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La Dama de Hierro

Ignacio Martínez | 16 de enero de 2012 a las 10:36

La Dama de Hierro, la película sobre la vida de Margaret Thatcher, bate récords de taquilla. En su primer fin de semana recaudó más de un millón de euros y fue la segunda más vista de la cartelera nacional. Está claro que nos interesan los grandes personajes de la historia reciente. No es una película genial, pero es magnífica la interpretación de Meryl Streep de su época adulta y la actual con demencia senil.

El primer ministro conservador David Cameron ha criticado precisamente que la cinta se recree en la enajenación mental del último periodo de la vida de la señora Thatcher.  No es irrespetuosa la manera de abordarlo, pero es una pena que la historia no sea más lineal y más intensa en la época juvenil, cuando se forjó su carácter indómito, y durante su ejercicio del poder. Hay muchas cosas que faltan en la historia cinematográfica.

Aunque no comparto sus ideas políticas, siento una profunda admiración por Thatcher, hija de un tendero, que fue una niña inteligente, trabajadora y activa. Practicó por ejemplo, el piano y la poesía, el hockey sobre hierba y la natación. Consiguió ser admitida en Oxford, se licenció en Químicas y trabajó como investigadora en plásticos. Después haría Derecho y se especializaría en tributos.  Emprendió una carrera política que la llevaría a ser la única primera ministra que ha tenido el Reino Unido en su historia. Y lo hizo durante 11 años, después de ganar tres elecciones y dejar a su sustituto John Major en condiciones de lograr el triunfo para otro mandato.

Fue muy conservadora, pero alguna de sus decisiones no encaja en ese perfil. Elegida diputada en Los Comunes en 1959, allí consiguió que los plenos de los ayuntamientos fueran abiertos al público. Votó a favor de la despenalización de la homosexualidad, en contra de restaurar los castigos físicos en los colegios, a favor del aborto en caso de graves deficiencias del feto o incapacidad de la madre para hacerse cargo del niño. Y propugnó un sistema de enseñanza más basado en la comprensión que en la memorística. Como primera ministra firmó en 1986 el Acta Única europea, germen del mercado único. Y tres años después, aunque se quedara fuera, permitió a sus once socios emprender el camino del euro.

Tuvo una actuación sustancial para los españoles. Cuando se produjo el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 el presidente Reagan acababa de tomar posesión en enero. Y el general Alexander Haig (que sale en la película, en otro episodio) era un novato secretario de Estado americano. Preguntado por el golpe, dijo que era un asunto interno español. Sin embargo, la Dama de Hierro condenó la sublevación militar de manera tan vehemente como sólo ella sabía hacerlo. La calificó como un acto terrorista y exigió la inmediata restauración del orden constitucional en España. Ahí queda eso.

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Belleza en siete días

Ignacio Martínez | 10 de septiembre de 2011 a las 10:01

La demagogia no descansa. Como en un viejo anuncio de televisión, González Pons embadurna la ajada piel de toro con un ungüento suave, fresco y agradable, la creación de tres millones y medio de empleos. ¡Fantástico! El portavoz del PP es hombre elocuente. Pero se gusta demasiado y comete excesos imprudentes como el del miércoles. Le pidieron que concretase la idea de Montoro de bajar los impuestos a los emprendedores y se sacó de la manga la creación de un millón de empresas y millones de puestos de trabajo.

Como el farol era de campeonato, tuvo que desdecirse: no hablaba de una promesa sino de una aspiración. Y tanto. Para crear un millón de empresas en España habría que fundar 150.000 en Andalucía. Y cuando la economía y la burbuja inmobiliaria iban como un cañón, en los locos años 2000, se creaban unas 20.000 al año en esta región. Harían falta ocho años de crecimientos como aquellos para cumplir con las aspiraciones del político valenciano. Se antoja muy difícil.

En todo caso, vuelven las modas. Las artículos de belleza de los 60, el pantalón campana de los 70 y los modelos conservadores de recuperación de la economía de los 80. La moda, como la materia, ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. En los 60, hermosas actrices de Hollywood anunciaban en televisión el jabón Lux. Según su eslogan, era el que usaban de nueve de cada diez estrellas de cine. Entonces el discreto actor de cine Ronald Reagan se convirtió en gobernador de California; iniciaba una carrera que le llevaría a la Casa Blanca. También en aquel tiempo se hizo famoso el spot del plan Pond’s de belleza en siete días. La marca neoyorkina popularizó su crema con la promesa de un cutis suave, fresco y agradable. Aquel anuncio de Pond’s es del año en que nació Pons, a quien la inspiración le viene de cuna.

En los 80, Thatcher en el Reino Unido y Reagan en Estados Unidos pusieron en marcha programas económicos, que inspiraron a Aznar en la España en los 90 y están en el recetario básico que se dispone a aplicar el PP: 1. Se reduce el gasto público y se deja margen al sector privado para que genere actividad, crecimiento y empleo. 2. La disciplina fiscal impresiona a los mercados, que bajan los tipos. 3. Se bajan los impuestos. Y 4. La reducción del consumo interno se compensa con las exportaciones. Estas fórmulas tuvieron éxito en épocas de expansión de la economía mundial, pero no está tan claro que funcionen en un periodo de contracción generalizada. Y más cuando se ralentiza el auge de los países emergentes, el crecimiento de occidente es lento, la deuda acumulada enorme y la solvencia de los bancos dudosa.

Y mientras, hay modas que no pasan: nueve de cada diez políticos van a gastar dosis masivas de demagogia hasta las elecciones andaluzas. La belleza en siete días de Pons es sólo una ilusión. Resignación.

No es lo que parece

Ignacio Martínez | 25 de septiembre de 2010 a las 9:56

La mayor parte de los actos públicos, incluidas las cumbres mundiales, son ceremonias de cara a la galería. Se elige un marco incomparable, se preparan chistes que decir a los fotógrafos en la foto de familia y el guión ha sido cuidadosamente preparado por unos esforzados sherpas, así llamados literalmente en la jerga de la diplomacia internacional. Estos sherpas ayudan a sus jefes a llegar a la cumbre. Generalmente sin esfuerzo, porque todo está pactado de antemano. Y cuando no es así, como en la cumbre del clima de Copenhague, nada se resuelve.

La reunión del martes en la sede de Naciones Unidas de Zapatero con el rey Mohamed VI de Marruecos corresponde al modelo clásico. Nada es lo que parece. No están en una sala, sino en un pasillo, en el que han puesto mamparas a los lados. No recibe el presidente, sino el rey, que es jefe de Estado y por eso sólo está su bandera; pero Zapatero sale a recibirlo, porque llegó antes a la cita, como corresponde por su menor rango protocolario. Y no tienen nada que decirse, sino acabar con unas sonrisas con las desavenencias de este verano. Nada más. Salvo un desliz del presidente, que le dijo al monarca “lo más importante es la foto”. Eso sí que es lo que parece.

La brava comisaria Vivien Reding, manteada por los líderes de la UE la semana pasada en una cumbre en Bruselas, ha comparecido en el Parlamento Europeo muy entera. Tan segura de sí, que ha insinuado que detrás de los ataques había machismo. “Si un hombre en política da un puñetazo en la mesa es considerado varonil, se defiende; cuando lo da una mujer, es una histérica”, dijo. Discrepo. Margaret Thatcher dio muchos puñetazos en la mesa durante los once años y medio que fue primera ministra, hizo la guerra de las Malvinas, se llevó por delante a los sindicatos del carbón, combatió al IRA en todos los terrenos… Y nadie llamó histérica a la dama de hierro. Probablemente Reding ha sido golpeada por ser miembro de una débil Comisión Europea o de un país pequeño, antes que por ser mujer.

Y aquí hay un caso de manteo nacional con un periodista extranjero. Mi colega y amigo Leo Wieland, corresponsal en Madrid del Frankfurter Allgemeine Zeitung, el más influyente diario alemán, escribió el domingo una crónica en tono desenfadado e irónico sobre la clase política española. No dejaba títere con cabeza. Pero lo que ha trascendido es que se trataba de un reportaje machista contra las ministras. Lo parece el título: las muñequitas de moda de Zapatero. Wieland, corresponsal durante muchos años en Moscú y Washington, es un periodista de primer nivel. Y dedica a Zapatero, Rajoy, Camps, Blanco, Duran Lleida o Anasagasti tal cantidad de sarcasmos hirientes, que se hace difícil aceptar que hizo un texto misógino. Eso sí, el lenguaje es duro y alejado de lo políticamente correcto. A veces, la pasión nos impide ver que las cosas no son lo que parecen.

Se buscan culpables

Ignacio Martínez | 15 de septiembre de 2010 a las 12:47

Esperanza Aguirre es una estrella del espectáculo de nacimiento. Ya vino de fábrica con un inhibidor del miedo escénico. Al contrario, donde está más a gusto es bajo los focos. En calcetines, cuando vuelve del atentado de Bombay, por poner un ejemplo gráfico. Y además de sus indudables condiciones innatas ha desarrollado un instinto depredador en la pugna política, que le permite salir más airosa que ningún otro dirigente popular salpicado por el caso Gürtel o desafiar al Gobierno con el incumplimiento de la ley antitabaco y de la subida de impuestos. Lo importante es estar en el candelero y, de camino, dejar en evidencia la pusilánime actitud de Rajoy ante los problemas del país.La estrella del firmamento político nacional, admiradora sin complejos de la gran Margaret Thatcher, tiene ahora la misma edad que tenía la dama de hierro cuando era inquilina del 10 de Downing Street. Bueno, de hecho, la Thatcher a los 58 años ya llevaba cuatro de primera ministra. Pues bien, nuestra Aguirre, como su adorada predecesora británica, le ha puesto proa a los sindicatos, en un momento en el que no gozan de mucho predicamento en el país. Y lo ha hecho, con la habilidad que le caracteriza, con abundancia de pirotecnia: dice que quiere quitarle 2.000 liberados a los sindicatos en la Comunidad de Madrid, con los que se ahorraría 70 millones. Traducido al lenguaje de la calle, la presidenta de Madrid insinúa que hay una manta de vagos enchufada de delegados en las empresas públicas y deja caer que la crisis la paguen los sindicalistas.

Hasta aquí lo que podríamos llamar show business. Pero es que Aguirre no está sola. Y no porque haya salido en su apoyo, a remolque, Mariano Rajoy. No está sola porque ha dicho en voz alta lo que mucha gente piensa en silencio. En el inconsciente colectivo el delegado sindical de empresa pública no está bien visto. Vamos, no están bien vistos ni por los delegados de empresas privadas, en donde sí que es difícil y arriesgado ejercer esa función.

¿Hay demasiados liberados en las empresas públicas? ¿Cumplen con su función social los sindicatos? Es posible que sean demasiados los delegados y que haya algunos aprovechados. Pero hay que procurar que no se nos extravíe la brújula. He oído el otro día a un tertuliano de Radio Nacional decir que sin sindicatos Europa estaría mejor. Y eso es un despropósito. De la misma manera que unos concejales corruptos no nos llevan a plantearnos eliminar las elecciones municipales o unos diputados ineptos no hacen superflua la existencia de parlamentos, el sindicalismo, como todo órgano de representación democrática, es necesario. Y también mejorable, desde luego. Pero ahora lo que se intenta es hacer a los sindicatos culpables de la situación que vive el país. O cómplices. Es lista doña Esperanza.

El hito planetario

Ignacio Martínez | 3 de enero de 2010 a las 3:24

Se está exagerando el papel de la presidencia española de la Unión Europea. No es la primera. Felipe González ya fue presidente de turno en 1989 y 1995 y Aznar en 2002. Las cumbres de Madrid con las que terminaron las presidencias socialistas fueron decisivas para el lanzamiento de la moneda única. En junio de 1989 Thatcher permitió que los demás iniciaran el camino hacia la unión monetaria sin el Reino Unido. Y la de diciembre de 1995 bautizó la nueva divisa como euro. En la de Sevilla de junio de 2002 se arregló el Tratado de Niza para que los irlandeses lo aprobasen en un segundo referéndum y fracasó el plato fuerte defendido por Aznar y Blair: dejar sin cooperación a los países africanos que no colaborasen contra la inmigración ilegal. Pero, como siempre, en Sevilla se despacharon importantes asuntos corrientes en materias como inmigración y asilo, ampliación y futuro de Europa; incluso se habló de desarrollo sostenible. Ya ven que no hay nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, en esta cuarta ocasión hay un afán de protagonismo excesivo. El PSOE está cinco puntos por debajo del Partido Popular en las encuestas, pero pretender arreglar la imagen presidencial a base de fotos de cumbres con países de Latinoamérica, del Mediterráneo, con Marruecos o con Obama es desvirtuar el cometido de España en este semestre. Se ponen en marcha nuevas instituciones del Tratado de Lisboa y se pretende abrir la puerta a nuevos adherentes: la Unión puede tener 37 socios en 2020. Se quiere dejar atrás la crisis y tener una mejor presencia de Europa en el plano internacional. Esto último no es cuestión de número: cada vez hay más países europeos en el G-20, pero cada uno habla con su propia voz, en un coro disonante.

Este semestre tiene algunos inconvenientes: la nueva Comisión no entrará en funciones hasta febrero y hay elecciones británicas en mayo. En vez de buscar grandes titulares, Zapatero haría bien en administrar los asuntos pendientes. En otras palabras, no estamos ante ningún acontecimiento planetario por la coincidencia de dos liderazgos a ambos lados del Atlántico, como enunció una bisoña dirigente socialista meses atrás. España está lejos de poder ejercer liderazgo alguno, pero además no es eso lo que se estila en Europa, en donde el presidente es un primus inter pares. Si ha habido un español líder europeo en los 24 años que España lleva en la UE, ha sido González. Aznar y Zapatero se han quedado lejos de serlo.

Catalanofilia

Ignacio Martínez | 19 de julio de 2009 a las 8:52

El vicepresidente Chaves ha declarado que el nuevo sistema de financiación autonómica no establece privilegios y quien diga lo contrario padece de catalanofobia. En paralelo, dirigentes de Esquerra presumen de que Cataluña se va a poner cinco y seis puntos por encima de la media nacional, porque para eso paga más impuestos. Los catalanes han negociado muy bien, con argumentos, con tenacidad y con el poder que le dan votos que Zapatero necesita en el Congreso para no pasar apuros en lo que queda de legislatura. Pero aquí ha habido escasa transparencia: conocemos el método de cálculo, pero se deja que cada autonomía le ponga cifra a su montante regional. La suma territorial hecha por este procedimiento tan poco fiable incrementa en un 25% los 11.000 millones adicionales.

Añado que los catalanes han bordado la negociación. Hace cinco años plantearon la reforma de su Estatut con la pretensión de recuperar 6.000 millones de euros, un billón de pesetas, de su contribución a la Hacienda nacional. Por dos conceptos: más inversiones del Estado, en función de su PIB per cápita, y quedarse con una parte mayor de sus impuestos. El primero ya está en marcha, con un aumento de la inversión que ronda los mil millones de euros. El segundo se ha cerrado esta semana con una horquilla que se acerca a los 4.000 millones. El cheque catalán en 2012 se puede poner en 5.000 millones de euros. Una vez y media el cheque británico que la Margaret Thather arrancó a sus nueve socios comunitarios a principios de los 80, y que en sus primeros veinte años de vigencia, entre 1984 y 2004, supuso 3.500 millones de euros anuales.

En todo caso, me apunto a la filosofía de Chaves; en vez de protestar por lo que consiguen los catalanes, hay que imitarles. Me gustaría que nuestros gobernantes se atrevieran a convocar elecciones autonómicas en solitario, como hacen los catalanes. Que Andalucía tuviese una tradición empresarial como la de Cataluña. Que existiera algún partido regionalista influyente. Que en vez de 60 funcionarios por cada mil habitantes tuviésemos 38, como en Cataluña. Que nuestros jóvenes tuviesen un afán por formarse similar al de los catalanes de su edad. En fin, que fuésemos menos conformistas. Sería más importante que el dinero.

El caso Gürtel entra en el circo romano

Ignacio Martínez | 15 de julio de 2009 a las 11:50

 

Huele a sangre al final de los sanfermines. Sangre española en el circo romano. Esperanza Aguirre ha sacado sus legiones mediáticas a la calle, y a Bárcenas le quedan horas como tesorero del PP. La incómoda posición de Rajoy defendiendo a los implicados de su partido en la trama Gürtel contra viento y marea se ha vuelto contra él. Lo haya hecho por convicción, por debilidad o por interés, ya es un hecho que esta historia de corrupción ha tocado a la cúpula de los populares. Y el último episodio nos devuelve a la lucha por el poder en el partido. Pretorianos y centuriones discuten de nuevo sobre la dirección de la nave. Los neoliberales seguidores de Aznar siguen apostando por Aguirre, una mujer de hierro en versión autóctona, con cara de no haber matado una mosca. Tanto coincide con Margaret Thatcher, que hasta encaja en la edad: la dama de hierro original llegó a primera ministra británica con 54 años y estuvo en el poder hasta los 65; y Esperanza tiene ahora 57 y tendrá 60 cuando se celebren las próximas elecciones generales.

Aguirre ha tenido la habilidad, la audacia o lo que hay que tener para limpiar el campo de los implicados en el caso Correa dentro de la Comunidad de Madrid, el único ámbito del PP en donde han rodado cabezas; las de alcaldes o consejeros autonómicos. Eso es justamente lo que no ha hecho Rajoy con Bárcenas o con Camps. El presidente valenciano se encomienda a la protección de los jueces del TSJ valenciano y confía en que el tribunal que examine su recurso archive el caso. Un Naseiro II, vamos. El instructor que le acusa de cohecho pasivo impropio viene a decir que le regalaron los trajes, pero a cambio de nada. Qué generosos Correa y el Bigotes, los tíos. Y qué ingenuo el presidente valenciano, qué cándido. Qué mentiroso. Francamente, prefiero la determinación de Aguirre que las dudas de Rajoy; las ironías de la presidenta de Madrid a la falsa cursilería de Camps.

Y en esto se abre la puerta del coliseo y salen a la arena Bárcenas, amenazando con airear secretos, y nuestra dama de hierro nacional, para retarle a duelo. El tesorero del PP ha filtrado que se llevó nueve cajas de la sede central de Génova con documentación comprometida para altos cargos populares, en especial Aguirre y su segundo, Ignacio González, que como buen compañero del partido es su enemigo mortal. Y Esperanza sale a su encuentro y le pide “de rodillas” que cuente todo lo que sepa de ella. En esta escena de la película es donde muere el gladiador Bárcenas. De momento se la envaina. Y Rajoy queda desacreditado.

Su tranquilidad natural permitió a Rajoy ser sucesor de Aznar y lograr hace un año un paseo triunfal en el congreso de Valencia, tras perder las elecciones por poco. Pero ahora debe decidir la suerte de Bárcenas; un problema que no se resuelve solo. Debe colocar su mano en el aire y, con decisión, poner el pulgar para arriba o para abajo. El coliseo no le quita ojo.