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La decisión

Alberto Grimaldi | 21 de marzo de 2015 a las 3:52

Cuando una autonomía siempre ha sido gobernada por el mismo partido, como le ocurre a Andalucía, las elecciones de mañana sólo pueden entenderse desde una perspectiva: seguir o cambiar. Partiendo de que es una anomalía, porque en todas las demás regiones hubo en algún momento alternancia, no se puede olvidar que si todos los presidentes, hasta el preautonómico, militaron en el PSOE es porque hubo una mayoría que así lo decidió.

Incluso como hace tres años: sin ser los socialistas los más votados. Lo que los andaluces que votan decidirán mañana, de manera colectiva pero con un gesto individual, es si hay opciones para el cambio contra lo que pronostican todas las encuestas. Las mismas que hace tres años daban mayoría absoluta al PP. Esas que admiten que hay una gran bolsa de indecisos. La decisión es relevante. Mucho. Primero, porque dará idea de por dónde van los derroteros, con matices, de este año electoral. Segundo, porque pondrá a prueba nuevos liderazgos. Tercero, porque se comprobará la tolerancia a la corrupción de los grandes partidos. Y cuarto, porque demostrará si este adelanto de un año sirve, a los ciudadanos más que a los políticos, para algo.

El voto, inútil

Alberto Grimaldi | 19 de marzo de 2015 a las 9:40

Ahora que los partidos tradicionalmente mayoritarios apuran sus llamadas al denominado voto útil,resulta aún más enervante redescubir, gracias al magnífico ejercicio de periodismo hecho por nuestro compañero Antonio Fuentes, el único interés de los políticos: ellos mismos. No sé que tiene la condición de electo. Pero es lograrla y todos –de la condición e ideología que sean– se creen superiores. Y lo que es peor: impunes. Y da igual que los administrados nos inventemos nuevos orificios en el apretado cinturón para, simplemente, sobrevivir. ¡Ellos se suben el sueldo neto en secreto! Y para mayor escarnio: dejando de retener las cotizaciones a la Seguridad Social a los parlamentarios. Da igual que sea cierto que votar a determinados partidos sea entregárselos a otros. Cuando uno conoce hechos así lo que piensa es que el voto es inútil. Porque tenemos una clase política mediocre y profesionalizada, que nunca entenderá su función como un servicio público. Hasta que no haya limitación legal de mandato para electos y designados y retribución en función de la valía previa (la media de las últimas cinco declaraciones del IRPF antes de ser cargos públicos) seguiremos teniendo ganas sólo de botarlos.

“Escúcheme por lo menos a mí”

Alberto Grimaldi | 17 de marzo de 2015 a las 11:40

Si sobre el primer debate, el de Canal Sur, sólo había expectativas, el segundo de anoche, en TVE, ya tenía la referencia del anterior. Si a alguien le quedó alguna duda de quién no ganó aquél, Susana Díaz lo demostró en éste: sabiendo que no llegó a lo que se esperaba, pasó al ataque… y se pasó de frenada. Crispó cada uno de los tres bloques con interrupciones constantes a sus adversarios y trató de provocar al candidato del PP con referencias personales. Más que dar sus argumentos, se centró en impedir que los demás se expresaran. Tanto reiteró su conducta que hasta la moderadora llegó a decirle mientras le pedía que fuese respetuosa: “Escúcheme por lo menos a mí”. Elocuente. Pero quizá cuando más erró fue al espetarle al candidato popular que ella sí respetaba: “Porque estoy aquí con usted”. Situtándose en un plano superior al de sus oponentes y al de los televidentes. Antonio Maíllo acentuó su papel de convidado de piedra que había logrado atenuar una semana antes y ofreció escasas novedades. Juan Manuel Moreno Bonilla siguió la línea marcada ya en Canal Sur, aunque con alguna oferta nueva, como proponer que no haya ni un solo aforado en el Parlamento de Andalucía. Aprovechó bien las rupturas del guión. Enfatizó en su beneficio las malas formas por las que optó Díaz. El candidato del PP, sin arrasar, volvió a salir reforzado. Aun así, le faltó explicar más su programa. Si estos debates aclararon algo al elector fue más bien a quién no votar.

Silencio elocuente

Alberto Grimaldi | 15 de marzo de 2015 a las 5:05

Siete días. Ya sin encuestas en público (va siendo hora de que los legisladores asuman que somos una nación madura capaz de tener datos demoscópicos hasta llegar a la urna). Y el panorama no cambia. Incluso empeora. La fragmentación de auguran las encuestas es cada vez mayor: el PSOE no alcanzaría ni sus 47 escaños. O los andaluces sorprendemos con nuestros votos o es inexplicable este adelanto electoral innecesario. Diría caprichoso. Susana Díaz quería tener manos libres para competir por el liderazgo nacional de su partido. El cálculo es recuperar el cetro de partido más votado, conservar el Gobierno de la Junta y esperar a ser reclamada tras una debacle en las municipales y autonómicas de las comunidades constituidas según el artículo 143 de la Constitución. ¿Pero yerra la cábala? ¿Es un resultado similar al que dibujan los sondeos un aval determinante? Incluso aunque la aritmética dé para pactar con Ciudadanos, yo lo dudo. El recuento de votos lo ha de certificar. Los gestos sí confirman la hoja de ruta: Pedro Sánchez, en el único mitin antes del de cierre de campaña, instó a Susana Díaz a que gobiernen a la vez, ella en San Telmo y él en Moncloa. El mutis que hizo la presidenta habla por sí solo.

Ellos y nosotros

Alberto Grimaldi | 13 de marzo de 2015 a las 11:42

Dividen el mundo así: ellos y nosotros. Con interesada simpleza. Una plaza andaluza. Unos pocos cientos de personas. Pocos. Cinco oradores, incluyendo su cartel electoral recurrente de Ayamonte a Pulpí, de Santa Elena a Tarifa. Ellos son los culpables de todo. Nosotros quienes hemos cargado con la penitencia y quienes ahora se van a rebelar. Más de una hora de mitin: ni una propuesta real, ni una solución concreta de cómo cambiar un sistema del que, en realidad, ya se benefician pero que quieren dinamitar. Basta oír sus verbos: erradicar, expulsar, revocar… Palabras y palabras llenas de nada instrumental: sólo tararean la misma música para que cada uno cante la letra de su propia frustración. Haciendo creer que bastan buenas intenciones y que no tiene consecuencias hacer saltar la arquitectura democrática que nos ha dado -incluso con la peor crisis- la mayor era de prosperidad y de derechos sociales garantizados. Apelan a la “valentía” y llaman combatir el “discurso del miedo”. Se presentan como algo distinto pero, salvo en que no contratan autobuses para llenar mítines, son lo mismo. Igual puesta en escena: ataque al adversario sin ofrecer nada, salvo sustituirles. Apéenme de la primera persona del plural.

Expectativas

Alberto Grimaldi | 11 de marzo de 2015 a las 11:37

EL único interés del debate en Canal Sur: haber sido el primer duelo dialéctico de los tres novatos candidatos. Sin referencias reales sólo existían expectativas. Materia sensible en política. Más si no hay un vencedor que arrolla. El cartel electoral de IU, Antonio Maíllo, cumplió con las suyas: obtuvo conocimiento y pudo entreverar mensajes en la pugna entre los otros dos oponentes. Él ya ganaba sólo por el encorsetado formato a tres: Susana Díaz se lo regaló al negarse a un cara a cara, tanto el último lunes como el próximo. Juan Manuel Moreno Bonilla superó con creces sus expectativas. Es la ventaja de partir bajo mínimos. En hora y media se sacudió la imagen de pusilánime y mustio que se ha ganado a pulso desde que tomó las riendas del PP andaluz por designación directa de Mariano Rajoy con Javier Arenas de valedor. Ganó mucho más que el debate: logró entrar en campaña y situarse como alternativa real y no como el muchacho que han mandado desde Madrid para que el PP pierda, como siempre. También hasta cuando vence. Susana Díaz, por contra, estuvo por debajo de la expectativa, no sólo la que ella genera entre los demás sino incluso la propia que nace de su seguridad habitual. Incómoda y en algún momento hasta inquieta. Descubrió que por más que lo intente, no son elecciones a Cortes Generales: se evalúan 33 años ininterrumpidos de gobierno socialista de la Junta. Un campo en el que ella sí tiene que perder. El bloque de la corrupción lo demostró: aunque se defendiese atacando con fango de otros lodazales. Queda el segundo debate. Y la expectativa de ver si se pasan o no llegan respecto al de anteayer.

Preguntas

Alberto Grimaldi | 9 de marzo de 2015 a las 12:52

Todas las encuestas: la misma tendencia. Un Parlamento con hasta cinco fuerzas. Sin mayorías fuertes. ¿No íbamos a votar en busca de la estabilidad? De confirmar los andaluces que votan el vaticinio de los estudios demoscópicos, no es que habrá que pactar para gobernar, es que hay hasta riesgo alto de bloqueo institucional. El PSOE -y Susana Díaz- quedaría sujeto a la voluntad de PP y Podemos. Sólo con que ambos actuasen con coherencia a su discurso político y votasen contra la investidura no habría nuevo Gobierno andaluz. Y con dos meses de bloqueo: de nuevo elecciones. ¿No votábamos para lograr un Ejecutivo fuerte? Tiempos para la finezza, ahora que la política andaluza -y española- se italianiza. ¿Pero están los bisoños líderes autonómicos dotados para la finura? Veo en esta campaña exceso de confianza en unos y comodidad en la derrota en otros. Una invitación que aleja de la certeza de que sean capaces de trabajar, de veras, por mejorar nuestras vidas. Intereses. Cálculos. E inexperiencia, incluso de quien ya gobierna. ¿Muestran algo más? En trece días tenemos que votar y aún me hago la pregunta: ¿qué necesidad tenemos los andaluces de vernos en esta tesitura un año antes? Ruego respondan.

Cruel ‘déjà vu’

Alberto Grimaldi | 26 de marzo de 2012 a las 21:53

La peor de las pesadillas de Javier Arenas se reprodujo ayer en las elecciones de Andalucía. Y la revivió de manera más cruel que hace dieciséis años: Pepe Griñán, como Manuel Chaves en 1996, ha volteado las encuestas y seguirá gobernando la Junta aun perdiendo el PSOE por primera vez los comicios autonómicos.

Escribí en la primera de esta serie de reflexiones de campaña que pírrica sería la victoria del PP andaluz si Arenas no tenía mayoría para gobernar. Así ha sido: el hipotético éxito que supone vencer en las urnas -por tercera vez consecutiva en diez meses- se ha tornado en fracaso sin paliativos, porque el cambio que se prometía nunca se producirá desde los bancos de la oposición.

Si dura fue la derrota de 1996, cuando el PP rompió el techo de cristal que le impedía ser fuerza de Gobierno en la Carrera de San Jerónimo, amargo ha sido este déjà vu que confirma que Arenas y el PP-A no logra quebrar esa montera que, incluso siendo el que más votos aglutina en toda Andalucía, le impide gobernar la comunidad igual que cuanto era derrotado en el recuento de votos.

Amargo porque probablemente Arenas es uno de los principales artífices de que Rajoy hoy gobierne España. Y paradójicamente -y en contra de lo que yo opinaba hace unos días, que veía en las encuestas votos consecuentes- es la gobernanza de Rajoy la que le ha lastrado: más por recortar derechos que por ajustar presupuestos.

Porque los números dicen no sólo que Arenas ha perdido casi 415.000 votos respecto a los que obtuvo Rajoy hace sólo cuatro meses, sino que ha perdido también casi 163.000 sufragios respecto a los que él mismo consiguió en 2008.

Poco importa que con menos votos pero más escaños que entonces gane por primera vez las autonómicas. Tampoco es relevante que el PSOE haya perdido en cuatro años casi 655.000 votos o que Griñán haya obtenido menos sufragios -sólo unos miles pero menos- que Pérez Rubalcaba el 20-N: el peor resultado de la historia del PSOE.

No. Lo que hoy torna en derrota su éxito objetivo es que no gobernará Andalucía. Y probablemente nunca lo haga. Porque será difícil que pueda presentarse de nuevo como alternativa tras no lograrlo en cuatro ocasiones distintas y ante dos oponentes diferentes.

La Andalucía de Teresa

Alberto Grimaldi | 24 de marzo de 2012 a las 8:47

 

TERESA es andaluza. Gaditana y andaluza. Apenas supera las 48 horas de vida, pero llega en un momento crucial para su tierra. Mañana, los andaluces como Teresa que votan decidirán el futuro de todos. También el de ella.

La Andalucía a la que llega Teresa no invita ni al optimismo ni a la fe.

Un millón largo de paisanos de esta niña tienen deseos de trabajar pero carecen de empleo. En muchas de sus familias no hay un solo miembro en activo, y viven de la solidaridad familiar o de escasas ayudas sociales.

Pero esta tragedia que suman centenares de miles de dramas individuales, no ha impedido que el dinero para fomentar empleo se haya malgastado bajo un solo criterio: favorecer al afín. Y con albaceas que creían suya la fortuna.

Y es que la Andalucía de Teresa está enferma. Enferma de sectarismo. La política, que debería ser un arte, el de hacer posible las cosas, se ha convertido en una industria, en la que el único producto que se fabrica es un maniqueísmo insano; en el que lo importante es imponerse al adversario, no conseguir el progreso para todos, sin mirar el color de cada uno

Llega Teresa a una Andalucía en la que soplan vientos de cambio. Mañana sabremos si para que vire o se mantenga el rumbo.

Tras treinta años conducidos por el mismo camino, que sus rectores definen como seguro, pero que nos ha traído a lo que acabo de describir, muchos andaluces dicen querer otra senda.

Es muy posible que sea cierto. Aunque si se confirma la alternancia, los que ofrecen un nuevo tiempo tendrán que demostrar que, de veras, gobernarán para todos, no para una casta de selectos, como hasta ahora.

Todo depende de los andaluces que voten. Yo sólo espero que elijan bien -para todos-, que del poder de las urnas, del que también han salido ideas transformadoras en estos tres decenios, surja una Andalucía distinta para Teresa: mi tercer hijo, mi primera hija.

Mucho vicio

Alberto Grimaldi | 22 de marzo de 2012 a las 11:41

LA declaración de Juan Francisco Trujillo, ex chófer del ex director general de Trabajo de la Junta Francisco Javier Guerrero, asegurando que se gastaban 25.000 euros al mes de dinero de las políticas activas de empleo en “cocaína, fiestas y copas” -tremendo el eufemismo central- me hizo usar la calculadora de inmediato: salen a 416,67 euros por persona y día. Mucho vicio es eso.

Pero lo grave no es que ambos hayan sobrevivido a ese insano tren de vida, sino que se haya sufragado con dinero público durante años sin control alguno.

Y es ahí donde en el ámbito político está la primera gran responsabilidad. La culpa in vigilando de los consejeros de los respectivos gobiernos es suficiente como para reducir el asunto sólo a las golfadas de unos pocos.

La alternativa a que no exista aquélla es aún peor, porque significaría que, como sostiene Guerrero, el Gobierno andaluz conocía perfectamente el funcionamiento de lo que él mismo denominó como fondo de reptiles: la utilización sin control de ese dinero para favorecer a afines del PSOE, como intrusos en expedientes de regulación de empleo reales o dando subvenciones injustificadas, caso del tristemente famoso conductor.

Estamos ante uno de los más zafios casos de corrupción que se hayan destapado en España y el más grave de la historia de la autonomía andaluza.

Y la clase política, empero, se despacha con sus propios vicios -conductas viciadas, digo- ante hechos como éstos. Acudir al clásico y tu más, como he oído en algún debate radiado me parece tratar al ciudadano, al votante, como si fuese estúpido. Antes al contrario, los electores tienen muy poca tolerancia a este tipo de asuntos. Y mucho más entre los que votan a la izquierda.

Pienso que este tipo de cosas ocurren porque la confianza se vicia: los servidores públicos llegan a creerse que seguirán en el poder eternamente, que los votos les dan una impunidad de la que carecen. Para eso está el poder judicial. Por eso me chocan tanto los ataques a la juez Mercedes Alaya, incluso aunque actúe en campaña. Sobre todo cuando nadie pone en duda que, también en campaña, se reabra -lo que comparto porque repugna igualmente- la parte más política del caso Gürtel o se que condene a Jaume Matas. Pretender que se suspenda la acción de la Justicia porque hay elecciones es admitir que no existe la independencia de poderes.