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Cicatrices bélicas

Juan Carlos Cilveti Puche | 3 de septiembre de 2013 a las 8:20

Entre las muchas historias que se cuentan sobre el puerto en los años de la guerra civil española, hay dos que mantienen señales que se pueden ver y tocar. Y aunque estas referencias, al menos por mi parte, no han podido ser confirmadas con ningún tipo de documentación, los que sí está claro, es que los más viejos de lugar (algunos trabajadores portuarios), confirman una misma historia cada vez que se les pregunta sobre estas dos cicatrices vivas.

En la fachada Este del edificio de la Autoridad Portuaria, en una de las rejas que cubre una ventana de la planta baja, existen varios rasguños sobre el hierro de ésta verja. Unas heridas que según se cuenta, podrían ser los impactos de la metralla de alguna acción  ocurrida en ese lugar durante los años de la guerra española.

La otra cicatriz bélica visible, se puede apreciar en lo que hoy es el Instituto de Estudios Portuarios, una construcción que entre los años 1904 y 1966 fue una de las estaciones del tren suburbano conocido popularmente como La Cochinita.

En la fachada principal de este edificio, en concreto en su vertiente Este, se puede ver integrada en la  uniformidad de los bloques que conforman esta construcción, una gran mancha asimétrica a algo menos de dos metros de altura del suelo. Esta señal, según parece, podría ser el resultado del impacto de un proyectil naval (también podrían ser trozos de metralla de una explosión cercana), producidos en el bombardeo que, desde la mar, sufrió el puerto de Málaga a principios de 1937.

Y aunque algunos dicen que esta cicatriz se debe al crucero Canarias, lo que sí está claro, es que esta señal que se ha mantenido en el tiempo, muy bien podría ser el resultado de una acción de guerra.  

IMG_3690Fachada del Instituto de Estudios Portuarios con su presunta cicatriz bélica.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (3 de septiembre de 2013).

Reyes ‘El Moreno’

Juan Carlos Cilveti Puche | 4 de junio de 2013 a las 18:07

Aunque a principios de 1940 el tráfico portuario malagueño estaba bastante restablecido, las duras condiciones vividas en los años de la Guerra Civil, aun eran patentes en el día a día del puerto. La estiba, quizás el colectivo más perjudicado por el conflicto, en aquel año 1940, experimentó un importante cambio. Con las collas de estibadores muy mermadas, los responsables de la carga y descarga de barcos iniciaron un reclutamiento general de trabajadores. Tras ser seleccionados los jornaleros portuarios más habituales (por aquellos años era frecuente contratar a braceros para una sola jornada), las collas  de estibadores se fueron completando, y éste colectivo volvió a trabajar en unas condiciones muy similares a las que existieron antes de la Guerra.

De entre todos los trabajadores contratados, uno de ellos, llegó al puerto sin ninguna experiencia y con una importante carta de recomendación bajo el brazo. Fruto del matrimonio de un militar destinado en Melilla y una joven marroquí, con apenas 17 años, Reyes Fernández se incorporaba a una de las collas de estibadores malagueños a finales de febrero de 1940.

Rechazado por sus compañeros desde su primer día de trabajo, Reyes fue asignado al grupo de ‘El mellao’ (éste era el apodo del capataz del la colla), comenzando así una muy breve y accidentada vida portuaria.

Tras ser rebautizado como ‘El moreno’, debido sin duda al tono oscuro de su piel, Reyes, después de unos días en los muelles, iniciaba su segunda semana laboral con dos dedos de su mano derecha rotos. Trabajando a duras penas, un desafortunado accidente lo mandaba al hospital contusionado y con varias costillas fracturadas. Una vez recuperado, ‘El moreno’ nunca más volvió al puerto.

Estibadores cargando un barco en el puerto de Málaga.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (4 de junio de 2013).

El novio de Málaga

Juan Carlos Cilveti Puche | 14 de febrero de 2012 a las 8:57

RESULTA curioso que uno de los más famosos buques en la historia de la Armada española llevara como apodo El novio de Málaga. Les hablo del acorazado Jaime I, un buque al que se le achaca una muy mala suerte, y al que durante algo menos de un año, al principio de la Guerra Civil, le unió una muy estrecha relación con Málaga.

Perteneciente a una serie de tres buques denominados Clase España (España, Alfonso XIII y Jaime I), este acorazado, último en ser construido en los astilleros ferrolanos de la Sociedad Española de Construcción Naval, entraba en servicio en 1921.

Tras sufrir en 1922 una colisión con un mercante en aguas turcas, el Jaime I participaba en el desembarco de Alhucemas y, años después, en concreto en 1934, bombardeaba diversas localidades costeras en lo que se denominó la Revolución de Asturias.

Al iniciarse la Guerra Civil, el buque, que se encontraba en Santander recibió la orden de navegar al Mediterráneo. En el camino, su tripulación se rebeló y el acorazado se mantuvo fiel al Gobierno de la República. Tras bombardear Tánger, La Línea, Ceuta y Melilla, este barco usó Málaga como base de operaciones para mantener el bloqueo naval en el Estrecho. En constante movimiento, pero siempre regresando a Málaga para aprovisionarse, el 13 de agosto de 1936 el Jaime I recibió en aguas malagueñas el impacto de una bomba aérea.

Después de una rápida incursión por el Cantábrico, El novio de Málaga regresaba al Mediterráneo, y en abril de 1937, bombardeaba la ciudad a la que durante tantos meses había estado ligada. En mayo de ese mismo año, tres bombas lo alcanzaron en Almería, y el 17 de junio, una explosión en Cartagena terminó con la vida activa de El novio de Málaga.

Acorazado JAIME I

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (14 de Febrero de 2012).

El hombre del traje

Juan Carlos Cilveti Puche | 24 de enero de 2012 a las 9:17

Los años posteriores a la guerra civil española, fueron unos años  muy complicados en el puerto de Málaga. Pero, independientemente de las muchas historias dramáticas que se vivieron a pie de muelle por aquellos tiempos, lo que hoy les contaré, constituye una de esas curiosas historias en las que se mezcla la ficción con la realidad.
Se cuenta que durante los años que duró la segunda guerra mundial, un espía embarcaba semanalmente en Málaga para viajar a Marruecos. De nacionalidad alemana, aunque también se hablaba de que era austriaco, este señor comenzó a hacerse popular por sus embarques en el melillero a principios de 1940.  Navegando siempre en primera clase, la asiduidad de sus cortos viajes, hizo pensar a los portuarios malagueños que se trataba de un contrabandista de altura. Con un pequeño maletín como único equipaje, y siempre vestido de una forma inmaculada, este misterioso señor fue rápidamente apodado como “el hombre del traje”.
Con el paso del tiempo, los corrillos portuarios malagueños fueron perdieron interés por los viajes semanales de este señor alemán, hasta que un día, alguien corrió la voz que en vez de ser contrabandista, “el hombre del traje” era un espía. Ante esta novedad, los comentarios traspasaron los límites portuarios, y lo que en un principio pareció ser sólo una comidilla, se convirtió en una noticia publicada en la prensa malagueña de la época.
Y aunque los viajes de “el hombre del traje” continuaron, la frecuencia semanal desapareció, lo mismo que aquel señor del que nunca más se supo.
Una historia que se podría completar con la de la joven rumana llegada a bordo de un buque de turistas en 1934.  Otra historia de espías que les contaré otro día.

Uno de los melilleros en los  que viajó “El hombre del traje”.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (24 de Enero de 2012).