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Juntos podemos

Ignacio Martínez | 3 de marzo de 2010 a las 12:53

Adelantándose en un cuarto de siglo al Yes, we can de Obama, el Partido Comunista de Andalucía se presentó a las primeras elecciones autonómicas con el lema Juntos podemos. La frase no estaba pensada para movilizar un país sumido en una dura crisis, sino para insinuarse: los jerarcas del PCA pensaban que como nadie iba a sacar mayoría absoluta, gobernarían Andalucía con el PSOE. Cosa que nunca ocurrió, porque los socialistas sacaron mayorías absolutas al principio, se las aviaron solos con la pinza, consiguieron una alianza barata con los andalucistas más tarde y recuperaron la mayoría absoluta finalmente.

En 1982, la CEA estaba lejos de ser el gigante en el que se ha convertido y todavía más lejos de llevarse tan bien como se lleva en la actualidad con el poder socialista: entonces, la patronal hizo una dura campaña netamente política, en la que un gusano comunista se comía la manzana socialista. El tiempo, el sentido común y la caída del Muro de Berlín conjuraron los miedos al peligro rojo, y ahora resulta que los comunistas tienen menos fuerza, menos militantes y menos líderes destacados, pero se relamen los labios ante la posibilidad de que el PSOE tenga que pasar por su fielato para mantener el poder en 2012.

Hoy día, sin embargo, el lema Juntos podemos podría servir para una campaña ciudadana destinada a darle confianza y seguridad a una sociedad angustiada. A Gómez Navarro, ex ministro de Felipe González y mandamás de las cámaras de comercio, se le ha ocurrido esa idea: es la Fundación Confianza de la que es portavoz junto a Antonio Garrigues Walker, Guillermo de la Dehesa y Miquel Roca i Junyent. Patrocinan el proyecto una veintena de grandes empresas nacionales. Y, a título particular, figura una larga nómina de personajes como Romay, los hermanos Gasol, el doctor Rojas Marcos, Juan José Millás o Ferran Adrià. Incluso han hecho un spot que están pasando por televisión con el lema de Esto sólo lo arreglamos entre todos.

Está muy bien que la sociedad civil se movilice contra la depresión colectiva, ante la ausencia de liderazgo. Yo le pondría Invictus a los líderes políticos nacionales, lo mismo que Guardiola hace ver a sus jugadores reportajes épicos. Mandela demuestra que los líderes tienen que movilizar a su gente, pero a veces deben decirle lo que no quiere oír, e incluso llevarle la contraria. En el acto del Día de Andalucía, el presidente Griñán desaprovechó la ocasión de hacer un gran discurso político. Prefirió la lírica del 28-F, el lamento por el alto índice de paro y una reflexión académica sobre la educación. Él maneja sus tiempos: sostiene que no es el momento de movilizar a su partido, cuando faltan dos años para las elecciones de 2012. Pero los ciudadanos no pueden depender de la conveniencia electoral de nadie. Hace falta alguien que entone un Juntos podemos.

Griñán, como Sarkozy

Ignacio Martínez | 24 de abril de 2009 a las 9:19

Comparto el asombro de la afición por el fichaje de Rosa Aguilar como consejera del Gobierno andaluz. De hecho, fue la gran protagonista ayer en la toma de posesión del nuevo presidente de la Junta. Asombro, para orientarnos, significa susto o espanto, pero también gran admiración. Me quedo con esto último. En una conversación telefónica hace dos semanas pregunté al todavía candidato Griñán si se planteaba alguna operación transversal, similar a las que hizo hace dos años Sarkozy, cuando llegó a la Presidencia de la República Francesa y sumó a su primer gobierno de centro derecha personas procedentes del campo socialista. ¡Y me dijo que no, el muy pillo!

Les recuerdo que el presidente galo tiró tanto del fondo de armario del Partido Socialista francés que se echó una novia que había apoyado a Ségolène Royal, Carla Bruni. Y entretanto nombró ministro de Exteriores a Bernard Kouchner, fundador de Médicos sin fronteras en 1971 y uno de los ciudadanos más admirados de Francia; por cierto, antiguo militante del Partido Comunista y por aquel entonces en las filas del Partido Socialista. Del PS echaron a Kouchner en el acto, igual que ha hecho ahora Izquierda Unida con Rosa Aguilar, por entrar en un gobierno socialista. Y, dicho sea de paso, no creo que Kouchner o Aguilar sean tránsfugas: no se han quedado con el escaño de nadie.

Para IU ya nada volverá a ser lo mismo. El aparato del PCA apartó a la brillante Concha Caballero y ahora ve como se aleja su dirigente más popular y prestigiosa. Con Aguilar se van muchos votos. Es una pena que Andalucía camine hacia el bipartidismo. El Parlamento estaba más completo con cuatro partidos. Pero en fin, las minorías comenten sus errores y la simultaneidad de las elecciones generales y autonómicas hace el resto. Ya que estamos con este asunto, no me gustó que en el debate del miércoles Griñán ignorara el reto de Arenas de que no volvieran a coincidir las elecciones nacionales y regionales. Y eso que el PP ofreció la abstención a cambio de ese compromiso. Mala señal.

En el futuro, hay aspectos de la vida pública que no deberían repetirse: por ejemplo, el truco del antiguo presidente de abolir las elecciones autonómicas al convocarlas siempre en simultáneo con las generales. Si es verdad lo que dijo Griñán en su discurso de investidura de que quiere un nuevo impulso en la región; fomentar la convivencia, el desarrollo, la competitividad y el dinamismo, o que pretende una Andalucía exigente consigo misma, entonces deberá atreverse a convocar en 2012 elecciones en solitario para que por primera vez en más de 20 años haya un debate profundo sobre la realidad de esta tierra y su porvenir.

Y, de camino, si el nuevo presidente quiere de verdad una Andalucía alejada del tópico, ciudadanos inteligentes y críticos, y atender las demandas de las clases profesionales urbanas, entonces no le vale la televisión pública regional que se ha hecho hasta ahora. Ahí si que hay terreno para la transversalidad.

Réquiem andalucista

Ignacio Martínez | 11 de marzo de 2008 a las 21:28

Los andalucistas han desaparecido del Parlamento regional por primera vez en 26 años. Y si vuelven alguna vez, u otro partido ocupa su lugar, tendrá que ser con una propuesta muy distinta.

Fundado como Partido Socialista de Andalucía (PSA) en 1976, este grupo ha sido un gran animador de la vida política andaluza. Es muy probable que si no hubiese existido un partido semejante la región no habría emprendido el proceso autonómico por el artículo 151 de la Constitución, que sólo se aplicaba a catalanes, vascos y gallegos. Con todo, la UCD se resistió y en el PSOE hubo serias dudas, que despejó el empuje del primer presidente andaluz, Rafael Escuredo. Pero la progresiva indefinición ideológica y estratégica de los andalucistas durante este largo período les ha llevado al borde de la desaparición.

La deriva programática es un mal de todos, pero se le nota más a los pequeños. Los ideólogos fundadores del PSA no reconocerían hoy el producto final, pero tampoco nadie identificaría a la Andalucía actual si se la compara con la de hace 32 años. Aquel era un partido de izquierdas en una Andalucía subdesarrollada, preocupada por la emigración, de jornaleros sin tierra y sin trabajo, con una agricultura de mucha mano de obra… Una región que estaba lejos de entrar en Europa, que ni soñaba con el euro, las hipotecas baratas, el auge de la construcción, el turismo residencial o la agroindustria. Ahora hay una clase empresarial emergente, que se queja más de la falta de apoyo político que de las dificultades de financiación.

El partido regionalista que venga, si es que llega, tendrá que representar los intereses de esta burguesía emprendedora, cada vez más ilustrada. Ese partido regionalista deberá exigir a la sociedad andaluza sacar un mayor rendimiento a sus valores. A los olivareros, por ejemplo, condicionar el cobro de 125.000 millones de pesetas anuales de subvenciones europeas, a que envasen y creen marcas y mercados exteriores. Deberá ayudar a exportar a empresas industriales eficientes y no subvencionar hasta el infinito proyectos estructuralmente deficitarios. Tendrá que convencer a los promotores que sus nietos también podrán ganar dinero en el negocio residencial y que hay que racionalizar la ocupación del suelo.

Cualquier otra alternativa regionalista que surja tendrá que tener como principal objetivo liderar esta sociedad, más que habituarla a poner la mano a papá junta, papá estado o a papá europa. Una propuesta bajo las divisas de esfuerzo, eficacia y prestigio. La de una Andalucía de la que se pueda presumir, cuyas elecciones no haya que camuflarlas detrás de las generales, ante el temor de que el pueblo soberano no se vaya a molestar siquiera en ir a votar.

Y todo esto con la dificultad que supone hacer un partido andaluz donde no hay andaluces: hay sevillanos, gaditanos, granaínos… pero no hay andaluces.

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