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La cuña de Rouco

Ignacio Martínez | 19 de diciembre de 2010 a las 15:00

Quiero felicitar de corazón a doña Angelita Sierra por el nombramiento de su hijo como obispo auxiliar de Sevilla. A la madre del nuevo prelado nunca le gustó que su hijo se pusiera a manejar negocios y dineros en Cajasur, que le parecían asuntos alejados del oficio propio de los curas. Pensaría que eso apartaba a Santiago Gómez Sierra de su vocación y además le alejaba de una promoción. De hecho ya había estado en una terna para convertirse en obispo antes de ser nombrado presidente de Cajasur hace cuatro años. Desde hace tiempo en Córdoba todo el mundo decía que Mario Iceta y Santiago Gómez llegarían a prelados. Monseñor Rouco, el papa español, le puso a su amigo Blázquez una cuña con Iceta en Bilbao y a Asenjo le ha hecho ahora lo mismo en Sevilla con Gómez. Ésta es la tesis de este cronista.

Como cura será una lumbrera, pero lo que es como financiero y directivo el nuevo obispo auxiliar de Sevilla es una nulidad. Ha quemado a cinco directores generales. Está expedientado por el Banco de España por tres faltas muy graves y una grave. La entidad puede perder este año mil millones de euros. Haber renunciado a la fusión con Unicaja significa la pérdida para la Iglesia de la Escuela del Santo Ángel, con unos 800 metros comerciales en El Brillante. La Oficina Agraria en el centro de la ciudad, con unos 400 metros. Un 10% de la matriz de la Cope. Un vicepresidente y tres vocales en el consejo de administración de la abortada Unicajasur, durante el periodo transitorio, y un vocal después de tres años. Una fundación expresamente creada para la Iglesia, dotada con al menos seis millones al año, y un director para la OBS de Córdoba, que gestionaría un presupuesto anual de 12 millones. Hay empresarios solventes que opinan que la pérdida de Cajasur es la peor noticia de Córdoba en cien años. Encima, la caja ha acabado en manos de una entidad cuyo presidente dijo en su estreno cordobés que él es ateo. Tiene guasa la cosa.

Y al autor lo ascienden. O la Iglesia se ha vuelto loca o aquí hay gato encerrado. O Rouco se la ha jugado a Asenjo. O la institución se prepara para la llegada del PP al poder. En todo caso, Gómez Sierra no actuó solo, sino en compañía de otros. Quizá no muy listos.

Relativismo moral

Ignacio Martínez | 27 de marzo de 2010 a las 8:28

Cuando monseñor Rouco y sus discípulos Martínez Camino o Munilla hacen incursiones políticas para establecer que en nuestra sociedad no se respetan los derechos humanos, hay una regresión de la democracia y la miseria moral nos envuelve, es difícil estar de acuerdo con el discurso. Llega con más de medio siglo de retraso. La Iglesia podía haberle dicho estas cosas al dictador y ahora tendría mucho crédito para seguir con el mismo espíritu crítico. Pero no. Estamos ante un fenómeno nuevo, que se acrecienta a medida que la Iglesia pierde influencia social en España. Ya no hay Gran Inquisidor en este país, a Dios gracias. Y debería quedarse vacante el empleo de pequeño inquisidor. En particular, porque en esta vida a los intransigentes se les suelen volver en contra sus argumentos.

Algo así está pasando con la oleada de informaciones sobre cómo la jerarquía eclesiástica en numerosos países encubrió abusos a menores por parte de sacerdotes. En el Vaticano sostienen que se trata de una campaña orquestada, un complot mundial, del laicismo, del relativismo moral. Parece la cúpula de un partido ante denuncias de corrupción a alguno de los suyos. Hay siempre una reputación que defender y las apariencias son importantes. Hipocresía se llama eso.

Esa pérdida de influencia, de poder o simplemente de prestigio no es una exclusiva de España. Hay un escándalo mundial, con ramificaciones en Latinoamérica, Estados Unidos, Canadá, Australia, Irlanda, Austria o Alemania, por cientos de casos de pederastia de sacerdotes que han sido sistemáticamente tapados por la jerarquía local o por el propio Vaticano. Algún suceso atañe al Papa Ratzinger en su época de arzobispo de Munich o como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antiguo Santo Oficio, la vieja Inquisición. En Roma se insiste en que las instrucciones del Papa son muy precisas: transparencia, firmeza y severidad. Normas tan justas como inéditas en el pasado.

Benedicto XVI ha hablado también de perdón a los pecadores e intransigencia con el pecado. Y ha pedido sus más profundas disculpas a las víctimas. Que es donde está el daño, doblemente; por el abuso y por la impunidad de los autores. El prestigioso diario The New York Times califica de escandalosa una carta de Ratzinger a los obispos de Estados Unidos en 2001 exigiéndoles secreto sobre las investigaciones de esos casos y reclamando que todas las pesquisas preliminares fuesen enviadas al Vaticano, a la Congregación para la Doctrina de la Fe. El problema es que no estamos ante un asunto teológico, sino ante un crimen.

Hay algo de perverso en este asunto. Se pretende que más que un crimen estamos ante un delito. O más que un delito, se trata de un pecado. Y los pecados se confiesan. Y la confesión está amparada por el secreto. Relativismo moral se llama eso.

Discrepo de Rouco

Ignacio Martínez | 30 de diciembre de 2009 a las 12:23

El acto del domingo en apoyo a la familia cristiana, presidido por Rouco Varela en Madrid, me pareció una celebración religiosa, moderada y razonable. No comparto las ideas de monseñor, pero es normal que haga demostraciones como ésta. Fue un acto religioso y no un mitin político como el de 2007, en el que varios cardenales dijeron que en España había un retroceso de los derechos humanos y una disolución de la democracia. Este año, fue un acto más moderado que evitó incluso exagerar el número de asistentes: hace dos años fueron unas 200.000 personas, pero los organizadores inflaron el número hasta dos millones. Esta vez ni siquiera se ha dado cifra. Y ha sido razonable, porque siempre lo es en una democracia que cualquier institución o grupo defienda en público sus puntos de vista.

Sostiene Rouco que el laicismo que invade Europa va a acabar con la familia. Discrepo. Como explicaba en esta página Carlos Colón hace unos días, el consumismo ha sido más nocivo para la familia que el laicismo. Y en todo caso, todos estamos de acuerdo en que la familia es la base de la sociedad. En lo que no coincidimos es en qué tipo de familia. Rouco dice que la única familia verdadera es la cristiana. Discrepo. Cualquier tipo de familia en la que haya amor y respeto merece la misma consideración. Pero el presidente de la Conferencia Episcopal Española ha ido más lejos. Ha dicho que Europa se quedaría casi sin hijos sin la familia cristiana. Se olvida que las familias musulmanas tienen más hijos que las cristianas. Tengo serias dudas de que el número de hijos sea un mérito, pero si lo es, no es virtud exclusiva de una sola religión.

El jefe de la Iglesia católica española sigue predicando contra el divorcio. Discrepo. La institución que representa Rouco despacha mil anulaciones matrimoniales al año en España. La doctrina del Tribunal de la Rota es más razonable y coherente que el discurso de monseñor: considera causa de anulación de un matrimonio los malos tratos. La pregunta es si este tipo de abusos vale para una anulación que facilite la Iglesia, pero no para una separación que otorgue el Estado. Se pronuncia Rouco contra los matrimonios homosexuales. Esta beligerancia de la jerarquía contra la homosexualidad no es coherente con el encubrimiento de abusos a menores por sacerdotes, que le ha costado indemnizaciones, disculpas y descrédito en Estados Unidos o Irlanda, por poner dos ejemplos.

Y por último, la Iglesia defiende la vida del nasciturus desde el momento de la concepción. Hay quienes pensamos que en determinados supuestos hay que despenalizar el aborto, y otros otorgan a la madre el derecho a abortar en las primeras 14 semanas de gestación. Unas diferencias que no hay al considerar el aborto un hecho violento y dramático. Que habría que evitar con más educación sexual y métodos anticonceptivos. Momento en el que seguro vuelven las discrepancias.

¿Y Andrés?..

Ignacio Martínez | 18 de marzo de 2009 a las 10:28

Martínez Camino ha vuelto. Y en esta ocasión lo ha hecho con mejor estilo que en otras de sus entradas en escena. Presentó el lunes la campaña de la Iglesia Católica contra el aborto. Lo hizo con moderación e incluso evitó preguntas como si deben ir a la cárcel las 112.000 mujeres que abortaron el año pasado en España voluntariamente. Pero anunció que en cuanto el Gobierno envíe al Congreso la propuesta de modificación de la ley de despenalización del aborto de 1985 llamarán a una masiva movilización. Los obispos creen que el Gobierno protege mejor a el lince y otras especies en vías de extinción que la vida de los no nacidos. El cartel dice ¿Y yo?.. ¡Protege mi vida!

No conozco a nadie que esté a favor del aborto, que es algo traumático y violento. Ese no es el problema. La cuestión es si debe estar despenalizado en algunos supuestos, como ahora en caso de grave peligro de la vida de la madre, malformación o violación. O si debe estarlo en las primeras semanas de gestación. O si debe haber condiciones para las menores, como por ejemplo las que exige la Junta de Andalucía de madurez para permitir que se hagan implantes en los pechos. En todo caso este es un problema social de primer orden y de difícil solución. Más de cien mil abortos al año es una cifra descomunal, que muestra una grave deficiencia educativa.

Es cierto que esta modificación la lanza el Gobierno en su ofensiva mediática contra la crisis, dentro de un paquete de medidas sociales. Y también que la propuesta no estaba en el programa electoral con el que los socialistas consiguieron ser la minoría mayoritaria del Congreso. Pero si la Iglesia puede legítimamente defender sus ideas en una democracia, la mayoría parlamentaria tiene derecho a legislar según las suyas. Añado que en este tipo de temas sería importante conseguir el consenso político; pero no es realista. La ley del 85 la hizo el PSOE con AP en contra, pero cuando después el PP tuvo mayoría absoluta, no la cambió.

Martínez Camino es un jesuita atípico, porque es un jesuita intransigente, más cercano a la línea del cardenal Rouco que a la del superior de su orden, el padre Adolfo Nicolás. El cartel de la campaña de la Iglesia que ha presentado muestra a un bebé. Asunto cuestionable; se trata de un nacido. Me gustaría que el obispo auxiliar de Madrid nos dijera también si su campaña ampara también a los nacidos. Me refiero a Andrés, el niño andaluz de 7 años, salvado por un hermano genéticamente seleccionado, recién nacido. Pero a la Iglesia no le ha gustado esto de la manipulación genética. Javier ha salvado la vida de su hermano Andrés, enfermo de una anemia severa congénita, hasta ahora incurable. Yo me alegro. Andrés también podría hacerle a Camino la misma pregunta: ¿Y yo?..

¿Y yo?.. ¡Protege mi vida!

Ignacio Martínez | 17 de marzo de 2009 a las 19:14

 

Monseñor Martínez Camino es un jesuita atípico, porque es un jesuita intransigente, más cercano a la línea del cardenal Rouco que a la del superior de su orden, el padre Adolfo Nicolás. En todo caso, Camino estuvo el lunes moderado en la presentación de la campaña de la Iglesia católica contra el aborto. Nada que objetar a que la Iglesia haga una campaña para defender sus ideas. Como no conozco nadie que esté a favor del aborto. No creo que ese sea el problema; la cuestión es si despenaliza y en qué supuestos. O en qué tiempo de gestación, o en qué condiciones. La foto del bebé es cuestionable, pero de eso escribiré mañana. Hoy les quiero hablar de este niño, con una enfermedad incurable. Con una vida que ha salvado su hermano genéticamente seleccionado. Pero a la Iglesia no le ha gustado esto de la manipulación genética. Javier ha salvado la vida de Andrés, enfermo de una anemia severa congénita, hasta ahora incurable. Yo me alegro. Andrés también podría hacerle a Camino la misma pregunta: ¿Y yo?.. ¡Protege mi vida!

 

Un dolor de cabeza

Ignacio Martínez | 20 de junio de 2008 a las 23:37

Amigo

Vejar, injuriar y mentir son los delitos por los que una juez de Madrid ha condenado a Federico Jiménez Losantos a pagar 36.000 euros al alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. El informador estrella de la cadena de los obispos españoles ha injuriado gravemente a uno de los principales dirigentes del partido demócratacristiano español por excelencia, el PP. No es para escandalizarse; Losantos se permite llamar “masón” al nuncio de su Santidad el Papa, ¿por qué no iba a decir que al alcalde de la capital de España le daban igual los 200 muertos y 1.500 heridos del atentado del 11 de marzo de 2004?

La libertad de insultar ha sufrido un duro golpe en este país. Me alegro, aunque me parece poca multa, la verdad. Y al interesado también: Losantos considera que seis millones de pesetas es tan escaso castigo que por ese precio piensa seguir insultando al alcalde. El asunto ha trascendido las fronteras españolas: de la COPE y su peculiar estilo agresivo se ocupaba con preocupación hace pocas fechas el periódico oficial de la Santa Sede, L’Osservatore romano.

Me pregunto qué cuota parte de responsabilidad tiene el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Rouco Varela, en los desafueros de la COPE. Y me pregunto sobre la complicidad de otros cardenales. Hasta ahora se conocían pocas manifestaciones de príncipes de la Iglesia a favor de un cambio de rumbo en la cadena. Pero en el plenario de obispos que se ha celebrado martes y miércoles ha habido una clara mayoría en contra del actual estilo faltón e injurioso de la cadena. La Vanguardia citaba ayer entre los principales valedores del cambio al obispo de Jerez, Juan del Río, que es presidente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación; al cardenal primado, Antonio Cañizares; al cardenal de Barcelona, Lluis Martínez Sistach; al obispo de Oviedo, Carlos Osoro, y al de Bilbao, Ricardo Blázquez.

Las desavenencias entre los antiguos aliados Rouco y Cañizares parece que están en el origen del nuevo destino que el primado tendrá en breve en la Curia de Roma, en espera de tiempos distintos en España. Por el contrario, el mismo periódico cita entre los aliados de Rouco a favor de la actual línea de la COPE, al cardenal arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo. A Amigo se le conocían algunas ambiguas declaraciones sobre la emisora, como “la COPE es una bendición de Dios” o “la COPE es un dolor de cabeza”. Monseñor es muy libre de mantener las posiciones ideológicas y estrategias sociales que le plazca. Pero haría bien en dar explicaciones a los ciudadanos sobre este caso. Más que nada, porque vejar, injuriar y mentir, además de delitos, son pecados según la doctrina de la Iglesia. Aunque este aspecto de la cuestión no concierna a Federico, porque él es ateo y presume de serlo. Una bendición.

El efecto AR

Ignacio Martínez | 2 de febrero de 2008 a las 12:23

No es el efecto Ana Rosa Quintana. AR es el efecto Acebes en 2004 y el efecto Rouco en 2008. El empeño indisimulado del Gobierno Aznar de atribuirle a ETA el atentado del 11 de marzo de 2004, con condenas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, llamadas del propio presidente a los directores de los diarios nacionales, alocuciones insistentes del ministro del Interior… movilizaron a los abstencionistas de izquierdas y a buena parte de los indecisos. Ahora ese papel lo ha cogido en esta convocatoria la Iglesia católica, con tanta energía e ímpetu como falta de tacto. Y le ha pasado lo mismo que al judoka que entra al ataque alocadamente. Una buena parte de la opinión pública no ha comprado los argumentos de la Conferencia Episcopal. Y aquí hay un punto que debe subrayarse: a nadie le parece mal que la Iglesia defienda sus ideas, que proponga las medidas legales que estime oportunas o que critique a los legisladores, si cree que están equivocados. Pero hay una ecuación que utilizan los obispos que hacer cojear su estrategia: no se puede decir que si no pueden imponer sus ideas al conjunto de los ciudadanos esto no es una democracia. Sería justo al revés: si pudiesen convertir sus dogmas y sus principios morales en normas legales de obligado cumplimiento para el conjunto de la sociedad, como pasó durante la dictadura de Franco, esto no sería una democracia. En este país legisla un Parlamento democrático, elegido libremente por los españoles. Acatar las leyes es una de las máximas democráticas. Tildar de antidemocrática, regresión de los derechos humanos, autoritarismo y corrupción a la actuación de las mayorías gobernantes es regresar en el tiempo a la época anterior al Concilio Vaticano II. ¿Quién gobernaba en España entonces y qué relación tenía con la Iglesia católica apostólica romana? Total, que el PSOE tiene mucho que agradecer a Acebes, por su actuación de hace cuatro años, y ahora a Rouco, cuyo empeño en la persecución de los infieles va a proporcionar a los socialistas una movilización de su electorado menos entusiasta. Ese es el efecto AR. 

La Iglesia entra en campaña

Ignacio Martínez | 1 de febrero de 2008 a las 11:33

Ha vuelto a la palestra monseñor Martínez Camino, flamante obispo auxiliar de Madrid y jesuita, aunque no precisamente de la línea del nuevo Superior de su orden, el también español Adolfo Nicolás. El nuevo prelado ha entrado en campaña electoral. Sostiene que “en España, en estos momentos, hay varias leyes que son gravísimamente injustas y deben ser cambiadas porque lesionan derechos fundamentales”. Y aquí se adentra en terrenos de filosofía y moral: mantiene que esas leyes se alejan de la “recta razón” y “degeneran sin remedio en dictadura, discriminación y desorden”, y conducen a una sociedad “desvertebrada, literalmente desorientada, fácil víctima de la manipulación, de la corrupción y del autoritarismo”.

La Iglesia católica tiene todo el derecho del mundo a criticar al Gobierno de turno. Pero también ella es criticable, con el mismo argumento de la libertad de expresión. Me sorprende que un destacado miembro de su jerarquía insista en poner en tela de juicio a la democracia española. Autoritarismo y corrupción hubo a manos llenas durante una dictadura de cuarenta años, con la que cohabitó esta misma Iglesia que ahora se escandaliza. Y por eso perdió el favor de sus fieles. Esos argumentos de cohabitación y la pérdida del favor de los ciudadanos, no son míos, sino del desaparecido cardenal Tarancón, presidente de una Conferencia episcopal heredera del Concilio Vaticano II, que tuvo una ejemplar actuación en los años de la Transición. Tarancón clamó en aquellos tiempos por “una España de todos”. La jerarquía actual, de signo abiertamente preconciliar, propugna otras cosas. Y está en guerra política contra el Gobierno socialista.

Es curioso que el nuevo Superior de los jesuitas se aleje expresamente de las maniobras de poder y Martínez Camino tenga la afición contraria. El auxiliar de Rouco descalificó ayer los contactos del Gobierno con ETA, autorizados por el Congreso de los Diputados. Una posición que la Iglesia no tuvo en 1999, cuando el presidente Aznar ordenó una iniciativa similar.

En fin, ayer la Iglesia ha lanzado su programa electoral, en el que insiste en criticar “las dificultades para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública” y se muestra abiertamente contraria a la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía que “lesiona el derecho de los padres a formar a sus hijos de acuerdo a sus convicciones religiosas y morales”. Aquí no sé si hay ignorancia o mala fe. Se reivindica el artículo 27 de la Constitución para reclamar el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban formación religiosa. Pero ese mismo artículo obliga al Estado a formar a los ciudadanos “en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”. Lo contrario sería una teocracia muy del gusto de ayatolás.

Nostalgia de Tarancón

Ignacio Martínez | 2 de enero de 2008 a las 1:08

Antes de irse de vacaciones a Egipto con su novia, el presidente de la República Francesa fue recibido como canónigo de honor de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Francia, como se sabe, es el Estado laico por excelencia, con una separación radical de la Iglesia. Aun así, Nicolas Sarkozy hizo un discurso deferente, en el que estableció un nuevo concepto, la laicidad positiva, que es la que no considera a las religiones un peligro. Añado que habría que establecer el principio complementario, la religiosidad positiva, aquella que no considera a los Estados democráticos un peligro. Un pensamiento ajeno a los oradores de la manifestación del domingo en Madrid, de apoyo a la familia cristiana, en la que dicen que había dos millones de personas. Lo más fundamentalista de la jerarquía católica sostuvo allí que el laicismo conduce a la disolución de la democracia, que en España se persigue a la familia y hay una regresión de los derechos humanos. Varios príncipes de la Iglesia española, García-Gasco, Cañizares y Rouco, atacaron al Gobierno con un discurso apocalíptico contra la ley de matrimonio de los homosexuales, la pretensión de aumentar los supuestos despenalizados del aborto, el divorcio rápido o la asignatura de Educación para la ciudadanía. No importa que la financiación, el Concordato o la escuela religiosa concertada no corran riesgo alguno.  Esta no es la Iglesia que suma en su pensamiento fe y razón, principios defendidos por el Papa en Ratisbona. Es un grupo que pretende que no haya “ninguna constricción en las cosas de la fe”: justo lo que se reprochaba a los musulmanes en aquel discurso. Rouco y compañía también defienden un poder terrenal. Así se entiende que la radio de la Iglesia reclame la abdicación del Rey y la jerarquía pida oraciones contra los ataques al Monarca. O que una institución que anula matrimonios canónicos no tolere que el Estado democrático divorcie. Cuando la democracia estableció el matrimonio civil en España, los obispos dijeron que era un inmoral concubinato. Ignoro la calificación que les merecerá la relación de Carla Bruni con Sarkozy, recién salido de la basílica romana.

Predicar la objeción de conciencia contra el Estado, con el argumento de que la Constitución establece el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias convicciones, nos llevaría a admitir el mismo principio para los integristas musulmanes. En 1975, monseñor Tarancón clamó por una España de todos. Era una ruptura con los purpurados de brazo en alto, escaño en las Cortes franquistas y palio a disposición del dictador. Sus sucesores han dado marcha atrás: prefieren la agitación política y la confrontación. El del domingo no fue un acto religioso. Hubo unas 200.000 personas, pero al contar manifestantes políticos, el octavo mandamiento no obliga.