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Televisión pública: medalla en improvisación

Ignacio Martínez | 13 de noviembre de 2009 a las 7:33

El bandazo gubernamental sobre financiación del sector audiovisual público pone en riesgo el futuro de estos medios en España. Y, de momento, ha forzado la dimisión de su presidente, Luis Fernández, que se despide hoy. Es curioso que al Gobierno le moleste que se diga que improvisa. ¡Pero lo hace constantemente! Acaba de hacerlo en una de las asignaturas en las que mejor nota saca Zapatero en sus cinco años largos de mandato: RTVE. En España la televisión pública ha sido desde su fundación un órgano oficial de propaganda. Durante la dictadura, desde luego, pero desgraciadamente también durante la democracia.

Zapatero ha sido el primer presidente del Gobierno que ha concedido a la televisión pública la mayoría de edad; a la emisora y a sus espectadores, con una desgubernamentalización de la información; con una independencia, un pluralismo y un rigor que no había tenido nunca antes. Esto se ha llevado a cabo de tal manera que algunos dirigentes socialistas echaban de menos el estatus anterior: he llegado a oír de sus labios a un ex ministro amigo del presidente, que el PSOE vive en “un permanente estado de sitio mediático”. A veces, el sentido de la realidad es el menos común entre los políticos. 

Este ha sido un gran debate en Europa desde el inicio de la era de la televisión, que empezó tras la segunda guerra mundial, con la excepción del Reino Unido. La BBC fue la primera televisión que emitió en el mundo, en 1936. Más tarde llegaron la francesa, en 1949; la italiana, en 1952; la alemana, en el 54; o la española, en 1956. La guerra dejó secuelas en la sociedad, que tuvieron un reflejo en el sector audiovisual público. El riesgo para las libertades que habían significado el fascismo y el nazismo y con medio continente detrás del telón de acero comunista, llevó a los gobiernos de Europa Occidental a un cierto complejo legitimista. Quien ganaba las elecciones tenía el derecho de utilizar la televisión pública para hacer valer las ideas de la mayoría. Se hacía sin complejos: Alain Peyreffite, ministro de Información de De Gaulle, cuenta en sus memorias cómo escribía él mismo los telediarios en la ORTF francesa en los años 60.

A ese punto hemos llegado nosotros con 40 años de retraso. También sin complejos: el presidente Chaves nombró a su portavoz director general de la RTVA. Hay más ejemplos, no sé si más penosos: para el Canal 9 valenciano no ha existido el caso Gürtel, y Esperanza Aguirre consideraba que la Telemadrid de la época de Gallardón estaba en manos ¡de Sendero Luminoso! Por eso sorprendió gratamente que Zapatero permitiese que TVE pasara de la categoría de televisión gubernamental a la de televisión pública. Una drástica reducción de personal, nuevo estatus jurídico y un presidente de la nueva Corporación, profesional de prestigio e independiente, han puesto a la radio televisión pública en el mejor lugar de su historia.

Su audacia debe haberle dado vértigo al propio Zapatero. O será su querencia a la improvisación, pero lo cierto es que en mayo de un plumazo el Gobierno decidió dejar sin publicidad a RTVE, sin hacer partícipe al presidente de la Corporación hasta la noche de antes de anunciarlo. Además, pergeñó un precario sistema de financiación por parte de las televisiones privadas y las compañías de telecomunicaciones. Una autoridad en la materia, como el profesor Díaz Nosty, ya escribió en los diarios del Grupo Joly que “las cadenas privadas, beneficiarias de la medida, no tardarán en denunciar la financiación del audiovisual público por el sector privado y las empresas de telecomunicaciones se oponen ya a la medida. ¿Se puede, con estas debilidades de partida, sentar las bases sostenibles de una verdadera televisión pública? Es difícil. Si desde un Gobierno más cercano a lo público se opera en estos términos, un cambio de color político podría suponer la liquidación de la televisión estatal”.

Por eso hoy se va Luis Fernández, el mejor presidente/director general que ha tenido el sistema público de radio televisión en España. No creo que sea para que Zapatero y su vicepresidenta Fernández de la Vega se pongan una medalla. La improvisación todavía no es deporte olímpico.

‘Sálvame': pasión y cuernos

Ignacio Martínez | 16 de agosto de 2009 a las 13:05

El presentador de un programa sensacionalista de sucesos en la televisión brasileña ha sido detenido, acusado de organizar al menos seis asesinatos, con el objetivo de que su equipo fuese el primero en llegar al lugar del crimen y así aumentar los índices de audiencia. Para más inri, el tipo es un diputado electo en el Estado de Amazonas. Recuerdo que en la televisión francesa hubo un caso tremendo en los años 70: un campesino fue invitado a París durante unos días, a todo plan, por cuenta de un programa de telerealidad. Había salvado a unos paisanos de morir en un incendio e iba a participar en una emisión que recreaba la hazaña. Unos años después, sin embargo, en una situación similar no pudo sacar de una casa en llamas a sus ocupantes, que murieron. Desgraciadamente, se averiguó que él mismo había provocado el fuego: le había encantado ser un héroe televisivo. ¡¡Uff!!

Aquí, todavía no hemos llegado a tanto. Nuestros ‘héroes’ de este género se dedican más al sexo que a la sangre. Al sexo, en el sentido más trivial; tú-me-dejas, yo-me-vengo, toda-España-se-entera, yo-cobro. En realidad, sería más correcto decir que este tipo de espacios se dedica a los cuernos. Es lo que une a la ex del torero de Ubrique, la ex de Frade o a la ex de Pipi. Con sorpresa, en el lapso de pocos días leo en mis dos periódicos nacionales favoritos sendos artículos sobre el programa ‘Sálvame’ de Tele 5. Se adivina una cierta consideración por la-obra-bien-hecha, que no comparto. Entiéndase: comparto el respeto por la obra bien hecha, aunque sea de un género menor, pero no por la basura ‘de luxe’, que inunda las pantallas de nuestra televisión privada.

La escritora de novela negra Donna Leon, norteamericana residente en Venecia, ha arremetido en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander contra el autor de moda, el sueco Stieg Larsson. Leon encuentra la trilogía Millennium “patológicamente mala: los contactos sexuales son violentos; no hay pasión, tan sólo pasión por violencia o por venganza”. No critica la calidad, utiliza ‘malo’ como ausente de bondad. A mí me gustan los periodistas que escriben novelas bien hechas. Larsson ha hecho las delicias de millones de españoles en el último año: estoy convencido de que la semana pasada, cuando dijo eso del estado policial, Cospedal estaba con el tercer libro, fascinada con las historias de la säpo.

Hay otras novelas de periodistas que recomiendo: Delicioso suicidio en grupo del finlandés Paasilinna, o De un mal golpe de Félix Bayón. Hablo de los recientes, porque si no, habría que añadir que el gran Raymond Chandler ejerció entre otros oficios el de periodista. Su detective Marlowe, por mucho que le gustase el ajedrez y la poesía, tenía un punto canalla. Compruébenlo en El largo adiós. Por el contrario, el comisario Brunetti de Donna Leon, es un fiel esposo de una condesa profesora de literatura y devoto padre de dos hijos. Un hombre amable y muy formal. Se entiende que Leon encuentre ‘malo’ a Larsson. Por cierto, que ella no se ha dedicado al periodismo, sino a la publicidad. Me corroe la curiosidad por saber qué calificativo le pondría al placentero entretenimiento de nuestra televisión basura, con pasiones tan humanas.

Motos en Jerez

Ignacio Martínez | 2 de mayo de 2009 a las 15:30

Las motos de Jerez no son sólo las de el Campeonato del Mundo, las de Lorenzo, Rossi y Pedrosa, sino  cientos, miles de motos que inundan Jerez, Sanlúcar, El Puerto, Chipiona o Rota, conducidas por gente educada -a pesar de la leyenda- que llevan BMW, Kawasakis, Hondas, Harley-Davidson, etcétera. Los hoteles, apartamentos, bares, restaurantes están llenos a rebosar, como en agosto. Un gran negocio turístico para la zona. Muy bien empleados los 5 millones de euros que paga de tasa la Consejería de Turismo y Deporte. Y además, queda mañana el impacto de la retransmisión de televisión a todo el mundo. Buen negocio y una buena noticia, para variar.

Disfrute, no todo es crisis

Ignacio Martínez | 20 de enero de 2009 a las 18:30

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Vaya semanita es un programa de una televisión pública, la vasca ETB 2. Es un programa de humor en el que cuando toca se ocupan de los políticos. No le libra ni dios. Se diría que es televisión de calidad. ¿Un ejemplo para Canal Sur?

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‘Coma inducido’ en el Consejo Audiovisual

Ignacio Martínez | 25 de mayo de 2008 a las 15:53

Vázquez Medel

España podría aspirar a una medalla de oro suplementaria en los Juegos de Pekín, si se declara el furor legislativo como deporte olímpico. Nos encanta legislar. Muchas leyes, como las de dependencia o violencia doméstica, tienen tan buenas intenciones como escasos medios materiales y humanos para ser aplicadas. O acaban en manos de órganos que no tienen atribuciones reales para hacer efectivas las aspiraciones del legislador. Es el caso del Consejo Audiovisual de Andalucía, en coma inducido desde que el pasado martes dimitió su primer presidente, Manuel Ángel Vázquez Medel. Este CAA, tomado por el pito de un sereno por propios y extraños, es nada más y nada menos que una de las ocho instituciones troncales sobre las que se organiza políticamente el autogobierno de la comunidad autónoma, según recoge el Título IV del Estatuto de Andalucía.Desgraciadamente el CAA está lejos de ser la autoridad independiente encargada de velar por el respeto de los derechos, libertades y valores constitucionales en los medios audiovisuales, que establece el artículo 131 del Estatuto. Y está lejos, porque los legisladores andaluces así lo quisieron cuando aprobaron la ley de creación del CAA en 2004. El origen de los consejos audiovisuales en Europa está en el primer Gobierno socialista francés bajo la Presidencia de Mitterrand. En 1982 arranca la Alta Autoridad para el audiovisual, que en 1989, al inicio del segundo septenato de Mitterrand, pasó a llamarse Consejo Superior del Audiovisual. Este organismo tiene enorme poder: entre otras cosas, nombra a los presidentes de la televisión y de la radio públicas, concede las licencias de radio y televisión y tiene una capacidad de sanción que ha ejercido con firmeza desde su creación, con multas de muchos millones de francos.

De todas estas competencias carece el Consejo andaluz, órgano de carácter meramente consultivo. Las 22 funciones previstas en su artículo 4 empiezan con verbos que ponen de manifiesto las buenas intenciones del legislador y el escaso poder del órgano. El CAA debe velar, asesorar, informar, fomentar, propiciar, incentivar, vigilar… Mucha autoridad y poco poder: sólo la capacidad de sanción por infracciones en los contenidos o en la publicidad.

La segunda debilidad del CAA es que aunque es un órgano de origen parlamentario, depende burocráticamente de la Consejería de Presidencia, de sus servicios jurídicos, de su presupuesto, de su tutela. La ley indica que la administración de la Junta de Andalucía le prestará a este organismo “la colaboración necesaria”. Presidencia es, por cierto, la misma Consejería de la que también depende la Radio Televisión de Andalucía, la RTVA. Lo lógico sería que un órgano independiente que emana del Parlamento, dependiese de la propia Cámara en todos los aspectos, también en los reglamentarios, jurídicos o presupuestarios. El mismo reglamento del CAA fue aprobado por el Consejo de Gobierno de la Junta, que enmendó a su criterio lo dispuesto por los consejeros independientes, sin que el Parlamento ni el CAA tuviesen nada que objetar.

La tercera fragilidad del CAA ha sido la falta de espíritu colegiado de sus trabajos y decisiones. Difícilmente un órgano nuevo, como éste, puede acreditarse ante la sociedad con resoluciones sacadas por mayorías simples. Y menos en un ambiente de confrontación. Es curioso se censure siempre el frentismo entre los dos grandes partidos y cuando se nombran órganos profesionales como el Consejo General del Poder Judicial o el CAA, sus componentes acaben convirtiendo a estas entidades en miniparlamentos profundamente divididos. Hay consejeros audiovisuales, de todo signo, que se quejan de “vejaciones, insultos y ninguneos” de alguno de sus colegas.

A pesar de todo, en sus dos años y medio de vida el CAA, que tiene un presupuesto anual de 8 millones de euros, ha desarrollado una actividad profesional interesante. Su informe sobre los contactos sexuales explícitos en televisiones locales en horario infantil debería ser tenido en cuenta por la Fiscalía. Y su estudio sobre los contenidos de radio, en el que la información regional casi ha desaparecido de los emisoras comerciales, marcan caminos que esta institución debe emprender para ganarse un prestigio del que ahora carece.

(Foto de Efe de Manuel Ángel Vázquez Medel el 13 de diciembre de 2007, durante una comparecencia en el Parlamento de Andalucía)