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El Papa, contra el muro de Israel

Ignacio Martínez | 15 de mayo de 2009 a las 1:18

 

Sumergidos en la frenética actualidad nacional, económica, política o futbolística, no le estamos dando en España la importancia que merece al viaje del Papa a Israel. He criticado a Benedicto XVI cuando ha pretendido pontificar sobre temas científicos para justificar sus posiciones morales, como su diatriba contra el preservativo en África. Y ya se sabe que en temas científicos el Santo Padre no es infalible. Tampoco la Iglesia Católica tiene una hoja de servicios muy impecable en la materia. Pero en asuntos diplomáticos son maestros. Y en este viaje del Papa, difícil como pocos, el Vaticano no ha escatimado esfuerzos y detalles, con acierto.

Vaya por delante, para quien no lo sepa, que la Iglesia Católica se opone radicalmente a la aspiración sionista de que Jerusalén sea la capital única e indivisible del Estado de Israel. Esto es así por varios motivos, entre los que están sus propios intereses. De hecho, en este viaje el Papa ha pedido a los cristianos que no abandonen aquel territorio. La doctrina vaticana en la materia es que la ciudad santa de las tres grandes religiones monoteístas no debe estar en las manos exclusivas de una de ellas. Ni en manos fundamentalistas, añado yo, de mi cosecha. Este principio ha granjeado a los palestinos el favor de la jerarquía católica desde mitad del siglo XX. Claude Cheysson, experto arabista y ministro de Exteriores en los primeros gobiernos de Mitterrand en los 80, siempre ha sostenido que el principal obstáculo para la aspiración de Israel de quedarse con todo Jerusalén es la influencia de la Iglesia católica.

El Papa ha estado valiente y diplomático en intervenciones difíciles. Se ha referido al Holocausto como una atrocidad que avergonzó a la humanidad y que nunca debe repetirse. Para curar las heridas provocadas por la rehabilitación de un obispo que negó el Holocausto, Benedicto XVI visitó el memorial Yad Vashem para honrar a las víctimas de los nazis y reunirse con supervivientes de los campos de concentración. Como no es posible contentar a todo el mundo, ha habido quien ha considerado estos gestos insuficientes o fríos, dada la condición de alemán del Pontífice, que estuviera con 16 años enrolado en la fuerza auxiliar aérea al final de la Segunda Guerra Mundial o por la pretendida indiferencia entonces de Pío XII hacia la tragedia judía.

Pero vistos desde aquí, los gestos del Papa han sido muy oportunos. Ha condenado la destrucción de Gaza y el bloqueo que sigue padeciendo; ha abogado por la creación de un Estado palestino y ha pedido la paz en lugares sagrados de judíos, cristianos, y musulmanes. Eso sí, también ha criticado duramente en varias ocasiones la construcción del muro, que en su opinión intenta empujar a musulmanes y cristianos a abandonar aquella tierra. Ya ven que la diplomacia vaticana no da puntada sin hilo.

Un conflicto imperdonable

Ignacio Martínez | 7 de enero de 2009 a las 14:50

Sarkozy ha dicho que Hamas se comporta de manera irresponsable e imperdonable. De acuerdo. Pero los demás terrorismos, de todo signo, país o época, también. No hay terrorista bueno. Y, sin embargo, tendemos a la indulgencia con algunos y a la condena de otros. El IRA irlandés gozó de simpatías en España, porque para el inconsciente colectivo nacional era una causa noble. Pero no hay fin que justifique el terror para coaccionar a una población, sea la que sea. En sentido contrario, ETA sigue calificada en periódicos europeos como un grupo separatista vasco, no como una organización terrorista. Hay demócratas del continente que han sentido benevolencia hacia esta banda surgida durante la dictadura franquista.

En el conflicto de Oriente Medio casi todo el mundo se pone de parte de alguien. Buenos o malos. O Hamas defiende los intereses de un pueblo desplazado de su hogar por la fuerza, condenado a la diáspora para pagar a los judíos el enorme daño del Holocausto; o Israel es la única democracia de la región, bastión de la civilización occidental contra la barbarie fundamentalista islámica. No hay término medio. Así, ambas partes se comportan de manera irresponsable e imperdonable. Vivimos la era del terrorismo, que afecta a cualquier tipo de víctimas, incluidos los soldados, y puede ser cometido por toda clase de autores, incluso los ejércitos, como estos días en la Franja de Gaza.

Pero el terrorista es considerado por sus seguidores como un luchador por la libertad. Y la memoria internacional es poco rigurosa con estos crímenes. En julio de 1946, el grupo sionista Irgún voló el Hotel Rey David de Jerusalén, cuartel general de la administración británica de Palestina, donde estaba la oficina de Naciones Unidas. Hubo 92 muertos; la mitad que en el 11-M, más de cuatro veces que en Hipercor de Barcelona. El jefe del Irgún, Benahem Begin, dispuso en el 48 que sus combatientes se incorporasen a las Fuerzas de Defensa israelíes, el Tzahal, el ejército que hoy ocupa Gaza a sangre y fuego. Y el Irgún se convirtió en partido.

Begin llegó a primer ministro y recibió el Nobel de la Paz en 1978, tras firmar con El Sadat la retirada del Sinaí. El antiguo terrorista y el dictador egipcio, blanqueados por el Nobel. No es caso único, Yaser Arafat, guerrillero de pistola en cinto, uno de los terroristas más odiados, obtuvo el mismo premio junto a Rabin en 1994, tras los acuerdos de Oslo. En unos años podemos ver a un líder de Hamas recibir el Nobel junto a Livni o Barak. La comunidad internacional debe poner fin a este cuento de nunca acabar, protagonizado por terroristas con y sin uniforme. Hay que obligarles a hablar; la negativa contumaz de algún bando al diálogo debe suponerle un plus de responsabilidad. Y el apoyo incondicional a una u otra parte lo único que hace es prolongar este conflicto, irresponsable e imperdonable, hasta el infinito.