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La última frontera del socialismo

Jorge Bezares | 20 de noviembre de 2011 a las 5:56

Aparte de las elecciones generales en todo el territorio patrio, hoy en Andalucía se juega el segundo  tiempo del asalto del PP del gran bastión socialista. Después de lograr una victoria sin paliativos en los pasados comicios municipales, con mayorías absolutas en todas las capitales de provincia y avances muy significativos incluso en localidades de menos de 20.000 habitantes, Arenas y los suyos aspiran ahora a refrendarla superando al PSOE por un mínimo de seis escaños –algunas encuestas  hablan de una auténtica vuelta de tortilla y fijan la distancia en 14 diputados–. Con ese importante margen y sobre una ola similar a un tsunami, la mayoría absoluta en el tercer y último asalto, en las elecciones autonómicas de la próxima primavera, está al alcance de la mano de los populares andaluces.

Para evitarlo, los socialistas andaluces deberán andarse prestos interna y externamente. Aunque el crédito que logrará hoy el PP en las urnas va a ser casi ilimitado, los ajustes y recortes que está obligado a acometer el Gobierno Mariano Rajoy en estos primeros meses de la legislatura darán un cierto margen al Ejecutivo de Griñán para desmarcarse de esa deriva y presentarse, ya sobre el terreno, ante la opinión pública andaluza como defensor de los servicios públicos esenciales –sanidad y educación– y de las políticas sociales –cobertura del desempleo y dependencia, entre otras–. Con el paro sin decrecer y posiblemente aumentando aún más hasta finales de 2012, los socialistas andaluces podrán utilizar contra Rajoy los mismos argumentos –tan efectivos, por cierto– que los populares emplearon contra Rodríguez Zapatero y el propio Griñán ante la incapacidad de ambos para combatir esta lacra. Pero, sobre todo, el líder del PSOE-A y los suyos necesitan verle final al caso de los ERE. Con esa espada de Damocles encima, visto cómo se las gasta la jueza instructora y ante la gravedad del fraude, no está a salvo ni el primer mandatario andaluz con una precampaña y campaña por delante que resultarán, en esta ocasión, más que decisivas. Una decisión judicial inculpándolo –ya hemos podido apreciar lo fácil que resulta atribuirle responsabilidades, con poco fundamento,  en la concesión de ayudas– en esos momentos sería letal.

Asimismo, tras el 20-N, Griñán necesita recomponer la unidad interna con una crisis de Gobierno que dé cabida a todas las familias del socialismo andaluz. Los seguidores de Manuel Chaves y Gaspar Zarrías, mayoritarios en Cádiz y Jaén, están a la expectativa. Así, además, podrá mantener la unidad de la delegación andaluza en el congreso extraordinario que elegirá posiblemente en enero al sucesor de Rodríguez Zapatero. Descontado el País Vasco, se trata ni más ni menos de la defensa de la última frontera del socialismo democrático español.

Algo más que felicidad

Jorge Bezares | 16 de noviembre de 2011 a las 11:33

Desde que el líder del PP, Mariano Rajoy, se nos volvió algo poeta al usar la felicidad en plena campaña electoral, se ha sentido tan cómodo que no ha regresado aún de vuelta a la refriega política ni a la realidad patria. Por cierto, no es una originalidad del gallego apelar a tan bello palabro. El artículo 13 de la Constitución de Cádiz de 1812 ya estableció que “el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Pero esta deriva nada prosaica, que también le valió para tumbar por puntos al candidato socialista a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, en el debate televisivo cara a cara, no la puede mantener sine die. Tal como se están poniendo de soviéticos los mercados, que no dan tregua a la prima española pese a que en Italia y Grecia -países sumamente contagiosos- han cambiado sus respectivos gobiernos en un intento desesperado de saciarlos, algo más tendrá que decir para que esa confianza que viene prometiendo nos quite de encima a esos inversores que se mueven en círculos concéntricos emulando milimétricamente a las rapaces falconiformes.

Teniendo en cuenta que la victoria por mayoría absoluta está más que asegurada a cuatro días de los comicios, Rajoy debería empezar a concretar. Está muy bien que diga, por ejemplo, que en algunos bares se podrá fumar con el retorno del PP a Moncloa, que reformará la ley del aborto para eliminar la última vuelta de tuerca que le dieron los socialistas, que le subirá la tarima a los maestros o que los matrimonios homosexuales pasan por la sentencia que tiene que dictar del Tribunal Constitucional. Pero aquí es necesario que revele quién va a ser su vicepresidente económico y concrete las primeras medidas legislativas que pretende adoptar.

Tanta cautela, lógica desde el punto de vista electoral para no espantar a indecisos cuando los resultados se prevén ajustados, no tiene ya ningún sentido. Sobre todo, cuando se supone que la llegada al poder del PP es la baza que España va a jugar para salir pitando del epicentro del terremoto de confianza. Por ello, Rajoy tiene que darle a Europa el mensaje de que “somos un gran país y que queremos estar en la primera división”, pero con pelos y señales. Tiene que hacerlo por pura responsabilidad, si no quiere que su Presidencia, por no dar señales de vida antes, nazca lastrada por unos mercados que están acostumbrados a amortizar los acontecimientos -Italia y Grecia son dos buenos ejemplos- casi antes de que se produzcan. De camino, además, conseguirá que muchos ciudadanos se enteren con más detalle del programa del PP, que, lógicamente, debe ser mucho más que un tratado para conseguir la felicidad en 15 días de campaña electoral. O no, que diría el señor Rajoy.

Más allá de la impostura

Jorge Bezares | 15 de noviembre de 2011 a las 9:11

Resulta curioso cómo los aparatos de los partidos políticos afinan sus mensajes a medida que la campaña va quemando días. Tras un fin de semana marcado por encuestas que dan una victoria arrolladora del PP hasta en la comunidad de vecinos de Pérez Rubalcaba, Rajoy lo celebró el domingo en Valencia dando saltos de alegría y manifestando su convencimiento de que su partido ganará las elecciones. Sin embargo, el aparato electoral que encabeza Ana Mato rebajó ayer algunos puntos la euforia a propósito del Pulsómetro de la Cadena Ser, que otorgaba al PP una ventaja de 17 puntos y fijaba los indecisos en el 20% del electorado. Aunque la victoria sigue siendo clara y contundente, los fontaneros de Génova optaron por no lanzar definitivamente las campanas al vuelo para no provocar una desmovilización de una parte de su electorado, que, confiada en el triunfo, pudiera decidir no acudir a votar. Hasta el rabo, todo es toro, repiten incesantemente como si fuera un mantra.

Mientras tanto, en el PSOE, ante el mazazo demoscópico del fin de semana, el aparato electoral que dirige Elena Valenciana se sacó de la manga “nuestros sondeos internos”, que, lógicamente, sitúan a los socialistas a casi nueve puntos de diferencia del PP; nada que ver con los 17 puntos o más de las otras encuestas. Y justifican la ofensiva final de Pérez Rubalcaba por tierra, mar y aire, dando mítines por las esquinas, en un intento de pescar en ese caladero de los indecisos. Hay partido, se escucha todavía con moral alcoyana a los sociatas del aparatichi para evitar lo que parece inevitable.

Pero más allá de este baile de imposturas, comprensible desde la lógica electoral, en el PP se prepararan ya para gestionar el supercrédito de confianza que recibirá el 20-N para sacar a España de la grave crisis económica en la que está inmersa desde hace tres años. Los cinco millones de parados que deja el Gobierno saliente, atribuibles a Rodríguez Zapatero hasta el 20-N, los heredará como propios Mariano Rajoy el 21-N y tendrá que combatirlos a partir del 13-D, fecha de su investidura en el Congreso de los Diputados. Deprisa, muy deprisa va a tener que moverse para no defraudar a quienes le votarán convencidos de que reducirá el paro en un pis-pas. En la otra orilla política, el PSOE anda preparando el aterrizaje de Pérez Rubalcaba en la secretaría general del partido. Porque sea cual sea el resultado el presidenciable socialista parece que se quedará cuatro años como líder de la oposición y probará suerte en 2015. Con ello, los socialistas ganarán tiempo para encontrar un líder de futuro. Ahora mismo ni Patxi López ni Carme Chacón están en condiciones de asumir el liderazgo de un partido que sólo puede permitirse experimentos con gaseosa.

Miedo a la derecha

Jorge Bezares | 14 de noviembre de 2011 a las 10:46

En la campaña electoral de 1996, el PSOE sacó a un dóberman para alertar del peligro que suponía la llegada al poder de la derecha. Siguiendo los criterios de Felipe González, que siempre mantuvo que si las cosas van mal es necesario lanzar un bomba atómica electoral y si van bien, dormitar, lo socialistas intentaron combatir la clara victoria del PP que pronosticaban las encuestas -hasta 14 puntos de diferencia en el arranque de la campaña-, insuflando miedo al electorado a través de un perro de una raza considerada peligrosa que simbolizaba a esa derecha que, sobre todo en el medio rural, tenía aún reminiscencias franquistas y no las ocultaba.

Aquellos comicios los ganó el PP por apenas 300.000 votos, pero tocó pelo por primera vez. Los populares, con José María Aznar como capitán general, se mantuvieron en el poder hasta 2004. Y lo cedieron por la mala gestión de los atentados islamistas de Madrid, que puso la victoria electoral en bandeja al PSOE y a José Luis Rodríguez Zapatero. Durante esos ocho años, el PP vacunó a la sociedad española más urbana contra ese “miedo a la derecha” que tan buen resultado siempre había dado a los socialistas en las campañas electorales.

En los últimos comicios municipales y autonómicos, donde Rajoy y los suyos cosecharon un triunfo sin paliativos premonitorio, ese miedo desapareció hasta en el medio rural, con una traslación del voto hacia el centro-derecha muy significativo. A pesar de ello, el PSOE, en esta campaña a la desesperada diseñada por Pérez Rubalcaba, también ha apostado por apelar de nuevo al miedo: miedo a los recortes en educación, sanidad y servicios sociales, miedo a un PP dispuesto a mermar el Estado de bienestar, miedo, en definitiva, a la derecha… Y, aunque en Madrid, Baleares, Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha, sin olvidar a la Cataluña de CiU con apoyo presupuestario de los populares, daban muestras de que sí, de que las tijeras de podar estaban haciendo su trabajo sobre el terreno de las conquistas sociales, el PP no ha parado de crecer en votos durante lo que llevamos de campaña. Tanto es así que ahora la incógnita es si alcanzará o no los 200 diputados. El miedo, el auténtico miedo que se ha movido en esta campaña, el mismo que lleva tres largos años asustando a más de media España, es el paro. Los cinco millones de parados que deja como legado Rodríguez Zapatero han sido demoledores para Pérez Rubalcaba y absolutamente benéficos para Rajoy.

Las recetas de los socialistas para combatirlo, tras una reforma laboral que no ha servido absolutamente para nada -bueno, para aumentar algo el trabajo temporal-, no son ahora creíbles para la misma aplastante mayoría que parece dispuesta a otorgarle a Rajoy la segunda mayoría absoluta más amplia desde la restauración democrática tras la que logró en 1982 Felipe González (202 escaños). Guste o no, la fórmula del PP, aunque no se conozca detalladamente a estas alturas, es la alternativa, una forma de esperanza con fecha de caducidad.

La ausencia de ZP

Jorge Bezares | 11 de noviembre de 2011 a las 5:14

Como decía ayer, la ausencia del presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, en la actual campaña electoral tiene, al menos, para un punto y aparte. Que los dirigentes socialistas poco zapateristas – Patxi López, Tomás Gómez o José María Barreda, por ejemplo-, sufridores en silencio durante más una década de sus ocurrencias, celebren su defunción política con una sonrisa casi lo entiendo. Pero que otros, amamantados  y encumbrados por el leonés pese a una incapacidad manifiesta, vayan por ahí renegando de él, pues resulta, principalmente, indecente;  son, digamos, comportamientos claramente iscariotescos, con permiso de San Pedro, que tiene el copyright de la deserción por antonomasia.

Uno de los que estuvo tentado en desmarcarse antes que nadie de Rodríguez Zapatero fue el ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, que, al principio del lío sucesorio, le preguntó a su espejito mágico si podía ser él. Y éste, de la escuela pragmática y de consultores independientes,  le dijo la verdad: no. Pero su jefe lo devolvió al redil cuando lo nombró portavoz del Gobierno. Y ahí anda, hecho todo un campeón, reduciendo su agenda política para aparecer lo justo y ejerciendo de zapaterista hasta la última bocanada de poder.

Sin embargo, bien visto, haciendo las veces de abogado del Diablo y aplicando un gran angular, no debería resultar muy difícil para los zapateristas salvar gran parte del legado de Rodríguez Zapatero. Más allá de que reconoció tarde la crisis y de los 5 millones de parados, en la actual coyuntura, el líder socialista se va a marchar con la mayoría de las reformas estructurales que le ha requerido la UE y tras haber convocado elecciones anticipadas. Comparándolo con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, que ni ha hecho ni lo uno ni lo otro y que se parece cada día más a Nerón desde Tarpeya con Roma y el resto de Italia ardiendo a sus pies, pues hay un mundo de berlinas de diferencia.

Y dejará el poder víctima de una crisis que, por lo demás, se ha llevado ya por delante a Brian Cowen en Irlanda, a Gordon Brown en el Reino Unido y a José Sócrates en Portugal; está a punto de hacer lo propio con Yorgos Papandreu en Grecia y con Berlusconi en Italia, y amenaza la reelección de Sarkozy en Francia, Merkel en Alemania y Obama en EEUU. Y veremos a ver cómo evolucionan algunos de los beneficiarios, David Cameron en el Reino Unido, Pedro Passos Coelho en Portugal y Mariano Rajoy (a la espera de que se cumplan los pronósticos el 20-N) en España, en 2012.

Además está el punto y final de ETA. Después de ser acusado por la caverna, por ejemplo, de bajarle los pantalones al Estado de Derecho para que los terroristas lo sodomizaran (sic), merece, al menos, el reconocimiento de que esta lacra ha llegado a su fin bajo su mandato. Alguna responsabilidad tendrá también en lo bueno, ¿no?

Cabeza de león

Jorge Bezares | 10 de noviembre de 2011 a las 5:05

En plena precampaña, en un foro madrileño muy fino donde se desayuna croasanes con café mientras un señor habla y contesta preguntas, el ex presidente Felipe González irrumpió declarando que el candidato socialista a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, debía dejar el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero “ya” (sic) para centrarse en su trabajo como candidato. El cántabro, muy presionado por la prensa, que un día sí y otro también le preguntaba para cuándo lo dejaría, le replicó, afectado por la intromisión, que se ahorrara el consejo porque sabía “muy bien” qué hacer. Posteriormente, en un corrillo con periodistas, el todavía vicepresidente primero del Gobierno y ministro del Interior deslizó, medio en broma, medio en serio, que Felipe estaba gagá. Ja, ja, ja (y echó unas risas).

Posiblemente, si las encuestas no hubieran llevado meses anunciando que el PSOE iba camino de cosechar un desastre político histórico en las elecciones generales del próximo 20 de noviembre, hubiera podido hasta tener razón este diputado de Cádiz más Cazalla y Constantina: el sevillano alterna momentos de lucidez con alguna salida de auténtica ventolera. También es verdad que, por su condición de jarrón chino, se lo puede permitir. “¡Qué carajo!”, que diría él. Pero mira por dónde, ante una veta tan fea, Pérez Rubalcaba ha tenido que tirar de Felipe, que está volcado en la campaña como si fuera cabeza de león.

Desde la campaña de los comicios de 1996, a los que concurrió por última vez como candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno, no tenía tanto protagonismo. Es, dejando al margen al propio Pérez Rubalcaba, el “compañero” más solicitado por las agrupaciones del PSOE, incluidas las de Cataluña, donde el PSC llegó a prescindir de facto de él en, por ejemplo, la campaña del referéndum sobre el Estatut. Durante estos once años de este zapaterismo que ahora está conociendo amargamente sus últimos días, el primer presidente del Gobierno socialista tras la restauración democrática fue apartado, ninguneado o ignorado en más de una ocasión. El vicesecretario general del PSOE, José Blanco, fue el encargado de ejecutar las órdenes de la superioridad. En esos días, quienes se declaraban felipistas se exponía a una  condena demoledora: aprenderse de memoria El nuevo republicanismo de Petit y recitarlo de memoria en la Casa del Pueblo.

Es curioso ver cómo algunos significados seguidores del leonés le aplauden ahora a rabiar y dan la espalda de forma ignominiosa a su todavía secretario general. Pero esa es otra historia. El caso es que Felipe no para de un lado para otro en un intento de ayudar a Pérez Rubalcaba y a su partido a paliar la derrota. Pero también se entrena para dar la batalla electoral de Andalucía, donde jugará un papel que aún nadie puede concretar.

El gol de la honrilla

Jorge Bezares | 8 de noviembre de 2011 a las 6:21

Las coordenadas del debate cara a cara entre el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba y el popular Mariano Rajoy, los dos candidatos con las posibilidades de presidir el Gobierno de España a partir del próximo 20 de noviembre, eran de17 puntos de diferencia y 74 diputados de distancia a favor del líder del PP. Ante tal abismo electoral, el premio, entre 1,5 y cinco puntos de vellón, resultaba entre pírrico e intrascendente, sobre todo con pocas posibilidades de incidir en el resultado final de los comicios. Sólo con márgenes más estrechos, como ocurrió en 1993 y 2008, lo hubiera podido tener. Pero no era el caso.

Para colmo, en este quinto debate cara a cara entre presidenciables de nuestra democracia –Felipe González y José María Aznar protagonizaron dos, y José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, los dos restantes- estaban tasados hasta los mendrugos del cátering. Y, entre unos y otros, lo encorsetaron en tiempos y temas hasta alejarlos de los debates electorales que acostumbran los países anglosajones, con más cintura y trienios democráticos y, sobre todo, con más cuerpo a cuerpo sin complejos.

Así las cosas, en el tiro único del que disponían los socialistas a 13 días de los comicios –menos da una piedra debió pensar la coordinadora de campaña, Elena Valenciano- para perturbar la arrolladora victoria que espera a los populares, Pérez Rubalcaba, de traje azul oscuro y cortaba azul con puntitos, intentó anoche sacarle los colores a Rajoy, de traje gris marengo y corbata azul, en el primer debate que ambos mantenían pese a llevar los dos treinta años pisando prácticamente los mismos ruedos políticos.

En el primer bloque, economía y empleo, el socialista logró acorralar a su contrincante, pero no como para ser el claro ganador. Pecó, por momentos, de asumir el papel de líder de la oposición que le otorgan las encuestas –posiblemente, su peor error-, y se pasó de machacón cuando le atribuyó al popular una modificación de la cobertura del desempleo en su estrategia por sacar a la luz el programa oculto del PP. A su favor, leyó poco y transmitió seguridad, aunque arrancó algo nervioso.

Por su parte, el líder de PP resultó demoledor cuando puso el retrovisor, sobre todo cuando utilizó las cifras del paro, que insistentemente arrojó contra Pérez Rubalcaba, a quien llamó por dos veces en un lapsus lamentable “Rodríguez” en clara referencia a Zapatero. En el plano propositivo se mostró rácano y algo etéreo, sin complicarse mucho en detallar la reforma laboral y la reforma de los convenios colectivos. Eso sí, pese a que leyó casi todo, terminó el primer asalto con el traje de presidente del Gobierno sin apenas arrugas. Ganó por algunos puntos, venció a lomos de los cinco millones de parados. ¡Faltaría más con el material de primera calidad que le ofreció el Gobierno de Rodríguez Zapatero!

En el apartado de gasto social, Pérez Rubalcaba mejoró y ganó por una cabeza, sobre todo cuando explicó su compromiso con la sanidad pública y llevó a Rajoy a detallar su apuesta por ella. Y también con las pensiones. Además, el popular, a veces algo enfadado, a veces con exceso de choteo, se salió por la tangente, y buscó refugio en la educación. Pero se le olvidó el estado de este negociado en Madrid, con los profesores en pie de guerra por los recortes de Esperanza Aguirre en la escuela pública.

En el apartado de calidad democrática, el candidato popular se saltó el guión temático y leyó una batería de propuestas. El socialista le preguntó sobre los matrimonios entre homosexuales y se centró en la desaparición de las diputaciones. “Son preconstitucionales”, dijo. Rajoy las defendió con una mirada melancólica tras haber presidido la de Pontevedra cuando apenas contaba con 28 años, y despachó los matrimonios gays con la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que está por llegar.

Ambos se acordaron del voto rural. Pérez Rubalcaba, como diputado gaditano, elogió la belleza de los pueblos de la Sierra de Cádiz y Rajoy se refirió a ellos mencionando dos de Sevilla –Cazalla y Constantina- y dos de Cádiz –Olvera y Grazalema-. Y celebraron el comunicado de ETA. Los discursos finales tuvieron aires navideños.

En definitiva, Pérez Rubalcaba metió el gol de la honrilla ante la goleada que le viene de camino en las urnas. Rajoy no deslumbró ahora que le han descubierto carisma, pero tampoco perjudicó la victoria electoral que el PP logrará el 20-N.

Por lo demás, el capitidisminuido formato no impidió que la cosa adquiriera dimensión de gran acontecimiento televisivo, casi planetario, según palabras de los portavoces de la Academia de la Televisión de las Ciencias y de las Artes –en especial, la presentación de Manuel Campo Vidal, dándole la bienvenida a Europa y América y hablando en italiano y portugués-. A ello ayudó decisivamente la presencia de periodistas de una agencia china. Además del toque asiático, el debate arrojó cifras voluptuosas: 555.000 euros de coste, 650 informadores acreditados de 80 medios nacionales e internacionales, 300 invitados y 24 televisiones en directo y once webs por Internet. Los indignados del 15-M fueron muchos menos –apenas varias docenas- y estuvieron acordonados convenientemente por la policía a unos 200 metros del Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. Ellos se lo perdieron.

Los debates

Jorge Bezares | 7 de noviembre de 2011 a las 9:41

Que yo recuerde, sólo en las elecciones generales de 1993 los cara a cara entre  los dos principales candidatos fueron algo decisivos. En aquella campaña, José María Aznar ganó el primero en Antena 3 con claridad y contundencia y Felipe González, que se tuvo que poner las pilas con José María Maravall como principal asesor, hizo lo propio en el segundo, en Telecinco. Finalmente, los socialistas lograron la victoria electoral por un estrecho margen de votos. Bien es verdad que la verdadera clave del triunfo resultó ser la presencia del juez Baltasar Garzón como número dos en la candidatura socialista de Madrid. Tres años más tarde, con 14 puntos de diferencia sobre el PSOE, el PP se borró de los debates, y Aznar no compareció ante González. Ganó a falta de un telediario, según recordó hace unos meses el sevillano en la Conferencia Política del PSOE.

En 2000, con la mayoría absoluta cantada, el ex presidente castellano-leonés tampoco le dio bola al candidato socialista, Joaquín Almunia. Cuatro años más tarde, el PP, convencido de nuevo de la victoria, no permitió que Mariano Rajoy, cabeza de cartel designado por Aznar, se enfrentara ante las cámaras a José Luis Rodríguez Zapatero. La victoria de los socialistas permitió que cuatro años después los debates cara a cara formaran parte de la campaña como una especie de derecho democrático de los ciudadanos. En 2008, Rajoy, por detrás en los sondeos, desaprovechó los dos que mantuvo con Rodríguez Zapatero y el PP volvió a perder los comicios.

Ante las elecciones del 20-N, los populares, sobrados en las encuestas desde hace meses, dudaron si mantenerse o borrarse de nuevo. El incidente de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, con la presentadora de TVE Ana Pastor en Los Desayunos –acusó a la televisión pública de imparcialidad en un acto un tanto cínico– hacía presagiar que desertarían. Pero, finalmente, con un margen estratosférico en las encuestas, optaron por mantener las formas democráticas y aceptaron un debate muy tasado con el candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, en la neutral Academia de la Televisión.

Con la crisis económica y los cinco millones de parados como principales bazas argumentales, Rajoy no corre hoy riesgos electorales ni perdiendo. Aunque Pérez Rubalcaba resulta un candidato insuperable en el cuerpo a cuerpo, lo normal es que el gallego le gane desde la moderación, con el traje de presidente del Gobierno puesto durante toda la sesión televisiva. Todo ello a pesar de que su imagen pública sigue instalada en dígitos mediocres, aunque los suyos le hayan descubierto recientemente hasta carisma. Por su parte, el socialista le vencerá en el resto de largo, y agotará de camino su última oportunidad para intentar convencer a los 2,5 millones de votantes socialistas que se lo siguen pensando a estas alturas.

Campo de batalla principal

Jorge Bezares | 5 de noviembre de 2011 a las 7:24

En las elecciones generales de 2008, la victoria del PSOE se fraguó principalmente en tres comunidades autónomas: Andalucía, Cataluña y el País Vasco. En ellas, los socialistas consiguieron una diferencia tan aplastante sobre los populares que, a la postre, resultó decisiva para que José Luis Rodríguez Zapatero volviera a derrotar a Mariano Rajoy.

Sin embargo, en los próximos comicios del 20-N, en estos mismos territorios, convertidos definitivamente en campo de batalla principal de nuevo, no se dirimirá otra cosa que el calibre del triunfo del PP. De entrada, en este arranque de campaña, la encuesta del CIS de ayer apuntó que, salvo sorpresa mayúscula, el PP tiene garantizada la mayoría absoluta y puede alcanzar incluso unos resultados históricos comparables a los que logró en 1982 Felipe González.

Por el contrario, el PSOE se mueve entre los dígitos que cosechó Joaquín Almunia en los comicios de 2000 y los que acreditó el socialismo democrático español en las primeras elecciones democráticas tras la muerte del dictador Francisco Franco.

Siempre según el sondeo del CIS, el avance popular más espectacular en este campo de batalla virtual se produciría en Andalucía, donde el PP lograría 10 diputados más que el PSOE, una vuelta a la tortilla en toda regla. Bien es verdad que en las últimas encuestas que manejan los propios populares esa diferencia se situaría en seis, con cuatro en el aire. Con todo, teniendo en cuenta que la diferencia en 2008 a favor de los socialistas fue de 11 escaños, una victoria de esa magnitud sería la mejor tarjeta de presentación del líder conservador, Javier Arenas, para postularse como primer inquilino del palacio de San Telmo a partir de los comicios de marzo.

En Cataluña, el PSC, que se dejaría nueve diputados en la gatera, conservaría la primera posición, pero el PP se quedaría a cuatro escaños cuando la diferencia en las anteriores generales llegó a los 16 diputados. El morbillo está en saber si CiU, con el ínclito  Duran i Lleida a la cabeza, conserva la segunda posición delante del PP. Los populares están a tiro de piedra: a uno. Con todo, pese al batacazo, los socialistas catalanes pudieran sacar algo de pecho –pechito– si se convierte en la única federación del PSOE que ganó en su territorio. A la ministra de Defensa, Carme Chacón, no le vendría mal en sus aspiraciones de liderar el PSOE tras el 20-N.

En el País Vasco, los socialistas de Patxi López se dejarían sólo dos escaños –de nueve a siete– y el PP pasaría de tres a cinco. La tragedia llama al PNV, al que sitúan a la altura de la izquierda abertzale con tres representantes en Madrid, la mitad que en 2008.

En resumen, el PP ganaría en el cómputo conjunto de Andalucía, Cataluña y País Vasco por cuatro escaños, cuando en los últimos comicios el PSOE le sacó más de treinta diputados de diferencia.