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Agnosticismo sí, bilingüismo no

Ignacio Martínez | 22 de marzo de 2009 a las 17:01

Arcadi Espada ha publicado en sus diarios un artículo que titula Dios, patria y bus, que por su interés reproduzco a continuación. Es curioso que en Barcelona los agnósticos pudiesen poner anuncios en los autobuses, pero a los partidarios del bilingüismo se les rechazara “por ser un asunto polémico”. Manda narices.

Qué gran idea tuvo la Asociación por la Tolerancia! Viendo la facilidad y el éxito con que el agnosticismo se subía a los autobuses de Barcelona decidió organizar una campaña por la libertad lingüística en el mismo lugar, ¡y hasta en el mismo carril!; y así, con mucho respeto, pidió todos los permisos. Se los han negado: hubo buses agnósticos, pero no los habrá bilingües. Como suele ser frecuente pasar en estos casos no hay que perderse las explicaciones. La empresa que contrata la publicidad, o sea la compañía de autobuses, o sea el ayuntamiento socialista, o sea donde José Montilla (en Cataluña, paraíso de la caja B de la moral, todo va por persona interpuesta), ha rechazado la campaña por «polémica». La coincidencia en el tiempo con el bus agnóstico convierte el adjetivo en ridículo. Pero no debería tapar su encantadora pose eufemística: polémico es el papel de fumar con que aquí (o debería decir allí) se cogen la verdad.

Hay que celebrar la denegación por todo lo alto y yo pido a la Tolerancia que no sea tímida ni mucho menos victimista. Ni el sentido de la equidad, ni la inteligencia son virtudes que adornen al establishment catalán: sólo depende de su fuerza y hay que aprovecharla como en el judo. La negativa de los buses es un magnífico quod erat demostrandum; es decir, el mayor premio intelectual que puede recibir una actividad política.

Muchos miembros de la Tolerancia y muchos otros ciudadanos catalanes han insistido siempre en el carácter puramente religioso del nacionalismo; en su condición de axioma y dogma de fe; en sus fábulas pueriles; en su inexorable propensión al mito y a la falacia, en su creacionismo histórico. Han denunciado que la estructura política catalana rezuma el aire inconfundible de una secta; y que la propia vida civil se resiente, y desde hace años, de semejante asfixia. Esta identificación entre la religión y el nacionalismo no es, en realidad, del agrado de la mayoría. Irrita a los nacionalistas que, para más inri crucificial, pretenden que sus fundamentos míticos estén a salvo de todas las pruebas de la razón. Irrita a los c(h)arlistas que vinculan siempre estrechamente Dios y Patria, pero dependiendo de qué Dios y de qué Patria. Y lo mejor de todo: irrita a determinados ateos, por supuesto catalanes, cuyo escepticismo discrimina, con escasa agudeza crítica pero considerable capacidad de adaptación darwiniana, entre Dios y la Tierra.

O sea que la animosa Tolerancia ha fletado un llamativo autobús de tres pisos.

Los condones salvan vidas

Ignacio Martínez | 20 de marzo de 2009 a las 8:56

Es posible que entre los años 2315 y 2368 haya un Papa que admita que los preservativos son una buena cosa. Pero faltan de tres a tres siglos y medio para que eso ocurra. De momento, los periodistas que acompañan a Benedicto XVI en su actual viaje por África llegaron el martes a la capital de Camerún, con un titular brindado por el Papa nada más despegar el avión de Roma: “Los preservativos aumentan los problemas del sida”. Su teoría es que los condones ayudan a difundir una enfermedad incurable que padecen 36 millones de personas en el mundo. La frase pretendía dar la vuelta al mundo. Y vive Dios que lo ha hecho. Con escaso éxito de crítica y público. Gobiernos europeos de todo signo han criticado duramente al Papa. El ex primer ministro francés Juppé lo llama “autista”; la ministra belga de Salud, “retrógrado”, y el Gobierno alemán “irresponsable”.

De hecho Joseph Ratzinger es un sabio teólogo y la más alta autoridad de la Iglesia Católica, uno de cuyos dogmas es que el Papa es infalible cuando se pronuncia sobre cuestiones de fe y moral. Es curioso que este dogma se adoptó en 1870, coincidiendo con la pérdida del último baluarte romano de los antiguos estados pontificios. Menos poder terrenal, más poder espiritual. De la definición de infalibilidad se desprende que cuando el Pontífice habla de otras cosas puede errar como cualquier mortal. Es el caso que nos ocupa. El sabio teólogo e infalible hombre de Dios, hay que suponer que es un lego en el conocimiento científico o práctico de los preservativos.

Es un pronunciamiento peligroso. Ocho de cada diez muertos por sida en el mundo ocurren en África, donde está de visita Benedicto XVI. En ese continente las mujeres son sistemáticamente violadas por hombres que se desentienden de contagiarles la enfermedad, de dejarlas embarazadas o de los hijos que puedan alumbrar. La condena del preservativo no va a parar los abusos, sino que agravará sus consecuencias. “Los condones salvan vidas”, dicen dos ministros alemanes. El control de la natalidad en determinadas áreas del planeta sería esencial para millones de pobres del mundo. Cargarles de hijos es condenarles al atraso y la miseria. España ha anunciado el envío de un millón de preservativos a África.

En este campo, la jerarquía eclesiástica sigue una tradición de resistencia a la ciencia y el progreso. A Galileo Galiei lo condenó la Inquisición en 1633 por sostener la herética teoría de que la Tierra giraba sobre sí misma y alrededor del sol. Fue condenado a cadena perpetua, conmutada por el Papa Urbano VIII. Hubo que esperar a 1939 para que Pío XII calificara al antiguo hereje como “el más audaz héroe de la investigación”. Y todavía pasó medio siglo hasta que Juan Pablo II pidiese perdón en 1992 por el error del siglo XVII. Esperemos que no haya que aguardar tres siglos para que la Iglesia ayude a proteger la vida de los más desfavorecidos con métodos razonables, baratos y útiles.