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La nube

Ignacio Martínez | 19 de abril de 2010 a las 7:43

El actor británico John Cleese, uno de los fundadores de Monty Python, le cogió la nube en Noruega y tenía prisa por volver a casa; así que cogió un taxi de Oslo a Bruselas, para embarcar en el Eurostar e ir a Londres por el eurotúnel. El taxi le costó 3.800 euros. Supongo que se habrá alegrado de que Inglaterra dejara de ser una isla en 1994, gracias al enlace por tren de alta velocidad de París y Bruselas con la capital británica. Cleese es muy ocurrente. Fue él quien popularizó uno de los eslóganes de los Monty Python: Y ahora, algo totalmente diferente. Diferente es la nube global que ha lanzado el volcán bajo el glaciar Eyjafjälla, en Islandia.

Más de la mitad de los vuelos comerciales en Europa se han suspendidos este fin de semana; multitud de aeropuertos cerrados, incluidos diecisiete en España ayer. Desde que empezó este colapso aéreo, se han anulado unos mil vuelos con origen o destino en Málaga, Sevilla, Jerez, Granada o Almería. Aún ante semejante contrariedad, el heterodoxo Cleese no ha perdido su sentido del humor. Ha dicho que Islandia no puede controlar ni sus volcanes ni sus bancos, en alusión a su caos financiero cuando empezó la crisis económica.

Somos herederos de tradiciones y creencias antiguas. Pensábamos como el ortodoxo poeta Jorge Manrique que es la muerte la que nos iguala a todos y resulta que no hace falta ponerse tan trascendente: tanto la crisis como esta nube han equiparado a grandes y pequeños, ricos y pobres. De pronto han ocurrido cosas totalmente diferentes. Angela Merkel, que volvía de Estados Unidos, tuvo que hacer noche en Lisboa; su colega noruego, Stoltenberg, hubo de quedarse en Nueva York; los reyes de España no pudieron ir al cumpleaños de la reina Margarita de Dinamarca. Y al jefe de la diplomacia sueca, Carl Bildt, le pasó lo contrario que a Cleese, cogió el Eurostar de Londres a Bruselas para seguir en coche hasta Suecia, pasando por Alemania y Dinamarca.

Los daños colaterales de la nube han deslucido el homenaje en Cracovia al difunto presidente polaco Lech Kaczynski, enterrado con honores de héroe de la patria en el Castillo de Wawel, junto a los reyes polacos de los últimos cinco siglos. Los líderes mundiales no han podido acudir a este funeral monárquico. Se ha frustrado en parte la iniciativa oportunista de su hermano Jaroslaw, que quiere aprovechar ahora la desventurada muerte de Lech para relanzar su carrera política. Los Kaczynski han representado en los últimos años en la Unión Europea el más rancio nacionalismo conservador, egoísta y cicatero. Es una paradoja que un suceso tan poco usual como esta nube nos muestre que Europa entera es muy pequeña y que sus intereses y amenazas nos igualan a todos. No es una mala lección para sus seguidores. Con un simple volcán, algo más prosaico que la muerte. Afortunadamente.

Drama polaco, tragedia europea

Ignacio Martínez | 12 de abril de 2010 a las 12:31

Sobrecoge el duelo de los polacos. Impresiona la muerte de un centenar de dirigentes, entre los que estaban el jefe del Estado, el del Ejército y la cúpula militar, ministros, diputados, políticos, el presidente de su banco central, empresarios… Imagínense algo parecido en España. Ocurre además en un país con fama de sentimental. En Europa siguen vivos los viejos estereotipos. Los británicos son gentlemen de bombín, los franceses chovinistas, los italianos simpáticos y excesivos, y los alemanes perfeccionistas y cabezas cuadradas. Será influencia de Chopin, pero los polacos son románticos y sentimentales en el inconsciente colectivo de los europeos. También son muy católicos y en las últimas décadas muy papistas, no en balde Juan Pablo II era polaco.

La historia misma del país tiene ribetes trágicos por donde quiera que se la mire. Allí se promulgó la primera constitución liberal de Europa en 1791, un atrevimiento aplastado por los imperios vecinos; rusos, prusianos y austriacos se repartieron el territorio e hicieron desaparecer Polonia del mapa. En 1940, en plena segunda guerra mundial, la policía política soviética asesinó en Katyn a 22.000 soldados, oficiales e intelectuales polacos. Lo mejor de la sociedad, que otro invasor ruso quiso eliminar de un plumazo. Precisamente los fallecidos en el accidente de avión del sábado se dirigían a una ceremonia de desagravio en el 70 aniversario de la matanza ordenada por Stalin.

La muerte nos ennoblece a todos. Incluso a Lech Kaczynski, un nacionalista muy conservador, de profundas convicciones católicas, cuyo mandato resultó autoritario en su país y euroescéptico en la UE. Fueron especialmente hoscos los años en los que coincidió con su hermano gemelo Jaroslaw como primer ministro, un personaje bastante más radical. Juntos promovieron leyes para que los homosexuales no pudieran ser maestros en las escuelas y bloquearon acuerdos comunitarios importantes. Por ejemplo, Lech fue el último jefe de Estado de los 27 en firmar el Tratado de Lisboa.

Obsesionados por el recuerdo de la invasión nazi y la dictadura comunista en su país, los Kaczynski han sido el prototipo del nacionalista con el que el difícil que avance la integración europea. Fueron cercanos colaboradores de Walesa en el sindicato Solidaridad y ocuparon puestos de primer nivel en el gabinete presidencial cuando el premio Nobel de la Paz fue presidente, antes de tener su propia carrera política y enfriar las relaciones con su antiguo mentor. Mi colega Aurora Mínguez sostiene en su blog que la trágica muerte de Lech le convierte en un mártir y casi un mito. Su triste destino ha tenido la mejor de las despedidas. Esperemos que eso no de alas a Jaroslaw para volver al poder. Los radicales nacionalistas son el pasado al que Europa no debería nunca volver. Sería una tragedia europea.

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