Archivos para el tag ‘Guardiola’

Guardiola, algo más que un entrenador

Ignacio Martínez | 28 de abril de 2012 a las 14:12

Me quito el sombrero por Pep Guardiola. Un tipo elegante dentro y fuera del terreno de juego. En el banquillo y en la sala de prensa. Vaya por delante que un servidor es bético. O sea, que en la eterna pugna entre Madrid y Barça he sido neutral toda mi vida. Hasta ahora. Resulta que han coincidido en el tiempo dos entrenadores en los dos principales clubes de España, uno un hombre educado y el otro un soberbio grosero. Uno al que le gusta el fútbol creativo y el otro un genio de las victorias tácticas, aun a costa de sacrificar la enorme categoría de su plantilla.

Dicen en Barcelona que el Barça es más que un club. Estoy en desacuerdo, porque no es exclusivo. Casi todos los equipos que conozco son algo más que un club, tienen una idiosincrasia y una identidad por encima de personas y coyunturas. El grito del orgullo bético, manque pierda, es un buen ejemplo, sin ir más lejos. Pero en Barcelona lo dicen porque pretenden que el club representa la nacionalidad catalana. El ex presidente Laporta llevó eso al paroxismo y hasta insultó al entonces presidente de Extremadura, reconocido culé, cuando Fernández Vara se lo reprochó. Pero en esta vida se cambia de nacionalidad, o de pareja, o de vivienda, o de empleo, o de oficio, incluso de amigos, pero nadie que yo conozca ha cambiado de club de fútbol.

Pep Guardiola, por el contrario, sí que es algo más que un entrenador y eso lo hace particularmente singular. El fútbol total, todos al ataque y todos defendiendo, la solidaridad en el campo de sus hombres, como un equipo, sin vedetismos. La elegancia en la victoria y la humildad en la derrota. Y encima enfrente ha tenido a la otra cara de la moneda. Un entrenador que cuando gana es el mejor del mundo y cuando pierde es culpa del árbitro, del rival que simula las faltas, del calendario, de algún jugador propio que señala con el dedo, del director general de su club. De cualquiera menos suya. Si pierde no habla con los periodistas, no felicita al ganador, se indigna con el mundo.

Hay quien quiere descalificar a Mourinho con un argumento xenófobo. “Y encima es portugués”. Pero no, qué va. Lo peor de Mou es que se comporta como los políticos de los dos grandes partidos nacionales. Practica un cainismo típicamente hispano, que mucha gente detesta. En contraposición, echaremos de menos a Guardiola todos los aficionados al fútbol. Inolvidable por tantos motivos. El elogio al adversario, la caballerosidad, el respeto. Saber ganar, saber perder. Esas cualidades que faltan en la vida pública española y que cuando se encuentran resultan tan estimulantes. Se retira de momento uno de los sujetos más valiosos de este país. Un ejemplo de muchas virtudes cívicas. Y un servidor se quita el sombrero.

Etiquetas: ,

La terapia de Mourinho

Ignacio Martínez | 1 de mayo de 2011 a las 11:27

En la semana del millón doscientos mil parados en Andalucía, de la boda global, del partido del siglo. Mourinho nos salva de la monotonía depresiva de la crisis. Este país ya tiene otro motivo de queja. Un motivo que pertenece al género de ficción, porque este portugués es un actor que hace de malo. En un culebrón no tendría precio, pero a la reputación del Madrid le hace un roto. La protesta es generalizada. Un amigo madridista me confiesa que le pone de los nervios y otro amigo bético, y por tanto estoico, lamenta que haya arrastrado a Guardiola a su estilo tremendista en la rueda de prensa previa al partido del Bernabéu.

Leo en un chat de internet que el Madrid-Barcelona del miércoles fue como el Holanda-España. Ganó España y Holanda se quejó del árbitro. Aunque el alemán le sacara a Pepe una roja en vez de una amarilla, el equipo blanco jugó tan sucio y tan feo que dio una penosa imagen. Leo también que el vestuario del Madrid cuestiona a su entrenador. Ya era hora; están haciendo el ridículo pisando tobillos, jugadores que están entre los mejores del mundo. La cuestión es por qué un hombre con tanta personalidad y sabiduría para los negocios como Florentino Pérez deja a su club en manos de un personaje así. La respuesta debe ser simple; por un título, lo que sea. El fin justifica los medios.

A Mourinho no le gustaba Valdano, un caballero dentro y fuera del campo. Y Pérez lo quitó de en medio: ni viaja con el equipo, ni entra en el vestuario. El malo de esta película se permite no acudir a las ruedas de prensa y como los periodistas se marchan, al día siguiente los provoca. No contesta a las preguntas con un argumento inquietante. Si ellos no preguntan a Karanka, él sólo habla con directores. De número uno a número uno; no deja papel alguno para el presidente. Pero Florentino no será la principal víctima de la terapia de Mourinho. Al fin y al cabo se lo merece. Lo peor de esta batalla de gladiadores es que va a romper a la selección nacional. Después de tanta violencia, simulación y denuncias, difícilmente volverá a ser un grupo de jóvenes bien avenidos. El fenómeno Mourinho es pasajero. Sus secuelas durarán.

Arbeloa. Y Mayor Oreja

Ignacio Martínez | 23 de abril de 2011 a las 19:28

Esta es una de las mejores crónicas de la final de Copa que he leído. La publica hoy tardíamente José Mari Izquierdo en El País. Y la copio a continuación: 

Álvaro Arbeloa, salmantino, 28 años, defensa derecho del Real Madrid, representó el miércoles pasado, en el partido de la final de la Copa del Rey frente al FC Barcelona, el más llamativo aspecto del villano, ése que con tanto empeño persigue como referente, honra y prez de su concepción del fútbol, y me temo que de la vida, ese personaje abyecto que es José Mourinho, portugués de Setúbal. Con las cámaras de televisión teledirigidas a los pies de Arbeloa, se vio a la perfección cómo este agradable muchacho, de aspecto distinguido y maneras educadas, hundía con saña, a la vez que disimulaba con alevosía, los tacos de su bota en la pierna de David Villa, 29 años, para más deshonra compañero suyo en la selección nacional. ¿Obnubilación? En la segunda parte, en la línea de banda que le correspondía por alineación, golpeó en la pierna, al descubierto, al brasileño Adriano que, asombrado, vio cómo el joven Arbeloa, ya hemos dicho que distinguido y educado, subía a continuación la pierna y le propinaba una ominosa patada en salvas sean las partes. De nuevo, la televisión nos mostró la cara del agresor -“esto es la guerra”, decía- y la del agredido, que apenas si podía salir del asombro que le causó el comportamiento de su contrincante.

Podríamos señalar, por el contrario, cómo el malencarado Javier Mascherano, 27 años, navajero de pro como mandan los cánones en cualquier mediocampista argentino, que ha dejado la muesca de sus tacos en media Liga inglesa, hizo en todo el partido del miércoles, 120 minutos, ¡una sola falta!, y eso que jugó de defensa central, el puesto más proclive a rebañar tibias, tobillos y lo que se tercie, como bien saben y todo el mundo reconoce, excepto los árbitros, Pepe o Sergio Ramos. Lo demagógico sería decir que un joven de buena familia y mejores sentimientos se convierte en un émulo de Hannibal Lecter porque tiene al auténtico Hannibal Lecter de entrenador, guarda de la jaula y sicólogo conductista. Alguien que le inocula ánimo de victoria, dice Lucifer, aires sanguinarios dice cualquiera con dos dedos de frente. Por contra, el sicario Mascherano, dientes y tacos afilados, se mueve desde que llegó al equipo donde ahora milita en un entorno más civilizado, donde se hacen faltas, claro, y en ocasiones horrorosas, pero que no se jalean con grandes alharacas por el jefe de la cuadrilla de la porra como demostraciones de hombría y valor. ¿Demagógico? Cierto, por lo menos, ya es.

¿Es Mourinho, ese tipo despreciable que corrompe todo lo que toca, desde el fútbol ‘a la italiana’ a las reacciones descontroladas de los jugadores, desde el sentido del deporte al victimismo ridículo, de la actitud chulesca e intimidante con los árbitros a las relaciones con la prensa, a la que humilla y degrada? Tal que Jaime Mayor Oreja con sus toneladas de despreciable basura en los volquetes que llena para descargarlos en los alrededores del ministro del Interior y, por extensión, en los del Gobierno en pleno. Recluido ya en los medios de extrema derecha, el exministro del Interior, tan demócrata y tan cristiano, no tiene el menor empacho en utilizar el terrorismo como arma de destrucción del enemigo. Que para él no hay adversarios.

Y si en ambos casos los ejecutores del tajo y la bazofia son quienes hemos citado con nombre y apellido, qué duda cabe, muchos les acompañan en la complacencia del silencio, cuando menos, o del apoyo más o menos directo cuando más. Florentino Pérez, Jorge Valdano o los jugadores que no recriminan a Pepe la entrada alevosa a Messi deben llevarse la parte alícuota de la vergüenza. Como Mariano Rajoy o Dolores de Cospedal, tan contentos y sonrientes de que sus licántropos les hagan el juego sucio mientras ellos fungen, o lo intentan, que ya no cuela, de amigables centristas.

Cómplice, RAE: “Participante o asociado en crimen o culpa imputable a dos o más personas”.

Etiquetas: ,

Marqueses

Ignacio Martínez | 5 de febrero de 2011 a las 16:32

Ya no se puede decir modernamente eso de ¡vives como un marqués! En primer lugar, porque hay marqueses muy tiesos. Tan arruinados, que ya lo estaban en esa época cercana en la que todos los españoles nos creímos ricos, antes de que la crisis nos pusiera en nuestro sitio. Pero es que además el jefe de la cosa aristocrática, que es mismamente el Rey, nos sorprendió ayer con unos nombramientos que desmienten ese comentario popular, que identifica el marquesado con la buena vida y la holganza. Vargas Llosa, Del Bosque, Villar Mir y Menéndez son hombres que han trabajado muy duramente para triunfar en la vida. Y ¡vive dios que han triunfado! Ninguno de ellos tiene problemas de tesorería, en esta España sometida a una severa dieta de austeridad por el directorio europeo.

Complace ver a un escritor de la talla de Vargas Llosa con su Nobel reciente, elevado a la categoría de aristócrata moderno y nacional; es español de nacionalidad desde 1993. Disfrutó del Madrid de finales de los 50, con una beca de doctorado en la Universidad Complutense y sostiene que se hizo escritor en la Barcelona de los primeros años 70, en una ciudad bella, culta y divertida, a pesar del franquismo, en la que vivió cuatro años. Villar Mir y Menéndez tienen en común haber sido ministros tras la muerte de Franco. El empresario como ministro de Hacienda en el primer Gobierno de la monarquía, en la prórroga de Arias Navarro, junto a pesos pesados como Fraga o Areilza. Y el segundo en el primer Gabinete de Suárez, el de los penenes, aunque este catedrático de Derecho Mercantil ya frisaba los 50 años por entonces.

Hay otras coincidencias en este elenco de nuevos marqueses. Por ejemplo, el indiscutible madridismo de dos de los distinguidos. Villar Mir intentó sin éxito llegar a la presidencia del Real Madrid cuando Florentino Pérez dio la espantada en 2006. Y Vicente del Bosque fue jugador del Madrid durante once temporadas, en las que ganó cinco Ligas y cuatro Copas. Y como entrenador del mismo club ganó dos Champions y dos Ligas. Lo echó Florentino, que no es hombre con buen ojo para los marqueses modernos. Mayormente porque a su ojito derecho actual, José Mourinho, no se le ven muchas posibilidades de conseguir semejante título nobiliario, por muchos títulos deportivos que logre.

Del Bosque es un hombre noble de natural, sin necesidad que lo diga el Boletín Oficial. Es de esos deportistas a los que da gloria oír, por su humildad y consideración con los contrarios. Como Guardiola, como Nadal. Lejos de la arrogancia, soberbia y mal humor de niño consentido de Mourinho. Lo de Del Bosque seguro que ha caído bien a la generalidad de los españoles. Este marqués es un ejemplo de caballerosidad, serenidad y confianza. El tipo de liderazgo que hace falta en los turbulentos tiempos que corren. Y no sólo en el fútbol.

El síndrome de la ‘Champions’

Ignacio Martínez | 1 de diciembre de 2010 a las 15:00

Malos tiempos para la soberbia de los campeones de la Champions. A José Mourinho, entrenador portugués del Real Madrid, doble campeón de Europa, hombre enormemente pagado de sí mismo, le dio por despreciar a un modesto colega español, el entrenador del Sporting de Gijón Manuel Preciado, porque había “regalado” su partido en el Camp Nou, al no poner su mejor alineación. Tanto se lo reprochó, que Preciado le acabó llamando canalla y mal compañero. Ambos están sometidos ahora a un procedimiento de sanción solicitado a la Federación por la Comisión estatal contra la violencia en el deporte. ¿Saben ustedes por cuánto perdió el Sporting en el campo del Barcelona el 22 de septiembre? Por uno a cero. Menos mal que Mourinho jugó contra el eterno rival con ánimo de no regalar el partido…

La soberbia es mala compañera en el deporte como en la vida corriente. Nadal nos da un ejemplo de deportividad cada vez que gana y otro cada vez que pierde. Respeto por el rival, elogios a su juego, crítica de los errores propios… Guardiola es otro caso parecido. Estos deportistas animan el civismo de sus seguidores. La actitud contraria fomenta el fanatismo y la violencia. Vale el argumento para la política. Dicen que Artur Mas se ha hecho más humilde después de quedar como el candidato más votado en dos ocasiones y no conseguir gobernar. El domingo, cuando celebraba su victoria, dijo algo muy sensato que corrobora esa idea: “Estamos orgullosos de la victoria, pero no presumimos de ella. Nos sentimos servidores de Cataluña, no sus salvadores”.

A otro ex campeón de la Champions le va fatal. El presidente Zapatero proclamó de manera irresponsable en septiembre de 2007, cuando ya había estallado la burbuja inmobiliaria americana, que España jugaba la Champions League de la economía mundial: era la que más partidos ganaba, la que más goles metía y la menos goleada. Y el que más partidos gana, más goles mete y menos goles recibe, es el campeón. Decía el presidente que este país estaba más preparado que nunca ante una posible recesión, por la fortaleza de su economía, el dinamismo de la inversión, la solvencia de las empresas, la eficiencia de su sistema financiero y la acumulación de disponibilidades de las familias… Hay actuaciones en la vida que uno daría cualquier cosa por poder borrar. Y aquella no fue sólo una frase, sino una terca actitud de meses y años.

Ahora ha rectificado, pero quizá sin tiempo para reponerse. A menos que en el campo contrario le ayuden. Ayer Rajoy se tomó el resultado de Cataluña como un éxito de su estrategia de oposición. Dice que va a seguir así. Malo. No es saludable para este país que la alternativa de gobierno no se comprometa a nada, para no cometer errores. Hay soberbias que no son de Champions, pero son de campeonato.

Juntos podemos

Ignacio Martínez | 3 de marzo de 2010 a las 12:53

Adelantándose en un cuarto de siglo al Yes, we can de Obama, el Partido Comunista de Andalucía se presentó a las primeras elecciones autonómicas con el lema Juntos podemos. La frase no estaba pensada para movilizar un país sumido en una dura crisis, sino para insinuarse: los jerarcas del PCA pensaban que como nadie iba a sacar mayoría absoluta, gobernarían Andalucía con el PSOE. Cosa que nunca ocurrió, porque los socialistas sacaron mayorías absolutas al principio, se las aviaron solos con la pinza, consiguieron una alianza barata con los andalucistas más tarde y recuperaron la mayoría absoluta finalmente.

En 1982, la CEA estaba lejos de ser el gigante en el que se ha convertido y todavía más lejos de llevarse tan bien como se lleva en la actualidad con el poder socialista: entonces, la patronal hizo una dura campaña netamente política, en la que un gusano comunista se comía la manzana socialista. El tiempo, el sentido común y la caída del Muro de Berlín conjuraron los miedos al peligro rojo, y ahora resulta que los comunistas tienen menos fuerza, menos militantes y menos líderes destacados, pero se relamen los labios ante la posibilidad de que el PSOE tenga que pasar por su fielato para mantener el poder en 2012.

Hoy día, sin embargo, el lema Juntos podemos podría servir para una campaña ciudadana destinada a darle confianza y seguridad a una sociedad angustiada. A Gómez Navarro, ex ministro de Felipe González y mandamás de las cámaras de comercio, se le ha ocurrido esa idea: es la Fundación Confianza de la que es portavoz junto a Antonio Garrigues Walker, Guillermo de la Dehesa y Miquel Roca i Junyent. Patrocinan el proyecto una veintena de grandes empresas nacionales. Y, a título particular, figura una larga nómina de personajes como Romay, los hermanos Gasol, el doctor Rojas Marcos, Juan José Millás o Ferran Adrià. Incluso han hecho un spot que están pasando por televisión con el lema de Esto sólo lo arreglamos entre todos.

Está muy bien que la sociedad civil se movilice contra la depresión colectiva, ante la ausencia de liderazgo. Yo le pondría Invictus a los líderes políticos nacionales, lo mismo que Guardiola hace ver a sus jugadores reportajes épicos. Mandela demuestra que los líderes tienen que movilizar a su gente, pero a veces deben decirle lo que no quiere oír, e incluso llevarle la contraria. En el acto del Día de Andalucía, el presidente Griñán desaprovechó la ocasión de hacer un gran discurso político. Prefirió la lírica del 28-F, el lamento por el alto índice de paro y una reflexión académica sobre la educación. Él maneja sus tiempos: sostiene que no es el momento de movilizar a su partido, cuando faltan dos años para las elecciones de 2012. Pero los ciudadanos no pueden depender de la conveniencia electoral de nadie. Hace falta alguien que entone un Juntos podemos.

Laporta y el complot judeo masónico nacional

Ignacio Martínez | 2 de febrero de 2010 a las 10:27

Me gusta el Barça de Guardiola. Me encanta. No sólo porque juega mejor al fútbol que nadie en el mundo. También porque prefiero el espíritu de equipo, el esfuerzo colectivo, la ausencia de divismo como valores esenciales para un equipo de fútbol y para cualquier tarea de la vida. Desde luego lo prefiero a la cultura especulativa, la estrategia del pelotazo con la chequera en la mano que significa Florentino Pérez y sus estrellas del Real Madrid. Aunque también me gusta el Madrid cuando juega como el sábado y disfruté con el taconazo de Guti. Yo, como se sabe, soy bético; así que lo mío tiene poco remedio. Tan poco remedio, que también me gustó el taconazo de Navas y el gol de Negredo…

Hecha esta introducción, insisto en que me gusta el Barça de Guardiola. O sea, que no me gusta el Barcelona de Laporta. Y tipo chocante. Si los árbitros le benefician, como pasó el sábado, denunciarlo es una especie complot judeomasónico nacional. Los árbitros casi siempre que tienen dudas pitan a favor del equipo fuerte. Tanto que una vez que le pitaron injustamente a favor una jugada de estas al Sevilla, hace unos años, creo que contra el Recre, un jugador sevillista resolvió la polémica con bastante arte: “hasta en eso se nota que ya somos un equipo grande”.  Lo de Laporta no tiene nombre. Siempre empeñado en que la caverna nacional está intrigando contra él, pobrecito mío. Y todo por el 2 a 6 del Bernabeu. Supongo que incluso gente como yo, que tanto celebramos ese resultado.

Por cierto. Ya que estoy con el fútbol, añadiré que me pareció que Cristiano Ronaldo soltó el brazo contra el jugador del Málaga de manera instintiva, para zafarse del placaje que le estaba haciendo. No sé si es para roja, pero creo que no es para dos partidos. Los árbitros deberían proteger a los Messis y a los Ronaldos de tanto jugador de rugby.  Eso estaría bien.

Y a ver si Laporta se marcha de una vez, se dedica a la política que es lo suyo y nos deja disfrutar del fútbol sin invocar tensiones territoriales. El diputado Laporta no se entera de que el Barça de Guardiola tiene muchos cientos de miles de seguidores en toda España.

Laporta, salvapatria futbolístico

Ignacio Martínez | 6 de enero de 2010 a las 11:11

joan-laporta

 

Sostiene Laporta que el Barça guía la libertad de los pueblos sometidos y que le seduce presentarse a las elecciones catalanas. Los salvapatrias no suelen ser gente fina. Observen, si no, al último arquetipo global de salvapatria, el venezolano Hugo Chávez, un militar golpista que fracasó en su intento de conseguir el poder por las armas en 1992. Elegido en las urnas el 99, se permitió llamar gorilas a los militares golpistas hondureños de 2008. Una tremenda falta de estilo, entre colegas del mismo oficio. Pues bien, dentro de los salvapatrias hay un biotipo particularmente burdo y procaz, que es el salvapatria futbolístico. Se trata de una subespecie populista que intenta sacar rentabilidad material a los éxitos deportivos de su club y a la notoriedad que facilita el cargo. Tenemos cerca algún ejemplar de este género. Sin ir más lejos, el mismo año 92 que Chávez fracasó, Lopera se hizo con la mayoría de las acciones del Betis, por una cifra que se antoja ridícula: cuatro millones de euros. El buen hombre venía a salvar al Betis y ahí lo tiene, a ocho puntos del descenso a Segunda B.

La nueva estrella en tan selecto escenario es el presidente del Fútbol Club Barcelona, Joan Laporta. Acaba de declarar a El Mundo que el Barça más catalanista de toda su historia es también el más universal y que Cataluña necesita un Estado propio. No creo que el Barcelona haya ganado todas las copas del año por ser catalanista. Podría haber dicho que el fútbol de su equipo encarna la elegancia, la técnica, el espíritu de equipo o el esfuerzo. Pero no, el buen hombre prefiere la bandera de los pueblos sometidos. A Laporta se le han subido a la cabeza los éxitos de Guardiola. Que no son exactamente suyos. Sin ir más lejos, votó contra él más del 60% de los 40.000 socios que participaron en el verano de 2008 en una moción de censura para rechazar su gestión. Entonces puso de entrenador a Guardiola, que estuvo con Lluís Bassat, su principal contendiente en 2003. Y a medida que llegaban los títulos de la era Guardiola, aumentaba la jactancia del presidente censurado.

Tanto ha mejorado su autoestima, que Laporta se mira en su espejo y ve a Companys. “No quiero ser un mártir, pero sí un líder”. Aunque al natural, se parece más a Berlusconi o Jesús Gil, presidentes populistas del Milan y el Atlético de Madrid, convertidos en políticos aprovechados. Por cierto, procesados ambos por corrupción en numerosas ocasiones y condenados en varias. Ese es uno de los lados oscuros del populista profesional. Piensa uno, a bote pronto, que un pueblo tan culto y maduro como el catalán no le daría el gobierno a un salvapatria. Pero lo mismo podría pensarse de Italia o Marbella y ya ven los circos que montaron los colegas del mismo oficio que Laporta. Otra cosa diferente sería si Guardiola se presentase a presidente de la Generalitat o del Barça. Un tipo tan serio y juicioso sería difícil de batir.

Falta liderazgo y sociedad civil

Ignacio Martínez | 3 de junio de 2009 a las 7:24

En esta campaña tan sucia, Rajoy ha dicho solemnemente que estamos ante el peor presidente del Gobierno de la democracia. Es posible que don Mariano tenga razón, pero se le olvida lo peor: que estamos también ante el peor jefe de la oposición de la democracia. Ahí está el detalle, que este país está falto de liderazgo por donde quiera que se le mire. Por eso, además de sucia, esta campaña electoral ha sido tan necia. No se ha discutido sobre la ampliación a nuevos países miembros, ni de una política migratoria común, ni del nuevo orden financiero internacional, ni del futuro de nuestra agricultura, ni de una política de seguridad que no sea sólo antiterrorista, ni de las antiguas ambiciones de Maastricht de una política exterior y una defensa colectivas, ni de una nueva agenda que sustituya a la de Lisboa y garantice el estado del bienestar europeo.

Esto del liderazgo es algo inmaterial, difícil de definir. Un líder da confianza y seguridad, estimula la autoestima de los ciudadanos, lanza desafíos a la sociedad, resuelve las tensiones que se originan… No vale cualquiera. Ahí tienen al Barcelona antes y después de la llegada de Guardiola. Eso es un líder. Leo que Lopera está triste, roto de dolor. El hombre no entenderá cómo, con el interés que él ha puesto, las cosas no han funcionado más que un año de los 17 que lleva como dueño de la mayoría de las acciones. Al barco del Betis le falta patrón y el liderazgo no se compra con dinero. Es otra cosa: orden, estabilidad, equipo.

Los liderazgos no son tan importantes cuando hay una potente sociedad civil. Que no es el caso de Andalucía. Hace una semana lo ponía de manifiesto Felipe Benjumea, presidente de Abengoa y primer empresario de la región, en un acto del centenario de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Éstas son algunas de sus ideas: el ensimismamiento y la complacencia son actitudes que conducen a la decadencia. El riesgo es necesario para el éxito. Tenemos generaciones de jóvenes bien formados, capaces de competir en el mundo; pero en la sociedad civil andaluza priman otras cosas. Tenemos que convertir el mundo en nuestra casa, como lo fue en los siglos XVI y el XVII, y convertir nuestras tradiciones en algo que nos arraiga, pero sin que entretenga permanentemente y nos bloquee.

En fin, una sociedad moderna tiene que vivir de su esfuerzo y su capacidad de riesgo, de productos originales que se vendan en los mercados mundiales. Y dado que los dos grandes partidos nos han demostrado en esta campaña que están a lo suyo, es la propia sociedad la que debe generar el espíritu de una nueva economía, que nos haga más fuertes y más desarrollados en el futuro. Ese espíritu es también inmaterial. Es como aquel anuncio de un desodorante: no se notará si usted lo usa, pero sí se notará si no lo usa. Ahora, se nos nota.