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Fair play

Ignacio Martínez | 21 de julio de 2010 a las 12:19

Acusan a Alberto Contador de no jugar limpio con Andy Schleck, porque el lunes en una cuesta se le salió la cadena de la bicicleta al luxemburgués y el español no se detuvo. Ya lo hizo en una etapa de este Tour, en la que se cayó Schleck, pero ahora los aficionados franceses y su ministra de Deportes han tomado partido por Andy que es un muchacho alto, rubio y con los ojos claros. En la meta, cuando se ponía ayer el maillot amarillo, un día después del incidente, la gente todavía le pitaba a Contador de lo lindo.

Es curioso cómo un mismo acontecimiento produce reacciones distintas en los seres humanos. Pedrosa, tras ganar el gran premio de Alemania de Moto GP ha tenido el detalle de ponerse la camiseta de La Roja, como homenaje a España por su triunfo en el Mundial. Homenaje que llega con retraso. Lorenzo, ganador dos semanas antes en Barcelona, aunque sus fans le habían pedido que lo celebrase con la camiseta de la Selección, no se atrevió a hacerlo en Cataluña, el muy bobo.

Jugar limpio a veces resulta rentable. Por ejemplo en el año 2000 el Rayo Vallecano jugó la Copa de la UEFA de gratis; o sea, no por méritos deportivos, sino por ser uno de los tres equipos más limpios de Europa la temporada anterior. Otro ejemplo es el de España en la final de Sudáfrica contra la sucia Holanda. Pero no siempre gana el más limpio. Al contrario, es frecuente ver a los tramposos salirse con la suya: en la final del anterior campeonato del mundo de fútbol, el defensa italiano Materazzi insultó reiteradamente a Zidane hasta con alusiones como “la puta de tu hermana” (con perdón de la cita). Zidane le dio el famoso cabezazo y lo expulsaron. Italia ganó el Mundial.

Simoncelli, motociclista italiano que corrió en 250 centímetros cúbicos y fue campeón de esa categoría en 2008, era famoso por su habilidad para desplazar levísimamente a sus contrarios cuando iban en una recta lanzados, con consecuencias desastrosas para Barberá o Bautista y magníficas para él. Fair play tenía el barón de Coubertain cuando inventó las olimpiadas modernas en 1896 y aquel lema de que lo importante en la vida no es vencer sino luchar bien. También lo tienen los tenistas que se saludan cortésmente al final de cada partido. Lo que resulta más fácil en deportes en los que no hay contacto. Aunque en alguno de mucho contacto hay buenas experiencias; los jugadores de rugby ingleses pusieron de moda el tercer tiempo, aquel en el que una vez terminado el partido los dos equipos comparten cerveza y salchichas, en buena armonía. Como Contador y Schleck, que se iban de caza y de vacaciones juntos, al menos hasta ahora.

El español, por cierto, es bajo, cetrino y de ojos oscuros. En la comparación, no hay color. Pero no es culpable.

El fútbol sigue en la cultura del ‘pelotazo’

Ignacio Martínez | 15 de junio de 2009 a las 11:00

La ministra de Vivienda considera que los 997.000 pisos en stock que había en España a finales de 2008 son “la mejor fotografía de lo que hemos sido y de lo que no queremos volver a ser”. Es un bonito pensamiento, pero desgraciadamente el afán derrochador del pueblo español sigue vivo. Seco, por la falta de créditos, pero latiendo. En cuanto que volvamos a tener la oportunidad de endeudarnos hasta las cejas para vivir por encima de nuestras posibilidades, lo haremos con entusiasmo. Vean, si no, el segundo gobierno de Florentino Pérez en el Real Madrid. Viene el hombre con 50.000 millones de pesetas, dispuesto a comprar a los mejores jugadores del mundo. Éste es el paradigma nacional, todo se compra con dinero. Así se puede tener, por ejemplo, el mejor equipo del mundo.

No aparece por ninguna parte la austeridad que debería regir los destinos de la nueva sociedad: más formación, más esfuerzo, más eficiencia, más ahorro, más innovación. No. Aquí todo el mundo aplaude a don Florentino, todo el mundo le envidia. Y los ultraliberales más todavía; si él puede permitírselo, ¿dónde está el problema? Alguno hay. Por ejemplo, que no es del todo cierto que los Figo, Zidane o Beckham ingresaran su precio multiplicado por varios enteros con la publicidad, las camisetas y el aumento del caché del club. El dueño de la constructora ACS se movió y consiguió una recalificación multimillonaria de la ciudad deportiva del Real Madrid para hacer cuatro torres. Es, con perdón, la cultura del pelotazo en su estado puro. Prefiero el modelo del Barcelona, invertir en la cantera, en la formación de jugadores, que no sólo serán más baratos, sino que sentirán más los colores. Lo de que “Florentino se lo puede permitir”, me recuerda la impagable frase de Álvarez Cascos, a la sazón ministro de Fomento, cuando se empezaron a disparar los precios de las viviendas a finales de los 90: “Los pisos suben porque los españoles los pueden pagar”. Ya ven, hay un millón sin vender.

Medir todo en términos de dinero es un error. El dueño del Betis, que va a provocar hoy una manifestación de rechazo en Sevilla, explica desconcertado lo mucho que le debe la afición: “Yo compré, yo traje, yo pagué”. El valor de las personas no se mide por su dinero, ni siquiera por lo bien o lo mal que lo gastan. En un club de fútbol, como en una empresa o en un país, de los líderes se espera que aporten estabilidad y confianza a sus organizaciones, que mejoren la autoestima de su cuerpo social, que contribuyan a aumentar el prestigio de su entidad. O sea, nada de lo que ha hecho el buen hombre que compra, trae y paga en el Betis.

El Gobierno dice ahora que saldremos de la crisis en 2012. Ya va entrando en razón. Pero necesitaremos bastante más para salir de la cultura de la pillería y el pelotazo. Forma parte del ADN nacional.