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El síndrome del Osasuna

Ignacio Martínez | 29 de octubre de 2011 a las 10:39

A finales de los años 80 los clubes de fútbol estaban endeudados hasta las cejas, entre otras cosas por haberse gastado un dineral que no tenían en los estadios para el Mundial del 82, con créditos del Banco Hipotecario que no pensaron nunca pagar. El Gobierno tuvo que hacer un plan de saneamiento para salvar a los morosos de la desaparición, cosa que en algún caso como el Club Deportivo Málaga no se evitó. Morosos eran prácticamente todos, salvo el Osasuna, que había llevado una austera política financiera. Y que a la larga resultó perjudicado, porque no se pudo beneficiar de la quita que se hizo con el dinero de las quinielas a las cuantiosas deudas de los demás. El mismo efecto tiene sobre el contribuyente alemán tener que contribuir a salvar la enorme deuda que Grecia no puede devolver.

La consejera Aguayo tiene el síndrome del Osasuna. No quiere ser la primera de la clase en austeridad y ha decidido, se entiende que cumpliendo instrucciones de su amigo el presidente de la Junta, que en términos de déficit y endeudamiento con estar mejor que la media ya es una buena alumna. Ayer aludió al déficit de manera elíptica. Dijo que va a ser difícil que las comunidades autónomas, en plural, cumplan con el objetivo de este año, que es el 1,3% del PIB. Andalucía lo tiene imposible, porque en el primer semestre ya consumió todo el margen del año y más, con un -1,49%, la sexta del pelotón de los incumplidores, detrás de tres comunidades autónomas gobernadas hasta este año por los socialistas, en Castilla-La Mancha, Extremadura y Baleares, y dos que llevan muchos años gestionadas por los populares, Valencia y Murcia.

Griñán y Aguayo presumen, con razón, cuando tienen oportunidad, de que Andalucía entre 2003 y 2007 fue la campeona del superávit entre las regiones españolas, con +3.539 millones por un déficit conjunto del resto de comunidades autónomas de -8.700 millones. El Osasuna. Entonces. Porque en los últimos ejercicios, y en el presupuesto que se presentó ayer, se practica la regla de ir al máximo déficit permitido, el 1,3% del PIB. También al máximo endeudamiento posible. La deuda nueva prevista, de casi 5.000 millones. Aun así el endeudamiento público regional está un par de puntos por debajo de la media española y, si se calcula respecto al PIB, en la mitad de autonomías ricas como Cataluña y Valencia.

Este ir al máximo de lo que se permita o lo que se pueda, llega después de haber fracasado Aguayo en su intento de convencer a la vicepresidenta Salgado de que se estableciera un déficit individualizado para cada comunidad autónoma, en función de la situación general de sus cuentas públicas. Elementos como el punto de partida, el endeudamiento diferencial o el grado de aplicación de la Ley de Dependencia, deberían tomarse en cuenta, según el criterio de la consejera. Pero Salgado no le ha hecho ningún caso; no se reúne con ella, ni se le pone al teléfono. No se entienden. Aguayo se refirió a su compañera de partido como la señora ministra. Con el mismo cariño podría haber dicho la señorita Rottenmeier. Salgado pretende tratar igual a todas las comunidades autónomas. Tengan mucha o poca deuda acumulada, tengan o no déficit excesivos que tripliquen el objetivo nacional. Y a Aguayo se le activa el síndrome del Osasuna.

A esta idea, de no ser el mejor de la clase, porque no se obtienen compensaciones, se une que hay unas elecciones en cuatro semanas y otras en poco más de cuatro meses. Las vísperas electorales son gastosas por definición, y el próximo ejercicio no va a ser una excepción. Las estrellas del presupuesto de 2012 son las tres grandes políticas sociales: educación, que sube un 2,5%; salud, que se mantiene, y dependencia, servicios y prestaciones sociales, que sube un 3,6%. La frase de Aguayo de que estas cuentas contrastan con la tendencia de apelar a los recortes sociales como única solución es una bofetada sin manos al PP. No todas han sido para la compañera Salgado.

La pregunta es si podemos seguir endeudándonos al frenético ritmo de los últimos años, pagando más de un 7% de interés, con gastos de amortización que ya rondan los 1.500 millones al año. La respuesta es que hasta marzo no es que podamos, sino que lo vamos a hacer. Pero tanto si el PP logra la mayoría absoluta, como si el PSOE conserva la Presidencia con un pacto con IU, habrá que cambiar de estrategia presupuestaria en los próximos ejercicios. De aquí a las elecciones hay otro síndrome, que afecta por igual a populares y socialistas. Como en el lema olímpico, citius, altius, fortius, ambos pretenden reaccionar más rápido, llegar más alto y ser más fuertes que su adversario a la hora de resolver los problemas. Pero con crecimientos anuales del PIB menores del 1%, una vez que las urnas hablen, quien quiera que gane tendrá el año que viene un escenario mucho peor para los siguientes presupuestos de la comunidad autónoma.

El bono de Juanfran

Ignacio Martínez | 26 de enero de 2009 a las 9:04

Hace mucho, varios alcaldes antes de Monteseirín, pedí una licencia de obras en Sevilla, para arreglar una casa que había comprado. Como no me contestaban, pasados unos meses presenté otra solicitud. Pero la primera siguió su curso y un día un policía municipal vino al piso en el que vivía para entregarme el permiso de obra. Había pasado un año y la licencia me la daban para aquella vivienda en la que estaba alquilado y no para la casa nueva. Tarde y mal, un buen trabajo de la burocracia. Pensé que debería haber un sistema de bonos, por el que la administración, las empresas, los organismos públicos compensen a los ciudadanos cada vez que les causen un grave perjuicio.

He vuelto a acordarme de los bonos cuando se implantó el carné por puntos en 2006. Buen invento en el que están previstos dos puntos de regalo para los conductores que no pierdan ninguno en tres años. Y, la semana pasada, ha vuelto a mi cabeza la idea, a propósito de la injusta expulsión de un jugador del Osasuna llamado Juanfran en el Bernabeu, en un partido contra el Real Madrid. Le hicieron dos penaltis y el árbitro Pérez Burrull en vez de pitarlos le sacó una tarjeta amarilla en cada uno. Tuvo hasta la chulería de decirle al jugador que aprenda a tirarse. E incluso en el túnel de vestuarios, cuando los futbolistas navarros le aseguraban que ya vería en la televisión cómo se había equivocado, contestó: “Podéis meteros la televisión por el culo”. Con perdón.

Uno de los comités disciplinarios de la Liga le ha quitó una tarjeta a Juanfran, para que pudiese jugar el sábado con su equipo contra el Villareal. Me parece totalmente injusto: no sólo deberían haberle quitado las dos tarjetas, sino que debieron concederle un bono por dos amarillas. Es decir que cuando cometa en el futuro una falta merecedora de tarjeta podría sacar su bono y canjearla. Lo mismo debería ocurrirle a un empresario al que le tardan en dar el permiso de apertura o los papeles para la constitución de la sociedad. Cuando se los den con retraso, deberían adjuntar uno o varios bonos con los que evitar posibles sanciones en el futuro. Escriban ustedes su propia lista: retrasos en un pleito judicial, en las devoluciones de Hacienda, en darle de baja en su compañía de móvil, todo eso compensado con su bono.

El futbolista en cuestión es un héroe. Le expulsaron del campo por dos acciones de las que era completamente inocente, perjudicaron a su equipo, hasta el punto de hacerle perder el partido, y logró controlarse. Con casi cualquier otro tipo de persona, la integridad del árbitro habría corrido un serio peligro. Este hombre, Juanfran, haría un buen papel de mediador en graves conflictos, en donde la templanza sea necesaria. Es un descubrimiento. Como lo serían los bonos contra los errores o abusos.

Fútbol, política y cintas de vídeo

Ignacio Martínez | 24 de enero de 2009 a las 11:25

 

 

El fútbol no quiere saber nada de los vídeos. Que se equivoquen los árbitros no tiene mucha importancia, siempre que se equivoquen de parte del equipo grande. O sea, a favor del Real Madrid y en contra del Osasuna. Por el contrario, es curiosa la afición de algunos políticos a grabarle a sus amigos, conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales o compañeros del partido. Ya saben que esta era la descripción que el viejo Giulio Andreotti hacía del mayor o menor afecto que generan las relaciones humanas en la vida. Pues ahí los tienen. Al presidente Nixon, que se presentaba a la reelección en 1972 contra un candidato fácil, el senador George McGovern, le pudo su naturaleza y su equipo mando asaltar el cuartel general de los demócratas. Después quiso tapar el escándalo y lo enredó hasta que tuvo que dimitir. Puesto a grabar, Nixon se grababa hasta sus propias conversaciones en el despacho oval de la Casa Blanca y ésto fue lo que le perdió. Lo pillaron.

Lo de Madrid no está claro quién lo encargó, pero sí sabemos que había una unidad de seguridad en la Consejería de Interior de la Comunidad de Madrid particularmente curiosa. Todo el mundo repite de momento la misma frase: “yo no he sido”. Pero aquí se ha espiado a consejeros amigos y enemigos de la presidenta Aguirre, e incluso algún enemigo mortal, como el número dos de Gallardón. Pero todavía no han pillado al padrino o madrina de esta banda.

Cómo está la capital del reino. Al Real Madrid se le cuelan compromisarios de mentira en su asamblea, en la Comunidad de Madrid unos ex agentes de la guardia civil entran en los despachos para llevarse ordenadores y papeles, y los árbitros se equivocan y en vez de pitarle a un jugador del Osasuna dos penaltis a favor, le sacan dos tarjetas y lo expulsan. Para no dejar a nadie en el paro, con la que está cayendo, en vez de disolverse, los servicios de espionaje que trabajan en Madrid deberían ejercer su labor en otros terrenos, por ejemplo en los partidos de fútbol: grabando todas las jugadas y contando en un tiempo récord a los árbitros qué ha pasado en cada lance complicado. Pero ahí les tienen, cada uno empeñado en el error. Los políticos por exceso y los del fútbol por defecto.

Pérez Burrull y la televisión

Ignacio Martínez | 19 de enero de 2009 a las 19:37

El escándalo del estadio Bernabeu el domingo, con un arbitro malo que beneficia al equipo grande no es nuevo. Dos penaltis no pitados contra el Real Madrid que le cuestan la expulsión al jugador del Osasuna que es víctima de las faltas. A ver si de una vez por todas se acepta que la televisión ayude a los árbitros. Está tan claro que son dos penaltis para cualquier espectador imparcial que ayudaría a evitar las injusticias y algún ridículo a ‘chuletas’ como Pérez Burrull, que encima le dice al jugador que no se sabe tirar, insistiendo en que simuló el primer penalti. Juanfran es un héroe: no perdió los nervios, ni le entró un ataque de ansiedad, ni le pegó al árbitro. Su control emocional es a prueba de bomba. La Fifa debería adoptar las nuevas tecnologías si quiere remediar estos problemas. Ya hay un ojo de halcón en tenis. ¿Por qué no en fútbol?