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El malagueño ‘emprenyat’

Ignacio Martínez | 18 de enero de 2009 a las 10:10

 

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El Gobierno andaluz probablemente no es consciente de que se está instalando en Málaga un sentimiento de malhumor con el proceso autonómico de impredecibles consecuencias. No es el único sitio. El proceso autonómico no avanza en la dirección a una construcción regional sólida, solidaria. El tribalismo andaluz está a flor de piel. La sensación en la periferia es que las autoridades de la Junta sólo ven eficiente aquello que se decide en Sevilla. Y esto nada tiene que ver con la ciudad, sino con la nomenclatura gobernante. Hay centralismo sevillano, porque la capital de la comunidad autónoma es Sevilla. Si fuese Antequera, habría centralismo antequerano. Para muchas cosas, hemos sustituido el centralismo nacional de la dictadura por 17 centralismos burocráticos. Un ejemplo: el Gobierno prepara la ley que debe trasponer una directiva europea sobre liberalización de servicios. En la memoria del anteproyecto se recoge que hay que modificar unas 7.000 disposiciones legales españolas de distinto rango, de las que 6.500 son autonómicas.

Este ánimo afligido de los malagueños recuerda al que los catalanes tienen respecto al resto de España. Enric Juliana acuñó un término en La Vanguardia en 2003 para definir un sentimiento de insatisfacción, que ha hecho fortuna; el catalán emprenyat. La traducción es elástica, iría desde molesto hasta jodido. Mi colega hace su balance: la agresividad del PP con el Estatut; la oposición a la opa de Gas Natural/La Caixa sobre Endesa, los apagones, el desastre del cercanías; los ataques de la Cope… También enfadados consigo mismos por su incapacidad de reacción.

Hay que cambiar situaciones, pero en Málaga hay una coincidencia generalizada, en personas de toda edad, ideología y situación social, de que la autonomía está siendo un mal negocio para su territorio. Lo dice el actual alcalde del PP, Francisco de la Torre, cuya falta de empatía con el presidente Chaves es evidente, pero también le pasaba a otro gran alcalde de Málaga, Pedro Aparicio, que era del PSOE y tuvo la misma falta de sintonía con el Gobierno socialista de Borbolla.

El último episodio de este culebrón lo ha protagonizado la consejera de Medio Ambiente, Cinta Castillo, que ha dejado pasmada a la afición de Málaga el pasado miércoles al justificar que ha decidido llevarse el centro de decisión de la antigua Cuenca Hidrográfica del Sur a Sevilla. La Cuenca Mediterránea Andaluza que tenía su sede en Málaga y la Cuenca Atlántica, que tenía sede en Jerez, desaparecen. En el nuevo esquema, las decisiones se tomarán en Sevilla.

La consejera se defiende con el argumento de que las decisiones ya se tomaban en Sevilla desde 2005. Hay funcionarios que lo discuten: en Málaga se han gestionado hasta ahora 100 millones de euros anuales de las licitaciones de una cuenca que comprendía Almería, el litoral de Granada, casi toda Málaga y el Campo de Gibraltar. Pero, en todo caso, el paradigma no se altera: lo que estaba descentralizado con la dictadura, lo centraliza la autonomía. Este y otros errores nos pueden llevar a una novedad en el mapa político; la sustitución del moribundo regionalismo/nacionalismo del PSA/PA, por partidos localistas que cumplirían en el Parlamento andaluz la misma función que los nacionalistas en el Parlamento nacional: la defensa de intereses territoriales no bien atendidos por los partidos actuales. El PP ya ha detectado el problema y si llega al poder ha ofrecido poner en Málaga la sede de organismos económicos como el Comité Económico y Social e incluso la Consejería de Turismo.

Justamente los asuntos financieros son el nuevo temor del malagueño emprenyat: está convencido de que si hay fusión de Unicaja y Cajasol, la sede estará en Sevilla. Así que no quiere fusión. Ésa es la marcha imparable de Andalucía hacia la deconstrucción regional.

Réquiem andalucista

Ignacio Martínez | 11 de marzo de 2008 a las 21:28

Los andalucistas han desaparecido del Parlamento regional por primera vez en 26 años. Y si vuelven alguna vez, u otro partido ocupa su lugar, tendrá que ser con una propuesta muy distinta.

Fundado como Partido Socialista de Andalucía (PSA) en 1976, este grupo ha sido un gran animador de la vida política andaluza. Es muy probable que si no hubiese existido un partido semejante la región no habría emprendido el proceso autonómico por el artículo 151 de la Constitución, que sólo se aplicaba a catalanes, vascos y gallegos. Con todo, la UCD se resistió y en el PSOE hubo serias dudas, que despejó el empuje del primer presidente andaluz, Rafael Escuredo. Pero la progresiva indefinición ideológica y estratégica de los andalucistas durante este largo período les ha llevado al borde de la desaparición.

La deriva programática es un mal de todos, pero se le nota más a los pequeños. Los ideólogos fundadores del PSA no reconocerían hoy el producto final, pero tampoco nadie identificaría a la Andalucía actual si se la compara con la de hace 32 años. Aquel era un partido de izquierdas en una Andalucía subdesarrollada, preocupada por la emigración, de jornaleros sin tierra y sin trabajo, con una agricultura de mucha mano de obra… Una región que estaba lejos de entrar en Europa, que ni soñaba con el euro, las hipotecas baratas, el auge de la construcción, el turismo residencial o la agroindustria. Ahora hay una clase empresarial emergente, que se queja más de la falta de apoyo político que de las dificultades de financiación.

El partido regionalista que venga, si es que llega, tendrá que representar los intereses de esta burguesía emprendedora, cada vez más ilustrada. Ese partido regionalista deberá exigir a la sociedad andaluza sacar un mayor rendimiento a sus valores. A los olivareros, por ejemplo, condicionar el cobro de 125.000 millones de pesetas anuales de subvenciones europeas, a que envasen y creen marcas y mercados exteriores. Deberá ayudar a exportar a empresas industriales eficientes y no subvencionar hasta el infinito proyectos estructuralmente deficitarios. Tendrá que convencer a los promotores que sus nietos también podrán ganar dinero en el negocio residencial y que hay que racionalizar la ocupación del suelo.

Cualquier otra alternativa regionalista que surja tendrá que tener como principal objetivo liderar esta sociedad, más que habituarla a poner la mano a papá junta, papá estado o a papá europa. Una propuesta bajo las divisas de esfuerzo, eficacia y prestigio. La de una Andalucía de la que se pueda presumir, cuyas elecciones no haya que camuflarlas detrás de las generales, ante el temor de que el pueblo soberano no se vaya a molestar siquiera en ir a votar.

Y todo esto con la dificultad que supone hacer un partido andaluz donde no hay andaluces: hay sevillanos, gaditanos, granaínos… pero no hay andaluces.

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