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La recaída de Alaya

Jorge Muñoz | 27 de mayo de 2018 a las 2:00

CASO ERE La juez Mercedes Alaya

Alaya ha logrado la unidad de los jueces en su contra. Al menos, de todos los jueces de Instrucción de Sevilla, sus antiguos compañeros, a los que ha denigrado con ocasión de sus recientes declaraciones en las que no ha dejado títere con cabeza. Sólo la más grande, como es conocida por muchos Alaya en la vieja sede judicial del Prado de San Sebastián, podía hacer algo así en la creencia de que sólo ella puede estar llamada a liderar una mesiánica labor en la Justicia y en la lucha contra la corrupción.
La salvadora Alaya, la juez infalible e infatigable, la única que se consideraba capaz de acabar las macrocausas, cada vez va dejando más cadáveres en el camino y engrosando la lista de enemistades. Vilipendiar a los jueces de refuerzo que tuvo en su faceta de instructora como ha hecho ahora, le ha granjeado el rechazo absoluto del colectivo de jueces de Instrucción, quienes han expresado por unanimidad su “profundo malestar” con las declaraciones.
Sobre todo porque es que además los comentarios no son justos. Decir que un juez de refuerzo en concreto –en realidad es el único que aceptó trabajar con ella después de la desbandada que protagonizaron otros dos jueces– le decía a la una de la tarde que se iba a almorzar con su mujer a un club de Sevilla, del que ni siquiera es socio, o a recoger a las niñas del colegio, supone una mezquindad. Olvida Alaya que ella misma llegaba muchos días a mediodía al juzgado y hacía esperar durante horas a abogados e imputados durante horas antes de tomarles declaración. Basta con preguntarles a los abogados de los que ahora están en el juicio de los ERE.
Y se olvida también de que detrás de un juez, hay todo un equipo de funcionarios que son fundamentales para la marcha de las investigaciones. De este juez de refuerzo también ha asegurado que durante su estancia el juzgado ha estado más retrasado que nunca en la tramitación de los asuntos ordinarios, una afirmación que es fácilmente desmontable, sólo hace falta ver las estadísticas judiciales del juzgado de la época.
Mercedes Alaya, la que en su día se autodefinió como una instructora incansable, parece haber perdido el norte. Y no se resigna a su nueva situación como magistrada de la Audiencia de Sevilla.
A Alaya le ha faltado quizás contar con ese esclavo que llevaba Julio César, cuando era vitoreado por el pueblo en su trayecto subido en el carro triunfal, y al que le iba diciendo “mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre” (en este caso una mujer).
Cierto es, y en esta página lo he defendido siempre, que Alaya es una excelente profesional, con una gran capacidad de trabajo que puede superar en un momento dado a otros jueces, pero eso no es óbice para presentarse como la última esperanza de la Justicia, un mensaje populista que cala en parte de la ciudadanía, cada vez más asqueada de la clase política y cuya decepción aumenta a medida en que se conocen sentencias como la de los 1.600 folios de la Gürtel.
Pero la labor instructora de Alaya no se está traduciendo luego en condenas, lo que cuestiona su particularísima forma de instruir y la denunciada búsqueda de “causas generales” o prospectivas. Lo cierto es que la estadística no deja en buen lugar a Alaya. Además del archivo de la “pieza política” de los cursos de formación, la Justicia ha tumbado las instrucciones de Alaya relacionadas con la macrocausa de la venta de los suelos de Mercasevilla, donde los diez acusados fueron absueltos, y más recientemente la Audiencia de Sevilla absolvió al ex mandatario del Real Betis Manuel Ruiz de Lopera, la primera de las grandes investigaciones que inició Alaya y que tanta fama le generó.
Hasta ahora, la única instrucción de Alaya que ha sido avalada con una condena es la exigencia de una mordida de 450.000 euros a los hosteleros de La Raza a cambio de la concesión de una escuela de hostelería, que acabó sólo con la condena de dos de los cuatro acusados.
Muchos se preguntan a qué han venido ahora estas declaraciones de Alaya, en las que no sólo ha criticado a los jueces de Sevilla y a los partidos políticos, sino también a otras instancias judiciales, como el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y el CGPJ que, por cierto, siguen callados, sin reaccionar.
Sólo Alaya sabe por qué ha vuelto en este momento al candelabro, como diría Sofía Mazagatos. Quizás sea por no caer en el olvido, o porque la magistrada no ha pasado página y ha sufrido una recaída, tras el varapalo que supuso en el otoño de 2015 verse apartada de la instrucción de las macrocausas, algo que se debió a sus propios errores de cálculo y por criticar con la dureza que lo hizo a su sucesora en el juzgado, de la que sacó a relucir una supuesta estrecha relación de amistad con el entonces consejero de Justicia e Interior, Emilio de Llera, además de poner en duda la capacidad y profesionalidad de la juez María Núñez Bolaños.
Y todo ello, claro está, con independencia de que algún vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) le prometiera a Alaya que aunque solicitara la plaza de magistrada en la Audiencia no tendría problemas para continuar investigando las macrocausas. Ése fue otro error de cálculo de Alaya del que ahora no puede culpar a los demás o fabular con un supuesto pacto entre los dos grandes partidos por miedo a que ella investigara los cursos de formación. Hay que recordar que el PP ha recurrido el archivo de la denominada pieza política de la formación, en contra del criterio de la Fiscalía, que pidió el sobreseimiento.
Tampoco creo que Alaya esté pensando en entrar en política, como se ha apuntado. Esta semana, el portavoz adjunto de Ciudadanos en el Parlamento andaluz, Sergio Romero, dejó abierta la posibilidad al fichaje de la juez por la formación naranja, al afirmar en Ondaluz que en Ciudadanos nunca negarán “la entrada al talento”, pero parece más bien que este político se vio sorprendido por la pregunta. Aunque quien sabe…