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Un partido no es una mafia

Ignacio Martínez | 24 de noviembre de 2012 a las 11:20

Un partido político no es una mafia. El autor de la frase no es español. Las desabridas palabras son de François Fillon, primer ministro de Francia durante los cinco años de Presidencia de Sarkozy y frustrado aspirante a sucederle al frente del gran partido de la derecha gala, la UMP. Lo dijo ayer mismo en la emisora RTL. Fillon se ha enfrentado por el puesto a Jean-François Copé, que es por así decirlo el jefe del aparato de la UMP, como secretario general. Han empatado en las elecciones internas del pasado domingo, aunque Fillon denuncia grandes irregularidades que han dado una victoria por la mínima a Copé. Ya ven, el aparato siempre gana. Es frustrante que actores esenciales de nuestro sistema político como los partidos tengan tan escasa democracia interna.

El PSOE de Cádiz es otro ejemplo. Continúa el culebrón herzegovino; los jefes provinciales y regionales del socialismo se la han jurado a los diputados provinciales que no quieren un relevo en la portavocía de la Diputación. La joven guardia pretoriana de Griñán va a degüello, con su habitual torpeza en el uso de la mano izquierda. Primero quisieron quitar en mayo a Cabaña, a la sazón secretario provincial y bestia negra del griñanismo, porque tenían mayoría entre los 12 diputados provinciales. Y lo democrático era entonces que el grupo decidiera. Desaparecido Cabaña, su sustituto como portavoz -José María Román- apoyó en el congreso provincial a la alcaldesa de Sanlúcar, Irene García, para liderar la provincia de Cádiz. Ahora, la alcaldesa quiere quitarlo y ponerse de portavoz, pero no tiene mayoría entre los doce diputados.

De golpe han cambiado los criterios y García aduce que quien manda en el asunto no es el grupo, sino el comité provincial. Total, que expedienta a los rebeldes, avalada por su mentor: Griñán en persona pidió ayer “lealtad con los órganos de gobierno, porque si no el partido es una banda”. Lo que establece un perverso silogismo. 1. Este es el partido más democrático, que todo lo debate y lo vota. (Menos cuando se decide en vísperas de las municipales que no habrá primarias). 2. El partido es su dirección. (Para eso se vota). Y 3. No obedecer a la dirección conduce a la anarquía. (A las bandas, que son todas malas menos una: la que manda).

Hay más. La secretaria provincial pidió previamente al portavoz que echara a alguno de los cuatro asesores del grupo socialista en la Diputación para colocar a la secretaria de Organización de su ejecutiva. Y también le exigió que le pasara el control sobre los 28.000 euros de que dispone el grupo para su funcionamiento. Román se negó y estalló la guerra. Francisco Sánchez Zambrano lo ha explicado muy bien en un excelente reportaje en Diario de Cádiz [http://cor.to/zmoF].

Mario Jiménez, que es por así decirlo el jefe del aparato del PSOE-A, como vicesecretario general, asegura que no hay ningún conflicto en el grupo socialista de la Diputación gaditana. Añade que el partido ya se ha pronunciado y que los militantes tienen que obedecer. Expresión que recuerda aquella máxima guerrista de que el partido es más importante que la institución. Aunque hay referencias peores. Althusser, en los 70, cuando Georges Marchais ya había abrazado el eurocomunismo, acusó al jefe del Partido Comunista francés de seguir practicando el viejo autoritarismo estalinista, en virtud del principio de que “el partido siempre tiene razón y su línea es siempre justa”. Y ayer llega Fillon y dice lo mismo que el filósofo, pero menos fino: un partido político no es una mafia. Tomen nota.

Europa inútil

Ignacio Martínez | 20 de abril de 2009 a las 0:19

Europa es casi inútil. Lo ha dicho Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995, en una entrevista en France Inter. El mejor presidente que ha tenido la Comisión sigue en plena forma: indignado por la danza del vientre de jefes de estado y de gobierno ante Putin y Medvédev. Cada uno por su lado, cortejando a los autócratas rusos, en vez de hacer una Europa de la energía. Delors está que llora ante la ausencia de un plan para la industria del automóvil, que emplea a 14 millones de personas y engloba a cinco y seis grandes grupos empresariales de prestigio mundial.

La persona que ocupa su antiguo cargo no se escapa de rositas. En su opinión, la Comisión está marginada, sin imaginación y sin autoridad. Sugiere sustituir a José Durao Barroso y propone a un francés: el actual primer ministro François Fillon, o un antiguo inquilino del palacio de Matignon, Alain Juppé. Dos personas del bloque del centro derecha que es el que va a ganar de largo las elecciones del 7 de junio. Cuando los periodistas le apuntan que el PPE es el grupo democristiano vuelve a sacar su carácter y recuerda que los demócratacristianos se ahogaron hace tiempo. Tiene razón en parte; en el PPE quedan socialcristianos y democristianos alemanes y del Benelux. Pero además hay conservadores británicos, el partido de la derecha griega; los ex neofascistas de Gianfranco Fini y la gente de Berlusconi; el PP español… Y un partido portugués de nombre Social Demócrata, ideología liberal y militancia democristiana; el PSD de Barroso.

Barroso es el hombre en el que nadie reparó en la foto de las Azores del 16 de marzo de 2003, en la reunión que se decidió la guerra de Iraq. Allí había cuatro dirigentes: el presidente americano Bush, el primer ministro británico Blair, el presidente español Aznar y el entonces primer ministro portugués Durao Barroso. Pero siempre se habló del trío de las Azores. El portugués se volvió transparente para todos, menos para Blair que hizo de padrino para llevarlo en 2004 a la presidencia de la Comisión Europea. Un presidente débil, para que los estados manejasen a su antojo.

La pasada semana el Parlamento Europeo publicó una encuesta sobre participación en las elecciones de junio. La abstención media prevista es del 66%; en España, del 73%. Una debacle. En las primeras elecciones europeas por sufragio universal, en 1979, la participación fue del 64%. La crisis, la ignorancia de los ciudadanos sobre la tarea de sus eurodiputados o el nulo conocimiento de los asuntos comunitarios han llevado a esta situación. Pero sobre todo, el excesivo poder del Consejo de Ministros, de los gobiernos, con una Comisión que no propone y no ejecuta, un Parlamento que no codecide, aunque lo diga el Tratado, y una opinión pública europea inexistente. Así, la tentación de proteger los intereses nacionales es muy fuerte y Europa se ha vuelto inútil.