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Dívar: un cadáver exquisito

Ignacio Martínez | 17 de junio de 2012 a las 10:31

Carlos Dívar es un cadáver exquisito. Su presidencia del Tribunal Supremo está difunta, pero él se comporta como esos personajes de dibujos animados que andan por el aire, ajenos a la ley de la gravedad, que no se caen hasta que no miran hacia abajo y ven el vacío. Él ha decidido que el jueves contemplará la enorme sima que se ha abierto bajo sus pies y dimitirá de manera contundente. Hasta entonces seguirá andando sobre las alfombras del poder, en las compañías más distinguidas, como si tal cosa. Sin ir más lejos, tiene un acto institucional con el Rey mañana para celebrar el bicentenario del Tribunal Supremo. Alternará con presidentes de tribunales supremos de muchos países extranjeros, en un acto completamente surrealista.
Por cierto, cadáver exquisito era el nombre de un juego que se inventaron poetas surrealistas como Éluard o Breton en los años 20. Consistía en componer imágenes o poemas, de manera consecutiva sin conocer lo que había hecho el predecesor. Los miembros del Consejo General del Poder Judicial desconocían la turné de ocio que su presidente ha realizado en los últimos años a costa del erario público. Y quizá todavía ignoren algunos de los recorridos y compañías de tan sin par viajero. El ex presidente cántabro Revilla, los alcaldes de Málaga y Marbella, y presidentes de audiencias provinciales cercanas a Marbella, su lugar de descanso favorito, han negado en público o en privado que se vieran con él en las 32 estancias turísticas detectadas por la piel de toro.

En el acto de mañana puede que vuelva a hablar de la verdad, asunto al que da una trascendencia casi religiosa. Religión que predica, pero no practica. Su conciencia tranquila y el amparo de la Sala de lo Penal del Supremo que rechazó por 14 a cuatro su procesamiento por este desliz, no impiden que haya agotado la paciencia de 17 jueces decanos de España, entre ellos los de Jerez, Sevilla, Málaga y Granada. Le reprochan que no represente a los 4.800 jueces de España, que necesitan más medios materiales y humanos y menos escándalos. La prensa no lo ha dejado vivir, y los vocales del CGPJ han rematado el acoso este fin de semana con un acto muy cruel: le hicieron trabajar ayer, ¡en sábado!

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Dívar: un paisano ‘ejemplar’

Ignacio Martínez | 2 de junio de 2012 a las 10:16

El año y medio que le queda de mandato a Carlos Dívar va a ser un calvario. No han convencido a casi nadie sus tardías y evasivas explicaciones sobre veinte viajes a Marbella, uno cada dos meses, en fines de semana de jueves a martes, hoteles de cuatro estrellas que el interesado no considera de lujo, almuerzos y cenas con un solo comensal cuya identidad no quiso revelar, como si fuese un secreto oficial, en restaurantes que pudieran ser de lujo, aunque no su precio.
Sus palabras dejan sobre todo claras dos cosas; que no piensa dimitir y que es de Málaga. Ignoro por qué fatalidad nos salen a los andaluces estos paisanos ejemplares que tan poco hacen por nuestro prestigio colectivo en el ámbito nacional: ¡podría incluir los miércoles!
Dívar es un caso que desmiente la teoría de que hay que elegir por consenso los puestos clave del Reino. Este nombramiento es herencia recibida en estado puro, una brillante ocurrencia de un presidente del Gobierno de notables ocurrencias. Zapatero, en su infinita sabiduría, se sacó de la manga el nombre de un jurista que nunca había pertenecido a un órgano judicial colegiado, profundamente conservador y ferviente católico, lo que es chocante viniendo de un presidente tan progresista y laico. A Rajoy le pareció una excelente la elección. Y así es como nos hicieron este regalo institucional.
El PP, tan aficionado a sacar a pasear la herencia recibida al menor contratiempo, no lo ha hecho en este caso. Al revés, el ministro de Justicia ha llegado a decir que Dívar saldría reforzado de esta crisis. El jueves, Gallardón sostuvo que en estos delicados momentos la fortaleza de las instituciones es determinante para superar la crisis. Una teoría que el Gobierno no ha aplicado al Banco de España y a su gobernador, cocinado a fuego lento por los líderes del Partido Popular en un descarado intento de eludir su responsabilidad en el hundimiento de Bankia, que es máxima.
El presidente del Consejo del Poder Judicial y el Tribunal Supremo ha sido amparado por una Fiscalía que no le quiso investigar, porque sencillamente cree en su palabra. Y el ministro pone la guinda al encubrimiento, al explicar que no debe comparecer en el Congreso porque hay separación de poderes. Se olvida de que en la soberanía nacional reside en el pueblo español (artículo 1 de la Constitución) y que las Cortes Generales representan a ese pueblo soberano (artículo 66). ¿Separación de poderes?
Y ya que estamos con la Constitución, el artículo 56 considera que el Rey no está sujeto a responsabilidad. Dívar el jueves superó con creces esta figura. Se declaró jurídica, moral y políticamente irresponsable. Debería hacerse un favor a sí mismo y dimitir. Tendría más tiempo para descansar.

Por imperativo legal

Ignacio Martínez | 27 de mayo de 2012 a las 10:30

Quizá porque nos marcó el terrorismo de ETA y tenemos aversión a los partidos antisistema, pero rechina oír a los diputados de Izquierda Unida prometer sus cargos en el Parlamento andaluz por imperativo legal. Más allá de la estética, todo discurso tiene una responsabilidad, aunque sea de sólo tres palabras. Las que inventaron los de Batasuna para tomar posesión de su escaño en el Congreso sin romper con su independentismo violento. Me obligan, no tenía más remedio.
Entra dentro de este capítulo lo de la pistola en el pecho que dijo Esperanza Aguirre para justificar la fusión de Caja Madrid con Bancaja. Ellos no querían, los forzaron. Un malabarismo para desviar la atención de un fiasco que costará al erario público más del 2% del PIB nacional. Adornado con una explicación que demuestra la buena crianza de la presidenta y su perfecto dominio del inglés: shotgun marriage es casarse a la fuerza; de penalti, en castizo.

Y ahora padecen este síndrome de estreñimiento los socialistas andaluces. Resulta que han hecho los recortes en las cuentas de la Junta por imperativo legal. Empezó con la boutade el presidente Griñán y le ha seguido una consejera tan juiciosa como Aguayo, que esta semana ha atribuido en el Parlamento andaluz el 90% del ajuste presupuestario regional al Gobierno central. Ambos pasan por alto que el PIB andaluz imaginado por sus servicios para 2012 no se cumplirá. Habrá una desviación a la baja de 5.000 millones de euros. Lo que traducido a impuestos, cedidos o no, es más de la mitad del recorte andaluz. Pero nada, oficialmente les han obligado. El trazo gordo no admite matices.
Todo es fruto de la costumbre de escurrir el bulto. Los humoristas de este país le han sacado mucha punta a la cacería de Botsuana, pero el único responsable público que ha reconocido un error y ha pedido disculpas en este país ha sido el Rey. Con lo guapos que habrían quedado Dívar o Camps diciendo lo siento mucho, me equivoqué, no volverá a ocurrir. O Aguirre tras su asalto para hacerse con el poder en Caja Madrid. O Griñán asumiendo su cuota parte del ajuste andaluz. Pero no, en todos los casos se trata de fenómenos ajenos a la voluntad de los protagonistas. Forzados, irresponsables.

Grandes jueces en Marbella, miserias

Ignacio Martínez | 12 de mayo de 2012 a las 11:21

El presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Dívar, está en un apuro. Un vocal del CGPJ le acusa de haberse gastado un millón de pesetas mal contado y haber generado el gasto de otros cuatro millones más por sus cinco escoltas en 20 viajes particulares a Marbella a cargo del presupuesto nacional. Viajes muy particulares, porque se trataba de fines de semana que empezaban los jueves y terminaban los martes. Lo que supone una aportación al diccionario de usos y costumbres: en el Consejo se conoce como semana caribeña esa en la que uno empieza a trabajar el martes a media mañana y lo deja el jueves a media tarde.
Un estrés, un sinvivir, el ritmo de trabajo de algunas autoridades. Y encima, tener que alojarse en hoteles de cinco estrellas, y cenar en el Marbella Club o en Puente Romano. En fin, hay trabajos con mucha peligrosidad e incluso con mucha alevosía. Pero sinceramente, aquí el personal está siendo muy injusto con don Carlos. No sé de qué nos extrañamos. En Marbella la presencia de grandes jueces, como los llamaban el inefable Jesús Gil, es una costumbre. Desde antes de que el promotor inmobiliario se convirtiera en alcalde en 1991 ya había en la ciudad una amable reunión anual que se llamaba Jornadas Jurídicas, pero que en esencia era un pasárselo a base de bien a costa del presupuesto. Gil convirtió aquello en una industria de ocio.
No faltaba nadie. Prebostes del Constitucional, del Supremo, del Consejo General del Poder Judicial… En fin, grandes jueces se hacían invitar a todo plan, en muchas ocasiones acompañados, a pasar varios días en la ciudad de sarao en sarao… Y, eso sí, asistían a una conferencia diaria sobre el asunto jurídico que les había convocado. Regalos, atenciones y caprichos no faltaban. Un miembro del CGPJ hasta se hizo con un piso de lujo baratito. El escándalo se prolongó durante años, hasta que gente más prudente y modesta empezó a evitar su presencia. Alguno de estos se sienta ahora en el CGPJ y conoce el paño.
Se da la circunstancia de que el denunciante, José Manuel Gómez Benítez, catedrático de Derecho Penal, es amigo del juez Garzón, recientemente condenado por el Supremo, lo que añade la sospecha de una agria venganza a su actuación. La vida se ha puesto tan rematadamente difícil para el común de los mortales, que resulta chocante que el interpelado dijese que se trataba de una miseria. Claro que a lo mejor no se refería a la estrechez del sustento, sino a la mezquindad de la acusación. Sea como fuere, Dívar no puede vivir de la herencia recibida. Los invitados de Gil se fueron de rositas; nadie fue interpelado ni denunciado en el relajo de los locos años 90 y 2000. Pero el actual presidente del Supremo y el CGPJ tendrá que dar muchas explicaciones.

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