni los gritos. Pero me acuerdo perfectamente de dos cosas: todo el mundo aplaudió y todo el mundo se emocionó. Todo el mundo. La suerte de Villamarín no dejó indiferente a nadie aquella tarde en Heliópolis.

Cuando anoche se pidió a los manifestantes que recuerden cuando pasen los años que estuvieron allí, mi primera reacción fue evocar la diferencia entre un acto y el otro. Qué distinto era aquel sentimiento de respeto de hace medio siglo, comparado con el desprecio hacia el presidente actual. Bueno, ya saben, presidente, consejero delegado, dueño de la mayoritaria o quien usurpó el nombre de Villamarín. El dirigente que rebautizó el estadio no puede presumir de tener el aprecio que la afición de mi infancia le tenía a don Benito.

Aquí hay muchas responsabilidades, no sólo la de Ruiz de Lopera. A este hombre se le han reído muchas gracias y se le ha consentido que hiciera del Betis una finca particular. Al principio pensé que la famosa frase “lo que diga don Manuel” era un sarcasmo para tomarle el pelo, hasta que descubrí que tenía una masa de seguidores fieles. Y ciegos. En fin, nunca es tarde para rectificar. Y hay más culpas: el Gobierno que primero privatizó los clubes y luego hizo los planes de saneamiento, las autoridades que no han fiscalizado las cuentas, los jueces que han eternizado los procedimientos. Y ahora tenemos un problema social. Un señor que es el dueño de un patrimonio inmaterial de Sevilla.

Comparto lo que se dijo anoche: el Betis es mucho más que un negocio, más que una trama de empresas y más que una persona. El Betis no tiene dueño. Siempre se dijo que las dos ilusiones de la vida de este hombre eran ser presidente del Betis y hermano mayor del Gran Poder. Lo segundo, como es por elección, no lo conseguirá nunca. Lo primero, si fuese por la voluntad popular, lo dejaría de ser de inmediato. Pero dudo que él lo entienda.

El virus de la felicidad

Ignacio Martínez | 15 de diciembre de 2008 a las 1:17

 

En los años 70 había una serie de dibujos animados cuyos protagonistas eran Leoncio y Tristán Tristón. Un león optimista incorregible y una hiena derrotista profesional. Se podría hacer el paralelismo con la visión de la crisis que tienen Zapatero y Rajoy. Felipe González ya se atrevió hace dos meses, en la presentación en Madrid del libro de Amparo Rubiales Una mujer de mujeres. Sobre la autobiografía de su amiga, dijo que Amparo dramatiza y se pone en lo peor, pero no es pesimista. Son pesimistas los que se ponen en lo peor y se resignan, no los que mantienen la rebeldía. El ex presidente criticó a los pesimistas y también a los optimistas patológicos: “Es muy cargante lo de ser optimista profesional”, añadió en alusión al buenismo de su sustituto al frente de la familia socialista.

A pesar de semejante advertencia, este artículo es un elogio del optimismo, con coartada científica. Un profesor de la Universidad de California, en San Diego, y otro de Harvard, en Boston, sostienen que la felicidad no es una experiencia individual, sino que depende de las redes sociales a las que se está conectado. Si sus familiares y amigos son felices, aumenta significativamente la posibilidad de serlo de cualquier persona. El trabajo se basa en un estudio de la salud mental de 5.000 mujeres y hombres realizado durante 20 años. La conclusión de este trabajo es que la felicidad es contagiosa; pero el virus se trasmite de manera muy compleja. Por ejemplo, si se tiene a un amigo feliz a menos de 800 metros, la posibilidad de ser feliz aumenta en un 42%. Pero si ese amigo vive entre los 800 y los 3.200 metros, entonces el estado de ánimo mejora sólo en un 22% de los casos.

Hay varios datos sorprendentes. Uno: la felicidad de la pareja sólo nos aporta un 8% de plus, mientras un hermano contribuye con el 14%, y un vecino optimista mejora nuestro ánimo en un 34%. Otro: la felicidad no sólo depende del número de amigos que se tenga, sino también de cuántos amigos tienen ellos. Es lo que se denomina centralidad: cuanto más central es una persona o mejor conectadas están sus amistades, más fácil es que se sienta feliz. Y uno más: no funciona con los compañeros de trabajo. Se supone que por la competitividad.

La investigación no sólo nos ha gustado a los legos en la materia. Un editorial de la revista The British Medical Journal la define como “innovadora” y afirma que “si la felicidad se transmite a través de redes sociales, también puede contribuir indirectamente a la propagación de la salud”. Hasta ahora sabíamos que la risa era contagiosa, pero el asunto es más trascendente, como se ve. Y útil para los tiempos de austeridad que vivimos y la época navideña que se avecina. Ya saben, contra la crisis cojan en modelo de Leoncio el león y olvídense de Tristán Tristón la hiena durante una larga temporada. Unos añitos.