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Plagios

Ignacio Martínez | 5 de marzo de 2011 a las 12:45

El ministro de Defensa alemán ha dimitido porque copió tres cuartas partes de su tesis doctoral y le han pillado. Es curioso, pero ni a la canciller Merkel, doctora en Físicas ella misma y su propio marido, ni al común de los ciudadanos de la República Federal le importaba que el barón Von Guttenberg plagiara su tesis. Hasta el punto de que un 80% desea que vuelva a la política el delfín predilecto de la canciller, dirigente de los socialcristianos bávaros. Ha sido la comunidad científica la que ha protagonizado una auténtica revuelta, como explica mi amiga Aurora Mínguez en su blog berlinés. Decenas de miles de doctores se han dirigido indignados a la Cancillería para exigir respeto por la propiedad intelectual y el rango universitario. Un ejemplo para la acomodada parroquia universitaria española.

Lo de copiar aquí es pecado venial, como demostró la infeliz ocurrencia de la Universidad de Sevilla, cuando hace año y medio introdujo en la normativa de evaluación y calificación de asignaturas un nuevo derecho del estudiante: no podría ser expulsado de un examen si lo cogían copiando. Imitar buenas costumbres no es necesariamente malo. Por salir del campo académico, cada vez son más los entrenadores de fútbol que siguen la pauta de señores tan educados como Guardiola o Del Bosque. Otra cosa es Mourinho. El portugués es un plagio absoluto; un sosias de Risto. No Hristo Stoichkov, el búlgaro del dream team de Cruyff, sino de Risto Mejide, el malo del jurado de Operación Triunfo. Mourinho acabará como su referente nacional, expulsado del circo.

Otro plagio futbolístico lo protagoniza el ex director general de Trabajo de la Junta, Javier Guerrero, el tipo en el que el PSOE ha puesto la barrera de las responsabilidades políticas por las irregularidades en los eres. Ha copiado para definir a los parados una genuina expresión lopereta. Para don Manué los aficionados béticos eran criaturitas; para Guerrero los intrusos de los eres son criaturas que están desempleadas. Plagio.

Ya conocen cómo una escritora gallega insiste, con fundamento, en que Camilo José Cela con todo su golpe de premio Nobel, le plagió hace quince años La Cruz de San Andrés, que consiguió el Premio Planeta. Cómo Ana Rosa Quintana para su primera novela, Sabor a hiel, tuvo un colaborador, un negro en el argot editorial, que le jugó una mala pasada copiando literalmente pasajes de Ángeles Mastretta o Danielle Steele. O cómo Julio Iglesias ha tenido que pagar indemnizaciones por el plagio de alguna canción.

A Guttenberg habría que hacerle una rebaja. Que un pariente lejano del inventor de la imprenta hacer copias está en los genes de la familia. Después de todo, la originalidad tampoco es un valor absoluto. Vean, si no, el efecto que causa Ruiz Mateos copiándose a sí mismo sus propios métodos, para desesperación de tantos proveedores, trabajadores o inversores.