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Escenarios en disputa

Carlos Mármol | 11 de mayo de 2008 a las 19:53

Escenarios en disputaLa pretensión de los hosteleros de ocupar con terrazas todas las plazas ganadas a los coches gracias a las reformas municipales abre un debate sobre la gestión de los espacios públicos y, en definitiva, sobre la misma idea de ciudad

SI ES VERDAD que el ejercicio del poder, cualquiera que éste sea, requiere necesariamente de ciertas dotes de teatralidad y escenografía, la mejor platea desde donde medir tal tesis es una ciudad. Cualquier ciudad. Desde su origen, la civilización humana ha traducido al espacio que le es propio –el más próximo– una serie de símbolos que cuyo único fin es dar a entender quién es quién en el circo vital de la existencia. Las urbes se convierten así en las mejores metáforas de los sucesivos cambios políticos –también de su ausencia– y en muestra de la inevitable colisión de intereses que marca la convivencia.

Quien es capaz de leer bajo este prisma la fisonomía de cualquier ciudad, incluso del pueblo más remoto del orbe, obtiene una idea bastante aproximada de cómo es la obra dramática que se representa en ese lugar en ese momento. Sabrá así si se trata de un sainete o de una comedia. Incluso si la materia devendrá de pronto en tragedia. Porque es justamente en lo urbano donde se hacen expresos casi todos los mecanismos de dominación entre los distintos grupos sociales. Al fin y al cabo, la historia de cualquier lugar puede resumirse en una suerte de noria en la que todos giramos.

espacios públicos

No es por tanto de extrañar que en las ciudades, con independencia de su tamaño, su importancia o su personalidad, se suceda el viejo ritual que consiste en la pugna sostenida por ocupar los espacios comunes, que es donde, según los clásicos, radica la propia esencia de lo urbano. Quien ocupa el espacio colectivo, sea de forma estable o temporal, dejando una marca circunstancial o instaurando una huella algo más permanente, no hace en realidad sino intentar tornar a su favor toda la potencialidad –económica, visual y presencial– del gran foro que es cualquier urbe. El escenario físico y sentimental de nuestras múltiples vidas. A veces este proceso nos viene dado: todos vivimos en ciudades que hicieron quienes nos precedieron de acuerdo con sus valores y sus creencias. Somos pues parte de esa corriente. Lo normal es que hagamos lo propio: tratar de adaptar la urbe que recibimos a la ciudad que queremos.

En Sevilla, durante los últimos tiempos, el Ayuntamiento ha acometido siguiendo este sendero una serie de reformas en determinados enclaves de la ciudad histórica –la que sirve de referente común a casi todos los ciudadanos– que pretendían, al tiempo que generar cierta idea de transformación global, salvar determinadas ágoras antiguas de la acción del tráfico particular. Convirtiéndolas en espacios peatonales, el Consistorio entraba, aunque con un retraso de varias décadas, por la senda del urbanismo civilizado y europeo, que consiste en intentar hacer amable la ciudad ordinaria destinando sus mejores lugares a la vida ciudadana. Este proceso, que ha recibido críticas de determinados sectores y elogios de otros muchos, con todos los reparos de la inevitable subjetividad estética que ha condicionado la mayoría de estas discusiones, ha resultado ser, en líneas generales, positivo para un centro que todavía está en buena medida preso de los coches. Sin embargo, ahora se ha abierto otra etapa en la que ciertos colectivos sociales –peatones y hosteleros, esencialmente; aunque también los ciclistas– empiezan a pugnar por copar los beneficios de estos foros peatonalizados. Alguno debe dibujar una sonrisa de satisfacción al contemplar el espectáculo: ¿si tan lesivas resultaban ser estas reformas por qué ahora se inicia una lucha por intentar aprovecharse de sus beneficios?

La cuestión esencial, en todo caso, es otra. La discusión hace tiempo que dejó de ser si estas remodelaciones urbanas se abordaron con más o menos acierto –la mayoría están ya hechas o han sido iniciadas, aunque algunas sufran retrasos y padezcan una más que deficiente ejecución–, sino cuál será, al cabo, su resultado definitivo. La patronal de la hostelería lleva varios meses intentando introducir en la agenda política un proyecto global que esta misma semana por fin ha hecho expreso. Se trata de ocupar con veladores buena parte de los espacios ganados para el paseo y el disfrute –gratuito; y este factor no es baladí– de los ciudadanos, que son los que –a través de sus impuestos– han pagado estas reformas.

El argumento de los dueños de los bares, que no han financiado ninguna de las citadas reurbanizaciones, es que no pueden “competir con el comercio” y, por tanto, tienen un supuesto derecho a ocupar con sus instalaciones lucrativas “los espacios públicos”. Esta fórmula ya se planteó hace tiempo para la Plaza Nueva y la Avenida –se dejó en suspenso–, después llegó a pactarse en la Alameda –el PSOE quería transformar en un inmenso velador para 2.500 personas el bulevar–, y ahora vuelve a resucitarse para la Alfalfa. Hasta ahora el Consistorio se había mantenido prudente por miedo a la reacción ciudadana. Esta semana ha optado por tomar partido en favor de los hosteleros. Alegan ambos que los veladores dan vida a la plazas. Y así es, siempre que no sobrepasen su justa medida y se atengan a las normas. Rara vez sucede esto. Esta ciudad se caracteriza justo por todos lo contrario: aceras inundadas de obstáculos y mesas por doquier. Los sevillanos están acostumbrados a vivir en la calle. Cierto. Pero para hacerlo necesitan espacios sin tasas donde no haya que pagar. Ágoras libres. Alamedas llenas de bancos y paseos. No de terrazas.

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