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Pragmatismo con hielo

Pablo Bujalance | 19 de marzo de 2015 a las 8:45

Un político de notoria exposición pública en la actualidad (creo que mejor no diré quién es) hizo hace ya algún tiempo, en un encuentro clandestino con periodistas, una observación por lo bajini que me pareció significativa. Al parecer, y según comentó, en todo este lío de las campañas los candidatos tienen bien claro que la exposición de propuestas puras y duras, vamos a hacer esto y lo otro cuando ganemos las elecciones, recaba mucha menos atención en el electorado que otros argumentos menos pragmáticos, ya sean sentimentales o agresivos. Y venía este político a señalar una paradoja: la gente se queja de que los candidatos no hacen más que darle cuerda al y tú más, a promocionarse como santones o patriarcas y a prometer este cielo y el otro sin atender a las necesidades reales de quienes les votan; pero, al mismo tiempo, todo lo referente a programas y actuaciones concretas despierta un interés, cuanto menos, discreto. Defendía este político sus argumentos asegurando que existen indicadores al respecto, que no es difícil constatar que el conocimiento de la población respecto a las propuestas es más bien escaso, y que la influencia de las mismas a la hora de decidir el voto es más escaso todavía. Por eso, el tiempo que se dedica en campaña a contar las soluciones que cada partido considera idóneas es el justo y necesario. Lo que el público demanda es otra cosa.

No sé hasta qué punto el político tenía razón, pero sí es evidente que la campaña andaluza, consumado ya su mayor trecho, obedece a esta presunción. A la Susana Díaz marimandona del debate del lunes le han salido muchos críticos, incluso entre las filas del PSOE: pero yo sé de algunos vecinos, compañeros de barra de bar, clientes del Mercadona, acérrimos de su equipo y feligreses de turno que tiran del mismo carácter para relacionarse con los de su especie (“yo soy así, es que lo que pienso lo digo”). Lo de que Díaz perdiera el debate habrá que verlo. El pragmatismo aquí se sirve con hielo.

Amor con amor se paga

Pablo Bujalance | 17 de marzo de 2015 a las 10:51

Tanto Susana Díaz como Juan Manuel Moreno consideran el “cariño de la gente” suficiente garantía para ganar las elecciones. Cada uno pone el cariño donde puede, o donde quiere, pero parece razonable que quien se acerca a un candidato en un mitin no lo va a hacer para ponerlo verde. En consecuencia, lo suyo es responder al cariño con más cariño, y qué mayor demostración de afecto que una promesa en firme, un compromiso sellado, un pacto entre caballeros: ¿quién dijo que la fidelidad partidista no podía ser tan eterna como el amor conyugal? Rajoy correspondió hace unos días al cariño de los suyos prometiendo un millón de puestos de trabajo. Ahí es nada. El pleno empleo servido en bandeja si Moreno gana las elecciones. Semejante declaración llegó en boca de un hombre que se dedicó a incumplir todas y cada una de las promesas por las que llegó a ser presidente del Gobierno, pero no importa: afirmaba San Pablo que el amor lo excusa y lo soporta todo, así que no faltará quien dé por buena la palabra de Rajoy por más que, dentro de un mínimo sentido del rigor, conviniese concederle una credibilidad más bien discreta. Lo bueno de la campaña, y más aún desde la oposición, es que se puede jugar al dislate sin que importe tanto caer en el ridículo.

Porque ayer mismo anunció Susana Díaz que recuperará la Consejería de Cultura como departamento único si la que gana las elecciones es ella. He aquí un bonito cable lanzado a un sector muy cabreado: de hecho, al poco salieron plataformas de artistas y creadores a alabar la decisión. Pero nadie, parece, hizo mención al hecho de que fue la propia Díaz quien decidió unificar Educación, Cultura y Deporte (las dos últimas ya habían sido unificadas por Griñán) en una misma Consejería hace sólo dos años; y que estos dos años no han resultado, en consecuencia, muy boyantes para los tres ámbitos. El mejor aliado de una campaña, ya se sabe, es la fugaz disposición de la memoria. Pero el circo tiene poca gracia.

El imperio de la banalidad

Pablo Bujalance | 15 de marzo de 2015 a las 4:08

Habrá quien piense que la campaña electoral no sirve de nada, pero no crean. Quizá su mayor utilidad provenga de su carácter banal: en los últimos años, la política ha reforzado su vertiente más zafia y frívola de manera exponencial, y Andalucía ha sido señalada, en virtud del adelanto susanista, como el territorio donde esta tendencia va a concretarse en votos con más premura. En la televisión, la política ha ocupado el lugar antes reservado a los programas comulgantes de la basura, pero el producto es exactamente el mismo: donde antes los insufribles se gritaban a cuenta de unos cuernos, ahora lo hacen a cuenta de la corrupción, pero el mecanismo de mayor rentabilidad social sigue siendo el escándalo. Y, a lo que iba, en Andalucía la campaña permite demostrar, de aquí su utilidad, que el mal gusto es la norma decididamente aceptada, ya no sólo para ahuecar cabezas los sábados por la noche, también para pedir el voto. Uno lee la prensa, oye la radio, busca y escudriña, pero cuesta la vida encontrar un argumento político distinto del y tú más, de la más vergonzosa presunción propia para escarnio del contrario, de la más soberana pobreza intelectual, de la agresión gratuita para una deplorable justificación ideológica, del arte de escabullirse ante los problemas reales con tal de ocultar la incapacidad, del reproche como única herramienta, de la apelación a lo grotesco por parte de los partidos pequeños para intentar colarse en el ruido. Si se trata de dejar la educación, la sanidad, la creación de empleo y otros asuntos urgentes en manos de nuestros candidatos, va a hacer falta mucho más que una jornada de reflexión. Ya no hay males menores. Y a ver qué hace uno.

Quedan advertencias como el Ensayo sobre la lucidez de Saramago, pero los mismos candidatos ya han demostrado que el alto nivel de abstención les da igual: se quedan pasmados un rato y luego vuelven a la trifulca de siempre. La desafección es ya una cuestión de salud pública.

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Un potaje de cuaresma

Pablo Bujalance | 11 de marzo de 2015 a las 11:38

Insiste la panadera de mi barrio en que Susana Díaz no puede camuflar sus hechuras de catequista, y que en el debate del otro día se le vio bastante el plumero: “Pero si hasta cuando dijo que su padrino es fontanero parecía que iba a contar la historia de Zaqueo”, me comentaba ayer mientras me cobraba el mollete. En este terreno la presidenta juega con ventaja, por más que Moreno Bonilla exhale ese aire de aspirante a hermano mayor de la cofradía: apenas se ha reparado en que la campaña coincide con la Cuaresma, y de aquí habría que extraer las verdaderas razones del adelanto electoral. Los obispos se frotan las manos: si el calendario litúrgico consagra estos días a la meditación, la contención, la templanza y la penitencia, nada mejor que tener que vérselas con los candidatos y encima tener que decidir por quién se decanta uno. Una vez que el BOE justifica la existencia de Dios por la vía tomista, es en Andalucía donde confluyen, al fin, la jornada de reflexión y el examen de conciencia. Queríais la separación de la Iglesia y el Estado: pues ahí tenéis dos tazas.

Ni Podemos con sus coletas ni Ciudadanos con sus naranjas han evitado que la campaña sea un verdadero potaje de Cuaresma: uno mete la cuchara en el plato esperando encontrar algún trozo furtivo de chorizo, o de panceta, al menos un mal resto de pollo que sirva de feliz condimento. Pero no: lo único que hay ahí dentro son garbanzos, zanahorias y acelgas. A lo mejor, con un poco de suerte, algunas migas mal contadas de bacalao. Es el régimen de las monjas, uno sólo puede escoger entre el desencanto o pasar hambre. Insisto, Susana Díaz ya está acostumbrada a manejarse en sinsabores, sabía bien que lo de Podemos era una chufla, que todo iba a resultar tan aburrido e insípido como siempre, así que se ha llevado las elecciones a donde quería: al golpe de pecho y al Yo pecador. Aunque, eso sí, el de enfrente sea más corrupto. Me temo que ni la Resurrección de Cristo va a ser suficiente.

Las señoras primero

Pablo Bujalance | 9 de marzo de 2015 a las 4:26

EN el fabuloso cómic de Goscinny y Uderzo Astérix en Córcega, los corsos del siglo I a. C. escogían a sus gobernantes mediante un curioso sistema democrático. Primero, se procedía a una votación en las urnas, en las que los electores depositaban las papeletas con los nombres de sus candidatos. Después, una vez que las urnas estaban llenas, se arrojaban al mar. Y, por último, se elegía al jefe en cuestión en un combate a navajazos. El sufragio, eso sí, no era universal: las mujeres esperaban en sus casas a que sus maridos resolvieran sus cosas y regresaran a cenar, si es que regresaban. Veinte siglos después, Victoria Kent pedía tiempo para que se aplicara el sufragio femenino, temerosa de que las mujeres votasen lo que les recomendaban sus confesores; pero, a decir verdad, si por ello fuera la restricción del voto no debería establecerse a tenor del género; y sí, ya hablo del presente, donde la emancipación y la autonomía de los espíritus y las voluntades sigue siendo una quimera, por más que ahora cada cual pueda sentirse un estadista a base de Twitter. La disciplina de partido va más allá del Hemiciclo. Y aquí sí que no hay distinción entre varones y mujeres.

Pero ayer fue el Día Internacional de la Mujer, y tocaba a los candidatos ponerse cándidos y demagogos. Sensibilidad hubo mucha, a raudales. Promesas, unas cuantas. Medidas y soluciones reales para terminar con la desigualdad, más bien pocas. Claro que si Susana Díaz se pone por montera su empeño en ser la primera presidenta andaluza escogida en las urnas, pues tendrá que ganárselo: también se lo pudo haber propuesto mucho antes. Eso sí, no todo el mundo parece tan sensible. En las redes ha circulado recientemente un feo montaje visual con el sello de Podemos en el que aparece la misma Susana Díaz vejada hasta lo intolerable. Y Vox ha acuñado el lema electoral Métesela doblada. Se refieren a la papeleta. Ah, bueno. Por machos, que no quede. Viva España, y las señoras primero.

Razones para la nostalgia

Pablo Bujalance | 7 de marzo de 2015 a las 4:31

Como casi todas las mañanas me encontré con Juan, el portero de enfrente, cuando llegaba a la redacción. Juan va siempre con sus cosas, de acá para allá, preocupado por lo divino y lo humano, y tiene palique para rato. La cuestión es que ayer me cogió del brazo y me habló así: “Pablo, ¿no crees que hay demasiados políticos? No lo digo sólo por los sueldos que cobran, sino porque si antes se hacía uno un lío cuando había dos candidatos, ¿qué vamos a hacer ahora que hay cinco? Así no hay manera de decidir a quién se vota”. De modo que, ya ven: todavía no está el bipartidismo matado del todo, y ya hay quien lo echa de menos. En el fondo, Juan tiene razón: la jornada de reflexión va a ser lo más parecido a resolver un sudoku, si es que queda por ahí todavía alguien que se lo tome en serio. Lo peor de todo es que los nuevos candidatos no sólo no han abierto la gama práctica mucho más allá de lo que ya había (lo siento: ni el programa de Podemos ni el de Ciudadanos suenan muy originales respecto a lo que pregonaban el PP, el PSOE, IU y UPyD; además, ya sabemos para qué están los programas), sino que tampoco están haciendo de la campaña algo mucho más divertido de lo que era antes. Y eso que acabamos de empezar.

Claro que, cuando más razones habrá para sentir nostalgia del bipartidismo será cuando el nuevo Parlamento Andaluz eche a andar, tan fragmentado y con tanta gente queriendo llevarse el ascua a su sardina que sólo faltará dentro un puesto de cupones de la ONCE. Si ahora resulta difícil entender algo, entonces sí que habrá que pedir traducción simultánea. Tal vez, con un poco de suerte, el bipartidismo repita fórmula en Andalucía, aunque con otras siglas, y siempre que IU no se ofrezca para un pacto. Quien más nostalgia ha demostrado hasta ahora, eso sí, es Teresa Rodríguez, con su pegada de carteles como Dios manda, con cubo y cola. Nos va haciendo falta Jarcha para la música de fondo. Qué tiempos aquellos.