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Guardiola, algo más que un entrenador

Ignacio Martínez | 28 de abril de 2012 a las 14:12

Me quito el sombrero por Pep Guardiola. Un tipo elegante dentro y fuera del terreno de juego. En el banquillo y en la sala de prensa. Vaya por delante que un servidor es bético. O sea, que en la eterna pugna entre Madrid y Barça he sido neutral toda mi vida. Hasta ahora. Resulta que han coincidido en el tiempo dos entrenadores en los dos principales clubes de España, uno un hombre educado y el otro un soberbio grosero. Uno al que le gusta el fútbol creativo y el otro un genio de las victorias tácticas, aun a costa de sacrificar la enorme categoría de su plantilla.

Dicen en Barcelona que el Barça es más que un club. Estoy en desacuerdo, porque no es exclusivo. Casi todos los equipos que conozco son algo más que un club, tienen una idiosincrasia y una identidad por encima de personas y coyunturas. El grito del orgullo bético, manque pierda, es un buen ejemplo, sin ir más lejos. Pero en Barcelona lo dicen porque pretenden que el club representa la nacionalidad catalana. El ex presidente Laporta llevó eso al paroxismo y hasta insultó al entonces presidente de Extremadura, reconocido culé, cuando Fernández Vara se lo reprochó. Pero en esta vida se cambia de nacionalidad, o de pareja, o de vivienda, o de empleo, o de oficio, incluso de amigos, pero nadie que yo conozca ha cambiado de club de fútbol.

Pep Guardiola, por el contrario, sí que es algo más que un entrenador y eso lo hace particularmente singular. El fútbol total, todos al ataque y todos defendiendo, la solidaridad en el campo de sus hombres, como un equipo, sin vedetismos. La elegancia en la victoria y la humildad en la derrota. Y encima enfrente ha tenido a la otra cara de la moneda. Un entrenador que cuando gana es el mejor del mundo y cuando pierde es culpa del árbitro, del rival que simula las faltas, del calendario, de algún jugador propio que señala con el dedo, del director general de su club. De cualquiera menos suya. Si pierde no habla con los periodistas, no felicita al ganador, se indigna con el mundo.

Hay quien quiere descalificar a Mourinho con un argumento xenófobo. “Y encima es portugués”. Pero no, qué va. Lo peor de Mou es que se comporta como los políticos de los dos grandes partidos nacionales. Practica un cainismo típicamente hispano, que mucha gente detesta. En contraposición, echaremos de menos a Guardiola todos los aficionados al fútbol. Inolvidable por tantos motivos. El elogio al adversario, la caballerosidad, el respeto. Saber ganar, saber perder. Esas cualidades que faltan en la vida pública española y que cuando se encuentran resultan tan estimulantes. Se retira de momento uno de los sujetos más valiosos de este país. Un ejemplo de muchas virtudes cívicas. Y un servidor se quita el sombrero.

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El mercado del fútbol

Ignacio Martínez | 13 de septiembre de 2011 a las 17:32

Un amigo, catedrático de Derecho y abogado en ejercicio, siempre se mofa de esos famosillos de la televisión basura por un asunto que al común de los mortales nos pasa desapercibido. Esta fauna ibérica dedicada a la maledicencia tiene entre sus hábitos cotidianos querellarse entre sí constantemente. Y se amenazan unos a otros con una frase que parece sacada de un culebrón sudamericano: ¡hablaré con mis abogados; atente a las consecuencias! Mi amigo sostiene que con un abogado van que chutan y se pregunta qué es eso de “mis abogados”. Lo mismo pasa modernamente con los mercados.

Hasta que se hundió el sistema capitalista, entre 2007 y 2008, como consecuencia entre otras cosas de la enorme factura de las guerras que inició el señor Bush para vengarse del ataque a las torres gemelas hace ahora diez años, siempre se hablaba del mercado y sus reglas. Ahora hablamos de los mercados como de un fantasma y nos preguntamos quién está detrás, quién maneja los hilos, qué clase de especuladores sin escrúpulos nos han arruinado. Podríamos añadir que nosotros mismos. También mueven la prima de riesgo los inversores particulares que deciden en masa vender bonos españoles a 10 años y pasarse al cupón alemán, menos remunerado, pero con un mercado mucho más grande y más líquido en el que operarán con enorme comodidad.

El mundo del fútbol nos ofrece esta semana un caso práctico. No es nada difícil saber quién controla el mercado de retransmisiones de televisión. Básicamente dos empresas. Y también es fácil saber quiénes son los principales beneficiarios: los dos grandes clubes del país, que se quedan con la mayor parte del pastel. Los destinatarios de las facilidades son los mismos. Los dos errores arbitrales más sonoros de la jornada han sido un penalty a favor del Madrid, que no era, y un balón despejado con la mano por Busquets cuando entraba en su portería por lo que no le sacan la tarjeta roja.

En España el club que más cobra recibe doce veces más que el que menos. En el Reino Unido la diferencia es algo menos del doble, en Alemania un poco más del doble. En Francia, tres veces y media. Ha hecho muy bien el Sevilla en convocar a los clubes de Primera esta semana en la capital de Andalucía para plantear un sistema más justo a partir de 2014. Y han estado a la altura los otros tres clubes andaluces, que no han faltado a la cita. Los mercados no son tan malos. Malas son algunas normas. Y quienes no las cambian.

Mantras de verano

Ignacio Martínez | 4 de septiembre de 2011 a las 22:00

El hinduismo y el budismo utilizan los mantras como pensamientos para apoyar la meditación. Aquí, el ocio veraniego es propenso a la elaboración de ideas ocurrentes. Sin ir más lejos, hace cuatro años el presidente del Gobierno reunió a su grupo parlamentario, recién vuelto de las vacaciones de agosto, para pavonearse de lo bien que lo había hecho en su primera legislatura. Dijo que exceptuando el crecimiento de China, que era el motor de la economía mundial, España superaba a todas y cada una de las principales potencias mundiales. Que en aquellos cuatro años el PIB nacional había crecido el doble que Alemania, el triple que Italia, un 50% más que el Reino Unido y un 25% por encima del de Estados Unidos. Que se habían creado más empleos que en Alemania, Francia y el Reino Unido juntos.Y ya lanzado, añadió un mantra de campeonato: que España jugaba “la Champions League de la economía mundial”; era la que más partidos ganaba, la que más goles metía y la menos goleada. Se atrevió a decir que este país estaba más preparado que nunca ante una posible recesión, “por la fortaleza de su economía, el dinamismo de la inversión, la solvencia de las empresas, la eficiencia de su sistema financiero y la acumulación de disponibilidades de las familias”. Suena a perfecto disparate cuatro años después, leído en esta España que cambia la Constitución para que no la intervengan.

Hace tiempo que el PP acuñó otro mantra: que la austeridad es la panacea universal. Lo ha repetido como una letanía, sin concretar. Hasta el miércoles: a la vuelta de sus vacaciones Dolores Cospedal ha anunciado una dieta de caballo del 20% en las cuentas públicas de Castilla-La Mancha como “ejemplo para España”. Unos 1.800 millones de recortes en personal, subvenciones, infraestructuras e instalaciones sanitarias. Menos liberados sindicales, menos interinos en la enseñanza, adelgazamiento de la radiotelevisión autonómica, eliminación de la oficina de Bruselas o el Defensor del Pueblo.

Los sindicatos y el PSOE han advertido que está en riesgo el Estado de bienestar. Es una manera de hablar. El bienestar que nos proporcionaban los estados en Europa hasta las vacaciones de 2007 no volverá. Lo que toca es discutir dónde se recorta. No se debería hacer sin un debate previo sobre prioridades. Por ejemplo, a Cospedal le parece demagógico que se reclame que los ricos paguen más impuestos. Un mantra clásico de la derecha internacional dice que bajar impuestos crea puestos de trabajo. Sin embargo, un multimillonario con escrúpulos, el norteamericano Warren Buffet, ha proclamado avergonzado este agosto que él paga un 17% y sus empleados un 36%. Y una colección de ricos franceses y alemanes han solicitado un aumento de su contribución. Hay mantras, como los de la Champions y los impuestos, que la crisis ha dejado en ridículo.

Pepe y Marcelo, dos buenos futbolistas

Ignacio Martínez | 18 de agosto de 2011 a las 18:13

Pepe y Marcelo son dos buenos futbolistas.
Tan buenos que harían un excelente papel en Los Broncos de Denver.
No sé si me explico.
No sé si me entienden.

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El pulpo ‘Paul’

Ignacio Martínez | 10 de julio de 2010 a las 10:46

Me pregunto si somos supersticiosos los españoles y la respuesta inmediata es que sí. Ayer, sin ir más lejos, al menos media docena de cadenas de televisión conectaron en directo con la pecera alemana del pulpo Paul a partir de las once de la mañana para ver las predicciones del cefalópodo más famoso del mundo. En La Primera explicaban que se trata de un bicho joven, soltero y británico. En fin, todo el mundo colgado con el dichoso pulpo que predijo, sin el más mínimo género de duda, que España ganará a Holanda en la final del Campeonato del Mundo de fútbol. Y, con alguna vacilación, que Alemania se impondrá a Uruguay en la consolación. Haga usted, querido lector o querida lectora, la prueba del algodón sobre su grado particular de superstición: a que le complace que Paul nos haya dado como ganadores. Pues eso…

Los españoles somos muy supersticiosos. Tanto que si me pidiera un consejo de amigo le diría al presidente del Gobierno que hace bien en no ir a la final. Corre mucho riesgo. Si España gana, nadie lo atribuirá al magnetismo de Zapatero. Pero si perdemos todo el mundo se preguntará en qué ha cambiado el escenario para que la suerte nos sea esquiva y contradiga incluso el vaticinio del sabio pulpo de marras. Y ahí mucha gente volvería la mirada sobre el presidente, sin remedio. Y con mala leche. ¡Ojo!, que se presenta otro problema. Felipe y Letizia han ido a un solo partido del Mundial. ¿Cuál? El España-Suiza. Y perdimos. Pero ahora van a la final. Hay quien piensa que es un riesgo innecesario; que sería mejor que dejaran a la reina Sofía al cargo de la representación institucional, que ya lo bordó en la semifinal, como talismán de la selección.

Mucha gente tiene manías sobre la fortuna. Un espejo roto, unas tijeras abiertas o un sombrero sobre la cama traen mala suerte. La herradura detrás de la puerta, por el contrario, es símbolo de buen augurio. En la Grecia clásica pensaban que el hierro en forma de media luna protegía de los hechizos, así que la herradura en la puerta impedía la entrada de las brujas y del mal. Además, se creía que las herraduras que otorgaban más suerte eran las de los borricos, porque sus siete agujeros son el número mágico por excelencia. Tenemos que hacer una excepción obvia con el color amarillo, considerado gafe por toreros y artistas, porque es casi la mitad de la bandera nacional.

La tradición popular considera que derramar sal o vino no trae nada bueno, pero encontrar un trébol de cuatro hojas o tocar madera tiene el efecto contrario. Que un gato negro o ver una rata traen mala suerte, mientras que la pata de conejo es un viejo amuleto protector de los humanos desde hace miles de años. Lo del pulpo es una novedad. Y está en precario hasta el domingo por la noche. Pero como acierte, Paul entrará en la historia de las supersticiones. Al tiempo.

La bandera y los complejos

Ignacio Martínez | 5 de julio de 2010 a las 11:26

A un amigo mío su hija, que tiene ocho años, le pidió en la Eurocopa 2008 que le comprase una bandera española. La niña la ha vuelto a sacar, sin complejos, para ver los partidos de España en Sudáfrica. Mi amigo, que tiene ya unos años y vota a la izquierda, confiesa que todavía le rechina este amor por la bandera nacional, pero le maravilla que niños y adolescentes la exhiban con el orgullo que les falta a los adultos. O más bien, a algunos adultos.

Los éxitos del fútbol nos dan cohesión nacional y derriban estereotipos. Por ejemplo, que la bandera roja, amarilla y roja sea una exclusiva de la derecha. Lo era cuando se decía que era roja y gualda. La bandera es muy importante en nuestra Constitución; ocupa el artículo cuatro. Justo detrás de los que hablan de democracia, unidad de la nación y del castellano como lengua oficial. El Diccionario de la Lengua Española contiene diversos estereotipos. Por ejemplo, diestra y siniestra, derecha e izquierda, tienen otros significados que son en el primer caso positivos y en el segundo muy negativos.

Y ese mismo diccionario sostiene que bandera es una tela que se emplea como enseña de una nación, una ciudad o una institución. O de una persona, añado yo. Jorge Lorenzo, ganador ayer en el circuito de Cataluña en MotoGP, se paseó por Montmeló tras el triunfo con su bandera personal. Una pena, porque sus fans le habían solicitado mayoritariamente a través de la red social Twitter que lo hiciera con la camiseta de la selección: “Es lo que más me habían pedido, pero aquí en Cataluña es complicado”, ha dicho el muy bobo. Otra bobería parecida la ha dicho el diputado Joan Herrera, de la Izquierda Unida catalana, que ha bautizado al equipo nacional como la selección Hispano-Barça.

En fin, que nos cuesta todavía. Alemania, nuestro próximo rival en la Copa del Mundo, estuvo dividida durante 45 años y la bandera de los dos países era la misma; sólo se diferenciaba por los escudos. Sin embargo, en este país de rojos y azules las dos Españas tenían banderas distintas. Es curioso que otro estereotipo que se ha derribado es el propio nombre que le damos a la selección, La Roja. En este campo sí que hemos acabado con los complejos de raíz. Tenemos dos brazos y dos piernas, y si empleamos las cuatro extremidades somos más capaces que mancos o cojos. Pues lo mismo deberíamos pensar de las banderas: tenemos muchas y nos pueden representar todas al mismo tiempo. Es más, estaremos más abrigados con la local de cada uno; la regional, con la que empieza por cierto el himno de Andalucía; la nacional y la europea.

Seremos más diestros ejerciendo al mismo tiempo, con naturalidad, nuestro carácter local, andaluz, español y europeo. Más diestros, de más hábiles, porque la bandera es de todos, como nos demuestran nuestros jóvenes con motivo del Mundial. Sin complejos.

El mundo es de los tramposos

Ignacio Martínez | 28 de junio de 2010 a las 21:46

Las trampas, lamentablemente, son rentables para los tramposos en el deporte de alta competición.

Hamilton hace trampas y sale indemne del trance: segundo en el gran premio de Valencia. Prueba amañada, sin duda.

Los árbitros del Mundial de fútbol también amañan: Uno no da por válido un gol clarísimo de Inglaterra. La beneficiada, Alemania, acaba goleando. Otro da por válido un gol a Argentina en clamoroso fuera de juego. Argentina acaba vencedora.

Lo del criminal nunca gana es sólo para las películas. (Crimen = acción indebida o reprensible)

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Fútbol: subidón de adrenalina

Ignacio Martínez | 27 de junio de 2010 a las 9:16

Qué más da cómo vayan la bolsa, la morosidad o la deuda soberana. España está en octavos del Mundial de Sudáfrica y eso es un bálsamo que todo lo cura. Y dispara la autoestima nacional: los balcones y ventanas cada vez están más llenos de banderas. Nos gusta ganar. Nos ha gustado siempre, pero como últimamente perdemos todos los partidos en la Champions de la economía mundial, bueno es que los ganemos en la genuina y auténtica Copa del Mundo de fútbol.

Aquí no hay recortes presupuestarios, de hecho se ha prometido a cada jugador de la selección 600.000 euros por ganar el título. Aunque la ministra francesa de deportes criticó que los bleus se alojaran en un hotel de superlujo, y puso como ejemplo opuesto a España, por haber elegido un alojamiento más modesto. Tampoco hay reformas en el mercado de trabajo futbolístico. Disponer de Villa durante los próximos cuatro años le va a costar al Barcelona 50 millones de euros.

Nos gusta la épica, así que sufrir porque tenemos difícil la clasificación le ha añadido aliciente a la victoria sobre Chile. No es sólo una cuestión de colores. La épica atrae a los seres humanos más allá de que les toque de cerca: el público abarrotó el jueves la pista 18 de Wimbledon para ver el final del partido de tenis más largo de la historia. Once horas de juego y 70-68 en el quinto set.

El subidón de la adrenalina nacional es tan potente que llamamos a España La Roja, sin reparar en que en este país de capuletos y montescos, los rojos y los azules han sido enemigos mortales durante más de medio siglo. En Francia llaman les bleus a los jugadores vestidos con la camiseta azul de su Selección. Aquí, La Roja es España en su conjunto, sin que nadie se extrañe.

El amplio consenso nacional de apoyo al equipo sólo lo ha roto Luis Aragonés, en el papel del general McChrystal. Pero las verdades del barquero, la crítica cruda, será escasa mientras el marcador acompañe. Y a medida que España vaya ganando, habrá más banderas en los balcones y más consumo interno, el mejor estímulo para la economía, la bolsa o la deuda soberana. Como tantas alegrías de la vida, ésta es gratis. Aprovechen y disfruten.

La vida es como el fútbol

Ignacio Martínez | 23 de junio de 2010 a las 8:53

Toda la prensa española, de manera unánime, llevaba ayer en portada la foto del Mundial de fútbol. ¿Sólo los periódicos españoles? No. También eran presa de la misma pasión Le Monde, El Mercurio, O Globo, Il Messaggero o Clarín. Si en los guiñoles de Canal+ el muñeco de Jesulín decía siempre, de no importa qué cosa, “eso es como un toro”, aquí podemos parafraesar al sosias del torero y decir que la vida es como el fútbol. O, lo que es lo mismo, que el fútbol es como la vida misma. Los guiñoles son una fuente de gramática parda bastante influyente. Por ejemplo, en Francia fue decisivo su apoyo al populista Chirac contra el estirado Balladur en las presidenciales de 1995. En aquella época el actual presidente de la República era presentado como le petit Nicolas, huérfano tras su traición a Chirac, por su apoyo al primer ministro que finalmente sería perdedor de aquella guerra fratricida en el seno del partido gaullista.

Con el fútbol no es necesaria filosofía alguna. Todo es más simple. Francia se clasificó de manera fraudulenta para Sudáfrica por un gol de Henry a Irlanda en el desempate de noviembre, en el que se llevó ostensiblemente con la mano dos veces al balón para ayudarse. Vergonzoso que lo puedan ver cientos de millones de espectadores por la televisión, pero no el desventurado árbitro que está en el estadio y no se ha enterado el pobre. Pero la FIFA se niega a utilizar las cámaras en los partidos. Será por guardar la intimidad de los jugadores, como sigue ocurriendo en los lugares públicos con la cámaras de seguridad. Así el sevillista Luis Fabiano puede marcar un gol al estilo Henry, tras darle dos veces con el brazo. Y al torpe del árbitro no se le ocurre otra cosa que bromear con él sobre el efecto óptico que hacía pensar que le había dado en el brazo. Ingenuo. Ingenuo por partida doble, porque el mismo árbitro, francés por más señas, cuando se tragó el teatro de Keita por una supuesta agresión de Kaká y expulsó injustamente al jugador del Real Madrid. Como en la vida, en el fútbol muchas veces el pillo se sale con la suya.

He oído la semana pasada a Manuel Pimentel, citando a Greenspan, que en economía se pasa de la euforia a la depresión sin solución de continuidad. Como en el fútbol: España iba a ganar el Mundial, entró en depresión tras la derrota contra Suiza y en los dos últimos días se han poblado los balcones de banderas rojas y amarillas con el escudo constitucional, con el toro de Osborne o lisas. Estamos otra vez enchufados. Este país necesita como el comer un bálsamo de Fierabrás que le cure todos sus males anímicos. Y ninguna medicina colectiva mejor que el fútbol, que además aprieta la frágil cohesión nacional. A falta de pan, buenas son tortas.

Se acabaron las candilejas

Ignacio Martínez | 19 de junio de 2010 a las 9:49

Termina con más pena que gloria la presidencia española de la Unión Europea. El país que en septiembre de 2007 jugaba la Champions de la economía mundial, era el equipo que más partidos ganaba, el más goleador y el menos goleado, en frase desafortunada del presidente del Gobierno, acaba su semestre de liderazgo comunitario recibiendo goles de los mercados, de los socios europeos, de la prensa o de la oposición. La comparación con el Mundial de Sudáfrica está tirada: el problema no es tanto el mal resultado como las expectativas superlativas. Nos comíamos el mundo y nos salió la apuesta fatal. Iba a ser un acontecimiento planetario, la coincidencia de dos presidencias progresistas a ambos lados del Atlántico, en frase infeliz de la número tres del PSOE, pero Obama ni siquiera se molestó en venir a Madrid para una cumbre entre Estados Unidos y la Unión Europea programada en el mes de mayo, y anulada por incomparecencia del americano. Más que nada, porque le aburre la afición de los europeos a las reuniones retóricas sin contenido real.

El semestre lo empezamos muy futbolístico. Los equipos de Primera División saltaron al campo con la bandera azul de doce estrellas amarillas y sonó el Himno a la Alegría en los estadios de toda España. Se hicieron anuncios grandilocuentes, toda reunión informal de ministros, de no importa qué ramo, era una cumbre europea… En fin, se nos fue la mano con el envoltorio, pero dentro hubo poca cosa. A la auténtica cumbre celebrada en suelo andaluz, con Marruecos en Granada, no vino el rey alauita; la cumbre euromediterránea de Barcelona hubo que anularla. Y buena parte del periodo presidencial lo empleó Zapatero en defender de los mercados o los especuladores, con desigual fortuna, el prestigio de la banca y la deuda soberana nacional.

Ahora entra al relevo Bélgica. Los agoreros dicen que con la crisis institucional que vive el pequeño reino belga ¡a ver cómo se puede hacer una presidencia europea! Un espectáculo a la española, desde luego que no. Pero los belgas lo harán bien, como siempre. Sin himnos ni banderas en los campos de fútbol, sin pretensiones planetarias. Haya el gobierno que sea en el país, los altos funcionarios cogerán cada dossier que se encuentre sobre la mesa y buscarán consensos para que se apruebe. Y dejarán, como de costumbre, la mesa bastante limpia de asuntos pendientes. Serán buenos administradores de los intereses comunes. Que es de lo que se trata.

No se termina el mundo porque la presidencia europea se haya quedado en nada. E incluso puede ser una buena enseñanza para el futuro, para esto y para cualquier otra cosa: con trabajo, austeridad y humildad se llega más lejos. Pero ¿creen que hemos aprendido algo? Moratinos ha dicho que se ha cumplido el 100% de los objetivos españoles. Patético.

Ahora se acabaron las candilejas. Ya sólo nos espera antes de las vacaciones de agosto el cambio de Gobierno.