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Reforma de la enseñanza: No todo es calidad

Ignacio Martínez | 17 de diciembre de 2012 a las 14:17

Sostiene Wert que el 95% del contenido de su reforma educativa está orientado a la calidad. O sea, reconoce que no todo es calidad. Lo de menos será discutir el porcentaje que otorga a las concesiones, sea un cinco, un diez, un veinte o un cuarenta. Qué más da. Lo relevante es que el ministro admite que la decisión de darle a Religión rango académico y programar una asignatura alternativa está basada en supuestos ideológicos. Es una opción política, afirma en una entrevista a El País. Tiene una estupenda coartada: se trata de cumplir un tratado internacional de 1979, que él sabe que se puede revisar. Se refiere al Concordato firmado por el Gobierno de Suárez con la Santa Sede sobre enseñanza, financiación de la Iglesia, asuntos culturales y jurídicos o asistencia religiosa a las fuerzas armadas. Aunque por cómo lo dice, es evidente que no tiene ninguna intención de denunciarlo.

Así es como el máximo responsable gubernamental ejecuta y explica los deseos de la jerarquía católica en la materia. Sin complejos. La cúpula eclesial habla de emergencia educativa. No porque los alumnos desatiendan cuestiones académicas básicas, sino por la formación humanística que reciben. El auge del laicismo en el país es atribuido con el equipo episcopal dirigido por monseñor Rouco a las deficiencias de la escuela cristiana. Según esta tesis, el asunto se arreglaría con más dosis religiosa en la enseñanza obligatoria, equiparándola a la ética y los valores constitucionales que darían los alumnos descarriados. Ése es el nuevo camino.

No se puede decir que España haya dejado de ser católica. En todas las encuestas hay al menos siete de cada diez ciudadanos que se declara creyente. El problema es que el número de practicantes ha caído en picado. Ya hace años que los matrimonios civiles superan a los religiosos. Ante esta realidad surge la tentación de una vuelta atrás: enseñanza segregada de niños y niñas, eliminar asignaturas que inquieten a la jerarquía por su respeto a la homosexualidad, aunque las avale el Tribunal Supremo, implantación de una materia de valores sociales sólo para quienes prescindan de Religión…

Esas imposiciones pueden dar satisfacción a las ambiciones de la Conferencia Episcopal a corto plazo, pero en absoluto resolverán el desapego de los jóvenes hacia la religión hegemónica tradicional en este país. Sin embargo, el Gobierno hace dejación de alguna de sus responsabilidades. Aunque de soslayo, el ministro lo admite en su entrevista de ayer. No todo es calidad en su reforma.

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Wert, más pío que bravo

Ignacio Martínez | 9 de diciembre de 2012 a las 10:48

Un amigo mío, que conoció a José Ignacio Wert hace más de 20 años, no le reconoce. Entonces le pareció un hombre inteligente y liberal, con sentido del humor. Este ministro de Educación y Cultura tan castizo y duro conservador le parece otra persona. Su última hazaña ha sido compararse con los toros bravos, que se crecen con el castigo. ¿Las personas cambian tanto? Es el ministro peor valorado del Gobierno. Aunque en España, por desgracia, los ministros de Cultura están cerca del farolillo rojo y los del Interior acostumbran a ser de los más valorados, no importa quiénes sean los titulares o su color político. Lo que es un síntoma que retrata a este país.

Ha planteado Wert una reforma educativa en la que hay propuestas audaces y otras de escasa bravura. Entre las primeras está el nuevo sistema de acceso y de carrera para el profesorado. También la nueva Formación Profesional por el modelo alemán, de prácticas en empresas. Aunque para eso tendrá que contar con los empresarios, a ver si ponen el mismo dinero que sus colegas teutones pagan a los aprendices. Ha llamado mucho la atención el blindaje del castellano en las regiones con lengua propia. El pulso que libra desde hace meses con Cataluña es el que anima al ministro a presumir de su bravura taurina.

Y aprovecha la coyuntura para eliminar la Educación para la Ciudadanía, que tanto inquietaba a la Iglesia católica, e imponer la enseñanza de religión con dos alternativas: valores culturales y sociales en primaria y valores éticos en secundaria. El presidente de la Junta ha criticado que se pongan la religión y la Constitución en el mismo nivel. Comparto el criterio. La religión ha sido tradicionalmente una de las asignaturas marías, como la gimnasia, a las que no se concedía valor académico. De hecho, la catequesis debería hacerse en iglesias, mezquitas o sinagogas. Pero la Iglesia no sólo exige religión en las escuelas, sino que además reclama que tenga rango académico. Y una alternativa fuerte, lo más seria posible, para que los alumnos prefieran Religión como opción más amable. Quieren acabar así con la escasa afición de los jóvenes españoles por aprender la religión de sus mayores.

Hace cinco años Nicolas Sarkozy definió la laicidad positiva como aquella que no considera a las religiones un peligro. Francia, el Estado laico por excelencia, tiene una separación radical de la Iglesia y no permite que se enseñe religión en su escuela pública. Esa razonable tolerancia enunciada por el presidente francés no siempre la practica la cúpula eclesiástica española en sentido contrario. Podríamos acuñar un concepto similar, la religiosidad positiva, como aquella que no considera a los Estados democráticos un peligro. No se entiende de otro modo la pretensión de que una asignatura que enseñe valores constitucionales y derechos humanos sea un “adoctrinamiento ideológico intolerable” en las escuelas. Ese planteamiento de la Iglesia católica española es además perfectamente contradictorio con su ambición de tener el monopolio de la educación moral (y religiosa) en el sistema público de enseñanza.

El ministro Wert en este punto se pone más pío que bravo. Y nada positivo.

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Gobierno sin galvanizar

Ignacio Martínez | 24 de diciembre de 2011 a las 14:12

Rajoy y sus trece ministros han hecho su primer desafío; al frío invierno matinal de Madrid. Han cogido oxígeno y posado a cuerpo para los fotógrafos. Ayer se estrenó el Gobierno y sigue sin soltar prenda. La estrategia del nuevo presidente debe tener virtudes taumatúrgicas: la Bolsa sube y la prima de riesgo baja. A lo Helenio Herrera, sin bajarse del autobús. Recuerda la llegada de Balladur a Matignon en los 90. Ahora se anuncian las primeras medidas para el 30 de diciembre. Allí habrá prórroga de los presupuestos, con subida para las pensiones y no se sabe qué para los funcionarios. Las apuestas de más riesgo y los disgustos gordos se dejan para finales de marzo, cuando haya terminado el maratón electoral con las elecciones andaluzas. Todo hace pensar que Rajoy hará lo que sea para consolidar la cantada victoria de Javier Arenas.

Como todo lo nuevo, los ministros estaban ayer estupendos en su estreno. Limpios y relucientes. Sonrientes. Y eso que se enfrentan a la situación más difícil de nuestra joven democracia. En la época de Mitterrand, Chirac y Balladur se acuñó en Francia el principio de que no existía el Gobierno inoxidable. Y no se ha inventado desde entonces. De hecho, a Suárez se le oxidó el suyo ya en la primera legislatura. A Aznar y Zapatero, en la segunda. Y a los más duraderos, los de González, la herrumbre les entró en la tercera y los carcomió en la cuarta. Rajoy empieza con un sólido equipo de leales, pero tiene un Gobierno sin galvanizar. La crisis no lo permite. Trabajarán sin red.

Quizá por eso, el presidente ha escogido para la odisea a personas con un currículo y una edad. Seis ministros tienen más de 60 años y la media es de 55,6. Sólo dos tienen menos de 50: la ministra de Empleo, la onubense Fátima Báñez, y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, la benjamina del Gabinete, con 40. Cómo cambian los tiempos. Esa era la edad de Felipe González cuando llegó a La Moncloa. Y Suárez, Aznar y Zapatero fueron primeros ministros con 43. Rajoy, con 56. A esa edad, los cuatro citados eran ya veteranos ex presidentes. Incluso el efímero Calvo Sotelo dejó el poder con 56.

Estamos pues ante un Gobierno de seniors, de gente con una o dos carreras universitarias, en el que se da alguna circunstancia curiosa. Hay sólo cuatro ex ministros, entre catorce miembros. Ninguno de ellos, por cierto, tendría la etiqueta de aznarista puro y duro. Hay cuatro de 1950: Arias, Montoro, Fernández Díaz y Wert. Y sólo cuatro mujeres. Se acabó el festival de los jóvenes y las mujeres primero del zapaterismo, que criticó recientemente con ácido sarcasmo Alfonso Guerra. Aunque señoras con capacidad hay suficientes en el PP como para que se corrija este desequilibrio en las remodelaciones que inevitablemente habrá, por el natural efecto de la oxidación.