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Estrellas de circo

Ignacio Martínez | 23 de marzo de 2009 a las 10:52

Al final de la película Gran Torino, de Clint Eastwood, detienen a los miembros de una banda juvenil que acaban de matar al protagonista. Eran unos chulitos descarados, pero camino del coche policial su mirada de desconcierto muestra cómo están empezando a comprender que su vida alegre ha terminado para siempre. Tengo la sensación de que los protagonistas de la banda juvenil sevillana que acabó con la vida de Marta del Castillo, e hizo desaparecer su cuerpo, todavía no se han dado cuenta de que no sólo han quitado la vida a esta joven y han quebrado la de su familia y sus amigos. También ha terminado la etapa irresponsable de su vida, pero ellos todavía no lo saben. Por eso el tal Samuel salió en la televisión tan campante explicando que participaba en las tareas de búsqueda y que Marta iba a aparecer, el tal Miguel dijo primero que la mató él y después su amigo El Cuco. Y el tal Javier, El Cuco, habló primero del coche de su madre y después se buscó una coartada.

Siguen jugando a policías y ladrones y hoy dicen que está en el vertedero en donde la busca la Policía, antes la habían tirado al río y no sabemos cual será la siguiente casilla de este macabro juego de rol que se traen. Insensibles al dolor que ya han causado a la familia, a su círculo próximo; ajenos a cualquier sentimiento de culpa, siguen produciendo daño y gastos millonarios al erario público en la dramática búsqueda de un cuerpo que mañana hará dos meses que desapareció.

¿Por qué lo hacen? En el fondo deben sentirse como estrellas de rock. Los traen de acá para allá y siempre hay una multitud pendiente de ellos, cuando van a una nueva reconstrucción de los hechos o a declarar por enésima vez. Trabajan sus papeles en la más absoluta impunidad, porque saben que nadie puede maltratarlos o amenazarlos. La ley les protege. Y encima, los medios de comunicación no paran de hablar de ellos. En ocasiones, los reporteros dan algún dato que subrayan como seguro, lo que demuestra que todos los demás no lo son. En este circo, a los pandilleros se les dispara la adrenalina, refuerzan su seguridad y empezarán ellos mismos a tener serias dudas sobre su culpabilidad.

La frialdad de los Miguel, Samuel y Cuco recuerda el aplomo que hasta el final de su juicio la semana pasada ha mostrado el monstruo de Amstetten, Josef Fritzl, de 73 años, que durante un cuarto de siglo mantuvo secuestrada a su hija Elisabeth de 42 en un zulo, donde la violó sistemáticamente y alumbró siete hijos. Los medios en Austria han mostrado cierto respeto por esta familia, aunque los hijos-nietos de Fritzl están custodiados en un hospital. A los miembros de la siniestra banda sevillana les quitaría el calor mediático. Para que empiecen a darse cuenta de que su fechoría no tiene ningún mérito. Y que sus mentiras posteriores son un dramático agravante.

Eva, Antonio y Marta

Ignacio Martínez | 16 de febrero de 2009 a las 0:08

Críe usted a su hija durante 17 años; cuídela, protéjala, aconséjela para que no le hagan daño, para que sea feliz. Sueñe con sus ilusiones, preócupese con sus sinsabores, edúquela en el respeto a los demás durante 17 años. Y cuando parece que ha cumplido su misión y ella está a punto de cumplir la mayoría de edad, llega un canalla y la asesina. Es tremendo el destino de la joven Marta del Castillo. Y trágica la vida que le espera a sus padres. Conmueve pensar lo que les queda por pasar, de angustia, incluso de algún complejo de culpa por no haberla protegido lo bastante, cuidado lo suficiente, aconsejado con más éxito. Siempre tenemos la tentación de culparnos a nosotros mismos de los males que nos atañen, quizá por la educación recibida.

Poca educación parece que recibió el asesino, pocos valores, poco respeto a los demás. Un joven celoso y posesivo, decía este diario ayer. Se mantuvo muy frío en los tres interrogatorios a los que fue sometido en las últimas tres semanas. Es curiosa esa entereza de un asesino que, en el fondo, es un ser débil, incapaz de soportar un fracaso, un rechazo. La frustración de que le dijesen que no, le resultaba insoportable; y era incapaz de asumir que no podía poseer a la chica que le gustaba, sencillamente porque en ningún caso una mujer es propiedad de su novio, de su marido. Ahora su abogado buscará eximentes: familia desestructurada, ambiente violento, padre alcohólico. Pero la que no tiene eximente es la sociedad en la que vivimos, que no consigue acabar con el maltrato de género, con este terrorismo doméstico. Que no logra educar a sus jóvenes para que acepten sin drama que alguien les diga que no a algo.

Antonio se ha quejado de que desde la noche del sábado hasta la mañana del lunes la familia estuvo muy sola buscando a su hija Marta. De lo mismo se lamenta la protagonista de la película El intercambio, dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Angelina Jolie y John Malkovich. Sería odioso pretender una comparación entre la corrupta policía de Los Ángeles en 1920 y la eficiente española de hoy día. Pero habría que revisar los protocolos de actuación en caso de desapariciones. La Policía no debería aplicar a rajatabla un plazo determinado para iniciar una búsqueda; no parece acertado.

Eva le decía a su hija que no le gustaba aquel novio que se echó hace un año. La joven no tardó mucho en darse cuenta de que su madre tenía razón. Será difícil consolar a estos padres, pero la sociedad en su conjunto debería recapacitar sobre nuestros sistemas de enseñanza, la urgencia de inculcar valores a los jóvenes, la necesidad de desterrar tanta violencia gratuita en el cine, la televisión, los videojuegos. Es una broma que alguien discuta que se deben enseñar valores cívicos en la escuela. Este país necesita intensamente más educación.