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Enrique Bianchi

Juan Carlos Cilveti Puche | 24 de agosto de 2021 a las 8:24

Hace unos días fallecía Enrique Bianchi, y todos los que lo conocimos sufrimos el duro revés de ver cómo nos dejaba un buen amigo, un gran profesional y una mejor persona. Vinculado desde su infancia al mundo de la mar y los barcos, ya con 17 años era oficial en prácticas tras haber estudiado en la Escuela Naval de Cádiz; una vocación que como él mismo decía le permitió salir de su casa para ver mundo. Implicado durante tres décadas en su carrera de marino, una labor que simultaneó con diferentes trabajos tanto en mar como en tierra, en 1990, el capitán Bianchi conseguía la plaza de práctico del puerto de Málaga; iniciando en ese momento una trayectoria que lo mantendría en este puesto hasta los 67 años de edad.

Con infinidad de historias en su biografía, él siempre refería que no pudo asistir al funeral de su padre ni a la boda de su hermano, don Enrique, narraba sin darle demasiada importancia algunos graves sucesos vividos en la mar; unos hechos que en más de una ocasión pusieron en riesgo su vida.

Superada su larga etapa de navegaciones y ya convertido en práctico, durante 20 años jugó al complicado juego de atracar barcos en el puerto de Málaga; una labor que le permitió ser el protagonista, entre otras, de las primeras llegadas de buques tales como el Queen Mary 2 o el super portacontenedores Edith Maersk. Con su muy especial personalidad y un mal genio que afloraba en los momentos en los que había que sacarlo, Enrique Bianchi se convirtió en todo un personaje; un gran profesional al que toda la comunidad portuaria malacitana calificó, en el momento de su jubilación tras sufrir un ictus mientras subía por la escala de un barco para atracarlo, como el alma del puerto.

Manteniendo la curiosa costumbre de regalar una botella de vino de Málaga a todos los capitanes de los barcos con los que maniobraba, y sin dejar de tomarse puntualmente un vaso de leche cada vez que embarcaba para dirigir el atraque mañanero del Melillero, el capitán Enrique Bianchi Ruiz del Portal se nos ha ido. Una gran pérdida; la de un buen amigo con el cual tuve la suerte de compartir muchos y muy buenos momentos. Un inolvidable marino que ya forma parte de la historia del puerto de Málaga.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEnrique Bianchi.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 24 de agosto de 2021.

El alma del puerto se jubila

Juan Carlos Cilveti Puche | 20 de febrero de 2011 a las 23:31

Enrique Bianchi, uno de los prácticos de Málaga, se retira tras una vida dedicada a la mar en la que ha garantizado la seguridad de miles de maniobras en el recinto portuario.

J. C. Cilveti · J. Gómez / Málaga

En una mañana lluviosa y desapacible, con el Mediterráneo extrañamente enfurecido y la aún más insólita estampa de un portacontenedores encallado en las playas de Almayate, no hace falta salir del cálido refugio de la oficina para sentir la terrible y a la vez atractiva dureza de la mar. Sinónimo de aventuras y peligros, imán de escritores, cubre las tres cuartas partes de la superficie del planeta. De todos sus oceános puede contar historias Enrique Bianchi. Y da gusto escucharlas.

Jubilado, “a la fuerza”, a los 67 años por un ictus traicionero sufrido mientras subía a un buque, este viejo lobo de mar ha sido en los últimos 20 años el alma del puerto de Málaga. Como práctico, un oficio tan necesario como desconocido, Bianchi ha asegurado la entrada de miles de buques en sus dársenas. Se conoce “metro a metro” los muelles malagueños, pero también muchos otros puertos. Lo hemos citado para una entrevista sobre su apasionante vida, pero es un tontería interrumpirlo. Nos regala un monólogo sobre viajes, peligros y la historia reciente del puerto. Cuando termina, la boca nos sabe a sal.

Bianchi tuvo, sin embargo, una infancia dulce. Hijo de un director general de la compañía Salsa, se crió en el ingenio azucarero de Nuestra señora del Carmen, en Torre del Mar. Puede que esas dos referencias naúticas le inspiraran, porque no había antecedentes de marinos en su familia. “Pero yo quería ver el mundo y sentía que era mi vocación, así que muy joven me apunté en la Escuela Naval de Cádiz”. Con 17 años ya era oficial en prácticas, y durante los siguiente treinta años trabajó para una de las principales navieras españolas, tanto en los puentes de sus buques como en un despacho en Madrid. También, durante un año que recuerda con mucho cariño, en los muelles de Nueva York, donde supervisaba la descarga de fruta. Allí conoció de primera mano el poder de la mafia, tanto la italiana como la portorriqueña, y las tensiones raciales que había entonces en una sociedad, la norteamericana, que no obstante admira mucho. Vivir y pasear por la Gran Manzana “era el sueño de cualquier joven”, relata.

 Cubrió la ruta frutera del Caribe -describe emocionado la belleza de la isla cubana de Pinos-, pero también llevó leche en polvo, como capitán, a diferentes países árabes y africanos. Todavía recuerda cómo tuvo que soltar amarras a la carrera para zarpar de un puerto libanés mientras a su alrededor caían las bombas israelíes, o las diferencias con la sociedad musulmana, ahora en plena revolución democrática. Conoció a varias mujeres españolas que, casadas con árabes que habían estudiado en nuestro país, chocaron de frente con un machismo brutal. “Se arrepentían al darse cuenta de su grave error, pero fue demasiado tarde para casi todas”. Pero a una compatriota, que convenció a su marido sirio para regresar con sus hijas pese a la oposición de la familia, la sacó a escondidas en su nave.

Capt Enrique Bianchi blog

Enrique Bianchi, con su uniforme de capitán, posa a bordo de una de las lanchas de los prácticos del puerto de Málaga.

Si se le pregunta ingenuamente por las situaciones en las que ha pasado más miedo en la mar, su respuesta, con una sonrisa, es de manual militar: “Los marinos no tenemos miedo de la mar”. Después cuenta que hubo dos incendios que vivió “con preocupación”. En el más grave, la bodega de su buque, en el que era un joven primer oficial, se incendió de madrugada mientras navegaban por el Canal de la Mancha. Todo lo que pudo salir mal fue peor. Al capitán le dio un ataque al corazón por el estrés y él tuvo que hacerse cargo del barco. Llevaban una carga de productos químicos tóxicos, y en la cubierta tractores. “Temí por mi vida cuando empezaron a explotar, por el calor, las ruedas gigantes de los tractores. La goma golpeaba por todas partes con furia y era muy peligrosa”. Finalmente los rescató un remolcador alemán, y el naufragio fue noticia en los periódicos británicos y franceses, por el riesgo de que el vertido tóxico llegara a sus costas. La solución fue tajante, antiecológica y secreta. “Llegó una fragata francesa y hundió el barco de un cañonazo”, revela de un asunto que se tapó a la opinión pública para evitar un escándalo.

 Bianchi trabajó durante años como responsable de personal de su empresa, en un despacho en Madrid. En 1990 logró una de las pocas plazas de práctico del puerto de Málaga. Volvía a su tierra en un puesto que le permitía estar cerca de su familia después de haberse perdido muchos momentos importantes por su trabajo en el mar. “No pude ir al funeral de mi padre, ni a la boda de mi hermano”, recuerda aunque a la vez subraya que se siente “muy satisfecho” de su carrera como marino, tanto al frente de buques como en el puerto. “Aunque se los compara, el práctico no es como un controlador aéreo. Es un capitán que llega a asesorar al capitán de cada barco para la entrada en los puertos. Confían mucho en nosotros”, explica. Su responsabilidad también es enorme. “Un portacontenedores -él atracó en 2009 el Edith Maersk, el primer gigante de la clase E que entró en el muelle 9, con 171.000 toneladas de registro bruto y casi 400 metros de eslora- puede destruir un muelle y causar un daño multimillonario, y en los cruceros hay varios miles de personas a bordo que están en las manos del capitán”, destaca. Tampoco es un oficio exento de riesgos y penalidades, con largas guardias nocturnas y accidentes. Subir por una precaria escala en mitad de la noche y con marejada no es fácil, y abundan los golpes y caídas. Él mismo cayó a la mar de noche cuando se le vino abajo la escala de un barco turco, y tuvo la suerte de no golpear la pequeña barca de los prácticos.

 En estas dos décadas, Bianchi se ha convertido en una institución, en el alma del puerto de Málaga. Es muy querido por los capitanes. A todos los agasaja, cuando hacen escala, con una botella de vino de Málaga. “No hay vino que les guste más a los extranjeros, alguna vez les obsequié con un buen Jerez porque no pude encontrar el nuestro y me lo reprocharon”. En la tempestad del plan especial del puerto, del que lleva oyendo y leyendo estos últimos 20 años, prefiere no meterse mucho. Reconoce que no le gustan las palmeras del muelle 2 -“en Abu Dhabi están bien, pero es un crimen no aprovechar el clima subtropical de Málaga para plantar otras especies”-, aunque cree que la ciudad está siendo injusta con el proyecto. “El puerto ha sido muy generoso al ceder este espacio, pero no tiene dinero para hacer proyectos que podrían haber realizado otras instituciones. Así es normal que se ceda a empresarios y comerciantes, y que estos quieran abrir tiendas y restaurantes”. En lo que no tiene ninguna duda es en la estrategia de los cruceros: “El puerto de Málaga es ahora la envidia de muchos puertos por todos los cruceristas que llegan, y eso es gracias al aliado que tenemos en Granada y en la Alhambra”.

 Con dos hijos y ya abuelo, “camino del desguace”, bromea, sigue saliendo en su yate cada vez que tiene oportunidad. Un retiro de ensueño para una vida dedicada a la mar.

Artículo publicado en el diario Málaga Hoy (20 de Febrero de 2011)

La codera

Juan Carlos Cilveti Puche | 13 de abril de 2010 a las 7:44

Hace unas cuantas semanas, les hablé del fracaso de la línea regular de carga rodada que una compañía italiana pretendió establecer en 2009 entre los puertos de Málaga, Livorno y Civitavecchia.

En aquella columna que titulé “El fiasco italiano”, les comentaba algunos pormenores de aquella fallida historia, y les prometía, contarles un suceso verdaderamente curioso ocurrido en la segunda escala que realizaba el barco encargado de cubrir esta efímera ruta marítima.

Tras su llegada el 30 de abril, y una vez realizada toda la operativa de carga y descarga, al día siguiente por la tarde, el Carlo Morace, (buque titular de esta línea), se preparaba para realizar su salida.

Debido a su no muy ágil maniobrabilidad, y a que siempre debía atracar por su banda de estribor (por la posición de su rampa), el buque decidió realizar la maniobra de salida usando una codera. Esta codera, que no es otra cosa que una estacha colocada a popa del barco y fijada en tierra, y que en el desatraque sirve para separar el buque del muelle, en esta ocasión, se colocó de una forma nada ortodoxa.

Para evitar usar y pagar un remolcador, los italianos tendieron un largo cabo de maniobra desde la popa del barco, en el muelle número cuatro, hasta la punta exterior del muelle 3 A3.  Una muy especial codera de varios cientos de metros de longitud raramente vista en una maniobra habitual.

Tras ver el práctico (a punto de embarcar para dirigir la maniobra de salida del barco), cómo este cabo a flote cruzaba una de las esquinas de la dársena de Heredia, al instante ordenó que se retirara. La nada ortodoxa codera italiana no se pudo usar; y finalmente, el Carlo Morace tuvo que desatracar con la ayuda de un remolcador.

Codera Carlo Morace blog

Instante en el que se retiraba la codera del Carlo Morace.

 

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (13 de Abril de 2010)