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Un cuento de Cenicienta

Ignacio Martínez | 20 de noviembre de 2012 a las 12:47

El hombre más rico del mundo, el mexicano Carlos Slim, ha comprado la mayoría de las acciones de un histórico club de fútbol español, el Oviedo. La campaña para recaudar los dos millones de euros que hacían falta para evitar su desaparición ha sido una hermosa historia romántica. Por ejemplo, la actuación a través de Twitter de Sid Lowe, periodista inglés corresponsal de The Guardian en Madrid, que se encariñó con el Oviedo durante su paso por la ciudad como estudiante. Su mensaje pidiendo a los aficionados ingleses que compraran una acción del club que dio a la Premier jugadores como Cazorla, Michu o Mata movilizó miles de pequeñas contribuciones. Es como el cuento de Cenicienta, con final feliz, cosa que viene muy bien en las malas circunstancias anímicas que vive este país.

Un amigo me manda el enlace de YouTube del vídeo que han hecho los de la consultora Grant Thornton en España para mostrarlo a las 700 personas de 80 países que acudieron este mes a Barcelona a su asamblea anual de socios. También lo han puesto en el congreso de la Empresa Familiar que se celebró en la cuidad condal. Les dejo aquí un enlace corto [http://cor.to/zPlV]. Sube el ánimo. Somos líderes en donación de órganos y en turismo, tenemos bancos punteros, hemos aumentado sustancialmente las exportaciones, somos ejemplo en energía limpias, gestionamos aeropuertos internacionales… Un buen mosaico, sin sorpresas. Los políticos dicen las mismas cosas para aupar la moral de la tropa, pero son menos convincentes.

Esta secuela de la campaña sobre la Marca España no olvida recordar que somos los mejores en fútbol, campeones del mundo y de Europa. Cuando Zapatero dijo aquella simpleza de que jugábamos la Champions de la economía mundial y éramos el equipo menos goleado y el que más goles marcaba, se estaba refiriendo al fútbol y nada más que al fútbol. Lo de la solvencia de nuestro sistema financiero y el escaso endeudamiento de empresas y familias era una broma. El fútbol nos fascina tanto, que no nos importa que nuestros equipos de fútbol estén cayendo en manos extranjeras. Hay quien piensa que antes hubo cosas peores, como Gil o Lopera.

Lo cierto es que de la misma manera que la mayor parte de los grandes medios de comunicación nacionales, los clubes de fútbol han visto aparecer en sus puentes de mando a extranjeros de toda clase y condición. Desde aventureros que buscaban notoriedad como el ucraniano Piterman que se hizo con el Palamós, el Racing y el Alavés; hasta el indio Ali Syed en el Racing, que no puso ni un euro, o el jeque catarí Al Thani que ha llevado al Málaga a la Champions, pero le debe dinero a los jugadores. Distintos casos no muy halagüeños. Esperamos que lo del Málaga se enderece y que el matrimonio Slim-Oviedo tenga un segundo y definitivo final feliz.

Montes penibéticos

Ignacio Martínez | 2 de mayo de 2012 a las 13:22

Estamos en vísperas gubernamentales. Los dos partidos que se van a repartir el Gobierno se piden estas u otras carteras. Sus dirigentes se disputan los puestos. Sí, sí, hay codos. Consejeros salientes quieren seguir siendo santos con peana. Pero los simples mortales también tenemos aspiraciones. Por ejemplo que el medio ambiente sea un eje capital en la política del nuevo Gobierno, aunque la materia se una a otra consejería. Estas cosas pueden llegar a ser hasta rentables. Hay ejemplos.

El rigor urbanístico de la etapa de Concha Gutiérrez, calificada por algún malvado correligionario de talibana, frenó la fiebre constructora justo antes de la crisis. Y eso, que parecía una grave contrariedad,  probablemente evitó una ruina aún mayor a muchos promotores apalancados en miles de millones de créditos, sobre la garantía de unos suelos de dudoso valor en la actualidad. Pero todavía hay quien sigue criticando a la ex consejera en vez de agradecer su actuación.

Y ahora, ¿qué papel debe tener el medio ambiente? Sin fundamentalismos, ser un factor de desarrollo. Y eso supone no volver a las andadas. Los modernos turistas huyen de la masificación; les gusta la cultura y el medio ambiente, son así de raros. El término sostenible está muy manoseado, pero existen otros muy adecuados: es necesario que haya un desarrollo razonable. Aprovechar los espacios naturales no sólo para proteger territorio, animales y plantas, sino para procurar un medio de vida a los habitantes de las comarcas concernidas en armonía con la naturaleza: turismo rural, senderismo, gastronomía, artesanía… Habría sitio incluso para algún residencial razonable en el contorno.

Hay centenar y medio de espacios protegidos en Andalucía y una veintena de parques naturales. En lugares como Cabo de Gata o Cazorla, la declaración de parque ha supuesto un impulso económico. El de los Montes de Málaga, a diez minutos de la capital, es un espacio único en el Mediterráneo español. Se trata de 5.000 hectáreas de terreno casi virgen que fueron repobladas en los años 20 del siglo pasado con pino carrasco, para acabar con la desforestación que trajo la filoxera medio siglo antes. Ahora esos árboles están al final de su vida biológica, se entresacan los viejos y enfermos, y surge de manera espontánea un potente bosque mediterráneo, de encinas, alcornoques, madroños…

El consejo rector del parque ha propuesto una ampliación sustancial hasta 33.000 hectáreas, que comprenden buena parte de los partidos de verdiales. Esto no implicaría ninguna modificación en la calificación de los terrenos, que ya están protegidos por planes territoriales aprobados. Y preservaría una zona de alto valor ecológico, etnográfico y cultural. Asuntos que deben estar por encima de los repartos partidarios. Y de las visiones a corto plazo.

Guadalquivir

Ignacio Martínez | 18 de octubre de 2009 a las 14:31

Cuando se puso en marcha la autonomía andaluza en 1982 había muchas ambiciones. De todas ellas quizá la que menos ha avanzado es la articulación regional. Fue una preocupación en los discursos del presidente Rodríguez de la Borbolla, que insistía en la necesidad de vertebrar Andalucía. Una preocupación orteguiana que vista en la distancia permite la división de opiniones: ha resultado fracasada o aparcada, según se quiera ser más o menos indulgente. Andalucía está desestructurada y es más tribal que hace un cuarto de siglo. Por eso son muy de agradecer iniciativas como la lanzada por el presidente Griñán esta semana con el lema Guadalquivir.

Se pretende crear una gran ruta turística, medioambiental, monumental, gastronómica que vincule el interior de Andalucía, en los márgenes de la Y griega que forman los 720 kilómetros del Guadalquivir y los 360 del Genil hasta su unión con el gran río en la provincia de Córdoba. Desde Cazorla y Sierra Nevada hasta Doñana. Si la idea prospera, con suficiente iniciativa privada y apoyo público, en ese espacio que afecta a todas las provincias andaluzas menos Málaga y Almería se crearán 700 kilómetros de senderos para recorridos a pie, a caballo o en bicicleta; se remodelarán 33 estaciones de tren, para hacer un Guadalrail; se establecerán 42 estaciones fluviales. Claro que convertir el Guadalquivir en el Danubio o el Loira no es fácil, ni tarea para unos pocos años.

El Guadalquivir transcurre por llanuras en la casi totalidad de su trayecto, así que hacerlo navegable y convertirlo en un nuevo atractivo turístico es un desafío realizable. Hay mercado: de los 25 millones de turistas que vienen todos los años a Andalucía, quince millones sólo buscan sol y playa. Esta propuesta no merece quedarse en humo como tantas otras de integración regional que fracasaron. El tribalismo no es sólo el síntoma de las tensiones interprovinciales, funciona incluso dentro de cada municipio. Sin ir más lejos, en Andalucía hay 600 cooperativas agroalimentarias, cuando no debería haber más de diez; pero en algunos pueblos no hay manera de convencer siquiera a las diversas cooperativas locales para que se fusionen. En esta Andalucía inacabada, el Guadalquivir puede ser un ejemplo de vertebración. Es difícil, pero no imposible.