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Recordando el pasado

Juan Carlos Cilveti Puche | 13 de diciembre de 2016 a las 9:23

En 1969, con tan solo 14 años, Pepe Ripoll comenzó a trabajar en la agencia Condeminas. Convertido en un chico para casi todo, una figura laboral muy habitual en aquellos años, las múltiples labores que tenía que desempeñar lo llevaron a coincidir en unas determinadas oficinas de la antigua estación marítima con otros jóvenes empleados de diferentes empresas del puerto. Denominados aquellos negociados como La Aduanilla, los despachos de vista aduanera e inspección de muelles situados en la planta baja del desaparecido edificio, se convirtieron muy pronto en un lugar de encuentro diario para aquel grupo de muchachos.

Y aunque su relación los mantuvo unidos durante años (entre otras actividades institucionalizaron partidos de fútbol en la Venta del Boticario), sus respectivas vidas laborales terminaron separándolos; y aquel grupo de jóvenes trabajadores de empresas portuarias malagueñas desapareció.

Muchos años más tarde, Pepe Ripoll, prejubilado hace unos meses como policía portuario y Antonio Burgos, que había iniciado su carrera en la consignataria Baquera, Kusche & Martín y la terminaba en una empresa de logística, decidían reunir a sus viejos compañeros; un grupo al que decidieron denominar como Los niños de la Aduanilla.

Localizados tras un considerable número de llamadas y mensajes cuarenta de aquellos jóvenes, el pasado día dos de diciembre 15 de aquellos niños se volvían a encontrar para celebrar una comida en el Club Mediterráneo. Con la idea de realizar dos reuniones anuales y sin pretensiones de crear una asociación, Los niños de la Aduanilla han vuelto a verse. Un encuentro de veteranos donde se hablará mucho de cómo era el trabajo en el puerto hace unos años.

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Los niños de la Aduanilla reunidos en su primer encuentro tras años.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 13 de diciembre de 2016

‘El Paco’

Juan Carlos Cilveti Puche | 13 de mayo de 2014 a las 8:16

En la madrugada del martes 28 de agosto de 1956, dos guardamuelles encontraban un cadáver en una de las casetas de carga situadas en el muelle número cuatro. El cuerpo sin vida, recostado sobre la pared posterior de la edificación, era el de Francisco Palomo ‘El Paco’, un trabajador eventual muy conocido en el ambiente portuario malacitano. Tras efectuarse las instrucciones pertinentes, el parte de defunción, aludía a un colapso como la causa que había producido aquel deceso.

Apodado como ‘El Paco’, este malagueño de 35 años de edad, desde siempre había estado vinculado al puerto. Realizando todo tipo de trapicheos y trabajando de forma  temporal como estibador, Francisco Palomo, se hizo muy popular en la comunidad portuaria malacitana por sus aficiones al cante flamenco y al vino. Tras cumplimentar alguna carga o descarga, las juegas que capitaneaba ‘El Paco’, sin salir del puerto, congregaban a un buen número de trabajadores deseosos de escuchar algunas coplas regadas con alcohol procedente, en la mayoría de los casos, de algún barco amarrado en los muelles.

En la mañana del 27 de agosto de 1956, el buque de Costa Line Andrea C. atracaba en el muelle número tres. Navegando en línea regular entre Italia y América del Sur, el barco, efectuaba una escala en la que, además de desembarcar a dos pasajeros, cargaba unas mercancías con destino a Buenos Aires.

Finalizado el trabajo, Francisco, que había participado en la carga, empleando sus muy buenas artes, consiguió que la tripulación del buque le regalara varias botellas de licor, y una de las casetas de carga del muelle número cuatro, fue el lugar elegido para celebrar la juerga de vino y cante que le costó la vida a este malagueño.

Andrea C-07ANDREA C. el último barco en el que trabajó Francisco Palomo.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 13 de mayo de 2014).

‘El Belfo’

Juan Carlos Cilveti Puche | 9 de julio de 2013 a las 8:50

Desde siempre, los apodos o motes han sido una constante en el día a día de cualquier puerto. Aludiendo a algún defecto físico o característica destacada de las personas que lo reciben, estas denominaciones, en muchos casos, han eclipsado por completo el verdadero nombre y apellidos de los  sujetos a los que alguien en algún momento los rebautizó con un determinado sobrenombre.

Y aunque la historia portuaria malagueña está repleta de muchos y  muy variados apodos, quizás, de entre todos ellos, destaque uno en especial.  Un mote que, empleando una palabra excesivamente literaria y que hoy está prácticamente en desuso, acompañó a un curioso trabajador portuario allá por la década de 1920.

De origen argelino, Nicolás  Martinet (existe alguna  reseña que lo  apellida como Martínez), desembarcaba en el puerto malacitano a mediados de 1922. Teniendo como lenguas maternas el árabe y el francés, y hablando también algo de español, tras haber trabajado en diversos puertos del Norte de África, este mestizo se aposentó en Málaga para desempeñar una peculiar actividad portuaria.

Convertido en lo que hoy muy bien podríamos denominar como un agente comercial libre, Nicolás, durante años, sirvió como intermediario para todo tipo de gestiones a pie de muelle. Trabajando de intérprete o viajando como representante eventual de algunas empresas consignatarias de la época, aquel joven argelino, pronto se convirtió en alguien muy conocido en el ambiente del puerto, y por ende, le llegó su mote.

Atendiendo a una muy especial fisonomía facial, debido sin duda a su mestizaje, Nicolás, lucía un abultado labio inferior; una circunstancia que llevó a  los portuarios malagueños a apodarlo como ‘El belfo’.

Vista del puerto en la década de los años 20.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (9 de julio de 2013).