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Delicioso suicidio en grupo

Ignacio Martínez | 12 de octubre de 2011 a las 11:11

Presionados por la imagen pésima que tiene de ellos la opinión pública, las protestas de los jóvenes del 15 M y la feria electoral, los políticos han decidido ofrecernos un espectáculo nuevo: un delicioso suicidio en grupo. Título, por cierto, de una novela del finlandés Arto Paasilinna, recomendable si quieren pasar un buen rato. Sin embargo, la autodestrucción de nuestros próceres no es auténtica. Sino una manera de flagelarse en público a ver si les cogemos cariño. Ejemplo práctico, Rubalcaba. Dice muy serio: un político, un cargo, una retribución.

Bonito, pero falso. Zapatero llegó hace once años a la secretaría general de los socialistas con una canción parecida cuya letra se parecía, primarias, limitación de mandatos, no acumulación de cargos. La práctica ha sido otra cosa. Algunos de los más significados zapateristas andaluces solaparon cargos de todas clases. Marisa Bustinduy fue secretaria general del PSOE en Málaga, portavoz de su partido en el Ayuntamiento de la capital, vicepresidenta de la Diputación y miembro de la ejecutiva del consejo de administración de Unicaja, todo al mismo tiempo. El alcalde de Alcalá de Guadaíra, Antonio Gutiérrez Limones, ha sido senador y portavoz adjunto de su grupo en Madrid. Y repite como candidato al Senado.

En el otro campo, Esteban González Pons, el hombre que asombró a la afición cuando dijo que aspiraba a crear tres millones y medio de empleos en la próxima legislatura, ha vuelto a sacar la varita mágica. En esta ocasión a modo de látigo contra la clase política: como somos malos, al menos vamos a ser menos. Y le ha metido su aspiradora al número de diputados. Quiere quitar cincuenta. Entre el PSOE y el PP tienen ahora 323 escaños. Si se redujera el número de diputados sin cambiar la ley electoral salvarían el escaño unos poquitos diputados de CiU, PNV y Amaiur (la nueva marca batasuna), y desaparecerían Esquerra, Bloque, IU, NaBai, UpyD, Coalición Canaria y todas las minorías. Gran jugada, ¡más bipartidismo!

Esta propuesta de Pons va en la misma línea de otras similares, como recortar los sueldos de los políticos, sobre la que hay una enorme hipocresía. A la actividad pública se deben dedicar los mejores y habría que pagarles bien. Estamos en un círculo vicioso en el que cada vez se dedica a la política gente con menos currículo, que no complace a la sociedad y el remedio no es bajarle los ingresos, sino subir su cualificación. Nos libraríamos de jovencitos sin oficio ni beneficio en puestos destacados, y personas de toda edad y género, sin ninguna experiencia laboral, ni por cuenta ajena, ni por cuenta propia, salvo un largo meritoriaje como funcionarios de sus partidos. Antes que quitar cincuenta diputados al Congreso, sería mejor eliminar entero el Senado, que son 260 escaños. Eso sí que sería un delicioso suicidio en grupo. Y un ahorro curioso.

Belleza en siete días

Ignacio Martínez | 10 de septiembre de 2011 a las 10:01

La demagogia no descansa. Como en un viejo anuncio de televisión, González Pons embadurna la ajada piel de toro con un ungüento suave, fresco y agradable, la creación de tres millones y medio de empleos. ¡Fantástico! El portavoz del PP es hombre elocuente. Pero se gusta demasiado y comete excesos imprudentes como el del miércoles. Le pidieron que concretase la idea de Montoro de bajar los impuestos a los emprendedores y se sacó de la manga la creación de un millón de empresas y millones de puestos de trabajo.

Como el farol era de campeonato, tuvo que desdecirse: no hablaba de una promesa sino de una aspiración. Y tanto. Para crear un millón de empresas en España habría que fundar 150.000 en Andalucía. Y cuando la economía y la burbuja inmobiliaria iban como un cañón, en los locos años 2000, se creaban unas 20.000 al año en esta región. Harían falta ocho años de crecimientos como aquellos para cumplir con las aspiraciones del político valenciano. Se antoja muy difícil.

En todo caso, vuelven las modas. Las artículos de belleza de los 60, el pantalón campana de los 70 y los modelos conservadores de recuperación de la economía de los 80. La moda, como la materia, ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. En los 60, hermosas actrices de Hollywood anunciaban en televisión el jabón Lux. Según su eslogan, era el que usaban de nueve de cada diez estrellas de cine. Entonces el discreto actor de cine Ronald Reagan se convirtió en gobernador de California; iniciaba una carrera que le llevaría a la Casa Blanca. También en aquel tiempo se hizo famoso el spot del plan Pond’s de belleza en siete días. La marca neoyorkina popularizó su crema con la promesa de un cutis suave, fresco y agradable. Aquel anuncio de Pond’s es del año en que nació Pons, a quien la inspiración le viene de cuna.

En los 80, Thatcher en el Reino Unido y Reagan en Estados Unidos pusieron en marcha programas económicos, que inspiraron a Aznar en la España en los 90 y están en el recetario básico que se dispone a aplicar el PP: 1. Se reduce el gasto público y se deja margen al sector privado para que genere actividad, crecimiento y empleo. 2. La disciplina fiscal impresiona a los mercados, que bajan los tipos. 3. Se bajan los impuestos. Y 4. La reducción del consumo interno se compensa con las exportaciones. Estas fórmulas tuvieron éxito en épocas de expansión de la economía mundial, pero no está tan claro que funcionen en un periodo de contracción generalizada. Y más cuando se ralentiza el auge de los países emergentes, el crecimiento de occidente es lento, la deuda acumulada enorme y la solvencia de los bancos dudosa.

Y mientras, hay modas que no pasan: nueve de cada diez políticos van a gastar dosis masivas de demagogia hasta las elecciones andaluzas. La belleza en siete días de Pons es sólo una ilusión. Resignación.

Sobran funcionarios

Ignacio Martínez | 15 de enero de 2011 a las 15:12

El presidente Aznar es un hombre impagable. Bueno, hay quien puede pagarle una tarifa de 30.000 euros por sus conferencias internacionales. Cinco millones de pesetas por sesión, que ya está bien. Pero es impagable en su diligencia para construir titulares. Una conferencia de Aznar o de cualquier personalidad debería tener un buen suplemento por cada titular rutilante. Así nos ahorraríamos conferencias aburridísimas como la de algún premio Nobel de Economía en la CEA.

Ayer en León el ex presidente ha dado un titular estupendo. España no puede sostener 17 autonomías. Que no puede pagarlas, vamos. Una valiente afirmación a la que Aznar añade un desliz: dijo que el Estado es marginal, olvidando sin duda que tan estado son ayuntamientos, diputaciones y autonomías, como la administración central. Seguramente se refería a la Administración General del Estado, el aparato que está bajo el control del Gobierno central. A mediodía cuando apareció en la televisión esta afirmación de Aznar uno se preguntaba si estábamos ante una opinión personal o era la doctrina oficial del PP. Por la tarde, un teletipo de Europa Press nos sacaba de dudas. González Pons en Menorca decía algo parecido: es inaplazable actualizar la organización territorial de España, hay que racionalizar el coste y la gestión porque las autonomías tienen un sobrecoste de 26.000 millones de euros.

Son de agradecer estas manifestaciones. Falta por añadir, cuántos trabajadores públicos de todas clases nos sobran. No es un asunto baladí. Hay miles de funcionarios de la Junta de Andalucía en pie de guerra contra un decreto de reordenación del sector público que tenía el defecto de reducir sólo 180 altos cargos y producir un escaso ahorro de 118 millones. Pero sobrar lo que se dice sobrar, sobran funcionarios en ayuntamientos como los de Los Barrios o Marbella, por citar sólo dos; en todas las diputaciones, que deberían haberse fusionado con la administración periférica de la Junta; sobran trabajadores en las empresas públicas de Junta y ayuntamientos y sobran funcionarios en el Gobierno regional.

Creo que Javier Arenas debería explicar cómo se combina su aplauso a los funcionarios contestatarios y el ahorro de 4.700 millones al año que le tocarían a Andalucía en el plan de recorte de González Pons. Ese es el salario anual de 100.000 personas. ¿Está eso en la agenda oculta popular? No es descabellado pensar que después del durísimo ajuste de empleo en el sector privado que ya se ha producido, haya un recorte moderado del empleo público. Aznar sostiene que España no puede pagarlo y González Pons ha tasado el recorte. ¿Pasar de 600.000 a 500.000 los puestos de funcionarios y trabajadores de todas las administraciones públicas andaluzas sería posible? Ese es un buen debate, pero nadie tendrá el valor de afrontarlo.

González Pons se fuma un puro

Ignacio Martínez | 27 de diciembre de 2010 a las 15:52

González Pons llega a aburrirme. Está el hombre empeñado en que haya elecciones anticipadas. Más que nada porque su partido las ganaría. Y tienen prisa para que las haya y ganarlas, antes de que se nos ocurra preguntarles qué harían en tal caso. Resulta que el rey sale en Nochebuena y reclama la unidad de todos los españoles para afrontar las reformas necesarias para salir de la crisis. Y va el buen hombre y dice al día siguiente que sí, que bueno, pero que esas reformas deben responder a un plan meditado, pensado y no improvisado. O sea, que no. Que como el adversario improvisa, que de unidad nada de nada. Que los socialistas se quemen con las pensiones, reduciendo el sueldo a los funcionarios y demás. Y un día más tarde, sostiene que lo que el pueblo reclama, dadas las circunstancias, son elecciones anticipadas. Total, que González Pons se ha fumado un puro con el discurso real en dos tiempos.

Este dirigente valenciano del PP intenta imitar el estilo malévolo, irónico, sagaz de Rubalcaba. Pero no le sale, al pobre. Es mejor que Cospedal, que no es mucho decir, pero está por debajo de los habituales portavoces populares en Andalucía. Su discurso, tan frío y tan ñoño, está a años luz de la capacidad de un Arenas, pero incluso resulta menos eficaz que el estilo directo, aunque bronco, de Antonio Sanz. Hasta prefiero a Esperanza Oña, que lamentablemente camufla su talento detrás de un lenguaje duro e inflexible.

En fin, ya sabemos que la unidad entre populares y socialistas se queda para la literatura de los discursos reales. No hay voluntad. El argumento esgrimido ayer por el ínclito González Pons para reclamar elecciones, porque hay una emergencia nacional, es justamente el mismo que invita al rey a reclamar unidad contra la crisis. El sentido común sugiere que si hay una emergencia no se puede dejar el puesto de mando libre durante tres meses. Los dos de plazo legal para convocar elecciones y el tercero para formar las cámaras y elegir presidente. Pero nada, con cualquier excusa sale el caballero imitador de Rubalcaba y nos convida a elecciones.

Ayer se superó y aconsejó que se celebren las generales antes de municipales y autonómicas, para evitar que los españoles castiguen a los alcaldes y presidentes autonómicos socialistas. Una manera caritativa de alentar la rebelión en las filas adversarias. Zapatero, entre tanto, ha comunicado a su equipo que ni dimite ni adelanta elecciones. Y mientras los capuletos y montescos de nuestra política patria reinterpretan el duelo a garrotazos de Goya, Mas ofrece la Consejería de Cultura de la Generalitat a un prestigioso socialista exconcejal de Barcelona y exconsejero del ramo con Maragall. Los catalanes, como siempre, por delante de los demás.

Se acabó el verano

Ignacio Martínez | 23 de agosto de 2009 a las 12:03

El Gobierno tiene lo que Boris Izaguirre llamaría un momento progresista. El jueves el vicesecretario general del PSOE anunció una subida de impuestos. La filosofía de la medida es impecable: de los que más tienen para los que más necesitan. Pero esto significa, en la práctica, que los que tienen nóminas más altas van a pagar más a Hacienda, para compensar un déficit público galopante, que este año rondará el 10% del PIB nacional. Un gasto excesivo provocado por el aumento del paro, pero también por administraciones públicas sobredimensionadas, alguna de las cuales ha dejado de tener sentido hace tiempo, aunque no para de crecer en personal y presupuesto. Un ejemplo fácil, las ocho diputaciones andaluzas le cuestan todos los años a los contribuyentes unos 1.700 millones de euros, diez veces más que hace 20 años.

El dinero que ahora el Gobierno pedirá a la clase media y media alta, unos 9.000 millones de euros, lo tendría ya en las arcas del Estado con creces si no hubiese arbitrado medidas oportunistas en momentos liberales: como un cheque bebé de 2.500 euros para todos los hijos, tanto los de familias muy pudientes como los de las muy necesitadas, o la devolución de 400 euros a todos los contribuyentes, ya fueran ricos o pobres. Dos frivolidades que disgustaron al entonces vicepresidente Solbes y salieron de la chistera electoral, en aquella época feliz en la que la crisis era un invento de una oposición antipatriota. ¿Se acuerdan? Parece que fue ayer.

El lado bueno de la declaración de José Blanco es que ha acabado con el culebrón del verano, lanzado y alimentado por los juniors del PP: ya saben, la tontuna de que España es un estado policial. Junior no sólo es un concepto generacional o una categoría orgánica, también es un signo de escasa autoridad. Ana Mato tendrá muchos trienios, pero cuando dice que “toda España” sabe que hay escuchas telefónicas ilegales se le nota demasiado que no se lo cree ni ella misma. Ahora Blanco ha situado el debate político en la cruda realidad de la crisis, al poner sobre la mesa un asunto serio de verdad para el conjunto de la nación. Los casos de corrupción que le llueven al PP también son preocupantes, pero no se resuelven con la cortina de humo de que España está en el mismo club de estados policiales como Cuba, Venezuela, China, Irán, Corea del Norte o Birmania. Nos quejamos de la bisoñez de Aido o Pajín, pero Cospedal, Mato o González Pons, con más edad, juegan la misma liga.

El fondo de la declaración de Blanco es largo y ancho. Para empezar, los ricos no tributan por el impuesto de la renta de las personas físicas. Tienen sociedades de cartera con privilegios fiscales y equipos de asesores para que la rentabilidad de su patrimonio sea afectada lo menos posible por el Fisco. A quienes el Gobierno les va a meter un mordisco en su renta no es a esos ricos, ni a los profesionales liberales que declaran sólo una parte de sus ingresos, o tienen sociedades unipersonales para tributar a un tipo muy inferior al del IRPF, sino a la clase media que tiene una nómina con más de 60.000 euros de ingresos; un 4% de los contribuyentes. Como todas las medidas son electorales, digamos el Gobierno corre pocos riesgos con esta medida, cuya aparición en escena ha acabado con las vacaciones políticas.

Estados policiales V: China

Ignacio Martínez | 17 de agosto de 2009 a las 11:14

 

En Birmania hay 2.100 presos políticos. La más famosa de todos ellos es la Premio Nobel de la Paz Suu Kyi a quien hace una semana el régimen militar que gobierna este país asiático desde 1962 ha condenado a año y medio de reclusión domiciliaria, lo que supone que no podrá ser candidata en unas supuestas elecciones libres que dice la dictadura que habrá en 2010. A China le parece bien. Tanto que piensa vetar cualquier resolución que condene o sancione a Birmania en Naciones Unidas. Su argumento es que “la sociedad internacional debe respetar plenamente la soberanía judicial de Birmania”, en beneficio de la estabilidad regional. China, como Birmania, son dictaduras y estados policiales. Ignoro si Arenas, Cospedal, Camps, Aguirre, Rajoy, Mayor Oreja, González Pons y compañía son capaces de encontrar alguna diferencia con la España actual. Es un escándalo que un partido de gobierno como el PP, con dirigentes acusados de corrupción, pretenda incendiar el sistema político español para taparse.

Besos y juegos de palabras

Ignacio Martínez | 7 de mayo de 2008 a las 14:49

Desde ayer hay oficialmente 2.338.517 parados en España. Muchos. Tantos, que Miki&Duarte han introducido la palabra crisis en el lenguaje oficial: ¿Recuerdan el chiste? Zapatero, en la cama, le cuenta a Sonsoles que Solbes tiene un plan estupendo contra la crisis; ella le hace ver que ha dicho crisis, y él tan campante le responde que ya se puede decir crisis, que ahora lo que no se puede decir es trasvase. Durante la campaña electoral los dirigentes socialistas insistieron machaconamente en que no había crisis sino desaceleración de la economía. Un juego de palabras. Ahora, el vicepresidente Solbes afirma que el deterioro del empleo “se está acelerando”. Otro juego malabar, que significa que lo que viene es peor de lo que tenemos. En el último año, el paro ha crecido un 15% en total; un 30 entre los hombres y un 60 entre los inmigrantes. Abróchense los cinturones.

Los eufemismos para nombrar las cosas son universales: Esteban González Pons, la estrella en alza del PP, dijo el otro día que en su partido “no hay crisis, sino una desaceleración”. Ingenioso. Pons está destinado quizá a sustituir como secretario general a Ángel Acebes. Se marcha a segunda fila el último ministro del Interior de Aznar, el hombre que dirigía los servicios de seguridad del Estado el día que unos canallas, fanáticos islamistas, pusieron 10 bombas en cuatro trenes de cercanías de Madrid, y mataron a 192 personas e hirieron a 1.427. Nadie culpa a Acebes de negligencia por no haber evitado el atentado, pero son muchos los españoles que piensan que el ministro les intentó tomar el pelo entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, con la pretensión de que pensaran que los autores del atentado eran etarras y no yihadistas. Ese es su estigma.

Acebes es una persona querida por los militantes del PP, pero quien más le ha llorado en público ha sido Esperanza Aguirre, uno de los dos ministros de Aznar con poder institucional, el otro es el alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio. Con mando en plaza quedan otros dos: los presidentes nacional y andaluz del PP, Mariano Rajoy y Javier Arenas. Aguirre también hizo mejor que nadie el duelo por la marcha de Zaplana. Y me encantó su beso a Rajoy en los actos del 2 de mayo, con toda la prensa pendiente. En ese beso no hubo ni física ni química, pero sí mucho arte. No fue un beso de esos que se daban en la boca, con la labios apretados, los camaradas comunistas, como aquel de Gorbachov y Honecker en octubre de 1989 poco antes de que cayera el muro de Berlín. El de Rajoy y Aguirre fue un beso de los que no tienen lugar, en el que los interesados juntan los pómulos, pero dejan su boca al aire. No fue, sin duda, un beso de Hollywood, de esos en los que se inclina al otro hacia atrás, como invitándolo a estar más cómodo. Pero fue un beso cinematográfico, de ficción. Un juego.