Buques huidos

Juan Carlos Cilveti Puche | 13 de enero de 2015 a las 8:59

En el verano de 2007, un remolcador de bandera española llamado Raices huía de las aguas del puerto. Llegado para llevarse dos gabarras que semanas antes había traído desde Tánger para reparar, el remolcador atracaba en el muelle número cuatro. A la espera de que Capitanía Marítima aprobara el plan de remolque y ante la sospecha de que una inspección pudiera pararlo por deficiencias, el barco, a plena luz del día salía por la bocana del puerto mientras por radio se le informaba de que no podía marcharse. Este remolcador, que en algún momento debió pagar una multa por su huída malagueña, navega hoy día tras haber cambiado varias veces de nombre como World Tug 1 bajo bandera de Panamá.

Esta historia, que podría complementarse con la de otros barcos que de una forma ilegal se han marchado de Málaga (existe incluso una referencia de un buque de crucero que con pasajeros a bordo soltó amarras y se escapó), me sirve para hablarles de la huída del mercante que el pasado 29 de diciembre dejó las aguas del puerto sin los permisos pertinentes.

Y aunque la estancia malagueña de este barco tras su apresamiento con droga muy bien podría calificarse de compleja (me refiero a los asuntos estrictamente legales), lo que sí está claro, es que el Santa Maria, antiguo Mayak, se marchó con nocturnidad y alevosía.

Pero realmente, ¿de quién es la culpa de que este mercante abanderado en Tanzania se escapara del puerto? Teniendo en cuenta que el barco estaba liberado del depósito judicial, no estaba detenido por Capitanía Marítima y había cambiado de armador, nombre y bandera, la situación del carguero sólo podía atender al hecho de considerarse como un buque inactivo pendiente únicamente de trámites burocráticos; una circunstancia que exculpa en primera instancia a todos los actores que con más o menos autoridad gestionan los trámites portuarios.

Y aunque esta afirmación podría parecerles algo ligera, la realidad del Santa Maria no requería de operativas especiales que evitaran su fuga, ya que este barco construido en 1968 no tenía ninguna orden específica que impidiera su marcha salvo la ausencia de los documentos reglamentarios que le habilitan para navegar.

Ante esto, y teniendo en cuenta que la policía portuaria hacía varias rondas diarias por el muelle del río, amén de los amarradores que también vigilaban el buen atraque del barco, la huida del Santa Maria sólo atiende al estigma de ser un barco muy viejo que no saldría nada bien parado ante una inevitable inspección; una circunstancia que además de su apresamiento con droga, muy probablemente no supo gestionar con calma su nuevo propietario que se marchó sin papeles y con una importante deuda. Una escandalosa acción que a efectos legales sólo implicaría una sanción administrativa.


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