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De vuelta a casa

Carlos Mármol | 6 de septiembre de 2009 a las 14:06

Sevilla afronta el nuevo curso de otoño con las polémicas usuales (la política municipal de peatonalizaciones, la sucesión del alcalde, las calles en obras) pero con los datos del desempleo enfriando cualquier optimismo.

Al igual que hay días en que mejor sería no salir de la cama –dicen que el lecho es lo último que un juez puede quitarte por dejar de pagar tus deudas– hay veranos que no deberían acabar. Y no precisamente por el calor, casi caribeño, que insiste en castigarnos durante esta extraña entrada del mes de septiembre, ni por la lírica ajada que suele asociarse –sobre todo en la adolescencia– al final de los estíos, sino porque a medida que corre el tiempo la vida –que ahora consiste sobre todo en intentar sobrevivir a la recesión que nos inunda– tiene más mala cara y pésimo aspecto. El tiempo, en este caso, no cura de casi nada. Más bien lo empeora.

Sevilla vuelve poco a poco a la normalidad –si es que alguna vez ésta fue una urbe normal– con los mismos frentes abiertos que tenía pendientes desde antes del verano. Batería apresurada de titulares: la discusión sobre las peatonalizaciones municipales continúa abierta, el alcalde sigue insistiendo en que él estaría encantado de seguir en la Alcaldía cuatro años más –¿no quedamos en que éste era un debate ya cerrado?–, multitud de calles y avenidas han sido abiertas sin orden ni concierto por culpa de las obras que dicen haberse contratado para luchar contra el desempleo –encargos que, según la CES, se pagan tarde y mal; curiosa forma ésta de luchar contra el paro– y los índices económicos que se adivinan en el horizonte, al igual que ocurre en otras partes de España, cada vez son más negros. Bienvenidos.

La estadística oficial del paro marcó la semana y volvió a confirmar los augurios de los menos optimistas: 4.616 desempleados más en la provincia en sólo un mes, lo que fija la cifra maldita de inscritos en el Inem en un total de 186.205 personas. Detrás de cada una de ellas probablemente exista una novela con idéntico argumento: cómo tratar de salir adelante. Ahora, según los expertos, la destrucción de empleo se ceba especialmente en el sector servicios, una vez amortizada la reconversión de la construcción. El turismo no repunta –el verano sevillano es tradicionalmente flojo para los hoteles y la hostelería–, los precios no bajan en la calle –por mucho que el IPC oficial siga en tasas negativas– y la incertidumbre sobre el futuro es cada vez mayor. De hecho, alguno no deja de preguntarse si el futuro sigue aún en su sitio. Donde debía. Esperando a que uno vaya a atraparlo. Parece que si alguna vez estuvo en su lugar, se ha ido.

Hay quienes, a pesar de todo, tienden al optimismo: en Sevilla se firmaron durante el mes de agosto 51.000 nuevos contratos laborales. Algo se mueve, sostienen. Pero es un movimiento vano: sólo el 4,1% de estas contrataciones fueron indefinidas. Menos da una piedra, claro. Pero la realidad se empecina en desmentir el edulcorado panorama que, todavía, se promete desde el Ayuntamiento, que sin apuntalar aún el proyecto aquel de ‘Sevilla 2010’ piensa ahora en Sevilla 2020. Laus Deo.

Con la que está cayendo es difícil venderle a la gente que el progreso es una línea continua que avanza hacia la tierra prometida. El paradigma global ha cambiado por completo: no somos un país rico, aunque hubiera un tiempo en que casi todos lo creyéramos. Y lo que es más grave: debemos resolver cuanto antes el nudo gordiano de cómo queremos ser –en términos económicos– si pretendemos salir del agujero. Porque lo que es evidente es que el mundo gira. Se mueve. Y lo seguirá haciendo con o sin nosotros. Quedarse quietos en cierto sentido supone ya empezar a perder. La decisión además es tarea colectiva. No depende de nadie en especial. Y en cierto sentido eso es lo malo. Es asunto de todos. Mala cosa.

En el ambiente, sin embargo, no se percibe ni un mínimo de conciencia sobre la encrucijada a la que se enfrenta Sevilla. La ciudad sigue sesteando, inmersa en sus cuitas de siempre o en polémicas nuevas, generalmente artificiales, de aldea, cuyos extremos nunca son capaces de encontrar el célebre punto intermedio.

Un ejemplo es la controversia sobre las peatonalizaciones. Que a estas alturas haya quien las cuestione no deja de resultar llamativo. Basta salir al exterior para caer en la cuenta de los inmensos beneficios que han supuesto en casi todas las urbes históricas, similares a Sevilla. Pero que se aborden por decreto, sin planificación, sin una gestión previa –con los residentes y los comerciantes– y con insuficiente información no da la razón a quien en este caso –el gobierno local– parece haber encontrado la piedra filosofal en el simple hecho de andar. Ya lo dijo Machado: el camino consiste, primero y sobre todo, en el hecho de moverse.

A estas alturas arrogarse la autoría de estas estrategias urbanas, puestas en práctica en Europa desde hace décadas, parece ridículo. En política –especialmente en la municipal– no basta con adoptar una idea. Los asuntos requieren gestión, tacto y capacidad de diálogo. Didáctica. Nada de eso se atisba en Plaza Nueva, donde parece bastar con repetir un lugar común para pensar que se acierta. A fin de cuentas, en la vida, como decía Moliere,“unos están destinados a razonar erróneamente; otros, a no razonar en absoluto; y otros, a perseguir a quienes razonan”. Es lo que hay.

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