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Los nuevos tiempos

Ignacio Martínez | 27 de octubre de 2010 a las 18:41

Si el comportamiento de los canónigos de Córdoba en la liquidación de Cajasur es un ejemplo perfecto de atención desmedida al interés propio, sin cuidar el de los demás; de localismo y perjuicio a la construcción regional, la agrupación de las universidades de Sevilla y Málaga para conseguir un Campus de Excelencia Internacional es todo lo contrario. Afortunadamente, cada vez son más los que piensan que sin especialización, calidad y cooperación no habrá un verdadero progreso regional. Y es una lástima que Granada rechazara la invitación de Málaga para participar en Andalucía Tech.

Hay que felicitar a las dos universidades concernidas, y en particular a sus escuelas o facultades de ingeniería industrial , informática y telecomunicaciones, que serán el eje de esta iniciativa. Y también elogiar a sus rectores, Joaquín Luque, un ingeniero y filósofo que está en su primer mandato, y Adelaida de la Calle, una bióloga que en su segundo mandato tiene a la comunidad universitaria malagueña tan en vilo como Zapatero a las huestes socialistas: no ha anunciado todavía si optará a una tercera elección.

La puesta en práctica de este puente universitario entre Málaga y Sevilla tiene un peculiar sistema de financiación. Inicialmente se trata de un préstamo del Ministerio de Educación de 5,3 millones de euros, que será convertido por la Junta en subvención. Todo esto va a suponer un trasiego de profesores y alumnos entre las dos ciudades de lo más saludable. Viajar enseña mucho y gran parte de los recelos entre las dos principales ciudades de Andalucía se limarán con el uso. La idea de los campus de excelencia es del secretario general de Universidades, Màrius Rubiralta, que ya se ocupaba de la materia en el Ministerio de Innovación con Garmendia y ahora sigue en Educación con Gabilondo. Se trata de alentar la especialización para conseguir que determinados departamentos sean una referencia internacional en 2015.

Entre los peros que se le pueden poner al plan está el nombre. La excelencia, la calidad superior, es elitista por definición. Y si ya hay 22 universidades en España con la etiqueta de excelente, en nada de tiempo será difícil distinguir la paja del trigo. En esta convocatoria se ha calificado de campus de excelencia de ámbito regional el proyecto de Bio Tic de la Universidad de Granada con el Campus de la Salud, y ha sido renovado el agroalimentario que lidera Córdoba, con Cádiz, Huelva, Almería y Jaén. De todas las universidades andaluzas, sólo a la Olavide de Sevilla le falta esta etiqueta. Su proyecto fue considerado magnífico por el comité internacional de evaluación, desde el punto de vista técnico y científico, pero no prosperó por falta de concreción práctica.

Esto nos da la pauta. La innovación debe buscar la aplicación práctica en colaboración con la iniciativa privada. Son los nuevos tiempos.

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El eje Sevilla-Málaga

Ignacio Martínez | 16 de mayo de 2010 a las 14:01

El proyecto conjunto de las universidades de Sevilla y Málaga para crear un campus de excelencia internacional es una noticia que trasciende del ámbito de la investigación y la educación superior. Andalucía está por hacer 28 años después del inicio del proceso autonómico. Los recelos interprovinciales están a flor de piel. Y es imprescindible crear redes, ejes de desarrollo y cooperación. En el mismo espacio universitario, el año pasado ya dio una lección un grupo de universidades jóvenes liderado por Córdoba, en el que están Cádiz, Huelva, Almería y Jaén, al conseguir la única declaración de excelencia en la región. Ahora se presenta una iniciativa de Sevilla y Málaga, un eje imprescindible para la construcción regional.

Los estadios de fútbol han sido escenario descarnado en múltiples ocasiones del mal entendimiento entre las dos ciudades más pobladas de la región. Uno de los más frecuentes cánticos de la afición malagueña es el conocido ¡sevillano el que no bote!, muy venial si se compara con el ¡puta Sevilla, puta capital!, nada infrecuente. Por cierto, generosamente correspondido por la otra parte con un ¡puta Málaga!. En fin, ya sabemos que somos capaces de sacar lo peor de nosotros mismos ocultos en una gran masa, pero los dirigentes políticos y sociales tienen la responsabilidad de guiarnos por otros caminos. Incluida la prensa. La prensa local se ha vendido siempre muy bien contra la capital o viceversa. Las culpas están bien repartidas…

La realidad es que en una comunidad autónoma tan grande hay que trenzar muchas alianzas y complicidades. Pero si hay una necesaria a todas luces es la Málaga-Sevilla. Es nuestro particular eje París-Bonn. Esto me recuerda una frase del discurso fundacional de la Unión Europea, pronunciado por Schuman en 1950: “Europa no se hará de golpe, ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. Cambien Europa por Andalucía y apliquémonos el cuento. Los rectores Adelaida de la Calle y Joaquín Luque con su proyecto tecnológico de excelencia han hecho honor a esta idea. Hay que felicitarles por su gran iniciativa.

Cooperación regional

Ignacio Martínez | 30 de noviembre de 2009 a las 1:56

La universidad española se ha examinado sobre su relevancia internacional y su excelencia investigadora. Y las nuestras no han quedado muy bien. Se quejan algunos rectores de apaños, errores o insultos, en particular las dos grandes universidades andaluzas, Granada y Sevilla, con más de cinco siglos de historia cada una de ellas. El gordo de la calificación de excelencia internacional se ha quedado entero en universidades de Madrid y Barcelona, el eje que vertebra en este país la empresa, la universidad, el puente aéreo y el fútbol. Entre otras cosas.

Para los demás ha habido un premio de consolación: la excelencia regional. Aquí hemos tenido los andaluces una pedrea. Un proyecto común de cinco universidades pequeñas, recientes, ha entrado en esta clasificación: Almería, Cádiz, Huelva y Jaén, lideradas por Córdoba, con un proyecto agroalimentario. Este es un buen retrato de la Andalucía de ahora y del futuro. Vale para la universidad, pero también para sectores tradicionales, como la agricultura, que ven en peligro sus posibilidades de supervivencia.

Una de las grandes asignaturas pendientes de Andalucía es su cohesión interna. En casi 30 años de autonomía, los distintos territorios no han aprendido a especializarse y cooperar. Aquí todo se lee en clave local. Esta es la patria común de todos los localismos. Por eso, el hecho de que cinco universidades se unan para un plan conjunto de investigación ya es un hito en la historia de la región. Si además, los expertos nacionales y extranjeros que han evaluado los proyectos consideran éste como uno de los nueve mejores de España, es para sentirse satisfechos.

El tema agroalimentario elegido por el consorcio ganador, aporta otros elementos de reflexión. La agricultura significa poco en nuestra sociedad. Andalucía es una potencia agraria indiscutible, pero en las grandes ciudades se vive de espaldas al campo. Es un fenómeno muy español, que llega hasta los periódicos. En Francia la información agraria ocupa gran espacio en los diarios, en España no. En Francia ex ministros de Agricultura llegan a presidente de la República o primer ministro, como Chirac o Rocard. En España, no ocurre. Y Andalucía no es una excepción.

Los sectores tradicionales tienen que espabilar. Por ejemplo, Andalucía es el primer productor mundial de aceite de oliva y puede haber recibido cerca de 15.000 millones de euros de ayudas europeas a su producción en los últimos 23 años: son dos billones y medio de pesetas, que se dice pronto. Con ese dinero, las botellas de aceite andaluz deberían estar hoy en las estanterías de todos los supermercados del mundo; pero seguimos vendiendo mayoritariamente a granel a los italianos, los amos del mercado. El mundo va a una gran velocidad y los sectores tradicionales tienen que buscar valor añadido, innovación, riesgo, si quieren sobrevivir. ¡Y cooperación regional!

Examen a Bolonia

Ignacio Martínez | 14 de noviembre de 2008 a las 11:58

He presenciado la manifestación de ayer en Sevilla contra el Espacio Europeo de Educación Superior. Bolonia, para los amigos. Dicen las agencias, que había 2.500 personas. A mí me parecieron más. En Granada y Málaga había unos mil, según la Policía. Los alumnos se quejan de muchas cosas: de que desaparecerán las carreras que no tengan suficientes alumnos, que las diplomaturas de cuatro años serán como cursos de formación profesional cualificados, que los master de posgrado serán muy caros, que se está privatizando la enseñanza universitaria.

Bolonia se crea para facilitar la libre circulación de personas dentro del mercado único europeo. Los diplomas serán válidos en todos los países y se establece una estructura de estudios similar en la toda la UE: grado, master y doctorado, como ya se hace en muchos sitios. Lo malo sería que la única regla que se aplique sea la del mercado. Un pueblo culto como el europeo debería desarrollar materias y disciplinas que no se venden bien. La milenaria cultura europea no la mantendrán escuelas profesionales, sino cultos investigadores universitarios. Tengo la impresión de que la Junta de Andalucía, con la creación de una macroconsejería de Innovación, Ciencia y Empresa, prima desde hace más de cuatro años las carreras técnicas y tecnológicas por encima de las humanidades o las ciencias, aunque las autoridades lo niegan.

También parece razonable cambiar la equivalencia de los créditos, que en España estaba en función de las horas de clase recibidas, por las horas de trabajo del alumno. Por cierto que el trato directo del profesor con los estudiantes sería una de las ventajas del nuevo sistema. Pero tengo serias dudas de que la implantación de Bolonia vaya a significar una revolución pedagógica. Los profesores universitarios tienen cierta aversión a dar clase. Porque la investigación y la publicación brindan más méritos para ascender. Y porque en los métodos de selección de personal docente no han primado virtudes como la oratoria, la comunicación o la vocación por la enseñanza.

Ya sabemos que la tarea principal de los profesores universitarios es crear cultura, no transmitir la creada por otros, pero Bolonia les ofrece una gran oportunidad para ejercer su magisterio, con la evaluación continuada de los alumnos. No soy optimista en este campo: ocurrirá que los grandes catedráticos se reservarán las clases de los master y habrá profesores junior al cargo de los alumnos de diplomatura. Los alumnos hacen bien en reclamar que el precio de los futuros master sea más asequible. Y, en fin, hay algo que me gustó especialmente de las manifestaciones de ayer. Algún líder estudiantil amenazó con medidas drásticas, como hacer huelgas a la japonesa. O sea, trabajar a destajo. Bienvenidos a la vida real.