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PP y Gürtel: España no es un estado policial

Ignacio Martínez | 9 de agosto de 2009 a las 8:40

¡España es un estado policial!, clama desde Marbella María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular, persona de apariencia precavida, que suele leer todas sus declaraciones públicas. No es un acaloramiento repentino; el PP acusa al Gobierno de espiarle, con escuchas telefónicas ilegales; de perseguir a la oposición, de corromper la democracia, de poner en grave riesgo las instituciones. Estas descalificaciones implican a jueces, fiscales y policías. La sobreactuación de Cospedal empezó unos días antes, cuando pidió al Gobierno que se dedicara a perseguir a ETA y no al PP. Una secuela de la euforia popular ante el archivo provisional de la causa contra el presidente valenciano Camps en el caso Gürtel. Y una reacción a la torpeza de la vicepresidenta Fernández de la Vega, que se apresuró a pedir a la Fiscalía que recurriese el fallo del TSJ valenciano. En todo caso, resulta chocante esconder detrás del terrorismo los delitos de la trama de corrupción montada por Correa y ‘El Bigotes’ con la ayuda de dirigentes populares de Madrid, Valencia o Andalucía.

La teoría del complot del Estado contra el PP ya fue esgrimida con éxito en vísperas de las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco: entonces en la operación Gürtel no había nada de nada; todo era producto del afán de protagonismo del juez Garzón y del interés malicioso del Gobierno por perjudicar a su rival. Cinco meses después, varios jueces han encontrado serios indicios de delito en numerosos dirigentes populares, alguno de los cuales ha tenido que dimitir como consejero autonómico, alcalde o concejal. La implicación alcanza a miembros del Congreso, Senado o Parlamento europeo. Incluso el tesorero nacional del PP ha sido imputado. Eran falsos los dos enunciados: no había complot y sí una trama corrupta bien ramificada.

La filosofía ahora es la misma, pero la estrategia va más lejos. Al PP le irrita sobremanera que se hayan publicado sumarios declarados secretos, y pide un escarmiento. Pero incurre aquí en una grave contradicción. Sin el trabajo de la prensa no habríamos sabido nunca tanto de los casos Filesa, Naseiro, Gal, Gürtel o Yak-42. Son ventajas de un régimen de libertad de prensa como el que tenemos. Eso no habría sido posible en la Cuba de los Castro, en la Venezuela de Chavez o en la España de Franco, por poner ejemplos de estados policiales. Otra contradicción de Cospedal es hablar del riesgo de las instituciones. El bloqueo que desde hace meses ha montado el PP valenciano para impedir que su Parlamento regional designe senadora a la dirigente socialista Leire Pajín es un claro ejemplo de irresponsable política institucional. Ni estas ‘venganzas’ de Camps, ni las pataletas de Cospedal van a exonerar de los delitos de corrupción a los implicados en la trama Gürtel. El principal partido de la oposición debería dejar trabajar a jueces, fiscales, policías y periodistas. España no es un Estado policial, es el PP el que está en un estado de necesidad.

El caso Gürtel entra en el circo romano

Ignacio Martínez | 15 de julio de 2009 a las 11:50

 

Huele a sangre al final de los sanfermines. Sangre española en el circo romano. Esperanza Aguirre ha sacado sus legiones mediáticas a la calle, y a Bárcenas le quedan horas como tesorero del PP. La incómoda posición de Rajoy defendiendo a los implicados de su partido en la trama Gürtel contra viento y marea se ha vuelto contra él. Lo haya hecho por convicción, por debilidad o por interés, ya es un hecho que esta historia de corrupción ha tocado a la cúpula de los populares. Y el último episodio nos devuelve a la lucha por el poder en el partido. Pretorianos y centuriones discuten de nuevo sobre la dirección de la nave. Los neoliberales seguidores de Aznar siguen apostando por Aguirre, una mujer de hierro en versión autóctona, con cara de no haber matado una mosca. Tanto coincide con Margaret Thatcher, que hasta encaja en la edad: la dama de hierro original llegó a primera ministra británica con 54 años y estuvo en el poder hasta los 65; y Esperanza tiene ahora 57 y tendrá 60 cuando se celebren las próximas elecciones generales.

Aguirre ha tenido la habilidad, la audacia o lo que hay que tener para limpiar el campo de los implicados en el caso Correa dentro de la Comunidad de Madrid, el único ámbito del PP en donde han rodado cabezas; las de alcaldes o consejeros autonómicos. Eso es justamente lo que no ha hecho Rajoy con Bárcenas o con Camps. El presidente valenciano se encomienda a la protección de los jueces del TSJ valenciano y confía en que el tribunal que examine su recurso archive el caso. Un Naseiro II, vamos. El instructor que le acusa de cohecho pasivo impropio viene a decir que le regalaron los trajes, pero a cambio de nada. Qué generosos Correa y el Bigotes, los tíos. Y qué ingenuo el presidente valenciano, qué cándido. Qué mentiroso. Francamente, prefiero la determinación de Aguirre que las dudas de Rajoy; las ironías de la presidenta de Madrid a la falsa cursilería de Camps.

Y en esto se abre la puerta del coliseo y salen a la arena Bárcenas, amenazando con airear secretos, y nuestra dama de hierro nacional, para retarle a duelo. El tesorero del PP ha filtrado que se llevó nueve cajas de la sede central de Génova con documentación comprometida para altos cargos populares, en especial Aguirre y su segundo, Ignacio González, que como buen compañero del partido es su enemigo mortal. Y Esperanza sale a su encuentro y le pide “de rodillas” que cuente todo lo que sepa de ella. En esta escena de la película es donde muere el gladiador Bárcenas. De momento se la envaina. Y Rajoy queda desacreditado.

Su tranquilidad natural permitió a Rajoy ser sucesor de Aznar y lograr hace un año un paseo triunfal en el congreso de Valencia, tras perder las elecciones por poco. Pero ahora debe decidir la suerte de Bárcenas; un problema que no se resuelve solo. Debe colocar su mano en el aire y, con decisión, poner el pulgar para arriba o para abajo. El coliseo no le quita ojo.

¡Nadie los mira!

Ignacio Martínez | 29 de enero de 2009 a las 19:33

Algún medio ha titulado esto como guerra fría, beso helado. El miércoles 28 de enero, en la investidura como doctor honoris causa por la Universidad Rey Juan Carlos de Rodrigo Rato, dos enemigos mortales, Aguirre y Rajoy, se dieron un beso de compromiso. En ese instante todas los miradas se dirigieron a otra parte. A los próximos les dio un golpe de verguenza ajena ante tan farisaico afecto.

Hoy en la Vanguardia Enric Juliana cuenta lo que él llama La operación Valquiria. Es lo que sigue:

“La estrategia del grupo dirigente de la Comunidad de Madrid para conquistar el puente de mando del Partido Popular se basaba en dos movimientos: la toma definitiva de Caja Madrid y la magna privatización del 49% del Canal de Isabel II, riquísima sociedad de aguas de Madrid.

Mucho dinero en movimiento. Una gran plataforma de poder al servicio de Esperanza Aguirre y sus lugartenientes, a la espera de que Mariano Rajoy llegase al verano muy flojo de remos, erosionado por el partido neoespañol de la señora Rosa Díez (a su vez jaleado por los aliados de Aguirre en la prensa). Podríamos llamarle operación Valquiria, no en vano sus dos protagonistas femeninas lucen elegante melena rubia.

Las filtraciones sobre la lucha intestina han roto todos los esquemas. Y los aguirristas acaban de realizar un movimiento acaso infausto: poner en la picota al ex tesorero del PP, Álvaro Lapuerta, hombre clave en la sala de reactores, que en 1990 ayudó a José María Aznar a salir ileso del peliagudo caso Naseiro. Han lastimado a un puntal de la casa, respetado por las bases territoriales. Muy irritado y muy dolido, el PP de toda la vida recordaba ayer que Aguirre proviene del minúsculo Partido Liberal, esto es, de la periferia del centroderecha. La pregunta del día es: ¿Sigue pilotando Aguirre la operación Valquiria, o ha sido desbordada por sus lugartenientes?”